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29.6.26. San Pedro Papa. Historia escrita e historia por escribir

(20+) Facebook 29.6.26. San Pedro. Historia escrita e historia por escribir (=para escribir)

Es una historia importantísima. La del NT está ya escrita, con diversos matices e intenciones, con importantes variantes, que han sido analizadas por muchos exegetas, historiadores y hombre ce iglesia. La historia actual (año 2026) está por escribir, no sólo desde la iglesia católica (donde León XIV actúa como suceor de san Pedro), sino desde las otras iglesias que tienen también una visión del pasado y presente de san Pedr.

HISTORIA YA ESCRITA. SAN PEDRO EN EL NT

1. Relaciones con Jesús. Se llamaba Simón/Simeón Bar-Yona (hijo de Juan), como recuerda Mt. 16, 17 (cf. Jn 21, 15). Pero, en un momento determinado, para constituir y formular su nueva función, como fundamento de la comunidad mesiánica, Jesús le llama en arameo Cefas (cf. 1 Cor 1, 12; 3, 22; 9, 5; 15, 5; Gal 1, 18; 2, 9. 11. 14; Jn. 1, 42), que se traduce en griego Petros (en latín Petrus, Piedra, Pedro). Las comunidades helenistas le llamaron Petros, reconociéndole así, implícitamente, como piedra de la nueva comunidad escatológica de Jesús (cf. Mc 3, 13; Lc 6, 14; Mt 16, 18). La iglesia ha conservado y expandido ese nombre, que seguimos empleando todavía.

Se llamaba pues Simeón (como el primero de los doce patriarcas, hijos de Jacob) y fue el primero de los discípulos de Jesús (su discípulo “principal”, uno de los Doce). Había sido pescador del lago de Galilea, de familia al parecer humilde, no tenía campos propios, vivía en la casa de su suegra y, posiblemente, era trabajador a cuenta ajena. No tenía campos, ni una cultura religiosa especializada (no era sacerdote, escriba o fariseo). Pero se hallaba interesado por la renovación religiosa de Israel y, al menos por un tiempo, había sido discípulo del Bautista (cf. Jn 1, 40-44). Debía tener sus ideas propias sobre el mesianismo; por eso, si acogió la invitación de Jesús y se hizo su discípulo, abandonando a su familia (cf. Mc 1, 16-20) y dejando al mismo Juan Bautista, a quien había seguido por un tiempo, es que debía haber hallado fuertes razones para hacerlo. No vino como un simple espectador pasivo, sino que trajo unas convicciones fuertes sobre lo que debía ser la transformación y culminación de Israel (como las tenían otros muchos en la sociedad judía de aquel tiempo).

Es muy posible que Jesús confiara de un modo especial en Simón, a quien necesitaba (con otros discípulos y amigos) para llevar adelante su proyecto, para realizar su obra. Por otra parte, el mismo Simón se fiaba de Jesús, de manera que el texto básico de Mt 16, 13-20 (que incluye su confesión mesiánica y la bienaventuranza posterior de Jesús, que le llamada Pedro-Roma) puede tener un fondo histórico. De todas formas, tal como supone el texto paralelo de Mc 8, 27-27, es muy posible que las relaciones entre Jesús y Simón nunca fueran plenamente fluidas. Jesús no logró trasmitir a Pedro, ni al resto de sus Doce, su experiencia básica de gratuidad y entrega no violenta de la vida, de manera que ellos siguieron a su lado, pero sin estar del todo satisfechos de la forma en que el mismo Jesús gestionaba su proyecto. Es evidente que Jesús y Pedro (Jesús y los Doce) nunca lograron formar un grupo cerrado y compacto, de fidelidad hasta la muerte, en contra de lo que ha sucedido en otros grupos políticos, religiosos y revolucionarios (como entre los seguidores de Mahoma). La tradición cristina ha sabido (y no se ha esforzado en ocultarlo, sino todo lo contrario), que los Doce abandonaron a Jesús, cuando éste fue juzgado y condenado a muerte (a pesar de haber sellado con él su compromiso en una cena de solidaridad y comunión). Parece seguro que Pedro le negó de un modo peculiar, no por simple miedo (que también pudo tenerlo), sino por discrepancias de fondo sobre la actuación “suicida” y victimista de su maestro, que parecía dispuesto a ser juzgado y morir en Jerusalén, sin acudir a una estrategia política o militar de toma de poder, sin defenderse de un modo violento (cf. Mc 14, 54-72 par).

La consecuencia de ello fue que Jesús murió solo, sin que sus seguidores más íntimos fueran juzgados y crucificados con él. Las únicas cruces que se alzaban al lado de la suya, en el Calvario, fueron las de unos “bandidos” no cristianos, reos comunes o miembros de la resistencia armada contra Roma (el evangelio no ha querido precisarlo). Entre los seguidores de Jesús, sólo unas mujeres que parecían de menos importancia asistieron a su muerte (cf. Mc 15, 40-47 y paralelos). Lógicamente, la representación de Pedro podía haber terminado ahí, tras la negación, el abandono y la muerte de su maestro en el Calvario. Pero la amistad de Pedro hacia Jesús (que respondía a la amistad de Jesús hacia Pedro) era más fuerte que las razones sociales y religiosas de su distanciamiento y traición. La lógica y el orden religioso estaban de parte del Sumo Sacerdote (aliado en este caso a los romanos). Pero el amor superó la lógica de los sacerdotes y Pedro descubrió la razón del Jesús muerto y experimentó el sentido de su vida, por encima de la religión oficial de su pueblo y del imperio de Roma.

En este contexto se entiende la confesión fundacional de la iglesia, cuando afirma que Pedro “vio” a Jesús después de su muerte, es decir, tuvo una experiencia integral de la verdad de su propuesta mesiánica y de la radicalidad de su amor. Sólo al situarse ante el conjunto del mensaje y vida de aquel a quien había seguido y amado, Pedro pudo descubrir que Jesús tenía razón, que su propuesta de Reino era verdadera, pues Dios había estado presente en su camino y había ratificado su obra, resucitándole de entre los muertos (cf. 1 Cor 15, 5 y Lc 23, 34).

Esta “visión” pascual de Pedro no fue una simple alucinación, como tantas otras, ni una aparición espectacular (de visiones imaginativas y apariciones gloriosas está llena la historia), sino una experiencia de renacimiento radical, una revelación de Dios que funda y edifica sobre un crucificado el camino de unificación de amor entre todos los hombres. Una vez que se ha descubierto eso, todo lo demás es simple consecuencia: la verdadera autoridad, aquella que funda la unión entre todos los hombres, no la tienen ni los sacerdotes que matan a sus víctimas, ni los soldados que imponen su norma de poder, sino, con Jesús y como Jesús, los asesinados de la historia.

