Juan Manuel Santos: “En Armero, Juan Pablo II se arrodilló y lloró como el padre afligido ante el dolor de sus hijos”
Se cumplen 40 años de la visita apostólica de san Juan pablo II a Colombia
“Con la paz de Cristo por los caminos de Colombia” fue el lema de la visita apostólica.
Hoy como ayer, “la Iglesia se acerca a las tragedias humanas para resistir el dolor, para dar consuelo, para inspirar esperanza. Siempre es que el ser humano necesita creer” (Belisario Betancur Cuartas, expresidente de la república de Colombia)
Hoy como ayer, la cruz de Cristo ilumina la oscuridad y la desesperanza de toda tragedia causada por los desastres naturales y la mala gestión de autoridades y planificadores urbanos
La oración y el mensaje del papa polaco cobran hoy actualidad ante la devastadora tragedia que está viviendo el hermano pueblo venezolano por los terremotos del 24 de junio 2026 en el estado de La Guaira.
Se cumplen 40 años de la visita apostólica de san Juan Pablo II a Colombia, del 1 al 7 de julio 1986. Fueron “siete días blancos” que renovaron la fe de un pueblo probado por décadas de conflicto interno y por la reciente catástrofe de Armero desastre natural, producto de la erupción del volcán Nevado del Ruiz el miércoles 13 de noviembre de 1985, que afectó a los departamentos de Caldas y Tolima, Colombia y dejó entre 23 000 y 25 000 víctimas mortales.
Con unas sentidas palabras, hace 15 años, el entonces presidente electo de Colombia Juan Manuel Santos recordó lo vivido por los colombianos al lado del sucesor de Pedro “con la paz de Cristo por los caminos de Colombia” como rezaba el lema de la visita apostólica:
Palabras del presidente Santos en el foro ‘Juan Pablo II y su huella en Colombia, 25 años después’
Bogotá, 3 mar 2011 (SIG). “El martes 1º de julio de 1986, a las 3 y 20 de la tarde, todos en Colombia mirábamos hacia el mismo lugar: la portezuela del avión Boeing 747 de Alitalia que había arribado unos minutos antes a la pista del aeropuerto El Dorado.
Finalmente apareció la figura esperada, la figura anhelada, de un hombre solo, de sotana blanca, que bajó ágilmente la escalerilla y se inclinó para besar la tierra de un país que lo recibía lleno de alegría.
Redoblaron las campanas en las iglesias y saltaron de júbilo los corazones de los fieles.
¡Juan Pablo II, el sucesor de Pedro, estaba en Colombia!
“¡Alabado sea Jesucristo!”, fueron sus primeras palabras.
Y continuó:
“Vengo a vuestro noble país, amado pueblo de Colombia, como mensajero de Evangelización que enarbola la Cruz de Cristo, deseando que su silueta salvadora se proyecte sobre todas las latitudes de esta tierra bendita”.
A su lado, orgulloso y feliz, estaba el Presidente Belisario Betancur –junto a su señora Rosa Helena–, representando la emoción y la devoción de todo un pueblo.
Un pueblo que había esperado ansioso –después de 18 años de la visita del Papa Paulo VI– el regreso del máximo jerarca de la Iglesia Católica, pastor y guía de miles de millones de fieles en el mundo.
Un pueblo que –con el corazón en la mano– estaba ese día paralizado, atento a la imagen de la televisión, si es que no volcado sobre la Avenida Eldorado, listo para ver el paso fugaz pero memorable del Papamóvil y su ilustre ocupante.
Recuerdo que, desde las instalaciones de El Tiempo –del que era entonces subdirector–, no me despegué ese día de la pantalla, no sólo por mi calidad de periodista –pendiente de la noticia– sino también por mi condición de católico y –además– admirador del carismático personaje que era Juan Pablo II.
El Pontífice terminó así sus palabras de saludo:
“(…) doy comienzo gozosamente a mi peregrinación apostólica. Desde este momento el Papa se pone en marcha ‘con la paz de Cristo, por los caminos de Colombia’.”
Y así fue: el Papa ‘peregrino de la paz’ recorrió nuestro país durante toda una semana como el más infatigable de los viajeros, llevando su mensaje y su bendición a los más diversos rincones de la Patria y a todos los escenarios.
