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Jorge González Guadalix y los mandamientos “perdidos”: memoria, nostalgia y realidad

Entre la nostalgia y el diagnóstico apresurado, conviene afinar la mirada.

Porque no todo lo que se ha perdido era esencial, ni todo lo esencial se ha perdido.

Jorge González Guadalix.Captura

Resulta llamativo que, en determinados diagnósticos sobre la vida cristiana actual, el foco vuelva una y otra vez a los mismos puntos: la sexualidad, la asistencia dominical a misa y una supuesta pérdida de conciencia de pecado. Se diría que, para algunos, la crisis de la fe contemporánea se resume en que ya no se confiesa lo de antes. Sin embargo, quizá la cuestión no sea tanto qué se ha perdido, sino qué se ha transformado y por qué.

Es cierto que durante décadas —no tan lejanas— hubo una sensibilidad muy concreta en torno a determinados mandamientos. Faltar a misa y los llamados pecados de impureza ocupaban un lugar central en la conciencia moral de muchos creyentes. Pero también es verdad que esa centralidad no surgía en el vacío. Estaba sostenida por un entramado cultural, social e incluso político donde la religión no solo orientaba la vida personal, sino que marcaba normas colectivas, imponía conductas y, en ocasiones, se vigilaba desde instancias externas.

El Franquismo y la Iglesia
Es cierto que durante décadas —no tan lejanas— hubo una sensibilidad muy concreta en torno a determinados mandamientos. Faltar a misa y los llamados pecados de impureza ocupaban un lugar central en la conciencia moral de muchos creyentes. Pero también es verdad que esa centralidad no surgía en el vacío. Estaba sostenida por un entramado cultural, social e incluso político donde la religión no solo orientaba la vida personal, sino que marcaba normas colectivas, imponía conductas y, en ocasiones, se vigilaba desde instancias externas.

Conviene no idealizar aquel contexto. Ir a misa no siempre era fruto de una decisión libre y madura, sino que muchas veces estaba condicionado por la presión social o incluso por el miedo. En la España de otro tiempo, no asistir al culto dominical podía acarrear consecuencias reales, desde la reprobación vecinal hasta la intervención de la autoridad. Y aquí conviene recordar —con la distancia que da el tiempo y una cierta ironía inevitable— cómo funcionaba aquella maquinaria de vigilancia moral: no había teléfonos móviles, ni redes sociales, ni sofisticados sistemas de control, pero bastaba con que un campesino, apremiado por una semana de lluvias, decidiera trabajar el domingo para no perder la cosecha, para que, casi con precisión providencial, apareciera la Guardia Civil. El campo era amplio, los caminos inciertos y las comunicaciones escasas, pero la infracción del precepto dominical parecía tener una capacidad casi milagrosa para ser detectada. Aquella “conciencia” tan añorada estaba, en parte, sostenida por una mezcla de fe, costumbre y coerción que difícilmente puede proponerse hoy como modelo.

Del mismo modo, la insistencia casi obsesiva en la moral sexual generó una percepción muy concreta del pecado. Durante generaciones, se transmitió la idea de que la pureza —entendida de forma reductiva y casi exclusivamente corporal— era el termómetro principal de la vida cristiana. Esto produjo no pocas distorsiones: escrúpulos innecesarios, culpabilidades desproporcionadas y, sobre todo, una reducción del mensaje evangélico a un conjunto de prohibiciones centradas “de cintura para abajo”.

La represión sexual en la Iglesia
Del mismo modo, la insistencia casi obsesiva en la moral sexual generó una percepción muy concreta del pecado. Durante generaciones, se transmitió la idea de que la pureza —entendida de forma reductiva y casi exclusivamente corporal— era el termómetro principal de la vida cristiana. Esto produjo no pocas distorsiones: escrúpulos innecesarios, culpabilidades desproporcionadas y, sobre todo, una reducción del mensaje evangélico a un conjunto de prohibiciones centradas “de cintura para abajo”.

