Sacerdocio en peligro… ¿o clericalismo en apuros? Una respuesta crítica a Jorge González Guadalix
Hay textos que pretenden defender el sacerdocio, pero en realidad lo que terminan defendiendo es el viejo reflejo clerical de sospechar del Pueblo de Dios. El artículo de Jorge González Guadalix parece partir de una idea inquietante: que la Iglesia corre peligro en cuanto los laicos participan, las mujeres preguntan y la comunidad deja de limitarse a obedecer. Una tesis curiosa para una fe que nació precisamente sin clericalismo y con comunidades vivas.
El artículo de Jorge González Guadalix titulado “No juguemos con el sacerdocio ministerial” parte de una preocupación comprensible: el miedo a que el ministerio ordenado pierda su identidad. Sin embargo, su diagnóstico y sus conclusiones parecen revelar más bien otra inquietud: la dificultad para aceptar que la Iglesia del siglo XXI ya no puede ni debe sostener sin matices un modelo clerical que durante siglos relegó al Pueblo de Dios a un papel pasivo.
El sacerdote madrileño plantea una serie de preguntas retóricas que pretenden alertar contra la sinodalidad, contra el papel de los laicos, contra las celebraciones de la Palabra presididas por seglares e incluso contra la posibilidad del diaconado femenino. Pero al hacerlo parece olvidar algo fundamental: el Concilio Vaticano II redefinió precisamente la comprensión de la Iglesia para superar una visión excesivamente jerárquica y devolver protagonismo a todos los bautizados.
El propio concilio afirma en Lumen Gentium que la Iglesia es ante todo Pueblo de Dios y que todos los fieles participan, por el bautismo, del sacerdocio común de los fieles. Ese sacerdocio no es un simple adorno teológico ni una concesión simbólica: es una afirmación radical de la dignidad y misión de cada cristiano. El problema no es que hoy se recuerde esa verdad; el problema es que durante siglos se olvidó.
La cuestión es qué tipo de sacerdocio necesita la Iglesia hoy. Uno centrado en el poder y la separación, o uno entendido como servicio dentro de una comunidad donde todos los bautizados participan de la misión.
Cuando González Guadalix plantea si el sacerdote es “hombre de Dios o delegado de la comunidad”, formula una falsa disyuntiva. En la tradición católica el ministerio ordenado siempre ha existido para la comunidad, no por encima de ella. El presbítero no es un intermediario que monopoliza la gracia divina, sino un servidor que preside la comunión eclesial. Pretender que reconocer el protagonismo de los laicos equivale a “acabar con el sacerdocio” es una exageración retórica que revela más miedo que teología.
El mismo Jesús de Nazaret no fundó un sistema clerical cerrado. En los textos del Nuevo Testamento encontramos comunidades donde los carismas son múltiples y donde la autoridad no se entiende como poder sagrado separado del pueblo. El propio apóstol Pablo de Tarso describe la Iglesia como un cuerpo en el que todos los miembros son necesarios.
Por eso resulta llamativo que el artículo vea como amenaza realidades tan normales hoy como los consejos pastorales o la participación de laicos en la vida parroquial. En muchas comunidades donde faltan sacerdotes, las celebraciones de la Palabra presididas por laicos no son un capricho ideológico, sino una necesidad pastoral. Presentarlas como una especie de sabotaje del sacramento del orden es ignorar la situación real de numerosas diócesis.
También sorprende el rechazo frontal a cualquier reflexión sobre el papel de la mujer. La historia de la Iglesia muestra que las funciones ministeriales han evolucionado con el tiempo. Negarse incluso a debatir el diaconado femenino no parece una defensa de la tradición, sino una reacción defensiva ante un cambio cultural que la Iglesia no puede ignorar indefinidamente. Si la mitad del Pueblo de Dios queda sistemáticamente excluida de responsabilidades ministeriales, es inevitable que surjan preguntas.
De modo que quizá la pregunta no sea si el pueblo de Dios está “jugando” con el sacerdocio. ¡Quizá la pregunta sea si algunos siguen jugando a ser los únicos dueños de la Iglesia!
La crítica al laicado adulto resulta aún más paradójica. Desde el propio Pablo VI hasta Francisco, el magisterio ha insistido en que la Iglesia necesita laicos maduros, capaces de asumir responsabilidades evangelizadoras en la sociedad y en las comunidades cristianas. Lejos de ser una amenaza, ese desarrollo es una condición de supervivencia para una Iglesia que ya no puede apoyarse en el poder social de otras épocas.
Al citar a Hilario de Poitiers, algunos recuerdan una advertencia incómoda: a veces el sentido de la fe del pueblo creyente ha sido más fiel al Evangelio que ciertas estructuras de poder eclesial. La historia del cristianismo está llena de momentos en los que la renovación vino desde abajo, desde comunidades vivas, no desde estructuras rígidas.
La cuestión de fondo, por tanto, no es si el sacerdocio ministerial desaparecerá. Nadie serio lo propone. La cuestión es qué tipo de sacerdocio necesita la Iglesia hoy. Uno centrado en el poder y la separación, o uno entendido como servicio dentro de una comunidad donde todos los bautizados participan de la misión.
Decir que “acabar con el sacerdocio es acabar con la Iglesia” es una frase efectista, pero teológicamente pobre. La Iglesia no nace del sacerdote; nace de Cristo y del Espíritu que actúan en todo el Pueblo de Dios. El ministerio ordenado es imprescindible, sí, pero no es el único sujeto de la vida eclesial.
Quizá el verdadero peligro no sea “jugar con el sacerdocio”, como teme González Guadalix. Quizá el peligro sea seguir defendiendo un modelo clerical que confunde autoridad con poder, tradición con inmovilismo y fidelidad con miedo al cambio.
El propio apóstol Pablo de Tarso describe la Iglesia como un cuerpo en el que todos los miembros son necesarios.
Porque una Iglesia donde los laicos participan, las mujeres son escuchadas y las comunidades tienen voz no destruye el sacerdocio. Lo purifica.
Para cerrar, quizá convenga tranquilizar a quienes temen que el sacerdocio se derrumbe en cuanto un laico lea el Evangelio en voz alta o una mujer haga una pregunta incómoda en una reunión pastoral. La historia de la Iglesia demuestra que el ministerio ordenado ha sobrevivido a persecuciones, cismas, imperios que se derrumbaron y hasta a algunos sermones interminables. Difícilmente lo destruirá ahora un consejo pastoral o una celebración de la Palabra en un pueblo sin cura residente.
Tal vez el problema no sea que el sacerdocio esté en peligro, sino que el monopolio clerical de la vida eclesial ya no resulta tan convincente como antes. Y eso, para algunos, parece casi una catástrofe teológica.
Pero tranquilos: el Evangelio no se evapora cuando los laicos piensan, ni la gracia desaparece cuando las mujeres hablan. Si así fuera, la Iglesia habría dejado de existir hace siglos.
En realidad, el cristianismo empezó con un grupo bastante desordenado de discípulos, pescadores, mujeres valientes y algún que otro escéptico. Ninguno parecía especialmente preocupado por defender estructuras eclesiásticas que aún no existían.
De modo que quizá la pregunta no sea si el pueblo de Dios está “jugando” con el sacerdocio. ¡Quizá la pregunta sea si algunos siguen jugando a ser los únicos dueños de la Iglesia!