Jorge González Guadalix y el doble rasero de un catolicismo sin misericordia
Jorge González Guadalix vuelve a retratar una de las contradicciones más incómodas de cierto catolicismo: exigir libertad de expresión sin límites para quienes piensan como él y ridiculizar a los cristianos que alzan la voz cuando se sienten ante un discurso incompatible con el Evangelio. Mucha libertad para los propios; demasiada poca misericordia para los demás.
La cancelación y posterior traslado de una conferencia en Jerez a cargo del activista político Rubén Pulido, conocido por sus posiciones beligerantes sobre la inmigración irregular, ha vuelto a encender el debate sobre los límites de la libertad de expresión en el ámbito eclesial. La controversia cobró fuerza tras la airada reacción de ciertos sectores conservadores ante las protestas de diversos colectivos cristianos de la zona. Entre esas voces destaca la del sacerdote Jorge González Guadalix, quien en un reciente artículo publicado en InfoCatólica censura con dureza la oposición a dicho acto y cuestiona la representatividad de los creyentes críticos.
Hay una forma de defender a la Iglesia que termina convirtiendo el Evangelio en una trinchera ideológica. Es la de quienes reclaman libertad absoluta cuando hablan los suyos, pero ridiculizan a los cristianos que discrepan; quienes denuncian la censura cuando se traslada una conferencia, pero guardan silencio ante políticas que golpean a los pobres y convierten al extranjero en sospechoso.
González Guadalix pregunta con ironía cuántos colectivos cristianos protestaron y a quién representan. Pero ¿desde cuándo hace falta ser mayoría para defender el Evangelio? ¿Desde cuándo la conciencia de unos creyentes merece ser ridiculizada porque incomoda a quienes se consideran guardianes de la identidad católica? No parece que el problema sea la falta de representatividad de esos cristianos, sino que se atrevan a cuestionar un discurso que algunos quieren proteger de toda crítica.
La libertad de expresión ampara al conferenciante, pero también a quienes denuncian lo que consideran contrario al Evangelio. Protestar no es necesariamente censurar. Y si vamos a hablar de libertad, convendría recordar que la propia historia de la Iglesia conoce teólogos investigados, sancionados y apartados de la enseñanza o sometidos a restricciones para hablar y escribir. Los casos de Hans Küng, Leonardo Boff, José María Castillo, Juan José Tamayo…, deberían bastar para pedir un poco de humildad a quienes hoy se escandalizan ante cualquier limitación que afecte a los suyos.
Los casos de Hans Küng, Leonardo Boff, José María Castillo, Juan José Tamayo…, deberían bastar para pedir un poco de humildad a quienes hoy se escandalizan ante cualquier limitación que afecte a los suyos.
La libertad no puede ser un privilegio para los propios ni la ortodoxia una excusa para despreciar a los discrepantes.
Pero la contradicción más grave no está ahí. Está en la facilidad con que algunos ambientes católicos se alinean con discursos políticos de dureza hacia los inmigrantes y, al mismo tiempo, se presentan como defensores de la civilización cristiana. Vox ha defendido las expulsiones de inmigrantes en situación irregular y la prioridad nacional en el acceso a ayudas. Es legítimo debatir las políticas migratorias, pero también es legítimo preguntar qué sucede cuando el extranjero aparece reiteradamente como amenaza y su vulnerabilidad queda fuera del encuadre.
Miremos también a Estados Unidos. La política de tolerancia cero de la primera Administración Trump provocó en 2018 la separación de miles de niños de sus padres en la frontera. ¿Dónde queda la defensa de la familia cuando una política pública causa semejante sufrimiento? ¿Puede un cristiano justificarlo simplemente porque el dirigente responsable combate a la izquierda?Cuando la afinidad política nos vuelve indulgentes ante el dolor de los vulnerables, la ideología ha empezado a ocupar el lugar de la conciencia.
Y el doble rasero no termina en la inmigración. La visita de Javier Milei a Madrid estos días y su encuentro con Isabel Díaz Ayuso vuelven a poner sobre la mesa el modelo de austeridad y recortes impulsado por el presidente argentino. Sus consecuencias sociales merecen un examen serio, especialmente cuando afectan a pensiones, ingresos y servicios de los que dependen personas vulnerables. No basta con celebrar la motosierra contra el gasto público sin preguntar quién termina pagando el precio.
Antes de preguntar cuántos son los cristianos que protestan, convendría preguntarse por qué su defensa del inmigrante incomoda tanto. Antes de denunciar la censura ajena, convendría examinar la propia historia. Y antes de bendecir las políticas de los poderosos, convendría recordar de qué lado se situó Jesucristo.
¿Dónde está la voz profética de la Iglesia cuando las políticas económicas descargan sacrificios sobre quienes menos tienen? ¿Por qué se exige tanta claridad doctrinal en unas cuestiones y tanta prudencia, silencio o indulgencia en otras? No se trata de que la Iglesia deba apoyar a un partido, sino de que no puede convertir la defensa de la vida en una bandera selectiva, mientras olvida la vida concreta del pobre, del anciano, del trabajador precario o del inmigrante.
El papa Francisco fue explícito en Fratelli tutti, número 39, al advertir contra la xenofobia y contra los cristianos que permiten que sus preferencias políticas prevalezcan sobre las convicciones profundas de la fe. Y en el número 129 defendió la acogida, la protección, la promoción y la integración de los migrantes. No son consignas partidistas: son exigencias morales que deben interpelar a todos, también a quienes se consideran conservadores y defensores de la tradición.
Antes de preguntar cuántos son los cristianos que protestan, convendría preguntarse por qué su defensa del inmigrante incomoda tanto. Antes de denunciar la censura ajena, convendría examinar la propia historia. Y antes de bendecir las políticas de los poderosos, convendría recordar de qué lado se situó Jesucristo.
Jesús, en Mateo 25,35, no dijo: «Fui forastero y examinasteis si mi presencia os convenía». Dijo: «Fui forastero y me hospedasteis». Y en Mateo 25,40 identificó su propia presencia con la de los más pequeños. No podemos proclamar a Cristo en el altar y darle la espalda en la frontera, en el comedor social o en la familia que no llega a fin de mes.
Lo verdaderamente rancio no es ser conservador. Es aferrarse a una identidad religiosa que exige obediencia a los propios, sospecha de los diferentes y misericordia solo para quienes consideramos de los nuestros. Es invocar la libertad para defender una conferencia y olvidar la libertad de los teólogos censurados. Es indignarse por una protesta cristiana y no mostrar la misma indignación ante el sufrimiento de los pobres.
González Guadalix tiene derecho a defender sus posiciones. Pero sus argumentos también deben someterse al juicio del Evangelio. Ninguna asociación, ningún partido y ningún comentarista posee en exclusiva la identidad católica.
Antes de preguntar cuántos son los cristianos que protestan, convendría preguntarse por qué su defensa del inmigrante incomoda tanto. Antes de denunciar la censura ajena, convendría examinar la propia historia. Y antes de bendecir las políticas de los poderosos, convendría recordar de qué lado se situó Jesucristo.
Porque el problema no es que el Evangelio incomode a la política. El problema es que algunos pretendan acomodar el Evangelio a sus preferencias políticas.