Hoy, en cambio, muchas personas —incluidas no pocas comprometidas en la vida eclesial— han desplazado su preocupación hacia otros ámbitos: la calidad de las relaciones humanas, la justicia, la sinceridad, el cuidado del otro, la coherencia vital. ¿Es esto una pérdida de conciencia de pecado o, más bien, un cambio en la comprensión de lo que realmente daña al ser humano y rompe la fraternidad?

Quizá la pregunta de fondo debería ser otra: ¿qué entiende hoy la Iglesia por pecado y cómo lo comunica? Porque no es lo mismo transmitir una moral basada en el miedo que proponer un camino que brota del sentido, de la libertad y del amor. Durante demasiado tiempo, la enseñanza moral ha puesto el acento en la falta, en lo prohibido, en el límite, dejando en segundo plano la belleza de una vida vivida con sentido, con responsabilidad y con apertura al otro.

En este contexto, no sorprende que muchos hayan dejado de identificarse con un discurso que perciben como repetitivo, parcial o desconectado de la experiencia real. No se trata necesariamente de ignorancia o comodidad, como a veces se afirma, sino de una transformación cultural profunda en la que la fe ya no se hereda sin más, sino que debe ser comprendida, asumida y recreada personalmente.

Además, centrar el diagnóstico en la desaparición de ciertos pecados puede ocultar otras cuestiones mucho más urgentes. La credibilidad moral de la Iglesia no se juega hoy en si alguien falta a misa o en cómo vive su intimidad, sino en aspectos mucho más decisivos: la transparencia, la justicia, la capacidad de reconocer errores, la cercanía a las víctimas y la coherencia institucional. Ignorar esto mientras se insiste en los mismos temas de siempre corre el riesgo de desplazar la atención de lo verdaderamente esencial.

La Iglesia en el franquismo
La credibilidad moral de la Iglesia no se juega hoy en si alguien falta a misa o en cómo vive su intimidad, sino en aspectos mucho más decisivos: la transparencia, la justicia, la capacidad de reconocer errores, la cercanía a las víctimas y la coherencia institucional. Ignorar esto mientras se insiste en los mismos temas de siempre corre el riesgo de desplazar la atención de lo verdaderamente esencial.

Esto no significa negar la importancia de la tradición moral ni vaciar de contenido los mandamientos. Significa, más bien, releerlos desde una comprensión más amplia y más evangélica. El descanso dominical, por ejemplo, no debería vivirse como una obligación impuesta, sino como una oportunidad para reconectar con Dios, con la comunidad y con uno mismo. La sexualidad, por su parte, no puede seguir siendo presentada únicamente desde la sospecha, sino como una dimensión humana que requiere madurez, responsabilidad y sentido, no solo prohibición.

Tal vez, en lugar de lamentar que “se han perdido mandamientos”, habría que preguntarse si no ha llegado el momento de recuperar su sentido profundo, liberándolos de las adherencias culturales que los han deformado. Porque el riesgo no es que la gente deje de confesarse de ciertas cosas, sino que deje de encontrar en la fe un horizonte significativo para su vida.

En el fondo, el cristianismo no nació como un sistema de control moral, sino como una propuesta de vida nueva centrada en la dignidad de cada persona y en el amor como principio fundamental. Cuando esta perspectiva se pierde, todo se reduce a normas que se cumplen o se incumplen, y la experiencia religiosa se empobrece.

Por eso, más que preguntarnos qué pecados han desaparecido, quizá convendría preguntarnos qué tipo de conciencia estamos ayudando a formar. Una conciencia infantil, dependiente del miedo y de la norma externa, o una conciencia adulta, capaz de discernir, de asumir responsabilidades y de vivir desde la libertad.

Puede que algunos mandamientos hayan dejado de ocupar el lugar que tenían. Pero tal vez no sea una pérdida sin más. Quizá sea también una oportunidad para purificar la mirada, ensanchar la comprensión moral y volver a lo esencial: una fe que no se impone, sino que se propone; que no se reduce a vigilar conductas, sino que invita a construir una vida más humana, más justa y más verdadera.

Sexualidad y Religión

 

 

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