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Sor Lucía Caram: cuando ser fiel a Jesús exige cuestionar a la Iglesia.

Sor Lucía Caram tiene la valentía de poner el dedo en la llaga: la Iglesia no necesita más poder ni más maquillaje, necesita volver al Evangelio. Porque amar a la Iglesia también significa atreverse a denunciar todo aquello que la aleja de Jesús.

Sor Lucía Caram

Hay que agradecer a Sor Lucía Caram que levante la voz. Y no solamente por lo que dice, sino por atreverse a decirlo desde dentro, sin disimulos, sin acomodarse a los discursos que tranquilizan conciencias y, sobre todo, sin confundir la fidelidad a la Iglesia con la obediencia silenciosa a sus estructuras. Su intervención sobre la sinodalidad radical merece algo más que un aplauso: merece que nos detengamos a escucharla y, especialmente, que nos atrevamos a llevar sus palabras hasta sus últimas consecuencias.

Porque la Iglesia no necesita una operación de maquillaje, necesita una profunda conversión evangélica. No necesita cambiar su lenguaje para parecer más cercana, modernizar sus reuniones o multiplicar documentos sobre corresponsabilidad. Necesita preguntarse por qué tantas personas que siguen creyendo en Jesús, que aman el Evangelio y que encuentran en él una propuesta extraordinaria de humanidad, se han alejado de la institución eclesiástica. Y quizá la respuesta sea tan incómoda como evidente: no han dejado de creer en Jesús; han dejado de reconocerse en la Iglesia que dice representarlo.

Sinodalidad Radical
Hay que agradecer a Sor Lucía Caram que levante la voz. Y no solamente por lo que dice, sino por atreverse a decirlo desde dentro, sin disimulos, sin acomodarse a los discursos que tranquilizan conciencias y, sobre todo, sin confundir la fidelidad a la Iglesia con la obediencia silenciosa a sus estructuras.

Sor Lucía nos recuerda algo elemental que, sin embargo, parece haberse vuelto revolucionario: Jesús no fundó una religión para administrar privilegios, construir jerarquías intocables ni perpetuar espacios de poder. Su vida fue una permanente ruptura con las fronteras religiosas y sociales de su tiempo. Se acercó a quienes eran considerados impuros, compartió mesa con los despreciados, devolvió dignidad a las mujeres y puso en el centro a quienes la sociedad había colocado en los márgenes.

En el Evangelio de Lucas encontramos una declaración que debería estar grabada en las puertas de todos los palacios eclesiásticos: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4,18). No dijo que había venido a proteger una institución, defender una posición social o conservar una autoridad. Vino a liberar, sanar, devolver esperanza y anunciar que otro mundo era posible.

Y aquí aparece una contradicción que ya no podemos seguir disimulando: ¿cómo puede una institución anunciar la liberación mientras conserva mecanismos que generan dependencia, desigualdad y exclusión?

La historia explica, aunque no justifica, muchas de estas contradicciones. Cuando el cristianismo se vinculó al poder imperial, especialmente a partir de Constantino, comenzó un proceso de transformación que fue modificando profundamente su organización y su relación con la sociedad. La Iglesia fue adquiriendo formas, títulos, estructuras y privilegios propios de los sistemas políticos de su entorno. Con el paso de los siglos, aquella lógica de poder terminó conviviendo, y demasiadas veces imponiéndose, sobre la lógica del servicio evangélico.

Privilegios eclesiales
Cuando el cristianismo se vinculó al poder imperial, especialmente a partir de Constantino, comenzó un proceso de transformación que fue modificando profundamente su organización y su relación con la sociedad. La Iglesia fue adquiriendo formas, títulos, estructuras y privilegios propios de los sistemas políticos de su entorno. Con el paso de los siglos, aquella lógica de poder terminó conviviendo, y demasiadas veces imponiéndose, sobre la lógica del servicio evangélico.

No se trata de afirmar que el Vaticano sea literalmente el Imperio romano, pero sí de reconocer una herencia histórica que merece una revisión profunda. Resulta paradójico que una Iglesia que proclama la igualdad fundamental de todos los bautizados continúe reproduciendo estructuras de autoridad tan verticales. El problema no es el latín, ni la existencia de una organización, ni siquiera la necesidad de determinadas responsabilidades. El problema aparece cuando la estructura deja de estar al servicio de la comunidad y la comunidad acaba estando al servicio de la estructura.

Y esa mentalidad no habita exclusivamente en los despachos episcopales. También se reproduce entre nosotros, los seglares. Hay laicos que, después de conseguir algún cargo, responsabilidad o pequeño espacio de influencia, terminan comportándose como auténticos clérigos sin ordenación. Defienden parcelas, reproducen obediencias, exigen sumisión y se convierten en guardianes de un sistema que quizá también los mantiene alejados de la libertad del Evangelio.

Conviene decirlo con claridad: no se trata de dar a los laicos espacios de poder para que reproduzcan los mismos comportamientos clericales que criticamos, sino de acabar con el clericalismo allí donde se encuentre, tanto entre quienes tienen responsabilidades ministeriales como entre los propios seglares. No queremos pequeños cargos, parcelas de influencia ni puestos que alimenten protagonismos y nuevas jerarquías. Tampoco queremos convertirnos en aquello que cuestionamos. Queremos una Iglesia donde nadie se sienta por encima de nadie, donde las responsabilidades se vivan desde el servicio y no desde el privilegio, y donde la corresponsabilidad, la libertad y la dignidad de todos nazcan de una misma conciencia bautismal. La Iglesia no es propiedad de una jerarquía ni de quienes ocupan determinados cargos: es el pueblo de Dios, y nadie debería olvidar que en ella todos estamos llamados a servir, no a ejercer dominio sobre los demás.