Ésta fue la experiencia de un hombre que “supo” que Jesús, su amigo crucificado, estaba vivo y le encargaba la tarea de seguir realizando su obra mesiánica. Ésta fue una tarea que Pedro compartió con otros, para recrear y expandir la buena nueva o evangelio de Jesús, de tal forma que diversos grupos de cristianos le consideraron como fundador de la Iglesia pascual, su Roca (por eso le llamaron en arameo Cefas y en griego Petros: Pedro, el Piedra). Parece seguro que Pedro volvió a instaurar el grupo de los Doce (que se había disgregado tras la muerte de Jesús), confesando de esa forma, de manera práctica, que el movimiento mesiánico seguía vivo, de manera que en nombre de Jesús podía ofrecerse un mensaje de salvación a todo Israel (las Doce Tribus simbólicas). Es evidente que, al menos en un primer momento, Pedro y los Doce se presentaron como signo y garantía de que el Crucificado estaba vivo y que vendría pronto como salvador final, pues el tiempo del mundo viejo parecía consumido. Su ministerio básico será anunciar y simbolizar la llegada o parusía mesiánica de Jesús, es decir, la reconciliación de la humanidad partiendo de los sacrificados de la historia.

2. Historia básica 2. Después de la muerte de Jesús. Quiero presentar una cronología básica de Pedro, desde la perspectiva de la Iglesia primitiva. Sólo conociendo su historia se puede entender luego el influjo posterior de su figura en la historia de la Iglesia y, especialmente, en la función del Papa, que actúa como representante y sucesor de Pedro para los católicos.

a. Años 30-34. Pedro en Jerusalén, iglesia primitiva (Hech 1-5). Éstos deben haber sido los años en los que se mantuvo en Jerusalén el ideal de una iglesia escatológica, en torno a los Doce, presididos por Pedro. En estos años fueron surgiendo tendencias distintas, vinculadas a las mujeres (→ María Magdalena) a los helenistas y a Santiago. Todo nos hace suponer que Pedro fue un elemento esencial de aquella iglesia Jerusalén, reunida en torno a los Doce, como supone Hech 1-5. En ese contexto se sitúa la primera visita de Pablo a Jerusalén, donde quiere “conversar” con Pedro, en torno al año 35/36 d. C. (cf. Gal 1, 18). Da la impresión de que, en ese momento, Santiago, el hermano del Señor, ocupa un puesto secundario en la Iglesia.

b. Años 34-49. Pedro misionero en Palestina. Puede haber “misionado” también en Galilea, pues hubo contactos entre los “cristianos” de Jerusalén y los discípulos de Galilea, pero no podemos precisarlo. En ese contexto, el autor de Hechos ha situado la misión de Pedro en la “costa de Palestina” (cf. Hech 8-12), presentándola como primera “apertura a los gentiles”, en una línea cercana a los “cristianos helenistas”. En este tiempo, como supone Hech 1-12 y la tradición de los sinópticos (Mc 5, 37; 9, 2; 13, 2 par), Pedro debió hallarse vinculado con los zebedeos, desarrollando una labor misionera fuera de Jerusalén, por lo menos a partir del “conflicto” con los helenistas” (Hech 6-7). Eso supone Pedro aceptó de algún modo la línea de los helenistas, superando la visión de una Jerusalén que se centra en sí misma y espera que venga el Cristo desde arriba. Los textos destacan la misión de pedro en dos regiones Palestina: en la zona muy helenizada de la costa y en Samaria (Hech 8, 14-24). Desde ese fondo ha de entenderse la “huida” de Pedro de Jerusalén, en el tiempo del reinado de Agripa, en relación con el martirio de Santiago Zebedeo (entre el 41-44 d. C.). Desde ese momento se supone que Santiago empieza a ser la figura dominante en Jerusalén.

c. Años 48/49. Concilio de Jerusalén. Pedro no aparece como representante de la Iglesia de Jerusalén (presidida por Santiago), pero actúa como mediador entre Santiago y Pablo… Tanto Hech 15 como Pablo (Gal 2) suponen que, en torno al año 49, hubo en Jerusalén un encuentro entre Pablo, Pedro y Santiago y que Pedro acepta la misión paulina. La “autoridad decisiva” en Jerusalén la detenta ahora Santiago, pero Pedro y Juan Zebedeo aparecen como columnas de la Iglesia. Por otra parte, en este contexto, Pablo supone que a Pedro se le ha confiado el evangelio misionero de la circuncisión (desde el judaísmo), mientras que él (Pablo) realiza la misión entre los incircuncisos (paganos) (cf. Gal 2, 7). Ambos son misioneros, a diferencia de Santiago, que queda en Jerusalén. Pero esta división no parece del todo precisa, pues que los de Santiago han realizado también un tipo de misión cristiana (sólo entre judíos), mientras que Pedro (dirigiéndose principalmente a los judíos) se relaciona también con los “incircuncisos”, en Antioquía, mientras que el mismo Pablo ha actuado finalmente como misionero entre los judíos.

c. Años 50-60 Pedro en Antioquía. Gal 2 supone que Pedro ha quedado como figura dominante de la comunidad de Antioquía, formada por cristianos de origen judío y gentil. Éstos parecen haber sido los años decisivos de la misión de Pedro, discípulo de Jesús y representante de los Doce, abriendo un camino universal para la Iglesia, pero con ciertas relaciones con el judaísmo, desde Antioquía. A un lado tiene a → Santiago, empeñado en mantener el mesianismo israelita de Jesús, según la Ley, en Jerusalén. Al otro lado tiene a → Pablo, creando iglesias desde la gentilidad, sin vincularse a la circuncisión ni a las prácticas legales del judaísmo.

En medio queda Pedro, en Antioquia, como principal portavoz de una Iglesia que quiere abrirse y se abre a los gentiles, sin perder su conexión con el judaísmo. En cierto sentido, Pedro busca y ensaya lo más difícil, una conciliación de opuestos. Más fácil es abandonar sin más las normas legales del judaísmo (como dicen que hace Pablo); más fácil es mantener todo el judaísmo en forma mesiánica (como intenta Santiago en Jerusalén). Más difícil es mantener ambos elementos, como ha querido Pedro, conforme al testimonio clave de Mt 16, 18-19, donde se le presenta como “gran intérprete” de Jesús y como piedra-fundamento de una Iglesia universal, en la que pueden encontrarse judíos y gentiles. Eso supone que Pedro buscó desde Antioquía una especie de “pacto” entre cristianos de origen judío y pagano (circuncisos e incircuncisos), un pacto que en ese momento no agradó a Pablo (cf. Gal 2, 11-14), que tuvo que dejar Antioquía, donde quedó Pedro. Pero ambos se mantuvieron en comunión, como indican las cartas de Pablo (cf.1 Cor 1, 12; 3, 22; 9, 5).

d. Años 60-63. Pedro en Roma. El evangelio de Marcos, escrito probablemente después de la muerte de la muerte de Pedro, supone que él tuvo que ir a Galilea tras la pascua (cf. Mc 16, 7-7), para encontrar allí al verdadero Jesús pascual, con las mujeres. Lo mismo supone Mt 28, 16-20 (lo mismo que Jn 21). Para ellos, el lugar de conciliación de las diversas tendencias de la Iglesia no es Jerusalén (con Santiago), ni Antioquía (con Pedro), ni la misión gentil en sí (con Pablo), sino Galilea, lugar del mensaje de Jesús, donde pueden vincularse todos. Sea como fuere, de hecho, conforme a una tradición antigua y muy fiable, en un momento dado, hacia el 60 d. C., Pedro dejó Antioquía, para dirigirse a Roma (donde también llegó Pablo, cautivo). Eso significa que debía tener relaciones con los cristianos de Roma, que quizá le llamaron, para ofrecer su testimonio en la comunidad de la capital del imperio. Su estancia allí no debió ser muy larga, muriendo mártir, como Pablo.

