Hollerich y el miedo a la igualdad: cuando la unidad se convierte en excusa para la injusticia

La Iglesia teme dividirse si reconoce a las mujeres como iguales, pero lleva siglos fracturada por negarlo. El Evangelio no pide prudencia para conservar privilegios, sino valentía para hacer justicia.

Jean-Claude_Kardinal_Hollerich
Jean-Claude_Kardinal_Hollerich

Las recientes declaraciones del cardenal Jean-Claude Hollerich, enfriando cualquier expectativa sobre el acceso de las mujeres al diaconado, no son un gesto de prudencia ni un ejercicio de responsabilidad pastoral, sino la expresión nítida de un miedo antiguo: el miedo de una estructura a perder el control. Bajo el argumento recurrente de evitar la “división”, lo que realmente se protege no es la comunión, sino un modelo de poder construido durante siglos sobre la exclusión de las mujeres. Y en ese gesto hay algo más que cautela: hay cálculo, hay conservación, hay una teología subordinada al poder.

Porque conviene decirlo sin rodeos: la Iglesia no se rompe cuando se hace justicia; se rompe cuando se niega. Y hoy está ya profundamente herida, no por quienes reclaman igualdad, sino por quienes la aplazan indefinidamente. Hablar de “consenso global” suena a sensatez, pero en la práctica funciona como un cerrojo. Un consenso que nunca llega es la forma más eficaz de que nada cambie. Es la diplomacia de lo imposible, la coartada perfecta para que todo siga igual mientras se simula que se discute.

Se insiste en que el diaconado femenino exige una larga reflexión teológica. Pero ese argumento empieza a resultar insostenible. No estamos ante un problema de falta de estudio, sino de falta de decisión. La teología ha tenido siglos para pensar esta cuestión. Si después de tanto tiempo la conclusión sigue siendo la misma, quizá el problema no esté en la teología, sino en quién decide y desde dónde decide. Y, sobre todo, en quién queda fuera de la mesa donde se decide.

Poder en la Iglesia
Poder en la Iglesia
Si después de tanto tiempo la conclusión sigue siendo la misma, quizá el problema no esté en la teología, sino en quién decide y desde dónde decide. Y, sobre todo, en quién queda fuera de la mesa donde se decide.

En el fondo, lo que se defiende es un modelo donde el varón monopoliza la mediación de lo sagrado. Y eso tiene un nombre, aunque incomode: sacralización del patriarcado. Porque cuando se impide a las mujeres acceder al ministerio ordenado, lo que se está diciendo, aunque no se formule así, es que su condición las sitúa en un plano inferior dentro de la comunidad creyente. No es solo una exclusión disciplinar; es una jerarquía antropológica que antepone la dignidad del varón por encima de la dignidad de la mujer.

Frente a eso, el Evangelio irrumpe como una fuerza crítica, incómoda, desestabilizadora. Jesús de Nazaret no fundó un sistema clerical ni instituyó una casta separada del resto del pueblo. Al contrario, denunció con dureza a quienes convertían la religión en un mecanismo de poder: «Atan cargas pesadas y las ponen sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas» (Mt 23,4). Y también: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan… No será así entre vosotros» (Mt 20,25-26). Su práctica fue otra: romper barreras, sentarse con quienes no contaban, devolver dignidad a quienes la religión oficial negaba.

Y hay un dato que la Iglesia no puede seguir esquivando sin caer en contradicción: fueron mujeres las primeras testigos de la resurrección. El Evangelio de Juan lo deja claro cuando María Magdalena escucha su nombre y recibe el encargo: «Ve y di a mis hermanos…» (Jn 20,17). Cuando los discípulos huían, cuando se escondían por miedo, cuando la fidelidad masculina se desmoronaba, ellas permanecieron, ellas vieron, ellas anunciaron. El núcleo de la fe cristiana —la vida que vence a la muerte— entra en la historia por voz de mujeres.

