Jesús Francisco Molina o la negación del prójimo: crítica teológica a una caridad excluyente

En medio de una crisis humanitaria que interpela directamente al corazón del cristianismo, las palabras del sacerdote Jesús Francisco Molina no solo desconciertan, sino que revelan una preocupante deformación del mensaje evangélico. Allí donde el sufrimiento exige compasión sin fronteras, su discurso introduce límites que el Evangelio jamás reconoció.

Jesús Francisco Molina. Captura de Pantalla
Jesús Francisco Molina. Captura de Pantalla

Las afirmaciones del sacerdote Jesús Francisco Molina, formuladas en el contexto de la crisis migratoria en Ceuta, no pueden reducirse a una mera opinión pastoral discutible. Nos encontramos ante una formulación que, en términos estrictos, distorsiona la noción cristiana de prójimo y erosiona la universalidad constitutiva del Evangelio.

Sostener la prioridad de los cercanos frente al extranjero en el ejercicio de la caridad no es una cuestión de simple prudencia pastoral, sino que introduce una jerarquización de la caridad que resulta ajena a su lógica evangélica. En la tradición bíblica y patrística, el amor al prójimo no se estructura a partir de pertenencias previas, sino de la apertura universal al otro. En este sentido, la distinción entre “cercanos” y “extraños” que subyace a la propuesta mencionada reintroduce un criterio de selección en el amor que el Evangelio precisamente desactiva desde su raíz. Por ello, dicha formulación entra en tensión con la enseñanza de Jesús y con la tradición viva de la Iglesia.

La pregunta decisiva —¿quién es el prójimo? — no admite respuestas arbitrarias. Jesucristo responde mediante la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25-37), estableciendo un giro hermenéutico radical: el prójimo no se define por pertenencia, sino por la acción misericordiosa. “¿Quién fue prójimo del que cayó en manos de los bandidos?” La respuesta no apela a identidades, sino a la praxis: “El que tuvo misericordia”. Y la orden final es imperativa: “Vete y haz tú lo mismo”. El criterio cristiano no es la cercanía sociológica, sino la compasión efectiva.

Las afirmaciones del sacerdote Jesús Francisco Molina, formuladas en el contexto de la crisis migratoria en Ceuta, no pueden reducirse a una mera opinión pastoral discutible. Nos encontramos ante una formulación que, en términos estrictos, distorsiona la noción cristiana de prójimo y erosiona la universalidad constitutiva del Evangelio.

Esta enseñanza se ve reforzada por el conjunto del Nuevo Testamento. En Mateo 25, la identificación de Cristo con el necesitado es absoluta: “Tuve hambre y me disteis de comer… fui forastero y me acogisteis”. La mención explícita del “forastero” desautoriza cualquier intento de restringir la caridad al grupo propio. Asimismo, en Mateo 5,44 “Amad a vuestros enemigos” se desborda cualquier lógica de preferencia identitaria. Si el amor alcanza al enemigo, con mayor razón alcanza al migrante vulnerable.

El argumento de la limitación de recursos, frecuentemente invocado para justificar una priorización excluyente, tampoco se sostiene a la luz de la tradición cristiana. En la multiplicación de los panes (Mc 6,30-44), la insuficiencia inicial no conduce a seleccionar destinatarios, sino a compartir lo disponible hasta que todos queden saciados. Pablo, por su parte, formula un principio de justicia distributiva: “Que haya igualdad” (2 Cor 8,14). La escasez no legitima la exclusión; exige solidaridad estructural.

Es precisamente en este punto donde la tradición patrística aporta una claridad que hoy resulta ineludible. San Basilio el Grande afirmaba sin ambages: “El pan que tú retienes pertenece al hambriento; el manto que guardas en tu arca pertenece al desnudo”. No se trata de beneficencia opcional, sino de justicia debida. En la misma línea, San Juan Crisóstomo advertía: “No compartir los bienes con los pobres es robarles y quitarles la vida”. Estas afirmaciones no son hipérboles retóricas, sino expresiones de una ética radical donde la propiedad privada queda subordinada al destino universal de los bienes.