“Desde cualquier punto donde me encuentre” –dijo el Papa–, “mi palabra se dirigirá a todos los colombianos, a todos y a cada uno de los sectores del pueblo de Dios que peregrina en esta tierra. Vengo a compartir vuestra fe, vuestros afanes, vuestros sufrimientos y vuestras esperanzas”.
¡Qué esfuerzo, qué dinamismo, qué amor paternal e infinito del que fuimos testigos!
Su Santidad presidió innumerables actos en Bogotá, incluyendo masivas manifestaciones o eucaristías en la Plaza de Bolívar, el parque Simón Bolívar y el estadio El Campín, donde miles de jóvenes corearon “Juan Pablo Amigo, Colombia está contigo”.
En el parque El Tunal congregó a más de un millón de personas – ¡más de un millón! –, la más grande manifestación jamás vista en este país.
El infatigable Papa oró a la Madre Santísima, visiblemente emocionado, en la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá.
Visitó Tumaco, Popayán, Cali, Pereira, Chinchiná, Medellín, Bucaramanga, Barranquilla y Cartagena.
Y por supuesto, fue a Armero, o más bien a lo que quedaba de Armero –un camposanto de lodo y desolación– después de la avalancha del Nevado del Ruiz, que había ocurrido algunos meses antes de la visita papal.
Mi señora, María Clemencia, tuvo la oportunidad de acompañarlo en el helicóptero que lo llevó al Tolima, y me ha contado muchísimas veces la sensación de paz, de bondad, de amor, que emanaba del Papa.
“Era un santo vivo” , me decía y me dice. Y no es la única. Todos los que lo vieron, los que estuvieron cerca del Papa en esa semana maravillosa, tienen testimonios similares.
En Armero, Juan Pablo II se arrodilló y lloró –lloró como el padre afligido ante el dolor de sus hijos–, recostada su frente en la gran cruz de cemento, por las miles de víctimas de semejante tragedia.
Colombia entera lloró con él y sintió, sentimos, el bálsamo de su oración.
Yo –que he estado en arduas e intensas campañas políticas– puedo asegurarles que una gira tan completa y tan exhaustiva, tan fatigante y tan diversa, de lado a lado de nuestra geografía, no es capaz de aguantarla ni el más urgido de los candidatos.
Pero sí pudo el Papa. Sí pudo Juan Pablo II, a sus 66 años de edad, motivado por el amor del pastor a sus ovejas colombianas.
No por nada lo llamaban ‘el Atleta de Dios’
Y en todos los escenarios donde estuvo, en todas las audiencias, el público se maravilló por su carisma, por su bondad, por esa aureola de paz y de amor que irradiaba, y le decían siempre, cuando estaba a punto de partir: “¡Quédate!” “¡No te vayas!”.
Así se lo gritaron cientos de niños en un encuentro en el Seminario de Cali, y el Pontífice les dijo, con esa voz amorosa que lo caracterizaba:
“El Papa os ama tanto, queridos niños colombianos, que se quedaría siempre con vosotros. Pero ya sabéis que en Jesús, en la Iglesia, todos estamos unidos. Que no hay distancias que nos separen. Rezad por el pobre Papa Juan Pablo II”.
Así lo creemos ahora, un cuarto de siglo después de su visita: ¡No hay distancias que nos separen!
Todavía el mensaje, la energía sublime, las oraciones, la risa y el llanto de Juan Pablo II, siguen vivos en la historia del mundo y en la historia de nuestro país.
La presencia del Papa polaco en la Iglesia Católica –de la que fue Sumo Pontífice por más de 26 años– marcó positivamente la vida de la Iglesia, expandiendo su mensaje de amor y justicia por el mundo entero.
No extraña por eso –por el contrario, es motivo de inmensa alegría para todos los católicos– que el próximo 1º de mayo, en un tiempo record, Juan Pablo II vaya a ser exaltado como beato –y muy posible futuro santo– por el Papa Benedicto XVI.
Pero su legado no fue sólo dentro de la Iglesia.
Juan Pablo II –que sufrió en carne y hueso los estragos del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial, y luego la opresión del comunismo– significó también un cambio en el panorama político mundial.
Su palabra iluminadora e iluminante; su ejemplo de líder comprometido con los derechos humanos, fueron definitivos para impulsar la caída del Muro de Berlín y, con ella, de toda la Cortina de Hierro, que por décadas había encarcelado, bajo pretextos ideológicos, a Europa del Este.