3. Iglesia primitiva. Del 60 al 100 d. C. Entre el 30 y el 70, Pedro y los Doce, Magdalena y las mujeres, los galileos y Santiago, los helenistas y Pablo fueron (y siguen siendo todavía) los testigos fundacionales de la iglesia, pues ellos trazaron algunas de sus líneas básicas y siguen apareciendo como punto de referencia para la historia posterior. En aquellos momentos, las iglesias no se habían separado todavía de la gran “matriz” judía, sino que seguían dentro de ella, de forma a veces tensa, dramática, incluso violenta (en fuerte polémica), pero siempre en conexión con el mesianismo israelita. Es muy difícil contar el número posible de cristianos (¿tres mil? ¿cuatro mil?) que había entonces, pues la mayoría, a no ser los miembros de algunas comunidades pagano-cristianas de origen paulino o helenista, seguían siendo judíos (sobre todo en Galilea y Jerusalén).

Pues bien, en esos años se dieron dos acontecimientos trascendentales para la vida de la iglesia. (1) El martirio de Pedro, Santiago y Pablo, quienes, a pesar de haber abierto caminos nuevos de seguimiento de Jesús, fallecieron sin haber establecido unas estructuras jerárquicas permanentes y sin haber creado de hecho una iglesia independiente del judaísmo. Murieron ajusticiados en unos mismos años, sin haber renegado del judaísmo (entre el 62 y 64 d. C.). Para entonces habían fallecido también o dejaron de estar en el centro de la iglesia otros personajes principales: los Doce (que se vuelven figura simbólica: cf. Mt 18, 28; Ap 21, 14) y las primeras mujeres, cuya función se olvida o margina, dentro de la iglesia oficial. (2) La guerra judía de los años 67-70, que rompió gran parte de los equilibrios sociales anteriores, produciendo quizá migraciones de cristianos, que abandonaron Jerusalén, y contribuyendo posiblemente a la desaparición del modelo de la iglesia galilea. Los mayoría de los cristianos no se habían separado todavía de la matriz judía (cuyas autoridades siguen aceptando, de un modo crítico: cf. Mt 23, 1-7)

Murieron los primeros líderes, cambiaron las circunstancias sociales y muchos pudieron pensar que las gentes vinculadas a Jesús desaparecerían rápidamente, como habían desaparecido otros movimientos judíos. Pero las cosas sucedieron de forma distinta. Los diversos grupos cristianos carecían de organización unitaria: no tenían nada semejante a un Papa, ni siquiera obispos ni presbíteros estables. Pero poseían algo nuevo, llamado a influir poderosamente en la historia posterior: conservaban las palabras de Jesús, mantenían su recuerdo y esperaban, con él (como él), la llegada de una nueva humanidad reconciliada, solidaria, vencedora de la muerte. Al mismo tiempo mantenían entre sí unos vínculos intensos de solidaridad y de comunicación de experiencias. Así se fueron distinguiendo del judaísmo rabínico, que empezó a nacer también en ese tiempo.

(a) Judaísmo rabínico. Los nuevos intérpretes del judaísmo nacional fueron los rabinos, que codificaron su experiencia en la → Misná. No hubo entre ellos nadie que asumiera una responsabilidad central, como Pedro en el cristianismo. Los representantes y portadores de ese nuevo judaísmo, que ha permanecido hasta el día de hoy, fueron un grupo de maestros-rabinos y de presbíteros o ancianos (padres de familia), que organizaban la vida de la federación de sinagogas, es decir, de comunidades autónomas de judíos fieles a la tradición nacional; entre ellos no han podido surgir ni obispos ni Papa.

(b) Judaísmo cristiano. Los seguidores de Jesús se organizaron como un movimiento mesiánico judío y en esa organización jugó un papel importante la figura y recuerdo de Pedro. Por ahora (desde el 60 hasta el 150 e incluso hasta el 180), los cristianos no tenían Papa, ni obispos, ni presbíteros en el sentido posterior (sacerdotal), ni una organización unitaria, pero tenían la herencia de Jesús, mantenida y cultivada por los herederos de Santiago, de Pablo y de Pedro (por citar los tres nombres). Pues bien, en ese proceso de unificación eclesial, el testimonio de Santiago ha quedado diluido, de manera que su proyecto apenas ha sido aceptado por las iglesias posteriores (hasta el día de hoy). Se han mantenido y han avanzado, sin embargo, las tradiciones de Pedro y de Pablo, vinculadas de diversas formas. Más aún, dentro de la Gran Iglesia se ha mantenido y ha triunfado la tradición de Pedro (del “Pedro de la fe”), como han puesto de relieve las tradiciones evangélicas, entre las que destacamos la de Mateo (que debería compararse con la de Jn 21) y la de las cartas de Pedro.

4. Mateo: Pedro, Roca de la iglesia, las llaves de Dios. Da la impresión de que Mateo quiere unir dos tradiciones: la de Santiago (de fidelidad estricta a la ley judía) y la de Pablo (de apertura universal del evangelio). Para ello, partiendo del texto de Marcos, recrea la figura de Pedro a quién, sin separarle del resto de los primeros discípulos de Jesús (los Doce, sin Judas), concede una función específica, muy importante: la de interpretar la Ley judía e iniciar una misión universal cristiana, apareciendo así como piedra base de la iglesia y portador de las llaves del Reino: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta «piedra» edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella. Y a ti te daré las llaves del Reino de los cielos: todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos, y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos» (Mt 16, 17-19).

Este es un texto pascual, una palabra que Jesús resucitado dirige a Pedro (¡a un Pedro que ya ha muerto!), ratificando la función que ha realizado en la iglesia, conforme a la visión de Mateo. Este es el texto clave de una comunidad que, habiendo estado por un tiempo más ligada a Santiago, ha asumido después una interpretación más universal del evangelio, en la línea de Pablo, apoyándose para ello en el recuerdo y la misión mediadora de Pedro, quien ha sido capaz de abrir con la llave de Jesús las puertas de la ley (para que los gentiles puedan entrar en Reino de los cielos). Ciertamente, aquí se habla de algo que Pedro ha realizado ya en las comunidades, asumiendo y ratificando la función de otros misioneros: él ha justificado y avalado el gesto de apertura universal del evangelio, asumiendo así la misión y teología de los helenistas y de Pablo, como supone el fin de su libro (cf. Mt 28, 16-20). Para las comunidades que aceptan el evangelio de Mateo, el gesto de Pedro ha resultado fundamental en su visión del evangelio. En un momento clave de la historia de la iglesia, iniciada la disputa entre los más legalistas (partidarios de un cristianismo judío) y los más universales (partidarios de un cristianismo abierto a todos los pueblos), Pedro asume y defiende la misión universal de la iglesia, ofreciéndole unas bases cristianas (el testimonio de Jesús) y unas justificaciones israelitas (desde la línea de la Ley). Así aparece como el auténtico «rabino cristiano», con llaves que «abren y cierran» las puertas del Reino, permitiendo de hecho que entren en la iglesia los excluidos de la sociedad, los pobres de Jesús, sin necesidad de cumplir la ley nacional judía.

