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Juan Cejudo: sesenta años en la frontera viva del Evangelio

Frente a una Iglesia tentada por el poder, Juan Cejudo representa, sesenta años después, la vigencia de un Evangelio vivido sin privilegios: desde el trabajo, la comunidad y la cercanía a los excluidos.

Juan Cejudo

Cumplir sesenta años de ordenación no es solo una cifra redonda; es un testimonio que interpela, una vida que habla por sí misma. En el caso de Juan Cejudo, este aniversario se convierte en una verdadera celebración de la coherencia, la entrega y la fidelidad al Evangelio vivido desde abajo, allí donde más duele la vida y donde más urgente es la esperanza.

Hablar de Juan Cejudo es hablar de una vocación profundamente encarnada en la realidad, una vocación que no se entiende desde la distancia ni desde el privilegio, sino desde la cercanía, la humildad y el compromiso. Desde su ordenación en 1966, su camino ha estado marcado por una intuición clara: el sacerdote no está llamado a separarse del mundo, sino a habitarlo como uno más, tal como nos muestra el propio Evangelio en la vida de Jesús, que camina con su pueblo y comparte su destino (cf. Jn 1,14: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”).

Y así lo hizo. Su opción por ser “cura obrero” no fue un gesto simbólico ni una moda pasajera, sino una decisión radical y profundamente evangélica. Trabajar con sus manos, compartir salario, vivir las mismas dificultades que sus vecinos… todo ello fue la manera concreta de hacer vida aquello que tantas veces se proclama desde los púlpitos. En barrios humildes, entre trabajadores, entre familias que luchan cada día por salir adelante, Cejudo encontró su lugar natural: el lugar donde el Evangelio deja de ser discurso para convertirse en vida compartida.

Comunidad cristiana
Una Iglesia verdaderamente viva no puede construirse desde la pasividad, sino desde la participación activa de todo el Pueblo de Dios.

Esta forma de entender el ministerio ha sido, sin duda, uno de los grandes signos de su trayectoria. Porque Juan Cejudo no ha buscado nunca el reconocimiento,ni los títulos, ni los honores. Muy al contrario, ha optado por hacerse pequeño, por desaparecer como figura de poder para convertirse en presencia fraterna, siguiendo las palabras del Evangelio: “el que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos” (Mc 9,35). ¡Y ahí reside gran parte de su grandeza!

Otro de los pilares fundamentales de su vida pastoral ha sido su apuesta decidida por las Comunidades Cristianas de Base. Frente a una Iglesia que en ocasiones puede parecer lejana, burocrática o excesivamente estructurada, Cejudo ha defendido siempre el valor de lo pequeño, de lo cercano, de lo auténtico.

En estas comunidades, la fe no se impone ni se consume: se comparte, se dialoga y se construye entre todos. La Biblia deja de ser un libro distante para convertirse en palabra viva que ilumina la realidad cotidiana. Los problemas concretos —el desempleo, los desahucios, la migración, la soledad— se colocan en el centro, no como obstáculos, sino como lugar teológico donde Dios sigue hablando, como tantas veces sucede en el Evangelio, donde Jesús parte de la vida concreta de las personas.

Y en ese espacio, además, se produce algo profundamente transformador: la corresponsabilidad real de los laicos, especialmente de las mujeres, que asumen un papel protagonista en la vida de la comunidad. Para Juan esto no es una concesión, sino una exigencia evangélica. Porque una Iglesia verdaderamente viva no puede construirse desde la pasividad, sino desde la participación activa de todo el Pueblo de Dios.

A lo largo de estos sesenta años, Juan Cejudo no ha dejado de soñar. Y lo ha hecho con valentía. Su voz, siempre serena pero firme, ha defendido una Iglesia más transparente, más sencilla, más fiel al Evangelio. Una Iglesia que no acumule bienes mientras haya personas sin techo —“tuve hambre y me disteis de comer… estuve sin techo y me acogisteis” (cf. Mt 25,35)—, una Iglesia que ponga su patrimonio al servicio de los más pobres, una Iglesia que sea, de verdad, signo de la misericordia de Dios en medio del mundo, como nos pide el corazón mismo del Evangelio.

Sus críticas, cuando las ha habido, no nacen del enfrentamiento ni de la ruptura, sino de un profundo amor a la Iglesia. Porque solo quien ama de verdad se atreve a desear una Iglesia mejor. Y en ese sentido, su visión coincide con la de tantos creyentes que anhelan una Iglesia samaritana, cercana, capaz de detenerse ante el herido del camino (cf. Lc 10,33-34), tal como narra el Evangelio.

La Iglesia con la que sueña Juan Cejudo —y con la que sueño yo mismo, junto a tantas personas que desean servir honradamente a la Iglesia con un auténtico espíritu de servicio— es una Iglesia donde la jerarquía se haga pequeña y servidora, donde desaparezcan los títulos y los honores mundanos, donde lo importante no sea el rango sino el servicio. Una Iglesia más humana, más fraterna, donde las relaciones auténticas sustituyan a las estructuras impersonales, en plena fidelidad al Evangelio.

Jesús está entre los que le buscan sin importar el número
“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”

Sueña —y soñamos— con comunidades vivas, no masificadas, donde la fe no sea rutina ni costumbre, sino experiencia transformadora. Comunidades que se inserten en el mundo como fermento, como luz discreta pero eficaz, dando testimonio de Jesús no solo con palabras, sino con la propia vida, como pide el Evangelio: “vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,13-14).

También sueña —y soñamos— con una renovación profunda de la praxis sacramental, superando el automatismo y la repetición vacía, para dar paso a celebraciones verdaderamente participativas, donde la fe y la vida se encuentren, donde el Reino de Dios se haga visible en gestos concretos de fraternidad y compromiso.

En definitiva, la vida de Juan Cejudo es un recordatorio luminoso de lo esencial. En un tiempo donde tantas cosas parecen cambiar con rapidez, su trayectoria nos muestra que hay algo que permanece: la fidelidad al Evangelio vivido con autenticidad.

Celebrar estos sesenta años no es solo mirar al pasado con gratitud, sino también mirar al presente y al futuro con esperanza. Porque su ejemplo sigue siendo necesario. Porque su forma de vivir la fe sigue siendo profundamente actual. Porque su testimonio sigue invitando a muchas personas —entre los que me incluyo— a preguntarse qué significa realmente seguir a Jesús desde el Evangelio.

Juan Cejudo es, ante todo, un buscador sincero de Dios, un hombre que ha entendido que encontrar a Dios pasa, inevitablemente, por encontrarse con los hermanos, especialmente con los más pobres, tal como nos enseña el Evangelio: “lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). Es un sacerdote que no ha buscado lo mundano, que no ha ambicionado poder ni prestigio, sino que ha querido, sencillamente, servir.

Y en ese servicio humilde, constante, silencioso muchas veces, ha construido un legado inmenso: el de una vida entregada, el de una fe vivida sin máscaras, el de un Evangelio hecho carne en la historia concreta de las personas.

Sesenta años después, su vida sigue diciendo, con fuerza y con claridad, que otra Iglesia es posible. Y que empieza, siempre, por lo mismo: por el amor, por la cercanía y por la fidelidad a los más pequeños, enraizada siempre en la verdad viva del Evangelio.

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