Y así como dejó huella en la Iglesia, y así como dejó huella en la historia mundial, Juan Pablo II dejó huella indeleble y amorosa en el alma de Colombia.
Hace 25 años nuestra historia era muy distinta, y a la vez similar, de la que hoy vivimos; no obstante, su mensaje intemporal sigue calando hondo, muy hondo, en nuestras conciencias.
Acabábamos de superar dos terribles tragedias: el holocausto del Palacio de Justicia y la avalancha sobre Armero.
Sentíamos, desilusionados, que los grupos guerrilleros habían traicionado la voluntad de paz del Gobierno y de la nación –y no sería la última vez que lo hicieran–.
El narcotráfico permeaba nuestra sociedad, y se avecinaban tiempos aún más oscuros, cuando caerían bajo las balas de los sicarios, nuestros mejores candidatos presidenciales, nuestros mejores funcionarios, activistas de derechos humanos, nuestros mejores jueces, nuestros mejores periodistas, nuestros valerosos miembros de la Fuerza Pública.
¡Cómo necesitábamos entonces, cómo recibimos esperanzados, la palabra sanadora del Papa misionero!
Hoy, 25 años después, Colombia –gracias a los avances logrados por la Política de Seguridad Democrática, gracias al (ex) Presidente Uribe- muestra, al fin, un horizonte más optimista.
No hemos derrotado todavía a los violentos, pero cada vez están más arrinconados y, sobre todo, más aislados de la opinión pública nacional e internacional, que condena su accionar terrorista e inhumano.
Han desaparecido los grandes carteles y los grandes capos, pero lidiamos todavía con ramificaciones peligrosas e indeseadas del narcotráfico.
De cualquier forma, el nuevo entorno de seguridad nos ha garantizado más inversión, una mayor estabilidad económica –con excelentes perspectivas, además- y nos permite soñar con un futuro –no lejano, sino próximo– de prosperidad.
El sabio y amoroso mensaje que nos trajo el Papa, en 1986, sigue siendo fuente de inspiración y de enseñanza para todos quienes lo escuchamos y los que lo releemos pasados los años.
Trabajamos por la paz, creemos en la paz, pero no a cualquier precio; no al precio de tolerar la violencia y la violación flagrante de los derechos humanos por los grupos ilegales.
Sobre este tema, nuestro mensaje y nuestra decisión han sido claros:
Para lograr la paz, más que estar hablando constantemente de ella, más que empeñarnos en conversar con quienes se niegan al diálogo desarmado, debemos concentrarnos en construir las condiciones de paz, en construir las condiciones de reconciliación.
Recordemos las palabras de Juan Pablo II, que en este punto resultan esclarecedoras:
“No esperemos la paz en el equilibrio del terror. No aceptemos la violencia como camino de la paz. Comencemos más bien por respetar la verdadera libertad; la paz que resultará de ahí será capaz de colmar la esperanza del mundo, pues estará hecha de justicia y fundada en la incomparable dignidad del hombre libre”.
¡Cómo les convendría escuchar y entender estas palabras a quienes hoy insisten en la inhumana práctica del secuestro y en atacar a sus compatriotas!
La violencia no es nunca camino para la paz. Por el contrario, como decía Gandhi, “la paz es el camino”.
Quien quiera hablar de paz y ahora esté transitando el sendero oscuro de la violencia, del secuestro, del terror, deberá antes abandonarlo, para que la sociedad esté dispuesta a ese diálogo.
El Papa también nos habló, desde Cartagena, desde la Heroica de una nueva esclavitud –diferente a aquella que buscó aliviar San Pedro Claver en el siglo diecisiete–: la esclavitud de las drogas.
Y lo hizo con palabras contundentes, como éstas:
“Los tratantes de esclavos impedían a sus víctimas el ejercicio de la libertad. Los narcotraficantes conducen a las suyas a la destrucción misma de la personalidad. Como hombres libres (…) debemos luchar decididamente contra esa nueva forma de esclavitud que a tantos subyuga en tantas partes del mundo (…) y ayudar a las víctimas de la droga a liberarse de ella”.