a. Esas palabras de Jesús ratifican lo que Pedro ha realizado. Había sido discípulo de Jesús y formó parte del grupo de los Doce, iniciando la misión intrajudía en Jerusalén y quizá en Galilea, pero no se cerró en un judaísmo sacral, como Santiago, sino que asumió la apertura de los helenistas, impulsando (desde su propia perspectiva) la misión universal del evangelio. Así pudo aparecer como garante de la nueva identidad supra-judía de la iglesia. Eso significa que Mt 16, 16-19 debe entenderse desde su contexto histórico: los autores y lectores de Mateo provienen de una iglesia judeo-cristiana cercana a la de Santiago a quien tomaron en un tiempo como intérprete del mensaje y de la obra de Jesús; pues bien, en un momento dado, sin negar el valor de esa etapa anterior, ellos asumieron la perspectiva de Pedro y vieron que la iglesia no se puede fundar sólo en una ley nacional judía (Santiago), ni en una experiencia pascual como la de Pablo (que no conoció al Jesús de la historia y que parece negar toda la ley judía), sino en un hombre como Pedro, que había conocido a Jesús y que supo vincular las diversas tendencias eclesiales, sin romper con toda la ley judía. Según eso, esas palabras forman parte de una «decisión histórica» de la iglesia de Mateo que, sin rechazar a Santiago y a Pablo, toma a Pedro como el intérprete autorizado de Jesús.

b. Sobre esta piedra fundaré mi iglesia. Pedro está en la base del edificio de aquellos que creen en Jesús y que forman el «cuerpo mesiánico de Dios» (sustituyendo al templo de Jerusalén). En contra de Marcos, Mateo supone que Pedro ha cumplido ya su tarea mesiánica y así le presenta como intérprete cristiano de la Ley judía y como primera piedra de la iglesia. Por eso, Jesús acepta su confesión (¡Tú eres el Cristo!: Mt 16, 17), añadiendo, en contra de Mc 8, 33 (que le llamaba “Satanás”), que ha sido el mismo Dios quien le ha revelado el carácter mesiánico y filial de Jesús. El mismo Jesús resucitado proclama, de un modo solemne, pasados tres o cuatro decenios de historia cristiana, desde el interior del evangelio, estas palabras esenciales: «Y yo te digo: ¡Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi iglesia y los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella!». La comunidad mesiánica se funda sobre el testimonio de la fe de Pedro y la de aquellos que asumen su camino, afirmando que Jesús no es sólo el Cristo de Israel, sino el Hijo de Dios para todas las naciones. El texto supone que Pedro ha cumplido ya esta función (de una vez y para siempre), de manera que ella puede y debe mantenerse, pero no necesita repetirse (pues ya está cumplida).

c. Las llaves del Reino de los cielos. La función de Pedro como roca o base de la Iglesia resulta inseparable de su tarea de «escriba experto en el Reino de los cielos» (cf. Mt 13, 51), capaz de vincular las palabras de la antigua ley israelita y la experiencia nueva de Jesús, que le ha ofrecido las llaves del Reino de los Cielos que, como saben los lectores de la Biblia, son las llaves del Reino de Dios. Pedro ha sabido emplearlas, ratificando la interpretación verdadera del evangelio, que vincula la fidelidad a la ley (más propia de Santiago; cf. Mt 5, 17-20) y la misión universal (destacada por Pablo; cf. Mt 28, 16-20). Así lo ha hecho de una vez y por todas: «Te daré las llaves del Reino de los Cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16, 19).

Tampoco aquí se dice lo que un representante de Pedro ha de hacer en el futuro, sino lo que el mismo Pedro ha hecho (según el evangelio de Mateo), abriendo para siempre las puertas de Israel y de Jesús (las de Israel por medio de Jesús) a todos los pueblos de la tierra. Una tradición posterior de Roma ha referido estas palabras a cada uno de los papas, como si ellos siguieran teniendo la misma autoridad fundadora (¡piedra!) y doctrinal (¡atar y desatar!) que tuvo Pedro, cuando interpretó el evangelio de Jesús, partiendo del judaísmo (línea de Santiago), de una forma universal (línea de Pablo). Ciertamente, esa aplicación es posible, pero no se deduce del texto de Mateo, que por otra parte parece más dirigido hacia oriente que hacia Roma (cf. Mt 2). Lógicamente, el texto final de la misión, abierta a todos los pueblos, no ha concedido un lugar especial (romano o no romano) a Pedro (cf. Mt 28, 16-20), pues la apertura universal de la iglesia se encuentra ya asegurada.

5. Cartas de Pedro. Las tradiciones de Pedro se han mantenido en las dos cartas escritas en su nombre y con su autoridad, desde Roma. Eso significa que la Iglesia de Roma, en la que surgirá luego el → Papa, se ha sentido vinculada desde antiguo a la autoridad de Pedro (a diferencia de la comunidad de Antioquía, donde el obispo Ignacio aparecerá en la primera mitad del siglo II d. C. como representante de una teología más autónoma).

(a) La primera de Pedro, escrita quizá a finales del siglo I d. C., se dirige a las iglesias «de la diáspora de Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia» (1 Ped 1, 1), en el entorno de Asia Menor, donde se conserva su memoria o se reconoce su autoridad. Está escrita desde Roma (=Babilonia: 1 Ped 5, 13), donde (como saben 1 Clem 5, 3-7 e Ignacio, Rom 4, 3) se han unido las tradiciones de Pedro y Pablo. Es una carta «encíclica» (escrita a varias comunidades y, en sentido extenso, a la iglesia entera) y no conocemos la razón por la qué su autor asume el nombre de Pedro, pues en ella descubrimos también bastantes elementos paulinos, cercanos a los que hallamos en las Cartas de la Cautividad (cf. 1 Ped 2, 11-25; 3, 1-7; 5, 1-11). Pero es evidente que la memoria de Pedro aparece vinculada a Roma, donde los cristianos apelan a su nombre y recuerdo para dirigir su palabra a unas iglesias lejanas.

2. Segunda de Pedro. Años más tarde, entre el 100 y el 150, otro autor desconocido escribió también desde Roma, una carta encíclica, con el mismo nombre y tradición de Pedro, para criticar a unos pretendidos «herejes» (profetas falsos) que rechazaban la esperanza escatológica y la parusía de Cristo, retomando, desde su propio contexto, las duras palabras de una carta anterior, atribuida a Judas (hermano de Santiago). La carta supone que Pedro tiene autoridad para ofrecer una instrucción universal (una encíclica), como había dicho también Judas 1, vinculándose de esa manera a la tradición de Santiago de Jerusalén y a la de Pablo (como destacaremos todavía). Más que un escrito doctrinal es un testamento: «Sabiendo que, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado, debo abandonar en breve el cuerpo, quiero procurar que, después de mi partida, vosotros podáis mantener con diligencia, y en todo momento, la memoria de estas cosas» (2 Ped 1, 14-15). Pedro justifica su intervención con dos razones: (a) con su testimonio personal (ha visto la gloria de Cristo: cf. 2 Ped 1, 16-18) (b) y con el argumento de las profecías (2 Ped 1, 19-21).

