León XIV pide cristianos santos: ¿está la Iglesia dispuesta a convertirse al Evangelio?
¿Puede una institución milenaria cambiar sin perder su alma? Frente a la llamada a la santidad del Papa León XIV, el verdadero desafío no es exigir la conversión del mundo, sino atreverse a empezar por casa.
Las palabras pronunciadas por el papa León XIV en Uruguay merecen atención. Habló de secularización, de la dificultad para transmitir la fe y de comunidades que han aprendido a vivir como minoría. Al evocar Belén, recordó que Dios eligió un lugar pequeño: «Para iluminar mucho no hace falta ser muchos, sino reflejar la luz del Señor». Y concluyó con una invitación exigente: «¡Sed santos!».
Tiene razón. La Iglesia no recuperará credibilidad reclamando poder, influencia o privilegios, sino viviendo de tal manera que sus obras hagan creíble el Evangelio. La santidad de la que habla el Papa no consiste en acumular prácticas religiosas, sino en ser justos y honrados, perdonar, compartir y ponerse al servicio de los demás. Que quienes nos vean puedan preguntarse: «¿Por qué vive así? ¿De dónde saca esta libertad?».
Jesús ya había señalado ese camino. A quienes dudaban de él les dijo: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed por las obras» (Jn 10, 37-38). Su vida —la cercanía a los pobres, la acogida de los excluidos, la atención a los enfermos y su libertad frente a normas que anteponían la observancia a la misericordia— era parte esencial de su anuncio.
«Para iluminar mucho no hace falta ser muchos, sino reflejar la luz del Señor».
Y esa exigencia también debe dirigirse a la Iglesia. No basta con pedir la conversión del mundo: la Iglesia tiene que dejar que el Evangelio la convierta a ella. Podemos conservar las creencias y acudir a las celebraciones, pero vivir según los valores dominantes del individualismo, el consumismo y la indiferencia. La realidad de nuestra vida no la muestran solo nuestras creencias, sino nuestras convicciones y nuestras obras.
Para esa conversión es imprescindible distinguir entre el núcleo de la fe y las normas disciplinares que la Iglesia ha establecido a lo largo de la historia. No todo lo tradicional es dogma; no toda costumbre expresa una voluntad inmutable de Dios. La tradición no es una pieza de museo: está llamada a custodiar el Evangelio y a transmitirlo en circunstancias cambiantes.
Pensemos en el celibato obligatorio de los sacerdotes de la Iglesia latina. El celibato libremente abrazado puede ser un carisma valioso, pero Jesús no lo impuso como condición para el ministerio. El Nuevo Testamento conoce apóstoles casados: Pablo menciona el derecho de Cefas y de otros apóstoles a llevar consigo a sus esposas (1 Cor 9, 5), y las cartas pastorales contemplan responsables de comunidad casados (1 Tim 3, 2-5). La disciplina del celibato obligatorio se fue configurando gradualmente en Occidente y se consolidó a lo largo de la Edad Media. No se desarrolló del mismo modo en todas las tradiciones cristianas: las Iglesias católicas orientales admiten la ordenación de hombres casados al presbiterado.
El celibato libremente abrazado puede ser un carisma valioso, pero Jesús no lo impuso como condición para el ministerio.
Por tanto, no estamos ante un dogma, sino ante una disciplina eclesiástica. ¿Por qué mantenerla como obligación en la Iglesia latina, si puede abrirse la ordenación a hombres casados que tengan vocación y preparación? No se trata de despreciar el celibato ni de imponer el matrimonio a los sacerdotes, sino de reconocer ambas posibilidades y evitar que una disciplina histórica se convierta en un obstáculo para el servicio a las comunidades.
También urge revisar el lugar de la mujer. Jesús rompió barreras: habló públicamente con mujeres, las acogió como discípulas y confió a María Magdalena el anuncio de la resurrección (Jn 20, 17-18). En las primeras comunidades encontramos a Febe, presentada por Pablo como servidora de la Iglesia de Cencreas (Rom 16, 1-2); a Priscila, colaboradora en la misión (Rom 16, 3-5), y a Junia, mencionada en Rom 16, 7. Estos testimonios muestran que las mujeres tuvieron una presencia activa y relevante en los orígenes del cristianismo.
El Concilio Vaticano II recordó que la Iglesia es pueblo de Dios y que todos los bautizados comparten una misma dignidad y responsabilidad. Sin embargo, las mujeres siguen teniendo un acceso muy limitado a los espacios donde se discierne y se decide. No basta con agradecer su trabajo: hay que compartir con ellas la responsabilidad y el gobierno de la Iglesia.Y la reflexión sobre su acceso a los ministerios ordenados no debería cerrarse con respuestas automáticas, sino afrontarse con rigor teológico, escucha y libertad evangélica.
El Concilio Vaticano II recordó que la Iglesia es pueblo de Dios y que todos los bautizados comparten una misma dignidad y responsabilidad. Sin embargo, las mujeres siguen teniendo un acceso muy limitado a los espacios donde se discierne y se decide. No basta con agradecer su trabajo: hay que compartir con ellas la responsabilidad y el gobierno de la Iglesia. Y la reflexión sobre su acceso a los ministerios ordenados no debería cerrarse con respuestas automáticas, sino afrontarse con rigor teológico, escucha y libertad evangélica.
También hay comunidades que, por la escasez de sacerdotes, tienen dificultades para celebrar la Eucaristía con la frecuencia deseable. Hace falta promover celebraciones de la Palabra, oración comunitaria y una participación real de los laicos en la vida y las decisiones de sus comunidades. Pero dar responsabilidad a los laicos no significa clericalizarlos ni convertirlos en sucedáneos de sacerdotes. Tienen una vocación propia: vivir el Evangelio en la familia, el trabajo y la sociedad. No se trata de repartir tareas del clero, sino de reconocer que todo el pueblo de Dios tiene voz y responsabilidad. La Eucaristía sigue siendo el centro de la comunidad; precisamente por eso hay que revisar las normas que dificultan su celebración y abrir caminos para que ninguna comunidad quede abandonada.
Jesús lo expresó con claridad: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27). Y también: «El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20, 26). Las normas y la autoridad solo tienen sentido cuando sirven a las personas y al Evangelio.
León XIV nos recuerda que una comunidad pequeña puede iluminar mucho. Pero esa luz no vendrá de defender privilegios ni de conservar intactas todas las estructuras, sino de amar, compartir, perdonar y acoger. La Iglesia será creíble cuando no solo predique la conversión, sino que se atreva a convertirse; cuando sus obras confirmen sus palabras y el servicio esté por encima del poder.
Entonces quienes la contemplen podrán preguntarse: «¿Por qué vive así? ¿Por qué se aman tanto?». Y quizá esa sea la mejor manera de anunciar a Jesús: que, al mirar la vida de los cristianos, otros descubran que merece la pena vivir como él.