Javier Aizpún, las bombas y el Evangelio: cuando un sacerdote olvida de qué lado está Cristo
¿Puede un sacerdote hablar de bombardear una ciudad y seguir proclamando el Evangelio de la paz? Las palabras de Javier Aizpún no solo escandalizan por su violencia: cuestionan de raíz la credibilidad de quien ha sido llamado a anunciar a un Cristo que nunca empuñó las armas, sino la misericordia.
Hay declaraciones que no admiten matices. No porque no puedan analizarse políticamente, sino porque traspasan una línea moral que un sacerdote jamás debería cruzar.
El párroco de Huarte y canónigo de la Catedral de Pamplona, Javier Aizpún, ha planteado en la red social X que, ante una hipotética "Marcha Verde" sobre Ceuta, España debería responder con "abrir fuego masivo" contra los invasores y "bombardear Rabat". No estamos ante una ocurrencia desafortunada ni ante una hipérbole sin importancia. Estamos ante la justificación pública de la violencia indiscriminada pronunciada por alguien que, por vocación y ministerio, ha prometido anunciar el Evangelio de la paz.
Porque un sacerdote puede tener opiniones políticas. Puede defender una política migratoria más o menos estricta. Puede reclamar al Estado que proteja sus fronteras. Todo eso forma parte del legítimo debate democrático. Lo que no puede hacer, sin traicionar aquello que predica desde el altar, es convertir la muerte en una propuesta y las bombas en una solución.
Resulta difícil imaginar una contradicción más frontal con Jesús de Nazaret.
Javier Aizpún, ha planteado en la red social X que, ante una hipotética "Marcha Verde" sobre Ceuta, España debería responder con "abrir fuego masivo" contra los invasores y "bombardear Rabat". No estamos ante una ocurrencia desafortunada ni ante una hipérbole sin importancia. Estamos ante la justificación pública de la violencia indiscriminada pronunciada por alguien que, por vocación y ministerio, ha prometido anunciar el Evangelio de la paz.
El mismo Jesús que rechazó responder con violencia a la violencia. El que ordenó a Pedro guardar la espada en Getsemaní. El que proclamó bienaventurados a los que trabajan por la paz. El que pidió amar incluso a los enemigos y rezar por quienes persiguen. El cristianismo nació al pie de una cruz, no detrás de un cañón.
Jesús vivió bajo la ocupación romana, conoció la opresión y contempló la humillación de su pueblo. Si hubiera querido alimentar el odio, tenía razones de sobra. Sin embargo, nunca llamó a exterminar al enemigo ni a destruir ciudades. Su revolución fue otra: desarmar el corazón humano, romper la lógica de la venganza y demostrar que el amor es más fuerte que el miedo.
Por eso resulta especialmente doloroso que quien representa sacramentalmente a Cristo hable con tanta ligereza de bombardear una capital donde viven cientos de miles de personas. Las bombas no distinguen entre culpables e inocentes. Matan niños, ancianos, familias enteras. Hablar de ellas como si fueran una estrategia aceptable revela una alarmante desconexión con el Evangelio.
No deja de sorprender que algunos invoquen constantemente las raíces cristianas de Europa mientras olvidan el núcleo mismo del cristianismo. Jesús nunca identificó al extranjero como una amenaza que hubiera que eliminar. Lo convirtió en protagonista de sus parábolas, dialogó con quienes pertenecían a otros pueblos y derribó las fronteras religiosas y culturales que dividían a las personas.
Y hay un dato que ningún cristiano debería pasar por alto: el propio Jesús fue un refugiado. El Evangelio de Mateo relata cómo José y María huyeron con el niño a Egipto para escapar de la persecución de Herodes. El Hijo de Dios comenzó su vida como un desplazado forzoso, dependiendo de la hospitalidad de una tierra extranjera.
Jesús vivió bajo la ocupación romana, conoció la opresión y contempló la humillación de su pueblo. Si hubiera querido alimentar el odio, tenía razones de sobra. Sin embargo, nunca llamó a exterminar al enemigo ni a destruir ciudades. Su revolución fue otra: desarmar el corazón humano, romper la lógica de la venganza y demostrar que el amor es más fuerte que el miedo.
