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Pedro Castelao y el nuevo horizonte de la Iglesia: comunión frente a la polarización

La Iglesia no se divide solo por ideologías: se debilita cuando olvida lo esencial. Hoy, más que reorganizar estructuras, urge volver al bautismo y recuperar la comunión.

Pedro Castelao

El artículo de Pedro Castelao publicado en la revista Vida Nueva ofrece un diagnóstico lúcido y exigente sobre el momento eclesial actual. Su reflexión, lejos de cualquier complacencia, invita a pensar la Iglesia desde la necesidad urgente de superar la polarización ideológica y avanzar hacia una auténtica sinodalidad, transparencia y corresponsabilidad eclesial. En un contexto marcado por tensiones internas y lecturas enfrentadas del Concilio Vaticano II, su propuesta adquiere una relevancia particular, pues no se limita a describir problemas, sino que abre un horizonte de renovación profunda.

Castelao parte de una constatación inquietante: las ideologías han penetrado también en el interior de la comunidad cristiana, generando dinámicas de confrontación que empobrecen la vida eclesial. Esta lógica de bloques convierte a la Iglesia en un espacio de disputa más que de comunión, debilitando su capacidad de ser signo de reconciliación en el mundo. La polarización no solo erosiona la convivencia interna, sino que reduce la fe a un instrumento identitario, perdiendo así su fuerza evangelizadora. Frente a ello, el autor reclama una mirada más amplia, capaz de situarse por encima de las trincheras y recuperar la centralidad del Evangelio.

Cardenal Tarancon
Castelao parte de una constatación inquietante: las ideologías han penetrado también en el interior de la comunidad cristiana, generando dinámicas de confrontación que empobrecen la vida eclesial. Esta lógica de bloques convierte a la Iglesia en un espacio de disputa más que de comunión, debilitando su capacidad de ser signo de reconciliación en el mundo.

En este escenario, Castelao recuerda la importancia del legado del Concilio Vaticano II y de figuras que, como el cardenal Tarancón, intentaron encarnar una Iglesia abierta al diálogo con el mundo contemporáneo. Sin embargo, advierte también de cómo ese impulso ha convivido con movimientos de signo contrario, que han favorecido repliegues identitarios y formas de clericalismo renovado. El resultado ha sido una cierta fractura interna donde voces teológicas valiosas han quedado relegadas, y donde la creatividad pastoral ha sido en ocasiones sustituida por la repetición de esquemas rígidos.

Uno de los núcleos más sugerentes del planteamiento de Castelao es su insistencia en que la reforma eclesial no puede entenderse como una simple reorganización estructural. La clave no está en redistribuir parroquias o en ajustar organigramas, sino en una conversión más profunda hacia el sentido bautismal de la Iglesia. Esto implica recuperar la dignidad común de todos los fieles y superar tanto el clericalismo tradicional como el clericalismo laical, ambos igualmente reductores porque rompen la lógica de la corresponsabilidad. En este contexto, conviene recordar que el laico no es un “colaborador” secundario del clero ni un ejecutor de tareas delegadas, sino un miembro pleno del pueblo de Dios, con responsabilidad propia en la vida y misión de la Iglesia desde su bautismo. La Iglesia, en esta perspectiva, no es una pirámide de poder, sino un pueblo convocado a la comunión.

Unidades pastorales creadas por Luis Ángel de las Heras. Diócesis de Mondoñedo
La clave no está en redistribuir parroquias o en ajustar organigramas, sino en una conversión más profunda hacia el sentido bautismal de la Iglesia. Esto implica recuperar la dignidad común de todos los fieles y superar tanto el clericalismo tradicional como el clericalismo laical, ambos igualmente reductores porque rompen la lógica de la corresponsabilidad. 