Pueblo de Dios
La Iglesia no tiene que recuperar el poder perdido. Tiene que recuperar la credibilidad que se pierde cada vez que contradice aquello que anuncia. No necesita más defensores de sus privilegios, sino más personas dispuestas a vivir el Evangelio. No necesita súbditos, necesita hermanos. No necesita funcionarios de lo sagrado, necesita hombres y mujeres libres, capaces de servir, cuestionar, acompañar y amar.

Jesús fue extraordinariamente claro: «El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mc 10,43). Y también: «Uno solo es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos» (Mt 23,8). ¿Qué parte de estas palabras no hemos entendido? ¿En qué momento hemos conseguido transformar una propuesta de fraternidad en una pirámide de obediencias?

Las consecuencias están a la vista. Personas homosexuales, divorciadas, mujeres, jóvenes, creyentes críticos y tantas otras personas han encontrado demasiadas veces puertas cerradas donde esperaban acogida. Personas que no han perdido necesariamente la fe, pero que no soportan seguir participando en espacios donde se les hace sentir sospechosas, inferiores o insuficientemente dignas.

No podemos seguir culpando de la secularización a quienes se marchan sin preguntarnos qué hemos hecho para que ya no encuentren motivos para quedarse. Una Iglesia que se escandaliza más por las preguntas que por las injusticias, más por las diferencias que por la pobreza y más por la pérdida de influencia que por el sufrimiento humano necesita revisar urgentemente sus prioridades.

El papa Francisco abrió caminos importantes al hablar de una Iglesia en salida, hospital de campaña y sinodalidad. Pero la sinodalidad no puede convertirse en otra palabra bonita que decore documentos mientras las decisiones fundamentales continúan concentradas en las mismas manos. Escuchar no es lo mismo que permitir hablar. Participar no es lo mismo que decidir. Y caminar juntos no significa que unos marquen siempre el camino y los demás se limiten a seguirlo.

Caminar juntos
No podemos seguir culpando de la secularización a quienes se marchan sin preguntarnos qué hemos hecho para que ya no encuentren motivos para quedarse.

Por eso, agradecer a Sor Lucía Caram su valentía significa también pedir que sus palabras no queden reducidas a un gesto testimonial. Necesitamos cambios profundos que se traduzcan en hechos, no en nuevas declaraciones de intenciones. Necesitamos una Iglesia donde las mujeres puedan participar plenamente en las decisiones, donde los pobres no sean utilizados como argumento en discursos institucionales y donde ninguna persona tenga que renunciar a su dignidad, esconder quién es o renunciar a su conciencia para sentirse acogida. No necesitamos que nos prometan una Iglesia diferente; necesitamos empezar a construirla.

El lavatorio de los pies (Jn 13,1-15) debería ser mucho más que un rito del Jueves Santo. Es una manera de entender la comunidad, la autoridad y las relaciones humanas. Jesús se arrodilla. No construye una distancia sagrada entre él y los demás. No exige privilegios. Sirve.

Quizá ha llegado la hora de preguntarnos si estamos dispuestos a hacer lo mismo.

Pequeñas comunidades
¿Encontraría hoy Jesús en nuestras comunidades el mismo lugar que ofreció a los últimos, a las mujeres, a los excluidos y a quienes no tenían sitio en la religión oficial de su tiempo?

Gracias, Sor Lucía, por recordarnos que la fidelidad a Jesús puede exigirnos ser profundamente críticos con determinadas formas de hacer Iglesia. Porque amar a la Iglesia no significa justificarlo todo, callar ante sus contradicciones ni proteger sus estructuras a cualquier precio. A veces, precisamente porque la amamos, tenemos que denunciar aquello que la aleja de su razón de ser.

La Iglesia no tiene que recuperar el poder perdido. Tiene que recuperar la credibilidad que se pierde cada vez que contradice aquello que anuncia. No necesita más defensores de sus privilegios, sino más personas dispuestas a vivir el Evangelio.No necesita súbditos, necesita hermanos.No necesita funcionarios de lo sagrado, necesita hombres y mujeres libres, capaces de servir, cuestionar, acompañar y amar.

Porque, al final, la pregunta no es cuánta gente conseguimos mantener dentro de nuestros templos, cuántos cargos conservamos o cuánta autoridad reconocen nuestras sociedades. La pregunta es mucho más sencilla y mucho más exigente: ¿Encontraría hoy Jesús en nuestras comunidades el mismo lugar que ofreció a los últimos, a las mujeres, a los excluidos y a quienes no tenían sitio en la religión oficial de su tiempo?

Si la respuesta nos incomoda, quizá sea precisamente ahí donde deba comenzar nuestra conversión.

Menos poder y más Evangelio. Menos jerarquía convertida en privilegio y más fraternidad. Menos Iglesia preocupada por conservarse y más Iglesia dispuesta a entregarse. Porque Jesús no nos llamó a defender una institución a cualquier precio, sino a construir un mundo donde nadie quede fuera del amor.

Clericalismo.

 

 

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