Con estos dos principios instruye a sus oyentes en la línea de los compromisos éticos y sociales que implica el evangelio. Así aparece como testigo de la «carnalidad» del evangelio, que se explicita en forma de sobriedad ética y de fidelidad a los principios básicos de la vida social, para superar el riesgo de una «gnosis» que separa el evangelio de la vida y de la esperanza concreta de los fieles, en contra de la tradición de los profetas de Israel. Pues bien, en ese esfuerzo por mantener la fidelidad al evangelio, «Pedro» se vincula a Pablo: «Por eso, amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia que él (el Señor) os encuentre sin mancha e irreprochables, en paz. Y sabed que la paciencia de nuestro Señor es para nuestra salvación; como también nuestro querido hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito en casi todas sus cartas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, cosas que los indoctos e inconstantes pervierten (como también las otras Escrituras) para su propia perdición. Así que vosotros, amados, sabiéndolo de antemano, tened cuidado, no sea que arrastrados por el error de los inicuos os dejéis caer y perdáis vuestra firmeza» (2 Ped 3, 14-17).

Pablo aparece así como “defensor” de Pablo y como garante del valor de sus cartas (que de esa manera han podido acompañar a las profecías de Israel, entrando a formar parte del canon del → Nuevo Testamento (de la Biblia cristiana). Pedro admite que las cartas de Pablo han podido ser mal interpretadas, en línea gnóstica, para negar desde ellas la escatología histórica y la «carnalidad» de la iglesia, pero él las defiende y defiende al mismo Pablo a quien llama «nuestro querido hermano». Pedro aparece así como testigo y garante de la unidad de la Iglesia, de una iglesia en la que son esenciales las profecías de Israel y el testimonio de Pablo. La tradición romana, desde Clem 5, 3-7 e Ignacio, Rom 4, 3, a la que se vincula aquí el testimonio de 2 Ped, ha recordado así unidos a Pedro y a Pablo. En ese momento no había en Roma un obispo o Papa, como el que habrá en tiempos posteriores (a partir de la segunda mitad del siglo II). Pero había personas que mantenían el nombre y herencia de Pedro, poniéndolo al servicio de la unidad de las iglesias. En esa línea ha podido surgir más adelante la figura del papa.

2. HISTORIA POR ESCRIBIR

La declaración del Vaticano I sostiene que el Papa tiene la misma infalibilidad de la iglesia, es decir, la de todos los cristianos (y en el fondo la de todos los hombres). En esa línea añadimos que la Iglesia infalible e indefectible (que en el fondo es lo mismo) no es la del poder, simbolizada en grandes edificios o proyectos elitistas, ni la que se expresa en una Curia bien centralizada en Roma, con organismos administrativos y jurídicos eficientes, sino aquella que renuncia a todo poder y a toda verdad propia, para vivir y anunciar el don y fraternidad de Jesús, sin necesidad de instituciones impositivas, cajas fuertes, organizaciones decisorias (casi siempre dictatoriales), ni grandes documentos. Esta iglesia no es infalible por encima (o en contra) de otras iglesias o religiones, sino con ellas, en gesto radical de pobreza (renuncia a todo poder), de gratuidad (renuncia a toda imposición), en diálogo de amor, desde los más pobres, que son en el fondo los únicos infalibles, porque les ama Dios en Cristo y porque les sostiene el Dios que es infalible en su elección y en su llamada, en el despliegue de su gracia creadora.

La infalibilidad de la iglesia es el amor gratuito, es decir, el poder del no-poder y la verdad del no-juicio. Eso significa que el Papa tiene la suprema potestad allí donde supera o abandona toda potestad. De esa forma puede definir la verdad infalible en la medida en que renuncia a cualquier infalibilidad propia que vendría a situarle, de forma impositiva, por encima de los otros.

El Papa no puede equivocarse, según el evangelio, porque los pobres que acogen el amor de Dios y responden con amor no se equivocan (porque el Dios infalible les ama). De esa forma puede expresar la comunión de esperanza y palabra compartida que se encuentra vinculada a la experiencia pascual de Jesús, tal como aparece en las bienaventuranzas y en la entrega a favor de los demás. Tiene la infalibilidad de la iglesia, es decir, de los pobres e impotentes, que de esa forma quedan en manos del poder y la verdad de Dios. Tiene la infalibilidad del amor que siempre permanece y nunca cesa, mientras acabarán las profecías, cesarán las lenguas y terminará el conocimiento de aquellos que se piensan sabios en el mundo (cf. 1 Cor 13,

.

Sólo esa iglesia, que se identifica con los crucificados de la historia, buscando desde la periferia del poder del mundo el futuro de la humanidad, en amor concreto y entrega a los pobres, puede ser y es infalible como la de Pedro No lo es porque sabe más en plano de ciencia, ni porque puede más en línea de organización o autoridad dominadora, sino porque quiere transmitir el mensaje del reino a los pobres (¡ellos son los infalibles!) y porque quiere mantenerse en diálogo de amor concreto, a través de un gesto de perdón y no-juicio que lleva en sí la garantía de la vida perdurable, por pura gracia, sin imponer a nadie su imperio o su certeza.

Esta declaración de infalibilidad, que el Vaticano I ha centrado en el Papa, como signo de una iglesia que promueve el evangelio de los pobres, ha de entenderse como expresión gozosa de vida y esperanza, que se vincula al mensaje del Reino y a las bienaventuranzas. Ella nos dice que, siguiendo a Jesús, la humanidad no marcha a la deriva, sin conocer de dónde viene ni hacia dónde se dirige, sino que forma parte de un camino abierto por Dios hacia el futuro de Cristo, de manera que ella, la humanidad en la que habita Cristo, en medio de sus múltiples equivocaciones, no puede equivocarse. Ese es el lugar donde se expresa la profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios, por encima de las mismas infidelidades de la historia (cf. Rom 11, 33), porque la Palabra, es decir, la presencia creadora de Dios permanece para siempre. «Cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mc 13, 31):

1. La infalibilidad pertenece a la iglesia de Dios, de manera que ella ha de entenderse, antes que nada, como una afirmación sobre el Dios que es infalible amando a los hombres. Un Papa que hablara por si mismo y no en nombre de los pobres, llamados por Jesús al Reino (como si él tuviera la Palabra y los demás no la tuvieran), un Papa que organizara las cosas desde arriba e impusiera su dictadura espiritual sobre los creyentes, no sería infalible según Cristo sino todo lo contrario, un hombre no sólo falible sino equivocado, opuesto al evangelio, opresor de otros hombres.

2. Esta es la infalibilidad de los pobres. No es la verdad de un individuo separado que enseña desde arriba a los demás (porque tiene más conocimiento), sino la de todos los que aceptan el don de la vida, sean o no seguidores explícitos del Cristo, siempre que sean solidarios con los crucificados y expulsados del sistema. Precisamente ellos, los marginados de la humanidad (de los que habla Mt 25, 31-46), cristianos o paganos, hacen la iglesia infalible. Sólo allí donde regalan la vida y la comparten con los pobres, los hombres y mujeres son de verdad infalibles. Sólo porque los pobres son portadores de «verdad y futuro» podemos hablar de una infalibilidad de la iglesia, que no se expresa en unas proposiciones declaradas por la fuerza, en unos dogmas ya fijados de manera intemporal, sino en el valor definitivo del mensaje de Jesús, es decir, en el sentido de la obra creadora de Dios. Es la infalibilidad de los crucificados de la historia, no la de unos poderes o instituciones que pudieran elevarse sobre los demás, como si unos pocos sabios (de tipo platónico) o un Papa más dotado conociera cosas que otros ignoramos.

