Jorge González Guadalix: comunidad, parroquia y el riesgo de confundir vida con nostalgia

La reflexión de Jorge González Guadalix sobre la “comunidad cristiana” en el mundo rural parte de una defensa comprensible de la piedad popular, pero termina presentando una visión reducida y bastante simplificada de lo que la Iglesia es y puede ser.

Al contraponer devoción sencilla y reflexión teológica, acaba dejando fuera dimensiones esenciales de la vida eclesial que también forman parte del Evangelio.

Jorge Fernández Guadalix
Jorge Fernández Guadalix

El debate que plantea Jorge González Guadalix sobre la llamada “comunidad cristiana” en el ámbito rural toca un punto real —la tensión entre modelos pastorales distintos—, pero lo resuelve mediante una oposición simplificada que acaba reduciendo la riqueza eclesial a dos caricaturas: por un lado, el “pueblo fiel” que reza, limpia el templo y asiste a misa; por otro, el “urbanita ilustrado” que teoriza, organiza y, según su visión, invade la vida parroquial con pretensiones ideológicas. El problema de fondo no es la defensa de la piedad popular, que es valiosa, sino la reducción de la comunidad cristiana a una sola de sus dimensiones.

El Evangelio no permite esa reducción. Cuando Jesús dice: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20), no está describiendo un grupo sociológico homogéneo ni un estilo cultural concreto, sino una realidad espiritual: la presencia de Cristo en la comunión de los creyentes. Esa comunión no se define por la forma externa —rosario, asamblea, grupo de reflexión o servicio litúrgico— sino por la vida compartida en la fe, la esperanza y la caridad.

Dones y carismas
Dones y carismas
San Pablo es claro: “Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; diversidad de ministerios, pero un mismo Señor” (1 Cor 12,4-5).

En el texto de Guadalix se percibe una crítica al “núcleo motor” parroquial como si fuera necesariamente un grupo elitista que sustituye al resto del pueblo. Sin embargo, aquí conviene matizar: el problema no es que existan grupos de formación o coordinación pastoral, sino que se absoluticen o se cierren sobre sí mismos. Pero la solución no puede ser eliminar toda mediación organizada o toda reflexión teológica, como si pensar la fe fuera una amenaza. San Pablo es claro: “Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; diversidad de ministerios, pero un mismo Señor” (1 Cor 12,4-5).

La Iglesia siempre ha vivido de esta diversidad. Reducir la comunidad a la suma de prácticas devocionales —por muy sinceras que sean— puede empobrecerla tanto como reducirla a un aula de teología. El riesgo de la visión defendida por Guadalix es convertir la parroquia en una especie de cofradía de mantenimiento religioso, donde lo esencial es “no perder la misa” y “tener el templo limpio”, mientras se diluye la dimensión misionera, formativa y social del Evangelio.

Un solo cuerpo en Cristo
Un solo cuerpo en Cristo
Jesús no idealiza ninguna clase social ni ningún entorno geográfico. De hecho, rompe constantemente esas fronteras: dialoga con fariseos y pecadores, con pescadores y con escribas, con ricos y pobres. El criterio no es la procedencia, sino la apertura a la verdad. “La verdad os hará libres” (Jn 8,32) no distingue entre pueblo y ciudad, entre sabios e ignorantes.

El propio libro de los Hechos describe una comunidad cristiana mucho más compleja: “Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42). Es decir, había liturgia, pero también enseñanza; había oración, pero también estructura comunitaria. No es una Iglesia solo devocional ni solo intelectual, sino una Iglesia viva en múltiples dimensiones.

La crítica al “urbanita teólogo” y la defensa del “pueblo sencillo” introduce además una división cultural que el Evangelio no sostiene. Jesús no idealiza ninguna clase social ni ningún entorno geográfico. De hecho, rompe constantemente esas fronteras: dialoga con fariseos y pecadores, con pescadores y con escribas, con ricos y pobres. El criterio no es la procedencia, sino la apertura a la verdad. “La verdad os hará libres” (Jn 8,32) no distingue entre pueblo y ciudad, entre sabios e ignorantes.

Comunidades de base
Comunidades de base
La Iglesia siempre ha vivido de esta diversidad. Reducir la comunidad a la suma de prácticas devocionales —por muy sinceras que sean— puede empobrecerla tanto como reducirla a un aula de teología. El riesgo de la visión defendida por Guadalix es convertir la parroquia en una especie de cofradía de mantenimiento religioso, donde lo esencial es “no perder la misa” y “tener el templo limpio”, mientras se diluye la dimensión misionera, formativa y social del Evangelio.

Cuando se ridiculiza la formación teológica o la reflexión crítica como si fueran intrusiones ajenas a la vida parroquial, se corre el riesgo de caer en un antiintelectualismo pastoral que empobrece la fe. La tradición de la Iglesia nunca ha separado la piedad de la inteligencia. San Agustín, Santo Tomás o el propio magisterio contemporáneo han insistido en que la fe busca comprenderse. Una comunidad sin reflexión puede sobrevivir culturalmente, pero difícilmente crecerá en profundidad.

Por otra parte, tampoco es justo despreciar la riqueza de la piedad popular. El rosario, la adoración, la cercanía al templo o el cuidado de los enfermos son expresiones reales de fe. Pero precisamente por ser valiosas, necesitan integrarse en una visión más amplia. El riesgo no está en que existan “las Rafaelas y Joaquinas”, sino en que se les niegue la posibilidad de participar en la comprensión y el discernimiento de su propia fe.

El Concilio Vaticano II insistió en la corresponsabilidad de todos los fieles en la misión de la Iglesia, no como concesión sociológica, sino como consecuencia del bautismo. La comunidad cristiana no es un sistema de dos niveles —los que piensan y los que ejecutan—, sino un cuerpo donde todos aportan algo distinto. San Pedro lo expresa con claridad: “Cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido” (1 Pe 4,10).

Un solo cuerpo
Un solo cuerpo
El Concilio Vaticano II insistió en la corresponsabilidad de todos los fieles en la misión de la Iglesia, no como concesión sociológica, sino como consecuencia del bautismo. La comunidad cristiana no es un sistema de dos niveles —los que piensan y los que ejecutan—, sino un cuerpo donde todos aportan algo distinto. San Pedro lo expresa con claridad: “Cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido” (1 Pe 4,10).

Finalmente, la contraposición entre campo y ciudad tampoco resiste una mirada realista. En ambos espacios hay fe viva, rutina, búsqueda y contradicción. Crear un relato donde el pueblo es siempre fiel y la ciudad siempre sospechosa no ayuda a la Iglesia; la empobrece. La comunión eclesial no se construye sobre identidades culturales enfrentadas, sino sobre la unidad en Cristo que supera todas las fronteras humanas.

En definitiva, el problema no es que existan comunidades simples o comunidades reflexivas, ni que haya distintos modelos de parroquia. El problema aparece cuando se identifica uno de esos modelos con la totalidad del Evangelio. La Iglesia no es ni solo tradición devocional ni solo laboratorio teológico: es, como recuerda San Pablo, “un solo cuerpo con muchos miembros” (1 Cor 12,12).

Quizá la verdadera pregunta no sea quién es “comunidad auténtica”, sino cómo hacer para que todas esas personas —Cándidos, Ismaeles, Mari Cármenes o teólogos— puedan reconocerse mutuamente como parte del mismo Pueblo de Dios. Porque, al final, la medida de la comunidad cristiana no es su estilo, sino su capacidad de reflejar el Evangelio.

También te puede interesar

Lo último

stats