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Juan Torres López y la fe sin coartadas: cuando el Evangelio desenmascara la hipocresía

Juan Torres López acierta al señalar la hipocresía de quienes usan el cristianismo como escudo cultural mientras vacían su contenido ético.

Juan Torres López

Hay artículos que no sólo se leen: se reconocenEl texto de Juan Torres López sobre la incoherencia moral de buena parte de la derecha española que se envuelve en símbolos religiosos mientras practica políticas contrarias al Evangelio es uno de ellos. No porque diga nada extravagante o provocador, sino porque se limita a recordar algo elemental: que el cristianismo no se mide por la frecuencia con la que se acude a misa ni por la solemnidad de los gestos litúrgicos, sino por los frutos. Y eso, hoy, parece profundamente subversivo. No en vano, como recuerda el propio Jesús, “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16).

Juan Torres López hace lo que debería ser normal en una sociedad que se dice cristiana: tomar en serio las palabras de Jesús. No usarlas como adorno retórico ni como identidad cultural, sino asumir su carga ética, incómoda y exigente. Ese núcleo del Evangelio que no deja lugar a escapatorias: “Tuve hambre y no me disteis de comer; fui forastero y no me acogisteis”. A partir de ahí, todo lo demás es accesorio.

Por eso su artículo molesta. Porque desnuda una fe convertida en coartada moral, en bandera política, en arma arrojadiza contra el adversario. Una fe que se exhibe en público, que se proclama con solemnidad, pero que se evapora cuando aparece el inmigrante, el pobre, el sin techo, el trabajador invisible. Una fe que entra en la iglesia… y se queda en la puerta.

Frente a esta crítica, desde determinados ámbitos eclesiales —como los representados en el texto de Jorge González Guadalix en Infocatólica— se responde con una tentación tan antigua como conocida: el repliegue identitarioLa idea de que ser católico consiste, fundamentalmente, en estar bautizado, aceptar un paquete doctrinal cerrado y mantener una vinculación formal con la institución. Todo lo demás —la justicia social, la misericordia, la coherencia ética, la opción por el débil— pasa a un segundo plano, cuando no se mira con sospecha y se etiqueta como “buenismo”, “inquisición moderna” o amenaza a la fe auténtica.

Jorge González Guadalix- captura de pantalla
Sin seguimiento, sin compromiso, sin encarnación, el sacramento queda vacío de contenido, reducido a rito social o a identidad cultural heredada. 

Aquí conviene detenerse con calma, precisamente porque la teología no se defiende simplificándola.

El bautismo no es un carné de pertenencia, ni una acreditación moral automática, ni una póliza de salvación garantizada. El bautismo, según la propia teología católica, es una llamada a la conversión permanente, a vivir conforme al Evangelio, a reproducir en la historia concreta la vida y las actitudes de Jesús. Sin seguimiento, sin compromiso, sin encarnación, el sacramento queda vacío de contenido, reducido a rito social o a identidad cultural heredada. Porque, como advirtió Jesús con claridad incómoda, “no todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21).

Reducir el cristianismo a “estar bautizado y creer lo que la Iglesia enseña” sin integrar cómo se vive eso en la realidad concreta, especialmente ante la pobreza, la exclusión o la injusticia, no es fidelidad doctrinal: es abstracción moral. Y el Evangelio no se escribió para la abstracción, sino para la vida.

Decir “estoy bautizado” sin preguntarse cómo vivoa quién excluyoqué injusticias sostengo o qué sufrimiento ignoro no es defensa de la fe. Es, sencillamente, su caricatura. Porque el bautismo no separa del mundo: compromete con él.

Y aquí aparece la pregunta que tanto incomoda y que algunos prefieren despachar con ironía o sarcasmo clerical: ¿en qué consiste ser buena persona?

Ser buena persona no es un concepto difuso ni una moda ideológica “zurda”. Es algo profundamente humano y, para quien se dice cristiano, profundamente evangélico. Ser buena persona es no dañar, no mentir, no humillar, no despreciar. Es reconocer la dignidad del otro, especialmente cuando ese otro es débil, extranjero, pobre o prescindible. Es no construir bienestar propio sobre el sufrimiento ajeno, ni justificar políticas que generan exclusión mientras se invoca a Dios. Porque, según el propio Jesús, “cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

¿De verdad alguien puede sostener, con el Evangelio en la mano, que una persona no bautizada que vive así está más lejos de Dios que un bautizado que miente, criminaliza, excluye y legitima el miedo? ¿De verdad creemos que Jesús preguntaba por el certificado sacramental antes de curar, acoger o sentarse a la mesa con publicanos, pecadores y extranjeros?

Abascal
Decir “estoy bautizado” sin preguntarse cómo vivo, a quién excluyo, qué injusticias sostengo o qué sufrimiento ignoro no es defensa de la fe. Es, sencillamente, su caricatura.

El catolicismo no significa “cerrado”, “identitario” ni “exclusivo”. Significa católicouniversal. Abierto. Capaz de reconocer verdad, justicia y bien allí donde se den. Cuando el término “católico” se utiliza para trazar fronteras morales, para repartir certificados de pureza o para desautorizar cualquier apelación ética que incomode, deja de ser evangélico y se convierte en ideología religiosa defensiva.

Juan Torres López acierta al señalar la hipocresía de quienes usan el cristianismo como escudo cultural mientras vacían su contenido ético. No se trata de discutir legítimamente una política migratoria concreta —eso es posible y necesario—, sino de mentir deliberadamente, de criminalizar al débil, de avivar el miedo mientras se presume de fe y se comulga en público.

¡Eso no es un debate teológico: es una contradicción moral!

La Iglesia no se desacraliza porque alguien recuerde que sin justicia no hay fe auténtica. Se desacraliza cuando se bendicen discursos que niegan la dignidad humana. Cuando se persigue al pobre mientras se comulga. Cuando se confunde la defensa de dogmas con el olvido del mandamiento principal. No es casual que Jesús lo resumiera así: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9,13).

Juan Torres López no reparte carnés de católico. Hace algo mucho más incómodo: pone un espejo. Y en ese espejo no se juzgan conciencias, sino hechos. No se entra en el alma de nadie, pero se miran los frutos. Exactamente como dijo Jesús.

Porque al final, por mucha misa, mucha comunión y abundante simbología religiosa, la pregunta decisiva sigue siendo siempre la misma¿Dónde está el pobre cuando sales del templo? ¿Dónde está el extranjero cuando votas? ¿Dónde está la verdad cuando hablas?

Ahí, y no en otro lugar, es donde se verifica la fe. Porque si la fe no atraviesa esas preguntas, si no se deja interpelar por ellas, si no se encarna en respuestas justas, entonces no es fe: es escenografía, es identidad vacía, es decorado.

Y contra eso, Juan Torres López no escribe desde el resentimiento ni desde el odio. Escribe desde algo mucho más incómodo y, al mismo tiempo, mucho más cristiano: la memoria viva del Evangelio.

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