El horizonte que se abre es claramente procesual. Siguiendo una intuición ya presente en el magisterio del papa Francisco, Castelao subraya que el tiempo es superior al espacio, lo que significa que las transformaciones verdaderas no se imponen de manera inmediata, sino que requieren procesos largos de maduración. La reforma eclesial no puede ser fruto de estrategias rápidas ni de disputas por el control institucional, sino de una siembra paciente que permita que el Evangelio vuelva a configurar las estructuras desde dentro.

En esta misma dirección se sitúa la visión teológica de Xabier Pikaza, con quien el análisis de Castelao coincide en lo esencial. Pikaza recuerda que el Concilio Vaticano II distinguió entre la Gran Tradición de la Iglesia universal y las tradiciones particulares de la Iglesia latina. Esta distinción permite comprender que muchas formas históricas de organización eclesial no pertenecen al núcleo del Evangelio y pueden ser repensadas con libertad evangélica. Entre ellas se encuentran cuestiones como el celibato obligatorio o la exclusión de las mujeres de los ministerios, que no derivan necesariamente del mensaje de Jesús.

Desde esta perspectiva, el Nuevo Testamento aparece como un espacio de pluralidad originaria: tradiciones judeocristianas y helenistas, corrientes paulinas y petrinas, sensibilidades sapienciales y apocalípticas que conviven y dialogan en la formación de la Iglesia primitiva. La unidad cristiana nace precisamente de esa diversidad reconciliada, no de la imposición de un único modelo. Por eso, la comunión eclesial no puede confundirse con uniformidad, sino que debe entenderse como comunión reconciliada.

Todos somos sacerdotes
El futuro de la Iglesia dependerá de su capacidad para recuperar la centralidad del bautismo, la igualdad fundamental de los fieles y la lógica del servicio como criterio último de autoridad. Solo así podrá superar el laberinto de la polarización y recuperar su vocación de ser signo de comunión en un mundo fragmentado, ofreciendo una palabra creíble de esperanza en medio de los desafíos del

Esta clave lleva también a una comprensión más dinámica de los dogmas. Aunque estos deben ser acogidos con profundo respeto, su formulación histórica no agota el misterio que expresan. La fe ha sido transmitida en contextos culturales diversos, y cada época ha necesitado nuevas formas de expresión. Por eso, la interpretación no debilita la fe, sino que la mantiene viva y fiel a su origen.

En coherencia con ello, la Iglesia no se comprende adecuadamente como una estructura piramidal, sino como un cuerpo donde todos los miembros tienen la misma dignidad fundamental. La lógica evangélica invierte los esquemas de poder: los últimos son los primeros, y la autoridad solo tiene sentido como servicio. Los ministerios, en este horizonte, no son espacios de privilegio, sino formas concretas de custodiar y servir la comunión del pueblo de Dios.

Así, tanto Castelao como Pikaza convergen en una misma intuición de fondo: la Iglesia está llamada a convertirse en una comunidad verdaderamente sinodal, donde el discernimiento común sustituya a la imposición y donde la participación no sea un gesto simbólico, sino una realidad efectiva. Esto implica transformar no solo estructuras, sino también hábitos de relación, de manera que la escucha mutua sustituya a la lógica del enfrentamiento.

El reto es profundo, porque supone abandonar modelos eclesiales centrados en la autorreferencialidad o en la defensa de identidades cerradas, para abrirse a una forma más evangélica de presencia en el mundo. Una Iglesia que no tema la diversidad, que no confunda fidelidad con rigidez y que no viva de la nostalgia del pasado, sino que confíe en la acción del Espíritu en la historia.

En definitiva, el artículo de Castelao publicado en Vida Nueva, leído desde esta convergencia con Xabier Pikaza, abre un horizonte de renovación que es a la vez teológico, espiritual y eclesial. El futuro de la Iglesia dependerá de su capacidad para recuperar la centralidad del bautismo, la igualdad fundamental de los fieles y la lógica del servicio como criterio último de autoridad. Solo así podrá superar el laberinto de la polarización y recuperar su vocación de ser signo de comunión en un mundo fragmentado, ofreciendo una palabra creíble de esperanza en medio de los desafíos del presente.

Pikaza

 

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