Jesús Sanz Montes: cuando la “reconquista” sustituye al Evangelio
Al sustituir la acogida evangélica por la proclama identitaria de la «reconquista», el arzobispo Sanz Montes traiciona el núcleo del Evangelio para convertir la fe en una trinchera ideológica.
Las palabras de Jesús Sanz Montes sobre la inmigración, apelando a la “reconquista” y a la necesidad de “recuperar lo que vale la pena”, no pueden entenderse como una intervención más en el debate público. Cuando un obispo habla, lo hace desde una responsabilidad espiritual que exige coherencia con el Evangelio que proclama. Y es precisamente esa coherencia la que queda gravemente comprometida cuando el lenguaje pastoral adopta categorías de confrontación, exclusión y repliegue identitario.
La referencia a la “reconquista” no es neutral. Introduce una lógica de frontera, amenaza y adversario que choca frontalmente con la enseñanza de Jesucristo. El Evangelio no construye un “nosotros” frente a “ellos”, sino que rompe esa división desde su raíz. «Fui forastero y me acogisteis» (Mateo 25,35), afirma Jesús, estableciendo un criterio que no admite reinterpretaciones defensivas. No se trata de evaluar al extranjero, ni de sospechar de él, ni de convertirlo en problema. Se trata de acogerlo. Y la radicalidad de esa exigencia se hace aún más explícita cuando añade: «cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mateo 25,40). La identificación es total: rechazar al migrante es rechazar a Cristo.
Las palabras de Jesús Sanz Montes sobre la inmigración, apelando a la “reconquista” y a la necesidad de “recuperar lo que vale la pena”, no pueden entenderse como una intervención más en el debate público. Cuando un obispo habla, lo hace desde una responsabilidad espiritual que exige coherencia con el Evangelio que proclama. Y es precisamente esa coherencia la que queda gravemente comprometida cuando el lenguaje pastoral adopta categorías de confrontación, exclusión y repliegue identitario.
Ese núcleo del Evangelio queda desdibujado cuando el discurso se desplaza hacia la defensa de lo propio frente a lo ajeno. Porque Jesús no solo enseñó la acogida, sino que la vivió desde su propia historia. El Evangelio de Mateo recuerda cómo su familia tuvo que huir: «Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto» (Mateo 2,13). No es una metáfora, es una experiencia concreta: Dios hecho hombre conoce la condición del refugiado. Por eso, cada vez que se endurece el lenguaje contra quienes hoy cruzan fronteras empujados por la desesperación, no se está hablando solo de política migratoria; se está oscureciendo el rostro de Cristo en los más vulnerables.
La retórica de la “reconquista” desplaza el centro del cristianismo hacia una lógica ajena al Evangelio. Jesucristo no llamó a defender identidades ni territorios, sino a una transformación radical de la mirada. «Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen» (Mateo 5,44), proclama en el sermón del monte. Este mandato no es compatible con discursos que sugieren amenaza, que alimentan el miedo o que refuerzan la desconfianza hacia el diferente. El Evangelio no legitima el rechazo; lo desarma.
Santiago Agrelo ha recordado insistentemente que el migrante no es una cifra ni un problema geopolítico, sino un hermano concreto que sufre, mientras que Juan Simarro,presidente de Misión Evangélica Urbana de Madrid, ha subrayado que la respuesta cristiana solo puede construirse desde la compasión, la justicia y la dignidad humana. Estas voces no representan una sensibilidad marginal, sino una fidelidad exigente al Evangelio.
En este punto, conviene escuchar a quienes dentro de la propia tradición cristiana han mantenido una voz clara y fiel. Santiago Agrelo ha recordado insistentemente que el migrante no es una cifra ni un problema geopolítico, sino un hermano concreto que sufre, mientras que Juan Simarro, presidente de Misión Evangélica Urbana de Madrid, ha subrayado que la respuesta cristiana solo puede construirse desde la compasión, la justicia y la dignidad humana. Estas voces no representan una sensibilidad marginal, sino una fidelidad exigente al Evangelio.
Frente a ello, el énfasis en la “gobernanza fallida” y en la amenaza externa corre el riesgo de reducir el fenómeno migratorio a una cuestión de control, dejando en la sombra su dimensión más urgente: la de vidas que huyen del hambre, de la violencia y de la desesperanza. La historia reciente muestra, además, que las respuestas centradas exclusivamente en la dureza pueden desembocar en prácticas profundamente cuestionables. Durante el gobierno de Mariano Rajoy, con Jorge Fernández Díaz al frente del Ministerio del Interior, el uso de pelotas de goma contra migrantes en Ceuta provocó una fuerte condena internacional. Ese episodio no es un argumento partidista, sino un recordatorio de hasta dónde puede llegar una política que pierde de vista la dignidad inviolable de toda persona.
La historia reciente muestra, además, que las respuestas centradas exclusivamente en la dureza pueden desembocar en prácticas profundamente cuestionables. Durante el gobierno de Mariano Rajoy, con Jorge Fernández Díaz al frente del Ministerio del Interior, el uso de pelotas de goma contra migrantes en Ceuta provocó una fuerte condena internacional. Ese episodio no es un argumento partidista, sino un recordatorio de hasta dónde puede llegar una política que pierde de vista la dignidad inviolable de toda persona.
El Evangelio señala un camino radicalmente distinto. El Magníficat proclama que Dios «derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes» (Lucas 1,52), subvirtiendo cualquier intento de blindar privilegios o de justificar exclusiones. Y el apóstol Pablo lo expresa con claridad al afirmar: «Ya no hay judío ni griego… porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3,28). La identidad cristiana no se construye frente al otro, sino con el otro y para el otro.
Cuando un obispo adopta un lenguaje que coincide con narrativas de miedo y confrontación, la Iglesia corre el riesgo de perder su voz profética.Deja de ser conciencia crítica para convertirse en eco. Y en ese proceso, el Evangelio queda reducido a un recurso retórico que legitima posiciones previamente asumidas. Esa inversión es profundamente problemática, porque vacía de contenido la misión pastoral y confunde a los fieles sobre lo esencial.
No se trata de negar la complejidad de los fenómenos migratorios ni de ignorar los desafíos políticos que plantean. Se trata de no olvidar que, para un cristiano, el punto de partida no es la seguridad ni la identidad, sino el rostro del otro. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mateo 5,7). Esta bienaventuranza no es una recomendación opcional, sino una exigencia que define la autenticidad de la fe.
En última instancia, la pregunta que queda en el aire es profundamente evangélica: ¿dónde está Cristo hoy? Y la respuesta, según sus propias palabras, no apunta a las fronteras que se defienden, sino a quienes las cruzan con miedo y esperanza. «Fui forastero y me acogisteis». Todo lo demás, por elocuente que parezca, queda juzgado a la luz de esa frase.
Por eso, sustituir el lenguaje del Evangelio por el de la “reconquista” no es un simple desliz retórico, sino un desplazamiento de fondo que exige una corrección clara. La Iglesia no está llamada a levantar muros simbólicos, sino a abrir caminos de encuentro. No está llamada a señalar amenazas, sino a reconocer heridas. No está llamada a reforzar identidades excluyentes, sino a anunciar una fraternidad que no deja a nadie fuera.
En última instancia, la pregunta que queda en el aire es profundamente evangélica: ¿dónde está Cristo hoy? Y la respuesta, según sus propias palabras, no apunta a las fronteras que se defienden, sino a quienes las cruzan con miedo y esperanza. «Fui forastero y me acogisteis». Todo lo demás, por elocuente que parezca, queda juzgado a la luz de esa frase.