Menores en ceuta
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San Basilio el Grande afirmaba sin ambages: “El pan que tú retienes pertenece al hambriento; el manto que guardas en tu arca pertenece al desnudo”. No se trata de beneficencia opcional, sino de justicia debida. En la misma línea, San Juan Crisóstomo advertía: “No compartir los bienes con los pobres es robarles y quitarles la vida”. Estas afirmaciones no son hipérboles retóricas, sino expresiones de una ética radical donde la propiedad privada queda subordinada al destino universal de los bienes.

Igualmente, significativa es la voz de San Ambrosio de Milán, quien sostenía: “No das de lo tuyo al pobre, sino que le devuelves lo que es suyo”. La caridad cristiana no reconoce fronteras identitarias porque se funda en una concepción universal de la dignidad humana. En este horizonte, cualquier intento de priorizar al “propio” en detrimento del necesitado externo no solo es insuficiente, sino teológicamente regresivo.

La afirmación de que “la Iglesia no es una ONG” introduce una oposición artificiosa. Es cierto que la Iglesia no se agota en la acción social, pero es igualmente cierto que sin ella traiciona su identidad. La Escritura es inequívoca: “La fe sin obras está muerta” (Sant 2,17). Y aún más: “Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20). No hay sacramentalidad auténtica sin praxis de la misericordia. Apelar a lo “sobrenatural” para relativizar la urgencia del sufrimiento humano equivale a vaciar de contenido la encarnación.

Tratar a lo emigrantes con dignidad y respeto
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El testimonio bíblico del Antiguo Testamento refuerza esta exigencia ética: “No oprimirás al extranjero, porque vosotros fuisteis extranjeros en Egipto” (Ex 23,9). “Amaréis al forastero, porque forasteros fuisteis” (Dt 10,19). La memoria de la propia vulnerabilidad funda la obligación de la acogida. Ignorar esta dimensión implica romper la continuidad entre la fe bíblica y su realización histórica.

En la teología contemporánea, autores como Jon Sobrino han insistido en que Dios se hace presente de manera privilegiada en las víctimas de la historia. Esta intuición, lejos de ser ideológica, prolonga la lógica de la cruz: Cristo se identifica con los crucificados de cada tiempo. En escenarios como el de Ceuta, donde la frontera se convierte en espacio de muerte y exclusión, la neutralidad no es una opción cristiana.

El testimonio bíblico del Antiguo Testamento refuerza esta exigencia ética: “No oprimirás al extranjero, porque vosotros fuisteis extranjeros en Egipto (Ex 23,9). “Amaréis al forastero, porque forasteros fuisteis” (Dt 10,19). La memoria de la propia vulnerabilidad funda la obligación de la acogida. Ignorar esta dimensión implica romper la continuidad entre la fe bíblica y su realización histórica.

Bruselas pidió explicaciones por el uso de pelotas de goma en Ceuta
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La conclusión es, por tanto, ineludible: restringir el concepto de prójimo equivale a negar la lógica misma de la encarnación y de la redención. Frente a ello, la tradición bíblica, patrística y magisterial converge con una claridad que no admite ambigüedades. Solo cabe reiterar, con toda su radicalidad, la palabra de Cristo: “Vete y haz tú lo mismo”. Sin fronteras, sin exclusiones, sin coartadas.

El magisterio reciente converge en esta misma dirección. El Papa Francisco, en Fratelli Tutti, denuncia con claridad las derivas excluyentes de nuestro tiempo: la fraternidad auténtica solo es tal cuando incluye al diferente, especialmente al más vulnerable. La cuestión migratoria no es periférica, sino criterio de discernimiento de la fidelidad cristiana.

En consecuencia, las declaraciones de Jesús Francisco Molina no pueden considerarse una simple torpeza expresiva. Funcionan como legitimación de una ética selectiva que contradice frontalmente el núcleo del Evangelio y la tradición viva de la Iglesia. Bajo una apariencia de realismo, se introduce una lógica de preferencia identitaria que vacía de contenido la universalidad del amor cristiano.

La conclusión es, por tanto, ineludible: restringir el concepto de prójimo equivale a negar la lógica misma de la encarnación y de la redención. Frente a ello, la tradición bíblica, patrística y magisterial converge con una claridad que no admite ambigüedades. Solo cabe reiterar, con toda su radicalidad, la palabra de Cristo: “Vete y haz tú lo mismo”. Sin fronteras, sin exclusiones, sin coartadas.

La fe en Jesucristo
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