La memoria del PP: tragedias olvidadas y pactos inteligentes
Ahora todos parecen descubrir la importancia de exigir responsabilidades, pero algunos tienen una hemeroteca que preferirían mantener bajo llave. Y mientras el PP intenta vender como “colaboración inteligente” repartirse el Senado con Vox, la memoria de los ciudadanos vuelve a poner a cada cual frente a sus contradicciones
El accidente ferroviario de Urda ha puesto sobre la mesa una pregunta que empieza a escucharse a pocos días del comienzo de la campaña electoral del 29-N: ¿vas a cambiar tu voto por lo ocurrido? Es una pregunta legítima. Cuando una tragedia deja víctimas mortales, hay que exigir explicaciones y responsabilidades. Pero convendría hacerlo con la misma exigencia para todos. Porque la memoria política no debería funcionar según las siglas de quien gobierna.
Y si hablamos de tragedias, dimisiones y responsabilidades, repasemos también el historial del Partido Popular.
En 2002 llegó la catástrofe del Prestige. Mientras miles de voluntarios limpiaban las costas gallegas, responsables del Gobierno de Aznar, como Álvarez-Cascos y Jaume Matas, protagonizaban episodios que quedaron asociados a una gestión muy cuestionada. Nadie dimitió. En las municipales de 2003, el PP perdió algunas alcaldías, pero conservó otras importantes en Galicia.
En 2002 llegó la catástrofe del Prestige. Mientras miles de voluntarios limpiaban las costas gallegas, responsables del Gobierno de Aznar, como Álvarez-Cascos y Jaume Matas, protagonizaban episodios que quedaron asociados a una gestión muy cuestionada. Nadie dimitió. En las municipales de 2003, el PP perdió algunas alcaldías, pero conservó otras importantes en Galicia.
Después llegó el Yak-42.62 militares españoles murieron y la tragedia se agravó por la identificación errónea de numerosos cadáveres.Federico Trillo, ministro de Defensa, tampoco dimitió. Aquello no provocó por sí solo un vuelco electoral. Fue necesario que llegara el 11-M, con 193 muertos, para que España viviera uno de los episodios más graves de su democracia. La insistencia del Gobierno de Aznar en atribuir el atentado a ETA, pese a los indicios que apuntaban al terrorismo yihadista, marcó aquellas jornadas.
En 2006, el accidente del metro de Valencia dejó 43 muertos.Francisco Camps mantuvo su mayoría absoluta en las elecciones de 2007. En 2012, cinco jóvenes fallecieron en el Madrid Arena. Ana Botella tampoco abandonó la Alcaldía. Y en 2013, el accidente ferroviario de Angrois se llevó 80 vidas. Ana Pastor, ministra de Fomento, permaneció en el cargo y tres años después llegó a presidir el Congreso.
Más recientemente, tenemos las residencias madrileñas durante la pandemia. 7.291 mayores fallecieron sin ser trasladados a hospitales en el contexto de unos protocolos que restringían las derivaciones. Isabel Díaz Ayuso no dimitió. En 2021, el PP pasó de 30 a 65 diputados en la Asamblea de Madrid y en 2023 alcanzó los 70.
Y llegamos a la DANA de Valencia de 2024, con 233 víctimas mortales. Carlos Mazón tardó más de un año en abandonar la presidencia de la Generalitat. Pero su dimisión no significó marcharse de la política: conserva su escaño, su condición de aforado y las retribuciones correspondientes a su cargo parlamentario. Las víctimas siguen reclamando responsabilidades mientras el PP mantiene su respaldo parlamentario.
Carlos Mazón tardó más de un año en abandonar la presidencia de la Generalitat. Pero su dimisión no significó marcharse de la política: conserva su escaño, su condición de aforado y las retribuciones correspondientes a su cargo parlamentario.
Con estos antecedentes, llama la atención que ahora algunos pretendan convertir cualquier tragedia en una prueba definitiva de la incapacidad de sus adversarios, como si su propia trayectoria estuviera libre de episodios incómodos.
