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Faustino Vilabrille: la fe que incomoda a la institución

Ha muerto Faustino Vilabrille, sacerdote de los márgenes, cuya vida vuelve a plantear una pregunta incómoda a la Iglesia de hoy: dónde se encarna realmente el Evangelio y quién decide sus límites.

Faustino Vilabrille Linares

La figura de Faustino Vilabrille, evocada por José Manuel Vidal tras su fallecimiento, permite observar algo más profundo que una biografía sacerdotal singular: la tensión permanente entre una vivencia del Evangelio encarnada en los márgenes y unas dinámicas institucionales de Iglesia que, en ocasiones, se perciben más desde la lógica organizativa que desde la misión.

Vilabrille desarrolló buena parte de su ministerio vinculado a la pastoral penitenciaria en Asturias, un ámbito donde la fe se confronta directamente con la exclusión y el sufrimiento. No es casual que el propio Jesús sitúe ahí uno de los criterios decisivos del juicio: “estuve en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,36), vinculando la autenticidad de la fe a la respuesta concreta ante los últimos.

En ese contexto, el equipo de pastoral penitenciaria del que formaba parte Vilabrille —integrado por numerosos voluntarios— fue cesado tras una decisión diocesana que supuso una profunda reestructuración del servicio. Los testimonios de los implicados han descrito aquel proceso como abrupto y con escasa capacidad de diálogo, y en ese marco trascendió en los medios la percepción de que no se les consideraba  “gente de Iglesia”, una formulación que refleja más una percepción de ruptura que una categoría teológica formal.

Jesús Sanz
Porque el Evangelio no se presenta como neutral ante la realidad. Jesús no suaviza su lenguaje cuando denuncia las estructuras religiosas vacías de verdad: “¡ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que sois como sepulcros blanqueados!” (Mt 23,27). Y tampoco relativiza la relación entre fe y riqueza: “no podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24).

El episodio se sitúa en el contexto del episcopado de Jesús Sanz Montes, aunque reducirlo a una cuestión personal sería simplificarlo en exceso. Lo que emerge es una tensión más amplia entre dos modelos eclesiales: uno más centrado en la gestión institucional y otro en la fidelidad al impulso evangélico que nace del contacto con los excluidos.

En este punto aparece una sospecha recurrente hacia determinadas formas de compromiso cristiano que se implican socialmente. A menudo se interpreta este compromiso como una politización del Evangelio. Sin embargo, esa lectura corre el riesgo de empobrecer el mensaje cristiano, reduciéndolo a una espiritualidad desconectada de la historia concreta de las personas.

Porque el Evangelio no se presenta como neutral ante la realidad. Jesús no suaviza su lenguaje cuando denuncia las estructuras religiosas vacías de verdad: “¡ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que sois como sepulcros blanqueados!” (Mt 23,27). Y tampoco relativiza la relación entre fe y riqueza: “no podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24).

En los encuentros de Jesús con personas ricas no hay validación automática de su situación, sino una llamada a la conversión. En algunos casos esa llamada es acogida, como en Zaqueo, que decide reparar el daño causado y compartir sus bienes con los pobres (Lc 19,8-10), o en Mateo, que abandona su oficio de recaudador para seguir a Jesús (Mt 9,9). En otros, sin embargo, la respuesta es el rechazo, como ocurre en el episodio del llamado joven rico, que se marcha entristecido porque no es capaz de asumir la exigencia del seguimiento (Mc 10,22). El texto subraya precisamente esa falta de transformación.

Cuatro de los responsables de pastoral penitenciaria expulsados
En ese contexto, el equipo de pastoral penitenciaria del que formaba parte Vilabrille —integrado por numerosos voluntarios— fue cesado tras una decisión diocesana que supuso una profunda reestructuración del servicio. Los testimonios de los implicados han descrito aquel proceso como abrupto y con escasa capacidad de diálogo, y en ese marco trascendió en los medios la percepción de que no se les consideraba  “gente de Iglesia”, una formulación que refleja más una percepción de ruptura que una categoría teológica formal.

Desde esta perspectiva, el conflicto en torno a experiencias como la de Vilabrille no puede entenderse solo en términos administrativos. Lo que aparece en el fondo es una cuestión más profunda: la forma en que se entiende hoy la fidelidad al Evangelio dentro de la vida eclesial, y el lugar que ocupan las experiencias nacidas desde la cercanía a los últimos.

Este debate se inscribe además en un contexto más amplio de crisis de credibilidad de la Iglesia. En muchos ámbitos sociales, la institución aparece como una realidad distante, con dificultades para expresar de forma significativa su mensaje en el mundo contemporáneo. El modelo fuertemente jerárquico y centralizado, que durante siglos articuló su vida interna, muestra hoy signos de desgaste no solo sociológico, sino también pastoral.

Cuando la autoridad se percibe más como control que como servicio, la vida eclesial tiende a desplazarse hacia los márgenes, donde surgen formas de presencia más cercanas, más encarnadas y más directamente vinculadas a la realidad.

Es precisamente en esos márgenes donde adquiere sentido la trayectoria de Vilabrille, no como excepción aislada, sino como expresión de una forma de vivir el cristianismo que entiende que la fe no puede separarse del encuentro con los últimos, tal como recuerda el Evangelio: “lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).

Faustino con niños de la Ponderosa.Captura
Es precisamente en esos márgenes donde adquiere sentido la trayectoria de Vilabrille, no como excepción aislada, sino como expresión de una forma de vivir el cristianismo que entiende que la fe no puede separarse del encuentro con los últimos, tal como recuerda el Evangelio: “lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).

El caso de Vilabrille no se agota en una biografía ni en un conflicto puntual. Funciona como una ventana a una pregunta más amplia que atraviesa a la Iglesia actual: cómo se concreta hoy la fidelidad al Evangelio y qué lugar ocupan en ella las formas de vida cristiana que nacen desde la periferia.

Una pregunta que no se resuelve con fórmulas simples, pero que señala con claridad una tensión persistente entre institución y carisma, entre estabilidad y profecía, entre centro y periferia.

Quizá no se trate tanto de cerrar el debate como de volver a la semilla misma del Evangelio, allí donde sigue pidiendo ser anunciado de nuevo y sin rebajas. Es ahora la hora de un compromiso con una evangelización nueva, que precisamente por ser nueva no puede limitarse a repetir esquemas anteriores ni a proteger inercias ya agotadas. Porque la fe cristiana, si es fiel a su origen, no es memoria estática, sino dinamismo que desinstala. “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5), recuerda la Escritura, no como consigna tranquilizadora, sino como criterio que cuestiona toda forma de instalación religiosa.

A pesar de las reticencias, los miedos y las resistencias que tantas veces acompañan los procesos de cambio dentro de la Iglesia —y que no pocas veces la inmovilizan—, la cuestión sigue abierta. Y lo sigue precisamente porque no es un problema de ajustes secundarios, sino de fidelidad profunda. En ese horizonte, la esperanza de “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Ap 21,1) no funciona como evasión, sino como juicio permanente sobre todo aquello que, en nombre de la tradición, corre el riesgo de apagar la novedad del Evangelio.

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