3. Esta es la infalibilidad de la vida compartida, es decir, de la iglesia católica, no la de unas proposiciones racionalistas, que podrían separarse de la vida de los hombres y mujeres concretos de la historia humana. Es la infalibilidad de camino mesiánico, tal como Jesús lo ha expresado, haciendo posible que unos hombres y mujeres (unidos a los pobres y expulsados) puedan vivir con la certeza de que están abiertos al Reino de Dios. Unas proposiciones que pretendan ser verdaderas para siempre (sin cambio alguno), separadas de una comunidad que las comparte y proclama acaban siendo siempre falsas. Sólo en este contexto recibe su sentido la palabra ex cathedra, que alude al hecho de que el Papa no habla como un simple particular, sino en nombre de la iglesia «católica», desde un espacio de encuentro que se abre a todos los creyentes, en la cátedra o silla del diálogo universal cristiano, al servicio del anuncio del evangelio. Jesús fue infalible en su entrega por el reino. Así pueden ser y son infalibles los creyentes, en unión con expulsados y enfermos, a quienes proclaman la buena noticia, conforme al mensaje de Jesús: «Bienaventurados vosotros, los pobres (cristianos o no) porque es vuestro el reino de los cielos».

4. Esta es una infalibilidad dentro la falibilidad de la historia. Una verdad humana que quisiera situarse fuera del camino de la historia no sería nunca verdadera. La infalibilidad de Jesús y de los suyos no puede situarse más allá del tiempo, sino en el mismo proceso de un tiempo hecho de entrega a favor de los demás. Si alguien pretende tener la verdad para siempre, por encima de los otros, separándose así de su historia de sufrimiento y esperanza se convierte en dictador y mentiroso. Sólo puede ofrecer la verdad de Jesús quien asume el riesgo de la vida, la posibilidad de equivocarse, en un camino donde no existe más dogma que la gracia, ni más «costumbre cristiana» que la entrega de la vida a favor de los otros, desde la esperanza del Reino de Dios. En ese sentido, sólo puede ser infalible una iglesia que acepta su radical falibilidad, siempre que se abra a la esperanza, desde los pobres y expulsados del sistema. No estará de más recordar que una visión inmovilista y doctrinaria de la infalibilidad no podría aplicarse a varias afirmaciones de Jesús (sobre la llegada inminente del Reino) que, en su sentido externo, no se cumplieron. Jesús fue infalible en el don del amor y en la entrega de la vida, pero insertándose dentro de la falibilidad de la historia. En esa misma línea decimos que es infalible la iglesia .

Templo y papado: caída y reconstrucción

Sólo en el contexto anterior se puede hablar de un Papa infalible, como representante de la verdad de un Dios que ama a los hombres, partiendo en concreto de los pobres, a quienes vemos como portadores privilegiados de la esperanza (=verdad) mesiánica (cf. 1 Ped 3, 15). Muchos pueden pensar que, en esa línea, el papado resulta innecesario, de tal forma que lo mejor que le puede suceder, en su forma actual, como instancia de poder y dominio religioso, es que termine y cese. Pero otros pensamos que puede haber un «papado de los pobres», representado por un varón o mujer que aparezca como signo del Reino de Dios. Ez 1-3.10 afirmó que el Carro divino se alejaba de Jerusalén (gran Templo y Sumo sacerdocio), porque era espacio de impureza social y religiosa. En esa línea se situaba la condena de Jer 7, que Jesús había ratificado: para que el Carro de Dios avance y el primado/infalibilidad del Papa se vuelva presencia de Dios, tiene que caer el viejo templo (ahora papado), de manera que Jesús reedifique uno nuevo, centrado en su cuerpo, desde los crucificados y expulsados de la historia (cf. Mc 11, 15-18; 14, 58 par; Jn 2, 21) .

Desde ese fondo hemos querido volver al principio del evangelio, para asumir el anuncio y movimiento de Jesús, como experiencia de perdón y nuevo nacimiento, de comunicación y comunión universal, pensando que la ruina del viejo papado puede formar parte de un anuncio gozoso de vida. No queremos que el papado caiga y se destruya sin más, sino que surja y se edifique desde el caos un nuevo servicio de unidad y amor mutuo, como en los principios de la iglesia. En esa línea, retomando la imagen de Ez 1-3. 10, pensamos que el papado debe reiniciar una travesía de exilio y cautiverio, desde los pobres reales, amigos de Jesús, no para hacer que ellos tomen el poder (ni para tomarlo en su nombre), sino para descubrir juntos a Dios Padre, que revela su gloria en la pascua del crucificado. Tras haber recorrido la aventura constantiniana (con esquemas platónicos y sistemas imperiales y/o feudales), sentimos que la iglesia ha podido volverse una tumba vacía, donde no está Jesús, de manera que es preciso abandonarla y subir a la montaña pascual, para descubrir como Ezequiel el Carro de Dios que nos lleva al exilio (fuera de un mundo de poder), haciéndonos testigos del Dios de la gracia, presente en los pobres y exilados de la tierra (cf. Mc 16, 1-8; Mt 28, 16-20) .

Resulta conveniente (inevitable) que caiga o se abandone un tipo de templo eclesiástico, como el sepulcro de Jesús, que estaba vacío, pero no para elevar en su lugar otro semejante (que todo cambie, para que siga siempre igual), sino para tomar el «carro de vida de Dios», desde los expulsados y negados de la historia actual, para recorrer con ellos los caminos de Dios, mientras seguimos esperando la llegada del Reino, que es la nueva humanidad. Las dificultades actuales no se solucionan con unos pequeños cambios de estructura: con un Papa más o menos liberal, con más o menos autonomía de las comunidades; con la supresión del celibato ministerio o la ordenación de las mujeres, como quieren los teólogos más «liberales», empeñados en lograr que la iglesia se ajuste a la moderna democracia. Sin duda, esos cambios son importantes (¡necesarios!), pero vienen en un segundo momento, conforme a la dinámica de las comunidades. Lo que importa es el radicalismo evangélico: compartir la vida, desde los más pobres, ofreciendo el testimonio de un amor que es infalible porque es presencia del Dios que da vida (es Vida) al entregarse por los otros .

Más que la ruina externa del templo Jesús proclamó su ruina interna: «Vuestra casa quedará vacía» (Mt 23, 38). Lo mismo está pasando con el sistema vaticano: muchos piensan que a la sombra de sus grandes hojas no existe ya fruto (cf. Mc 11, 13-21), de manera que es preciso abandonarlo, dejando que surja, por gracia de Dios, el nuevo pueblo que produzca frutos (cf. Mt 21, 43). Por eso, la caída de un tipo de papado nos debe alegrar, pues queremos uno diferente, que no sabemos aún cómo será, pero que tiene que ser de los pobres, enfermos y niños a quienes Jesús anunció el Reino de Dios (y a quienes introdujo como autoridad en el templo: cf. Mt 21, 14-17). La historia nos ha situado en una encrucijada y debemos tomar una decisión, pues dejar las cosas como están, manteniendo este modelo de iglesia, significa condenarla (¡y quizá condenarnos!) a una muerte sin resurrección.