Y entonces aparece Miguel Tellado, secretario general del PP, dispuesto a explicarnos una de las grandes operaciones de ingeniería política de nuestro tiempo: el acuerdo con Vox para repartirse las candidaturas al Senado. Lo ha bautizado como una «colaboración inteligente». ¡Qué maravilla! Uno escucha semejante definición y casi espera que anuncie que han descubierto la fórmula de la fusión nuclear. Pero no. Se trata, sencillamente, de que dos partidos que hasta ayer se miraban de reojo, que competían por el mismo espacio electoral y que presumían de representar proyectos distintos, han decidido repartirse los puestos para no hacerse la competencia. ¡Y encima hay que aplaudirles la inteligencia!
Lo verdaderamente fascinante es la capacidad del PP para cambiar de discurso sin despeinarse. Feijóo nos explicó durante años que no quería depender de Vox, que su proyecto era distinto y que aspiraba a gobernar sin necesitar a Abascal. Ahora resulta que facilitarle candidaturas, reservarle espacios y coordinarse electoralmente es una muestra de generosidad y altura de miras. Las líneas rojas han debido de convertirse en líneas discontinuas, porque ahora se pueden cruzar sin ningún problema. Y Tellado, con una solemnidad digna de quien acaba de resolver un conflicto internacional, nos vende el reparto como una genialidad estratégica. Solo falta que nos expliquen que renunciar a presentar candidatos propios es una nueva modalidad de fortalecer la identidad del partido.
Y entonces aparece Miguel Tellado, secretario general del PP, dispuesto a explicarnos una de las grandes operaciones de ingeniería política de nuestro tiempo: el acuerdo con Vox para repartirse las candidaturas al Senado. Lo ha bautizado como una «colaboración inteligente». ¡Qué maravilla! Uno escucha semejante definición y casi espera que anuncie que han descubierto la fórmula de la fusión nuclear.
Pero hay algo todavía más divertido: si esto es una colaboración inteligente, ¿qué sería una colaboración normal? ¿Y una colaboración desesperada? Porque cuando un partido necesita explicar con tanta pompa que ha decidido compartir espacio con aquel del que antes quería diferenciarse, quizá el problema no esté en la inteligencia del acuerdo, sino en la dificultad para justificarlo ante sus propios votantes.Feijóo pone la distancia en los discursos, Vox pone las condiciones en los pactos y Tellado pone el nombre bonito a la operación. Todo perfectamente coordinado. Lo único que falta por aclarar es quién está marcando realmente el paso y quién se limita a seguirlo.
Por supuesto, el PSOE también debe responder por sus errores y por cualquier responsabilidad que le corresponda en el accidente de Urda.Ningún Gobierno está por encima de la exigencia ciudadana. Pero las elecciones no se deciden únicamente por una tragedia. También cuentan la sanidad, la educación, las pensiones, los salarios, la vivienda, los servicios públicos y los derechos sociales. La seguridad ferroviaria, además, requiere inversión, mantenimiento y planificación, cuestiones que deben analizarse con presupuestos y datos.
Así, pues, quien quiera cambiar su voto por lo ocurrido en Urda está en su derecho. Pero antes de hacerlo conviene repasar también la hemeroteca de quienes hoy se presentan como jueces de las responsabilidades ajenas.
Pepe Mujica dejó una reflexión que merece recordarse:«No venimos al mundo para desarrollarnos solamente nosotros, venimos al mundo para ser felices y para hacer felices a los demás». La política debería tener bastante más de servicio público y bastante menos de cálculo electoral.
Así, pues, quien quiera cambiar su voto por lo ocurrido en Urda está en su derecho. Pero antes de hacerlo conviene repasar también la hemeroteca de quienes hoy se presentan como jueces de las responsabilidades ajenas.
La indignación puede cambiar un voto, pero la memoria debería impedir que a unos se les exija lo que a otros se les perdona.Porque las tragedias no deberían tener distinto valor según el partido al que afecten, y las responsabilidades políticas tampoco deberían depender del color de las siglas.