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Cuando un pastor deja huella: la emoción agradecida de don Constantino Bada

Hay despedidas que no se anuncian con palabras grandes, pero se sienten como un eco profundo en el corazón de un pueblo. La de don Constantino Bada no es solo el traslado de un sacerdote, sino la marcha de alguien que ha sabido hacer de la fe cercanía, de la palabra consuelo y de lo cotidiano un lugar de encuentro con Dios. Por eso, más que una despedida, lo vivido en estos días ha sido una expresión sincera de gratitud, de esas que no se improvisan, porque nacen de una vida compartida.

Constantino Bada.

Hay despedidas que no son un final, sino una forma distinta de permanecer. La marcha de don Constantino Bada hacia su destino en San Juan del Real de Oviedo no se vive en las parroquias de Cancienes, Trasona, Solís y Los Campos como una pérdida, sino como un acto de amor compartido, de esos que dejan raíces profundas. Tras ocho años de entrega pastoral, lo que queda no es el vacío, sino una presencia que seguirá latiendo en cada rincón de la comunidad.

La sorpresa organizada en Santa María de Cancienes fue mucho más que un homenaje: fue la expresión sincera de un pueblo agradecido. La iglesia llena, los sones de la gaita, la música elevando el alma y los gestos sencillos —niños, palabras, abrazos— componían una escena que recordaba aquello que dice el Evangelio: “Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo 6,21). Y el corazón de este sacerdote, sin duda, se ha quedado prendido en su gente.

Constantino
Hay despedidas que no son un final, sino una forma distinta de permanecer. La marcha de don Constantino Bada hacia su destino en San Juan del Real de Oviedo no se vive en las parroquias de Cancienes, Trasona, Solís y Los Campos como una pérdida, sino como un acto de amor compartido, de esos que dejan raíces profundas. Tras ocho años de entrega pastoral, lo que queda no es el vacío, sino una presencia que seguirá latiendo en cada rincón de la comunidad.

No se trata solo de un cura que se despide, sino de un hombre que ha sabido acompañar la vida en todas sus dimensiones: en la alegría de los bautizos, en la esperanza de las bodas, en el silencio doloroso de los funerales. Su ministerio ha sido presencia, cercanía real, escucha paciente. Porque, como enseña el Evangelio, “el buen pastor da la vida por sus ovejas” (Juan 10,11), y en esa entrega cotidiana se ha forjado un vínculo que ahora se hace especialmente visible.

Pero también hay en don Constantino una singularidad que conecta con nuestro tiempo: su capacidad para evangelizar en el mundo digital. A través de sus publicaciones en redes sociales, especialmente en Facebook, ha logrado algo que no siempre resulta fácil: llevar un mensaje de fe con belleza, cercanía y creatividad. Sus imágenes cuidadas, sus textos delicados e incluso esos entrañables momentos compartidos con su gatita Leocadia han acercado la espiritualidad a miles de personas. No es solo comunicación; es una nueva forma de sembrar, como en la parábola del sembrador: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre” (Mateo 13,37). Y él, humildemente, ha sabido esparcir esa semilla en los caminos digitales de hoy.

Leocadia.
Pero también hay en don Constantino una singularidad que conecta con nuestro tiempo: su capacidad para evangelizar en el mundo digital. A través de sus publicaciones en redes sociales, especialmente en Facebook, ha logrado algo que no siempre resulta fácil: llevar un mensaje de fe con belleza, cercanía y creatividad. Sus imágenes cuidadas, sus textos delicados e incluso esos entrañables momentos compartidos con su gatita Leocadia han acercado la espiritualidad a miles de personas. No es solo comunicación; es una nueva forma de sembrar, como en la parábola del sembrador: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre” (Mateo 13,37). Y él, humildemente, ha sabido esparcir esa semilla en los caminos digitales de hoy.

Durante estos últimos días, marcados por despedidas sucesivas, cada gesto ha ido construyendo una memoria común. La inauguración del retablo dedicado a Nuestra Señora de Covadonga, cuidadosamente restaurado y colocado en la iglesia de Los Campos, es también un símbolo. En un templo sencillo, casi austero en su arquitectura, ese retablo introduce una belleza que eleva el espíritu, un recordatorio de que lo sagrado no necesita grandiosidad, sino autenticidad. Como María en el Evangelio, que “guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lucas 2,19), también este gesto queda como memoria viva de una etapa compartida.

Las confirmaciones celebradas en Cancienes, con jóvenes dando un paso consciente en su fe, aportan otro matiz importante: la continuidad de la Iglesia más allá de las personas concretas. Mientras uno se marcha, otros comienzan. Es la dinámica profunda de una comunidad viva. Nadie posee la misión; se recibe, se cuida y se entrega. En ese relevo, que continuará con la llegada de don Sergio Martínez Mendaro, se hace visible lo que tantas veces se olvida: que la Iglesia es camino compartido, no propiedad individual.

Retablo
Durante estos últimos días, marcados por despedidas sucesivas, cada gesto ha ido construyendo una memoria común. La inauguración del retablo dedicado a Nuestra Señora de Covadonga, cuidadosamente restaurado y colocado en la iglesia de Los Campos, es también un símbolo. En un templo sencillo, casi austero en su arquitectura, ese retablo introduce una belleza que eleva el espíritu, un recordatorio de que lo sagrado no necesita grandiosidad, sino autenticidad. Como María en el Evangelio, que “guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lucas 2,19), también este gesto queda como memoria viva de una etapa compartida.

Y, sin embargo, más allá de lo institucional, queda lo humano. Porque despedirse duele. Ocho años no pasan sin dejar marca. Hay nombres, historias, confidencias, momentos irrepetibles que se entrelazan con la propia vida del sacerdote. No es posible marcharse indemne. Pero tal vez ahí radica la verdad más profunda de estas jornadas: en descubrir que el amor vivido no se pierde. Como dice san Pablo: “El amor no pasa nunca” (1 Corintios 13,8).

Por eso, lo que se ha vivido en estas parroquias no es un adiós, sino un acto de gratitud. Gratitud por el camino recorrido, por la fe compartida, por la cercanía constante. Gratitud por un sacerdote que ha sabido ser culto sin distancia, cercano sin superficialidad, profundo sin perder la sencillez. En un tiempo en el que tantas veces se habla de crisis, testimonios como el suyo recuerdan que la Iglesia sigue viva allí donde hay entrega auténtica.

Al final, quizá la mejor manera de entender esta despedida sea volver al Evangelio: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7,16). Y los frutos están ahí: en la emoción de una iglesia llena, en las lágrimas discretas, en la alegría compartida, en la huella que permanece.

Don Constantino se marcha a Oviedo, sí, pero no se va del todo. Porque hay presencias que no dependen del lugar, sino del amor sembrado. Y ese, cuando es verdadero, permanece para siempre.

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