No se trata de derribar con violencia los muros, pues tampoco Jesús destruyó físicamente el viejo templo (lo saquearon y quemaron más tarde, de formas diversas, los celotas y legionarios, que luchaban entre sí por el control del sistema). Pero Jesús y la mayoría de los grupos cristianos lo habían abandonado ya (como supone el evangelio de Marcos, lo mismo que Mt 23, 37-39), antes de que ardiera en las llamas de la guerra, pues habían descubierto y edificado otra casa de fraternidad (la iglesia), en el campo extenso de la vida, sin necesidad de instituciones legales y sacrales. También nosotros debemos abandonar un tipo de Vaticano actual y debemos hacerlo por amor, sin agresividad, sin lucha externa, con ternura y gratitud, con gran pena, por lo que ha sido. Debemos abandonarlo precisamente ahora, cuando parece que se eleva triunfante, con grande hojas, como la higuera de Israel (Mc 11, 13), para situar las tiendas de campaña de la iglesia de Jesús (cf. Jn 1, 14) en el ancho camino de la vida, buscando con otros hombres y mujeres el surgimiento de un servicio de unidad distinto, que represente a los pobres de Dios. Entonces podremos apelar de nuevo a las llaves de Pedro, como signo de potestad e infalibilidad evangélica .

En esa línea, las reflexiones que siguen quieren sacar a la iglesia fuera del sistema de los trece poderes del Vaticano que hemos visto al final del capítulo anterior, no porque ellos sean perversos, ni sus portadores inmorales (¡que no lo son!), sino porque expresan un poder sagrado y no responden ya a la autoridad del evangelio, en la línea de Pedro. Esos trece poderes son lógicos y han sido quizá necesarios, en una línea de unificación sagrada de la religión. Más aún, ellos constituyen un monumento admirable de sabiduría jurídica, en perspectiva romana y helenista, pero han cumplido su función, ya no responden a la novedad del evangelio ni a los problemas actuales de la humanidad.

Es posible (quizá conveniente) que algunas de las estructuras del Vaticano actual continúen existiendo por un tiempo. Más aún, queremos que la reconstrucción eclesial (y papal) se realice sin invasiones y guerras o rupturas interiores, como solía suceder en el pasado, sino en diálogo de amor. Pero es evidente que habrá tensiones, como indicarán los apartados que siguen, pues el anuncio de evangelio, que las mujeres han de trasmitir a Pedro (cf. Mc 16, 1-8), resulta inseparable de una fuerte denuncia, dirigida contra aquellos que parecen monopolizar la herencia cristiana.

2. IGLESIA DE LOS POBRES. EDIFICAR DESDE EL CAOS

Al ponerse en camino hacia Roma, Pedro buscaba dos cosas: Ir al centro del poder político-económico y el gran suburbio o periferia de los pobres, con quienes de hecho convivió, hasta que los poderes del sistema romano le mataron. Pasados los siglos, los Papas siguen dislocados en Roma, entre el nuevo imperio, con el que parece que han pactado, y los pobres, que continúan estando en el suburbio. Las «llaves de Pedro» tuvieron la función de abrir la iglesia a los pobres (¡pues el Reino les pertenece: Mt 5, 3 par!): fueron llaves de Dios, al servicio del mesianismo de Jesús. Para cumplir hoy su función, el Papa tendrá que abandonar sus actuales poderes sagrados, ofreciendo su evangelio de esperanza a los expulsados del sistema (cf. Mt 11, 2.6).

Así podría titularse nuestro lema: «Que el evangelio sea signo de unidad para todos los hombres y el papado represente nuevamente a los pobres». No se trata de adoctrinarles, pues ellos saben (aunque a veces «no saben que saben») y pueden escuchar el evangelio, sino de acompañarles, de manera que descubran su riqueza, que tomen conciencia de su voz (que es Palabra de Dios) y que la digan, expresándose a sí mismos. Por eso quiero añadir que un Papa que se empeña en decir a los pobres lo que son y lo que deben hacer no es cristiano, pues les roba lo mayor riqueza que ellos tienen: su sabiduría y dignidad, su responsabilidad ante sí mismos y ante el evangelio. En contra de los pobres que «no saben que saben» puede haber papas y eclesiásticos que «piensan que saben sin saber», pues sólo han escuchado la propaganda del poder de turno; eso significa que deben empezar aprendiendo de los pobres y sólo así podrán tener las llaves de Dios y abrir con ellas la iglesia a todos los hombres .

1 Devolver el evangelio a los pobres

Si quieren ser signo de Jesús, los papas tienen que salir de la gran casa oganizada de una iglesia que tiende a pactar con el sistema, para situarse con Pedro en el caos del gran suburbio de la historia, donde están los perseguidos y expulsados de la sociedad, que son los portadores de las llaves de Dios.

No hay recetas mágicas, no hay soluciones estratégicas, no hay fórmulas políticas, sino simplemente «creer en el evangelio y convertirse» (cf. Mc 1, 15), es decir, dejar que la buena nueva de la gracia de Dios, del ágape-logos nos trasforme, trasforme a los cristianos, de manera que puedan presentarse humildemente, sin superioridad, como signo de Reino. El camino de unidad de la iglesia se define, una vez más, como camino de evangelio, como un retorno al mensaje y a la vida de Jesús, desde el centro del Sermón de la Montaña, retomando la experiencia de la pascua. Jesús viene a presentarse de esa forma como aquel que vive «desde la muerte», es decir, como aquel que ha hecho el buen camino del amor gratuito, inmediato, creador de vida, en medio del caos de muerte de su entorno. Un tipo de papas han venido a parecerse más a los sumos sacerdotes de Jerusalén y a los gobernadores del imperio que condenaron legalmente a Jesús. Pues bien, frente a esa ley de sacerdotes y gobernadores, que representan el «eros» del sistema, queremos evocar la figura del Papa, como representante del amor ágape, de la unidad no jerárquica (no imperial) de la iglesia de Jesús, como si fuera un «milagro» viviente, en línea de evangelio.

Porque hemos sido sepultados juntamente con él en la muerte (=para la muerte), por medio del bautismo, para que así como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en novedad de vida (Rom 6, 4).

El texto refleja una clara experiencia de caos, vinculada sacramentalmente al bautismo, que nos ha introducido en un estado (sepulcro) de muerte. También nosotros (cristianos del año 2026) hemos experimentado en la iglesia un tipo de ruina y/o de caos, el fracaso de instituciones milenarias de poder sagrado, de manera que podemos afirmar que estamos sepultados con Cristo, muertos con él, no sólo en un plano personal (como suele decirse en los discursos ascéticos), sino también en un plano social, de instituciones. Pues bien, sólo si morimos de verdad, si asumimos la experiencia del fracaso de todos los esquemas anteriores, podremos encontrar las llaves de Dios, que son las llaves de la Resurrección de Jesús, que se traduce en nosotros como «vida nueva», que conducirá según Ef 2, 1-10 a la unidad de los hombres antes divididos.