Precisamente por eso, el papa Francisco hizo de la defensa de las personas migrantes uno de los ejes de su pontificado. Desde su primer viaje a Lampedusa hasta sus últimos mensajes, recordó incansablemente que cada migrante tiene un rostro, una historia y una dignidad que nadie puede pisotear. Su propuesta quedó resumida en cuatro verbos que ya forman parte del magisterio contemporáneo de la Iglesia: acoger, proteger, promover e integrar.
Francisco nunca fue ingenuo respecto a la complejidad de los movimientos migratorios. Sabía que los Estados tienen derecho y deber de ordenar sus fronteras. Pero insistió una y otra vez en que ninguna política puede construirse sobre el desprecio a la vida humana ni sobre la cultura del descarte. Y repitió hasta la saciedad una frase que debería resonar especialmente en quienes visten alzacuellos: "La guerra es siempre una derrota."
Francisco nunca fue ingenuo respecto a la complejidad de los movimientos migratorios. Sabía que los Estados tienen derecho y deber de ordenar sus fronteras. Pero insistió una y otra vez en que ninguna política puede construirse sobre el desprecio a la vida humana ni sobre la cultura del descarte. Y repitió hasta la saciedad una frase que debería resonar especialmente en quienes visten alzacuellos: "La guerra es siempre una derrota."
También el papa León XIV ha insistido desde el comienzo de su pontificado en que la dignidad humana no conoce fronteras y en que el drama migratorio exige respuestas inspiradas por la justicia, la solidaridad y la fraternidad, nunca por el odio o la deshumanización. Ha recordado que el miedo no puede convertirse en criterio moral y que los cristianos están llamados a construir puentes allí donde otros levantan muros. Es la continuidad natural de una Iglesia que, desde hace décadas, entiende que la seguridad y la acogida no son conceptos incompatibles, sino responsabilidades que deben caminar juntas.
Conviene recordar también la doctrina social de la Iglesia. El Catecismo reconoce el derecho de los Estados a regular los flujos migratorios en función del bien común, pero al mismo tiempo afirma que las naciones más favorecidas están llamadas a acoger al extranjero en la medida de sus posibilidades y que toda persona posee una dignidad inviolable por el simple hecho de ser hija de Dios. Es un equilibrio exigente, pero profundamente cristiano. Nada tiene que ver con el lenguaje de las bombas.
El Catecismo reconoce el derecho de los Estados a regular los flujos migratorios en función del bien común, pero al mismo tiempo afirma que las naciones más favorecidas están llamadas a acoger al extranjero en la medida de sus posibilidades y que toda persona posee una dignidad inviolable por el simple hecho de ser hija de Dios. Es un equilibrio exigente, pero profundamente cristiano. Nada tiene que ver con el lenguaje de las bombas.
Lo más preocupante no son solo las palabras de Javier Aizpún. Es la imagen de Iglesia que proyectan.Una Iglesia cuya credibilidad ya está suficientemente herida no puede permitirse que algunos de sus ministros hablen como estrategas militares mientras celebran la Eucaristía y proclaman el Evangelio de la paz.
Porque la misión de un sacerdote no consiste en alimentar el resentimiento colectivo, sino en sanar heridas; no en señalar enemigos, sino en recordar que todos somos prójimos; no en justificar la violencia, sino en desarmar los corazones.
Un sacerdote puede equivocarse. Todos nos equivocamos. Pero cuando un sacerdote habla de bombardear una ciudad, no solo se equivoca políticamente: hiere el corazón mismo del mensaje que ha prometido anunciar.
Porque entre las bombas y las Bienaventuranzas no existe punto de encuentro posible. Y quien ha sido ordenado para hacer presente a Cristo debería saber que el Señor nunca estaría entre quienes aprietan el botón que lanza un misil, sino entre quienes corren a rescatar a las víctimas.