¿Cómo se sostiene entonces que esas mismas mujeres no puedan hoy presidir la Eucaristía, proclamar sacramentalmente lo que ya proclamaron históricamente? La incoherencia no es menor: es estructural. Y cuanto más se intenta justificar, más evidente se vuelve.

El problema tiene un nombre que incluso desde dentro se ha reconocido: clericalismo. Pero no basta con denunciarlo retóricamente. El clericalismo no es un defecto secundario; es el sistema mismo. Es lo que permite que unos pocos concentren la autoridad, que la mayoría quede relegada y que las mujeres sigan siendo tratadas como colaboradoras necesarias, pero nunca como sujetos plenos. Es, en palabras de tantas voces críticas dentro de la teología contemporánea, la enfermedad crónica de una Iglesia que ha confundido servicio con dominio.

Clericalismo en la Iglesia
Clericalismo en la Iglesia
El clericalismo no es un defecto secundario; es el sistema mismo. Es lo que permite que unos pocos concentren la autoridad, que la mayoría quede relegada y que las mujeres sigan siendo tratadas como colaboradoras necesarias, pero nunca como sujetos plenos.

Por eso, cuando se proponen soluciones intermedias —ministerios no sacramentales, figuras auxiliares, espacios de participación sin poder real— conviene desconfiar. No se trata de integrar mejor a las mujeres, sino de dejar de excluirlas. Todo lo demás corre el riesgo de ser maquillaje, una forma sofisticada de mantener intacto el núcleo del problema mientras se ofrece una apariencia de cambio.

Mientras tanto, la realidad avanza por otro lado. Comunidades sin sacerdotes, fieles sin acceso regular a la Eucaristía, mujeres sosteniendo la vida eclesial en lo cotidiano, en la catequesis, en la caridad, en la fe vivida. Y, sin embargo, se sigue negando la posibilidad de que laicos —y especialmente mujeres— presidan la comunidad. No por imposibilidad evangélica, sino por decisión institucional. Porque admitirlo implicaría reconocer que el sistema actual no es imprescindible, sino histórico y, por tanto, revisable.

Porque, en efecto, el Evangelio no exige esta exclusividad. Al contrario, abre caminos. «Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer, porque todos sois uno» (Gal 3,28). Y aunque esa afirmación haya sido domesticada durante siglos, sigue siendo dinamita teológica. Si en Cristo desaparecen esas barreras, ¿por qué se reconstruyen dentro de la Iglesia? ¿Qué autoridad tiene una tradición que contradice el corazón mismo del mensaje que dice custodiar?

La respuesta es incómoda, pero evidente: porque cambiar eso implica redistribuir poder. Y ahí aparece el verdadero miedo, el que se disfraza de prudencia, de unidad, de tradición. El miedo de los príncipes de la Iglesia a dejar de serlo.

El tiempo de las palabras amables se agota. Durante demasiado tiempo se ha pedido paciencia a las mujeres, comprensión, espera. Pero la historia demuestra que la paciencia, cuando se convierte en norma, es otra forma de perpetuar la injusticia. No se puede seguir sosteniendo una institución que proclama la dignidad universal mientras la niega en su propia estructura.

Hollerich, como tantos otros, se sitúa en esa encrucijada. Puede seguir administrando tiempos, enfriando expectativas y gestionando el conflicto, o puede reconocer que la fidelidad al Evangelio no pasa por conservar estructuras, sino por transformarlas radicalmente. Porque el Evangelio no es neutral: toma partido por quienes quedan fuera.

Y aquí no basta con reformas cosméticas ni con sinodalidades de escaparate. La sinodalidad sin igualdad es un simulacro. Un decorado que permite hablar de participación mientras se mantiene intacta la exclusión.

Porque al final la cuestión es sencilla, aunque se quiera complicar: o la Iglesia es espacio de igualdad real, o traiciona el mensaje que anuncia. Y ahí no valen largos plazos, ni consensos imposibles, ni equilibrios diplomáticos.

Ahí el Evangelio es claro. Y el Evangelio no admite excusas.

Marginación de la mujer en la Iglesia
Marginación de la mujer en la Iglesia

También te puede interesar

Lo último

stats