El sistema del poder, tal como se expresa en un plano económico-militar, es lineal, de tipo racionalista e impositivo: quiere asegurar y asegura su despliegue por la fuerza, sin que exista allí lugar para la gracia, sin que importen los hombres como tales (importa la ley, el triunfo del capital, no la vida humana). Por el contrario, el caos puede constituir una experiencia básica de superación de los controles científicos y sociales vinculados a la linealidad impositiva de unos procesos que pueden calcularse y medirse, de un modo jerárquico, a través de instituciones y controles de poder. Allí donde se extiende el caos, los hombres y mujeres dejan de estar dirigidos por instituciones que les dicen desde fuera lo que son y han de hacer. Eso sucede con los pobres de diverso tipo, que no pueden apoyarse en un tipo de ley o sistema, porque el sistema les expulsa y ellos no tienen más bien o capital que su propia vida (de forma que no tienen que defender ningún tipo de norma o estructura objetiva de poder, como puede ser el Vaticano actual.

Sólo en esa línea se puede hablar de una vuelta al evangelio: en contra de los que se apoyan en las seguridades (llaves) del sistema, los pobres sólo cuentan con su vida, una vida que han recibido y mantienen por gracia, en medio de las fragilidades de un mundo que les amenaza; no tienen nada que defender, ningún dinero o tesoro que guardar (cf. Mt 6, 19-20), fuera de su amor. De esa forma, no teniendo nada, pueden tenerlo todo, de un modo distinto, como anuncia de manera ejemplar el mensaje de las bienaventuranzas (Mt 5, 1-12 par).

Esta visión del caos-pobreza nos permite descubrir la novedad de los creyentes que se encuentran como «muertos» con Jesús (no están determinados por ningún «tesoro» de sistema) y de esa forma se abren a la experiencia de la resurrección. Desde ese fondo se entiende la palabra central de Pablo (¡caminemos!), que nos invita a iniciar un nuevo tipo de marcha de evangelio, esto es, de experiencia compartida de resurrección. Conforme a la lógica antigua, tenía que haber llegado el fin del mundo (la destrucción del sistema), para que se realizara una forma de resurrección triunfante en un sentido externo. Pero en vez de ese fin ha llegado una experiencia más honda del caos, vinculado a la muerte de Jesús y a la ruptura de las instituciones antiguas (ley y templo). Este caos de la muerte de Jesús supone un gran fracaso, pues no ha llegado ni siquiera el Reino en la forma que Jesús lo había proclamado; pero queda y se despliega con toda su fuerza el amor gratuito que vincula y da vida. Éste ha sido, por tanto, un fracaso creador, pues ha permitido que sus discípulos superen muchas cosas que antes parecían esenciales (el valor del templo, la sacralidad de la ley y, en nuestro caso, las instituciones vaticanas).

La muerte de Jesús ha hecho posible que sus discípulos abran los ojos y vean las cosas de un modo diferente. Sólo allí donde todo ha terminado puede empezar todo, pero de un modo diferente (de manera que no se puede ya decir: ¡que todo cambie para que todo sea lo mismo!). Sólo una experiencia radical de muerte hace posible un tipo de nuevo nacimiento y vida nueva. Pues bien, esta nueva forma de vida no se abre ni resuelve ya por medio «de una acción organizada de toma del poder, ni por medio de un orden impuesto desde fuera, sino por medio de una posibilidad totalmente nueva: vivir comunitariamente en este mismo viejo mundo, caminar juntos, impulsados por la fuerza que proviene de la pascua de Jesús. En esa línea, para volver a las palabras y experiencias del tiempo de san Pablo, podemos hablar de un nuevo «proceso de empoderamiento en el corazón mismo del poder absoluto del Imperio Romano».

Aquí se expresa y despliega el Poder de Dios (que es el Espíritu Santo), pero no a través de una «toma de poder» político, sino de una forma diferente de vida, en gratuidad de amor, más allá de las instituciones de la sociedad impositiva del imperio, superando el poder y el miedo de la muerte que determinan el mundo del sistema. Sólo desde aquí se puede hablar de nuevas y más altas instituciones de amor (de evangelio), por encima del espacio donde se impone y triunfa el sistema económico y militar.

En ese contexto podemos afirmar que el camino de la iglesia primitiva (en tiempos de Pedro) vino a presentarse y actuar en forma de elemento desestabilizador dentro de un Imperio Romano, que se había organizado como un orden sagrado, impuesto desde arriba, como un todo. En un primer momento, ese camino de la iglesia primitiva pudo parecer un simple caos (y fue caos, en un plano de sistema), pero un caos que permitía iniciar un camino de vida y comunicación directa, porque estaba lleno del amor de Cristo, que se expresa como gratuidad compartida. En este contexto se puede halar de las llaves de Dios que abren y que permiten que se despliegue un nuevo principio de comunión humana, vinculada a la resurrección de Jesús. Pues bien, lo que hemos dicho del principio puede aplicarse también a nuestro tiempo, sabiendo que la iglesia tiene que morir y ha muerto con Cristo (caos), de tal forma que sólo así puede iniciar un nuevo «caminemos compartido»:

El poder que necesitan las personas creyentes no está disponible por medio del dogma o de una nueva ley, sino que debe provenir de una experiencia vivificadora que abra sus ojos y les permita valorar la belleza de una condición humana alternativa, dolorosa, violenta, cruel, pero liberadora y gratuita. De eso trata precisamente el sentido potencial del subjuntivo (caminemos): el estar con-sepultados con Cristo no se resuelve analógicamente en la esperanza de una resurrección futura, sino en la realidad de una vida nueva ahora. «Caminemos» es una invitación a saborear la profundidad vitalizadora de Dios, a creer en su capacidad de dar vida a quienes están muertos o, irremediablemente, condenados a la muerte. La fuerza del subjuntivo está en su condición de apertura y libertad y tal es el Espíritu de la gracia... La invitación a caminar en novedad de vida supone e implica, abiertamente, el ateísmo a un mundo que se entiende a sí mismo como organización divina (Mena Oreamuno)

Aquí nos deja Pablo, con esta invitación al despliegue gratuito y compartido de la vida (¡caminemos!), animándonos a iniciar un recorrido de libertad, como resucitados, para el amor mutuo, para el nuevo encuentro humano y la nueva comunicación, superando la muerte (vinculada al poder impositivo), partiendo de los pobres. Aquí debemos situarnos con Pedro, en el centro de ese caos donde se encuentran los pobres del mundo, es decir, aquellos que no pueden valerse de las instituciones de poder. Desde aquí debemos iniciar un nuevo camino de vida. Entendido así, el caos de la máxima pobreza (no podemos asegurarnos en nada, no podemos divinizar el mundo) viene a presentarse, al mismo tiempo, como lugar de la máxima riqueza: Jesús proclamó el evangelio a los pobres, invitándoles a caminar unidos, creando formas de comunión y vida compartida que no son las del imperio (que se cierra y domina sobre el mundo a través del dinero/denario y la espada). Aquí es donde las llaves de Dios pueden abrirnos a la vida.

Pedro y las llaves

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