La pastoral de la oreja: acompañar la esperanza en medio de la tragedia
El arzobispo de Bogotá relata una experiencia de escucha, solidaridad y acompañamiento espiritual a las comunidades afectadas por el terremoto
Cardenal Rueda Aparicio a sus sacerdotes: "Es necesario que cambiemos nuestra agenda, porque a los sacerdotes afectados por la tragedia les cambió completamente la suya"
"Algunas veces estamos tan ocupados que olvidamos que las situaciones urgentes necesitan respuestas sencillas: estar allí, acompañar y compartir la vida"
"No fuimos con el propósito de imponer cosas ni de organizar grandes reuniones. Buscábamos vivir el tú a tú, el cara a cara, el oreja a oreja, el pie a pie y, sobre todo, caminar con las personas"
"El exceso de planes y estructuras puede impedirnos hacer lo que las circunstancias realmente exigen: ser humanos y responder con la flexibilidad que cada momento necesita"
El Evangelio relata que, después de cumplir la misión encomendada por Jesús, «los setenta y dos volvieron llenos de alegría» y le contaron lo que habían realizado en su nombre (Lucas 10,17). Como ellos, el cardenal Rueda Aparicio compartió su experiencia misionera en región sur occidental de Colombia golpeada por el terremoto del 10 de agosto 2026, ante un grupo de sacerdotes con hogar de Bogotá.
Mientras médicos, socorristas y voluntarios prestaban primeros auxilios, removían escombros y atendían las necesidades materiales más urgentes, el grupo de ochenta presbíteros del cual formó parte el arzobispo se preguntó qué podía aportar desde su vocación. La respuesta fue sencilla y profundamente evangélica: ofrecer unos «primeros auxilios espirituales» basados en la presencia cercana, la escucha y el consuelo.
Más que presentar un informe formal sobre la misión, quiso compartir los aprendizajes humanos y evangélicos que nacieron del encuentro con las comunidades afectadas.
Estas fueron sus palabras:
Escuchar el dolor
Mientras algunas personas prestaban primeros auxilios médicos, otras trabajaban como rescatistas voluntarias, removiendo escombros y tratando de salvar vidas. También estaban quienes colaboraban con la Cruz Roja y con otras iniciativas de atención a las comunidades afectadas.
Ante aquella movilización solidaria, nosotros nos preguntamos:
—¿Qué tenemos para ofrecer?
Comprendimos que podíamos brindar acompañamiento espiritual y compartir el misterio que nos ha sido confiado. Decidimos ir al encuentro de las personas, siguiendo aquello que el papa Francisco llamaba «la pastoral de la oreja»: no llegar a pronunciar discursos ni a dar respuestas, sino, principalmente, a escuchar.
La escucha permite que las personas que todavía están elaborando el duelo puedan expresar su sufrimiento. Algunas perdieron seres queridos; otras, sus viviendas, sus templos o sus comunidades.
Encontramos sacerdotes profundamente afectados porque habían perdido sus iglesias, sus comunidades o alguno de sus miembros. Ese es también el sufrimiento del pastor. Una situación semejante vivían los obispos: sentían como propio el dolor de la gente que les había sido encomendada.
Escucharlos nos permitió descubrir los grandes valores que se tejen en medio de una tragedia: el servicio, la solidaridad y la cercanía. También pudimos comprender la importancia de iniciativas como las desarrolladas por los bancos de alimentos.
Una solidaridad que atraviesa fronteras
La tragedia ocurrida en Venezuela fue más grave que la nuestra. Allí estuvo más concentrada, mientras que aquí fue más extensa. En Venezuela se registraron alrededor de veinticinco mil muertos o desaparecidos, nosotros tuvimos aproximadamente trescientos. La destrucción también fue mucho más grave en el país vecino.
