Hazte socio/a
Última hora:
El Papa irá a Francia (y las víctimas organizarán su encuentro)

9.8.26. La barca se perdía entre las olas. Dom 19 TO (Mt 14 ). Hasta el papa se hundía (1). Reflexión político-social, desde Ceuta

MT 14, 22-33. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un Fantasma. Jesús les dijo en seguida: "¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!" Pedro le contestó: "Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua." Él le dijo: "Ven." Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: "Señor, sálvame." En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: "¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?" En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: "Realmente eres Hijo de Dios."

1. Buda y Platón, una paz fuera del mundo

           Ambos suponen que la paz no puede conseguirse en este mundo, sino que es sólo efecto de una liberación interior (Buda) o de un ascenso al espacio superior de las ideas (Platón).

           1. Buda (siglo VI a, C), una paz interior [1].    Más que de la violencia de la sociedad en cuanto tal (que es derivada) se ocupó de la violencia de la misma vida humana, amenazada por la enfermedad, vejez y muerte, según la leyenda del príncipe Gautama.

  1. Enfermedad. Gautama salió al mundo y descubrió que el hombre era un ser frágil, enfermo, amenazado por debilidades y malformaciones de tipo biológico y psíquico. Ciertamente, hay violencias sociales, pero la primera, la más universal, pues afecta de algún modo a todos los vivientes, es la enfermedad, vinculada a nuestra forma de existencia.

2. Vejez. Gautama salió otra vez y halló a un anciano, vencido por los años tras una larga vida. Todo estaba en paz en su entorno: no había padecido violencias sociales, no sufría carencias de tipo económico. Pero se hallaba vencido por el peso de los años, pues el paso del tiempo constituye una violencia insuperable.

3. Muerte. Salió por tercera vez y encontró a un difunto, dominado por la última y más honda de las violencias. La muerte indica que la vida entera ha sido ilusión, esfuerzo vano. Todos los medios que los hombres ponen para derrotarla son, al fin, insuficientes y, en el fondo, vanos, pues acaban dejándonos heridos en sus manos. Haber nacido para morir, eso es violencia suma.

           Enfermedad, vejez y muerte son las violencias supremas del hombre y la solución no consiste en oponerse, (como Jesús, cuando curaba a los enfermos), ni tampoco en refugiarnos en un mundo superior, para contemplar los valores eternos (como supone un tipo de platonismo), pues no existe eternidad. No hay más respuesta que aceptar lo que somos, como el príncipe Gautama bajo el árbol sagrado, cuando comprendió el origen de la violencia y la forma de vencerla, volviéndose Buda, es decir, Iluminado.

           Supo que el dolor nace del deseo, que se concretiza en la enfermedad, vejez y muerte; por eso, el origen de toda guerra es el deseo que nos va llevando hasta la muerte. Lógicamente, para superar la violencia del dolor, los hombres deben anular todo deseo, incluso el de vivir o no-vivir, el de sufrir o no-sufrir, el de tener o no tener. Sólo así, cuando ellos dejen de hacer guerra (desear), encontrarán su paz interna, que es “Nirvana”. El hombre alcanza su verdad (existencia) cuando descubre la irrealidad de esos deseos (de guerra) y puede así vencerlos, superando el dolor y penetrando en la morada o tierra de la paz perpetua.

           Según eso, la violencia social exterior (que se expresa en las guerras y opresiones) no se vence con otra violencia también exterior, pues ella nos seguiría situando en el círculo infinito de los deseos y contra-deseos de un mundo externo que se encuentra necesariamente sometido a guerra. Pero hay una paz más honda, propia de los renunciantes, es decir, de los iluminados que superan el deseo y viven de una manera luminosa, interiormente pacificada. Sólo cuando los hombres y mujeres transciendan sus deseos podrán relacionarse de manera no violenta, sin temerse unos a otros, sin luchar entre sí, ni dominarse: su paz interior se mostrará en lo externo, haciendo posible el surgimiento de una humanidad pacificada.

