Entre la pregunta y el espectáculo: el debate en torno a Vito Quiles
La libertad de prensa es un pilar democrático, pero exige responsabilidad en sus formas.
El caso de Vito Quiles plantea un necesario debate sobre los límites del periodismo.
En los últimos días, la figura de Vito Quiles ha vuelto a situarse en el centro del debate público tras diversos episodios de confrontación con figuras políticas, entre ellas Begoña Gómez. Estos hechos, aún abiertos y pendientes de clarificación en el ámbito judicial, no deberían ser utilizados como munición partidista inmediata, sino como una oportunidad para una reflexión más profunda: ¿qué entendemos hoy por periodismo y cuáles son sus límites éticos reales?
Conviene comenzar con una distinción esencial que a menudo se diluye en el ruido contemporáneo: la legalidad no agota la legitimidad. Que una conducta esté amparada por la ley no implica que sea profesionalmente correcta ni moralmente defendible. El periodismo, en su concepción más noble, no es simplemente un ejercicio de libertad, sino una práctica guiada por principios: veracidad, responsabilidad, proporcionalidad y respeto.
En este sentido, resulta inevitable recordar la visión de Gabriel García Márquez, quien defendía que el periodismo debía ser “el mejor oficio del mundo”, precisamente porque exigía un compromiso ético permanente. Para él, la verdad no era un accesorio, sino el eje vertebrador de la profesión. Convertir la actividad periodística en un mecanismo de presión, incomodidad calculada o confrontación reiterada supone desnaturalizar ese compromiso.
Conviene comenzar con una distinción esencial que a menudo se diluye en el ruido contemporáneo: la legalidad no agota la legitimidad. Que una conducta esté amparada por la ley no implica que sea profesionalmente correcta ni moralmente defendible. El periodismo, en su concepción más noble, no es simplemente un ejercicio de libertad, sino una práctica guiada por principios: veracidad, responsabilidad, proporcionalidad y respeto.
Las formas, en este contexto, no son un elemento superficial. Son, en realidad, el reflejo visible de la intención. No es lo mismo preguntar para esclarecer que interpelar para provocar; no es equivalente fiscalizar que hostigar. La insistencia, el tono y el encuadre de determinadas intervenciones generan la percepción —cada vez más extendida— de que nos encontramos ante una lógica distinta a la del periodismo clásico: una lógica donde la visibilidad sustituye al rigor y donde el impacto emocional desplaza a la búsqueda honesta de la verdad.
Este desplazamiento no es trivial. Cuando el periodismo abandona su vocación de servicio público y se aproxima al terreno del espectáculo, se erosiona la confianza social en los medios como institución. Y esa erosión no distingue ideologías: afecta al conjunto del ecosistema democrático.
El debate se complejiza al observar las reacciones políticas. Desde el Partido Popular, y en particular desde voces como Miguel Tellado, se ha tendido a enmarcar estas actuaciones bajo el paraguas de la libertad de prensa. Sin embargo, esta defensa plantea una tensión difícil de obviar: ¿puede defenderse la calidad democrática mientras se legitiman prácticas que, en la percepción de muchos, contribuyen a degradar el debate público?
¿puede defenderse la calidad democrática mientras se legitiman prácticas que, en la percepción de muchos, contribuyen a degradar el debate público?
La coherencia, en política, no solo se mide en los programas o en los discursos formales, sino también en los referentes que se validan. Si se considera que ciertos espacios mediáticos han sido colonizados por el activismo, la respuesta más sólida no parece ser la adopción de prácticas similares, sino la reivindicación de estándares más exigentes. Elevar el nivel del debate requiere asumir el coste de la moderación, incluso cuando esta no genera rédito inmediato.
Por otro lado, es imprescindible subrayar un elemento de prudencia: la denuncia presentada por Begoña Gómez sigue su curso, y corresponde a las instancias judiciales determinar su alcance. Anticipar juicios definitivos o instrumentalizar el proceso en clave partidista solo contribuye a alimentar un clima de polarización que dificulta cualquier análisis sereno.
Más allá de este caso concreto, lo que emerge es un fenómeno más amplio: la transformación del espacio mediático en la era digital. Las dinámicas de las redes sociales han alterado profundamente los incentivos del oficio. La inmediatez, la viralidad y la lógica del enfrentamiento generan un entorno donde las formas más agresivas tienden a ser recompensadas con mayor visibilidad, mientras que el análisis pausado queda relegado a un segundo plano.
Este contexto no exime de responsabilidad a los profesionales; al contrario, la intensifica. Precisamente cuando el entorno empuja hacia la simplificación y el exceso, la ética periodística debe actuar como un contrapeso consciente. La deontología no es un adorno teórico, sino una guía práctica que delimita lo que se debe hacer incluso cuando hacerlo resulta menos rentable.
Pero la responsabilidad no recae únicamente en quienes informan. También los ciudadanos, como receptores, desempeñan un papel determinante. El tipo de periodismo que prevalece está, en parte, condicionado por aquello que la audiencia decide consumir y amplificar. Si la provocación constante se convierte en el contenido más premiado, el sistema tenderá a reproducirla.
Por ello, la crítica a la actuación de figuras como Vito Quiles no debería interpretarse como un intento de limitar la libertad de prensa, sino como una defensa de su significado más profundo. La libertad de informar no puede desligarse de la responsabilidad de hacerlo con honestidad y respeto. Sin ese equilibrio, la libertad se vacía de contenido y se convierte en un mero instrumento de confrontación.
En paralelo, los actores políticos deberían resistir la tentación de validar selectivamente aquellas prácticas que, en función del contexto, pueden resultarles útiles. La ética no puede ser táctica ni circunstancial. Defender hoy lo que mañana se denunciará como degradación es una incoherencia que termina por debilitar cualquier proyecto político.
Conviene, por tanto, recuperar una idea que debería ser elemental: el periodismo no consiste solo en tener derecho a preguntar, sino en saber cómo y para qué se pregunta. En esa diferencia, aparentemente sutil, se encuentra la frontera entre un oficio que construye ciudadanía y otro que contribuye a su desgaste.
En última instancia, lo que está en juego trasciende a las personas concretas implicadas. Se trata de la calidad del espacio público, de la dignidad del debate y de la posibilidad misma de una convivencia basada en el respeto y la verdad. Cuando las formas se degradan, el fondo termina inevitablemente afectado.
Conviene, por tanto, recuperar una idea que debería ser elemental: el periodismo no consiste solo en tener derecho a preguntar, sino en saber cómo y para qué se pregunta. En esa diferencia, aparentemente sutil, se encuentra la frontera entre un oficio que construye ciudadanía y otro que contribuye a su desgaste.
Porque, en definitiva, cuando el ruido se apaga y la inmediatez pierde su fuerza, lo que permanece no es el impacto momentáneo, sino la credibilidad construida —o destruida— a lo largo del tiempo. Y, como advertía Ryszard Kapuściński, uno de los grandes referentes del periodismo contemporáneo: “para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos”. En esa exigencia ética, sencilla y radical al mismo tiempo, se encuentra quizá la mejor brújula para no perder el rumbo.