Colombia realizó una colecta a través de la Conferencia Episcopal, las parroquias y las comunidades católicas. Los recursos fueron entregados a la Conferencia Episcopal de Venezuela, que los depositó en una cuenta internacional para destinarlos al sostenimiento de distintas obras de ayuda.
El presidente de aquella Conferencia Episcopal nos contó que uno de los obispos venezolanos no pedía que le enviaran más mercados. Algunas veces llegaban demasiados alimentos y, aunque no sucedía siempre, una parte terminaba descomponiéndose.
Su petición era diferente:
—Lo que necesito es que algunos de mis veinte sacerdotes más afectados por la destrucción puedan viajar a Colombia. Que hagan un paseo, visiten un centro comercial, vayan a un restaurante, descansen y se distraigan un poco. Que alguien los invite y los hospede.
Esa también es una forma de ayudar. La solidaridad no consiste únicamente en entregar bienes materiales. En ocasiones, una persona necesita descansar, sentirse acogida y recuperar las fuerzas para continuar. Eso solamente se aprende cuando vamos al encuentro de los demás y escuchamos sus verdaderas necesidades.
Una carpa para la comunidad
Una experiencia semejante ocurrió en Buenaventura, donde me correspondió prestar el servicio. Éramos ochenta sacerdotes y cinco obispos. Nos distribuimos en grupos de doce o catorce personas entre Pereira, Cartago, Buga, Palmira, Cali y otras poblaciones. En cada lugar, los obispos nos enviaban a las parroquias y a los barrios donde nuestra presencia podía ser más necesaria.
Al llegar a Buenaventura conocimos la situación de la catedral y el sufrimiento de su párroco. Las autoridades habían tenido que acordonar el templo y colocarle una señal roja que impedía el ingreso.
El sacerdote preguntaba con preocupación:
—¿Y ahora qué hago? ¿Dónde reúno a mi comunidad?
Ante la imposibilidad de utilizar la catedral, él y sus colaboradores comenzaron a salir a las esquinas, los parques y los barrios. Allí atendían a las personas y ayudaban en todo lo que podían.
Cuando nuestra visita estaba terminando, le preguntamos:
—¿De qué manera podemos ayudar?
Su respuesta fue muy concreta:
—Necesito una carpa en la que quepan doscientas personas, porque aquí llueve todos los días.
Hay realidades que solamente se comprenden estando en el territorio. En Buenaventura, la lluvia es constante. La carpa era necesaria para proteger a los niños, reunir a la comunidad y continuar prestando el servicio pastoral.
Preguntamos cuánto costaba y comenzamos a buscar una solución. Inicialmente hablamos con tres o cuatro comunidades parroquiales. Estas se comunicaron con otras parroquias y, finalmente, alrededor de veinticinco comunidades se vincularon a la iniciativa. Entre todas consiguieron los treinta y cinco millones de pesos necesarios.
La carpa costaba menos en nuestra región, pero trasladarla hasta Buenaventura casi duplicaba el valor. Por eso se decidió cotizarla y fabricarla en Cali. Quienes asumieron su elaboración dijeron:
—Si es para Buenaventura, nosotros nos encargamos del transporte.
De esa manera empezó a surgir una verdadera sinergia de bondad: una cadena de generosidad en la que cada persona y cada comunidad aportaron algo para responder a una necesidad concreta. Estas experiencias solamente se comprenden cuando uno está presente en el territorio.
Cambiar nuestra agenda
Algunos sacerdotes manifestaban su deseo de participar en las misiones. Decían que querían acompañarnos, pero cuando los invitábamos a esa misión, aparecían las dificultades:
—Es que tengo muchos compromisos y mucha gente que atender.
Entonces les grabé un video en el que les decía:
—Es necesario que cambiemos nuestra agenda, porque a los sacerdotes afectados por la tragedia les cambió completamente la suya. Nosotros también podemos modificar nuestros planes, pues tenemos salud y no somos víctimas directas de lo sucedido.
