León XIV pide implicación, pero la estructura sigue siendo clerical
Las palabras de León XIV suenan a apertura, pero la realidad eclesial sigue cerrada sobre sí misma.
Se invita a participar, sí, pero sin tocar el núcleo donde reside el verdadero poder.
Las recientes palabras del Papa León XIV sobre la participación activa de los fieles en la Misa suenan, en apariencia, profundamente inspiradoras. Afirmar que “los fieles no son espectadores pasivos” y que todos están llamados a ofrecerse junto con Cristo en la Eucaristía conecta con lo mejor de la teología del Concilio Vaticano II. Sin embargo, cuando estas afirmaciones se confrontan con la realidad cotidiana de la Iglesia, emerge una contradicción difícil de disimular: la distancia entre el discurso oficial y la práctica real no solo persiste, sino que parece estructural.
Decir que los fieles participan activamente mientras se les niega cualquier capacidad real de decisión es, en el mejor de los casos, una ambigüedad, y en el peor, una forma de autoengaño institucional. La participación a la que se alude queda reducida a lo simbólico, a lo ritual, a una implicación espiritual interior que no tiene traducción en el ámbito donde verdaderamente se configuran las dinámicas de poder: el gobierno, la enseñanza y la toma de decisiones dentro de la comunidad eclesial.
Hace poco tiempo, tras invitar a un matrimonio cubano a participar en la Misa, la respuesta fue tan directa como reveladora: “Hemos venido por respeto a ti, pero no nos pidas volver; esto nos recuerda a las reuniones del Partido Comunista: uno habla y los demás callan”. La comparación puede resultar incómoda, pero apunta a una percepción externa difícil de refutar: la ausencia de verdadera interacción y de espacios reales de palabra compartida. Más significativo aún fue comprobar que, al comentar esta impresión con un sacerdote, este reconoció en privado que la crítica era acertada.
Esta desconexión no es una abstracción teórica, sino una experiencia palpable. Hace poco tiempo, tras invitar a un matrimonio cubano a participar en la Misa, la respuesta fue tan directa como reveladora: “Hemos venido por respeto a ti, pero no nos pidas volver; esto nos recuerda a las reuniones del Partido Comunista: uno habla y los demás callan”. La comparación puede resultar incómoda, pero apunta a una percepción externa difícil de refutar: la ausencia de verdadera interacción y de espacios reales de palabra compartida. Más significativo aún fue comprobar que, al comentar esta impresión con un sacerdote, este reconoció en privado que la crítica era acertada. El problema, por tanto, no es ignorado; es asumido, pero no afrontado.
La insistencia en la preparación interior —confesión frecuente, silencio, recogimiento— refuerza una visión vertical en la que el fiel sigue siendo esencialmente receptor. Se le pide disposición, recogimiento y obediencia, pero no corresponsabilidad efectiva. La estructura sigue siendo la de un sistema donde unos pocos actúan y deciden, mientras la mayoría asiente, acompaña y ejecuta. La retórica de la participación encubre así una realidad profundamente asimétrica.
Más aún, resulta significativo que, mientras se insiste en la implicación de todos en la liturgia, se mantengan o incluso se refuercen restricciones claras en otros ámbitos, como la predicación o la toma de palabra autorizada dentro de la asamblea. No deja de ser paradójico invitar a los fieles a “no ser espectadores” mientras se les impide acceder a espacios donde esa participación sería real y visible. La participación que se propone parece cuidadosamente delimitada para no alterar el equilibrio de poder existente.
No deja de ser paradójico invitar a los fieles a “no ser espectadores” mientras se les impide acceder a espacios donde esa participación sería real y visible. La participación que se propone parece cuidadosamente delimitada para no alterar el equilibrio de poder existente.
El problema no es únicamente práctico, sino teológico. Si todos los bautizados participan del sacerdocio común, si el Espíritu actúa en todo el pueblo de Dios, ¿por qué esa acción queda sistemáticamente canalizada, filtrada y subordinada a la autoridad exclusiva del clero? La insistencia en una mediación casi exclusiva del ordenado termina desdibujando la afirmación, tantas veces repetida, de la dignidad y responsabilidad de todos los fieles.
La referencia a la confesión como preparación interior añade otra capa de complejidad. Este sacramento, tal como se practica mayoritariamente, refuerza una relación desigual en la que el fiel se sitúa en una posición de dependencia moral frente a una autoridad que juzga, absuelve y orienta. Hablar de participación activa sin revisar críticamente estas estructuras de mediación es mantener intacto un modelo en el que la autonomía del creyente queda seriamente limitada.
La referencia a la confesión como preparación interior añade otra capa de complejidad. Este sacramento, tal como se practica mayoritariamente, refuerza una relación desigual en la que el fiel se sitúa en una posición de dependencia moral frente a una autoridad que juzga, absuelve y orienta.
En este contexto, las palabras del Papa corren el riesgo de convertirse en un ideal abstracto que no cuestiona las bases del sistema. La apelación a la armonía, la unidad y la caridad, aunque valiosa, puede funcionar también como un mecanismo de desactivación del conflicto legítimo. Porque allí donde no hay posibilidad real de disentir con efectos concretos, la unidad no es fruto de la comunión, sino de la ausencia de alternativas.
El verdadero problema no es que los fieles sean pasivos, sino que el sistema está diseñado para que, aunque quieran dejar de serlo, no puedan hacerlo plenamente. La participación auténtica implica participación, responsabilidad y capacidad de incidir. Sin estos elementos, cualquier llamada a la implicación se queda en el terreno de lo emocional o lo devocional, sin transformar la realidad.
Si la Iglesia quiere ser coherente con su propio mensaje, no basta con recordar principios conciliares o repetir fórmulas teológicas bien conocidas. Es necesario asumir las consecuencias de esas afirmaciones. Y esas consecuencias pasan, inevitablemente, por revisar estructuras, redistribuir responsabilidades y reconocer que la madurez del laicado no es una amenaza, sino una condición indispensable para la credibilidad del mensaje cristiano en el mundo actual.
De lo contrario, el riesgo es claro: que el lenguaje siga evolucionando mientras la realidad permanece inmóvil. Y cuando eso ocurre, las palabras, por muy bellas que sean, dejan de iluminar y comienzan a encubrir.