¡Cómo impactaron estas palabras en nuestro país, que luchaba entonces –y sigue luchando hoy–, ejemplarmente, además con mucho orgullo, contra uno de los flagelos más grandes que sufre la humanidad!
Juan Pablo II, el Papa peregrino, vino a Colombia y sembró semillas de esperanza en el corazón de los colombianos.
Sembró la palabra de Dios y sus frutos se recogen todos los días en las buenas obras de millones de colombianos que quieren hacer el bien, que quieren trabajar honestamente y que quieren crecer en virtud con sus familias.
¡Qué bueno, qué oportuno, recordar hoy su visita, recordar hoy su legado, recordar hoy sus palabras!
Felicitaciones y muchas gracias, embajador y querido amigo César Mauricio Velásquez; a la Fundación Revel y a la Fundación Konrad Adenauer, por esta magnífica iniciativa que hoy nos congrega.
El mismo Papa Benedicto XVI, en el rezo del Angelus del pasado 20 de febrero, nos envió a los colombianos un mensaje de cercanía y de afecto por la conmemoración de estos 25 años de la visita papal.
Estamos muy agradecidos, además, por los mensajes solidarios y las permanentes oraciones que –en los últimos meses– ha dedicado el actual Pontífice a las víctimas de la ola invernal en nuestro país.
Sus palabras han sido un gran alivio en medio de las dificultades.
Apreciados amigos:
Han pasado 25 años desde cuando un gran hombre –un hombre bueno, un hombre humilde- marchó con la paz de Cristo por los caminos de Colombia.
Quienes tuvimos la fortuna de atestiguar ese maravilloso periplo sentimos que el tiempo no ha transcurrido y recordamos sus palabras como si fuera ayer.
Sentimos también que nos ampara su siempre generosa bendición.
Y así debe ser, ¡así debe ser!
Bien lo dijo el cardenal Ratzinger –el futuro Benedicto XVI– en la misa de exequias de Juan Pablo II: “Podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice”. Muchas gracias”.
https://bapp.com.co/documento/palabras-del-presidente-santos-en-el-foro-juan-pablo-ii-y-su-huella-en-colombia-25-anos-despues/
A continuación, recordemos el discurso de Juan Pablo II a los supervivientes de la catástrofe de Armero y su oración por los miles de víctimas mortales:
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS SUPERVIVIENTES DE LA CATÁSTROFE PROVOCADA POR EL NEVADO DEL RUIZ
Domingo 6 de julio de 1986
Señor presidente de la República,
queridos hermanos en el Episcopado,
autoridades departamentales,
Junta directiva del Resurgir,
amadísimos hermanos y hermanas:
La catástrofe que el volcán Nevado del Ruiz provocó, sobre todo en Armero y Chinchiná, conmovió profundamente mi corazón. A medida que me iban llegando las noticias de la tragedia, tantos muertos, tantas familias destrozadas, tantos hombres y mujeres desamparados, tantos niños huérfanos, junto con mi ferviente plegaria al Señor nacía en mi espíritu el deseo de visitar los lugares en los que se hallan sepultadas miles de víctimas.
Por la misericordia de Dios, aquel deseo se ha cumplido y me encuentro hoy aquí entre vosotros como Padre y Pastor que peregrina al mundo del sufrimiento. Aquí estoy junto con la Iglesia en Colombia y unido a toda la nación solidaria.
Tras haber orado por las víctimas de la tragedia de Armero, he venido hasta Lérida para recordar y meditar con vosotros, damnificados y familiares de los que perdieron la vida, sobre el sentido cristiano y salvífico del dolor, que acompaña siempre al hombre, como la cruz acompañó Cristo y fue el fundamento de su glorificación (cf. Salvifici Doloris).
He venido para sembrar en vuestros corazones de creyentes palabras de esperanza: Sí, soy portador del Evangelio, que desde la fe proyecta su luz sobre el misterio del sufrimiento y abre perspectivas inconmensurables de consciente resignación, de ánimo, de paz. Quisiera llegar con mi condolencia y afecto a cada uno de vuestros hogares para compartir vuestras penas y deciros: volved vuestro rostro doliente al Señor, a Jesús crucificado y resucitado, que es fuente de consuelo y de esperanza pascual.
Una esperanza que se inspire en el Evangelio y que os mueva a mirar confiadamente hacia el futuro. La nueva ciudad que aquí en Lérida se levanta debe ser como un canto a la laboriosidad y a la fe en Dios.