Algunos me respondían que aquello resultaba incómodo. Y tenían razón: era incómodo. Sin embargo, algunas veces estamos tan ocupados que olvidamos que las situaciones urgentes necesitan respuestas sencillas: estar allí, acompañar y compartir la vida.
Esa fue una de las enseñanzas más importantes para nosotros.
Ir a la de Dios
Durante la última semana de septiembre, del 21 al 25, iremos con un grupo más pequeño al Chocó. Visitaremos las diócesis de Istmina-Tadó y Quibdó, con seis personas destinadas a cada una.
Estas visitas siempre se coordinan con los obispos. Sin embargo, les hemos dicho que no se preocupen demasiado por el lugar donde vamos a hospedarnos ni por preparar un esquema complicado para la misión, con objetivos principales, objetivos secundarios y una larga lista de pasos.
Les decimos:
—Olvídense de eso. Nosotros vamos a la de Dios, dispuestos a afrontar lo que suceda, aunque nos corresponda dormir en alguno de los albergues.
Cuando se acude con esa disposición, se aprenden muchas cosas.
Las mujeres, custodias de la vida
Una de las grandes lecciones de estas experiencias es que las mujeres son las promotoras y las custodias de la vida.
Nuestro Banco de Alimentos de Bogotá y otros bancos de alimentos han enviado alrededor de mil cien toneladas de alimentos. Esto significa que las parroquias, las familias y numerosas personas han realizado aportes generosos.
Durante la semana también llegan muchos voluntarios al Banco de Alimentos. Se inscriben para donar un día de trabajo y se muestran dispuestos a realizar la labor que les asignen: limpiar papas, organizar bolsas, subirlas a los camiones o colaborar en su distribución.
Los alimentos recorren el país hasta llegar a los lugares afectados. Allí son las mujeres quienes organizan las ollas comunitarias.
He conversado con algunas de ellas. Trabajan felices, cantando alrededor de las ollas mientras preparan y sirven los alimentos. Desde las diez de la mañana, la comida ya está hirviendo y el trabajo comunitario se encuentra en plena marcha.
También les pregunté cómo organizaban la distribución:
—Le damos comida a toda persona que llegue —respondieron.
—¿Pero alcanza para todos?
—Alcanza. Alcanza hasta para el último.
Durante una visita por las viviendas encontré a varios ancianos que vivían solos. También vi a una mujer afrodescendiente y a un hombre al que le faltaba una pierna. Entonces pregunté:
—¿Cómo hacen para ayudar a quienes no pueden acercarse hasta la olla comunitaria?
Una de las mujeres respondió:
—Nosotras los conocemos y el padre también sabe quiénes son. Siempre les enviamos primero la comida a ellos. Después, lo que queda, nos lo repartimos entre las personas que están en los albergues.
Son gestos sencillos que revelan una profunda sabiduría comunitaria. Nadie necesita elaborar grandes documentos para identificar a quien sufre. La comunidad conoce a sus integrantes, sabe quién está solo, quién no puede caminar y quién necesita recibir primero la ayuda.
Una esperanza difícil de derrotar
Continuaremos realizando estas visitas porque comprendemos que representan una oportunidad para aprender, servir y disfrutar del encuentro con las comunidades.
En medio de una tragedia, difícilmente puede derrotarse la esperanza cuando previamente se ha sembrado la semilla de la fe.
No fuimos con el propósito de imponer cosas ni de organizar grandes reuniones. Buscábamos vivir el tú a tú, el cara a cara, el oreja a oreja, el pie a pie y, sobre todo, caminar con las personas.
Esta experiencia nos ha enseñado mucho y nos invita, incluso, a replantear nuestra pastoral. Algunas veces somos demasiado esquemáticos. Ese exceso de planes y estructuras puede impedirnos hacer lo que las circunstancias realmente exigen: ser humanos y responder con la flexibilidad que cada momento necesita.