Muchas personas de buena voluntad en Colombia y en el mundo os han acompañado, con un corazón solidario, en las horas del dolor y de la prueba. Os ha acompañado la Iglesia y la presencia del Papa aquí, en medio de vosotros, quiere ser un signo de solicitud pastoral de cercanía, de amor.
Con vuestros esfuerzos y los de todos los colombianos, la ciudad que aquí surja debe representar un reto y una invitación a poner ya desde el principio los cimientos de una sociedad que crezca y se desarrolle según las exigencias de la civilización del amor, a la que me he referido durante esta visita pastoral a Colombia. Así como se están echando las bases para una nueva estructura urbanística, social, laboral etc., de la misma manera deberá cuidarse todo lo que mira al desarrollo integral de las personas, y particularmente a la necesidad de una proyección cristiana que anime todas las actividades que se emprenden. Participad activamente en esta empresa de tanta importancia con gran confianza en la Providencia divina, en vosotros mismos y en la sociedad.
En la visita que acabo de efectuar a Armero he querido orar por los difuntos para que Dios les conceda el descanso eterno.
También deseo orar por vosotros, damnificados y familiares de las víctimas, para que Dios os dé fe, comprensión y amor abriendo vuestras vidas a la perspectiva de un futuro mejor.
Bendigo a todas las familias que sufren por la desaparición de seres queridos. Bendigo a todos los amados hijos de esta región y del departamento del Tolima.
Que mi bendición que os doy en el nombre de Dios Omnipotente Señor de la vida y de la historia os infunda nuevas energías para seguir en vuestro caminar con decisión, con entereza, con esperanza cristiana.
https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1986/july/documents/hf_jp-ii_spe_19860706_autorita-lerida.html
ORACIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II
POR LAS VÍCTIMAS DE LA CATÁSTROFE DE ARMERO
Domingo 6 de julio de 1986
1. Padre celestial,
de quien procede todo bien,
recibe compasivo en tu seno misericordioso
a tantos hermanos nuestros aquí sepultados
por las fuerzas desatadas de la naturaleza.
Condúcelos a la morada eterna
que Jesús, tu Hijo, ha preparado a los que lo reconocen
como tu enviado y lo sirven con amor,
descubriendo su presencia en los hermanos más pequeños.
Estos hijos tuyos, Padre de bondad,
cayeron como trigo en las entrañas de la tierra
para germinar en la resurrección de los muertos.
Ellos creyeron y esperaron en Ti;
recibieron el bautismo de regeneración,
se nutrieron con la Eucaristía,
que es germen de inmortalidad,
vivieron en el amor con que tu premias eternamente.
2. Padre, rico en misericordia,
consuela el dolor de tantas familias,
enjuga las lágrimas de tantos hermanos,
protege la soledad de tanto huérfanos.
Infunde a todos ánimo y esperanza
para que el dolor se cambie en gozo
y la muerte, por la fe, sea germen de vida nueva.
Haz que mediante la solidaridad,
el trabajo y el tesón de las gentes de esta tierra,
surja, como de entre las cenizas,
una nueva ciudad de hijos tuyos y hermanos,
donde reine la fraternidad,
se renueven la familias,
se llenen de pan las mesas
y de cantos los hogares y los campos.
3. Bendice esta cruz alzada aquí
como signo de nuestra redención,
baluarte de esperanza,
símbolo de muerte y de vida, de dolor y de gozo.
Esta cruz que es el trono de Cristo, tu Hijo,
desde donde, levantado, reina atrayendo todas las cosas hacia El.
Que todas las miradas se vuelvan hacia esta cruz,
árbol de vida, punto de convergencia entre el cielo
y la tierra, donde se obtiene la reconciliación y renace la esperanza.
Y que junto a la cruz y el dolor de cada uno
esté siempre María, la Madre de Jesús,
para acompañarnos en todas las penas,
para animarnos con su mirada maternal,
para ayudarnos a construir una sociedad nueva
con la civilización del amor.
4. Te lo pedimos por Jesucristo tu Hijo,
en quien creer es vivir y a quien servir es reinar.
El vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén.
https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1986/july/documents/hf_jp-ii_spe_19860706_preghiera-armero.html