           La paz no se consigue “haciendo”, sino más bien “no haciendo”. Éste mundo no puede cambiarse, sino que debe ser superado. Por esto, toda victoria exterior de los partidarios de la paz sería otra forma de violencia. El mundo externo sigue inexorable, en manos de su guerra sin fin, de su enfermedad y de su muerte. La paz ha de encontrarse en otra dimensión, sin victoria de nadie, sino con superación de los deseos de unos y otros, a través de una propuesta de conocimiento (iluminación) que se expresa en el “óctuple camino” de la paz, absteniéndose de lo nocivo, haciendo lo saludable, curando la mente.

           Buda ha propuesto así uno de los modelos más profundos de pacificación, que no ha sido aún superado y que, en su línea, no podrá nunca superarse. Pero es un modelo más bien, negativo, pues no quiere cambiar el mundo (curar a los enfermos, resucitar a los muertos), sino abandonarlo. Jesús, en cambio, desarrolla un camino más activo: con curación de los enfermos y trasformación social, que lleva a la resurrección de los muertos[2]. Desde nuestra perspectiva, parece que Buda no quiso apelar a la fuerza positiva del amor que es principio de la vida, sino “desconectarse” de esa vida que es siempre violencia. Su pensamiento no parece una “propuesta de paz” para el mundo, sino más bien de rechazo de la violencia del deseo en este mundo. Por eso me atrevo a decir que su camino acaba siendo limitado, pues no quiere trazar unas propuestas de paz y reconciliación en este mundo; lógicamente, sin negar su análisis del deseo y su experiencia de luz (paz) interior, he querido seguir avanzando, para buscar y poner de relieve la propuesta más activa de Jesús[3].

           2. Platón (427-347 a. C.), una paz contemplativa. A su juicio, el hombre como un ser que pertenece al orden superior de lo divino (ideas eternas), pero que ha caído en este mundo, donde se halla encadenado en un cuerpo sensible, que le impide conocerse y contemplar la Paz eterna. La primera violencia es, por lo tanto, el cuerpo, la vida material, y para superarla el hombre debe trascender su condición sensible (sin negarla), buscando por contemplación la verdad inmaterial, en lo divino[4].

           Ciertamente, en contra de cierta gnosis posterior (del siglo II d. C.), Platón no identifica la materia con el Diablo, ni sostiene que el mundo en cuanto tal es malo. Pero, a su juicio, la paz del mundo externo (material) es secundaria e imposible, porque el mundo en cuanto tal es deficiente, lugar de ignorancia y muerte, de sombra y violencia. En esa línea, los cristianos de tipo “platónico”, que han sido abundantes desde el siglo III en adelante, no se han preocupado de la paz del mundo externo (que es lucha y batalla de contrarios), sino de la interior (de la mente y/o corazón) y, sobre todo, de la paz eterna, tras la muerte (como indicaría el RIP, Requiescat In Pace, descanse en paz, de los cementerios). Por eso, un v

famoso un poeta platónico/cristiano ha podido decir: “¿Cuándo será que pueda, / libre desta prisión volar al cielo, / Felipe, y en la rueda, / que huye más del suelo, / contemplar la verdad pura sin duelo?” (Fr. Luis de León, Oda a Felipe). Por influjo de un platonismo así, muchos cristianos han pensado que su tarea no es hacer la paz en la tierra, sino retornar al “cielo”:

a. El hombre, un ser caído del cielo. Ha caído de un plano superior de eternidad, donde contemplaba lo divino y amaba a todos los vivientes, en visión directa, y ahora se descubre perdido, como en una caverna de materia y sombra, de olvido y muerte, poseído (dominado) por los mil impulsos de violencia de la tierra. La violencia exterior no se puede superar, sino sólo controlar, con la ayuda de buenos guardianes/soldados, bajo la dirección de sabios. La paz pertenece a la vida interior de esos sabios que descubren su caída, para superarla, pues saben que su mundo verdadero se halla arriba y que su paz ha de ser, desde ahora, paz de cielo.

b. La paz es contemplación interna. En un primer momento, las cosas y personas del mundo, que son sombra del cielo, pueden ayudarle, pero la paz verdadera del hombre sólo se consigue a través de un proceso interior que le lleve a la Verdad-Bondad más alta en lo Divino. La verdadera paz, amor eterno, completo, sin violencia, es recolección interna, la visión del Absoluto, que supera el tiempo de guerra de la historia de caída de las almas. En esta han avanzado muchos cristianos, que han buscado su paz, pero abandonando el mundo externo en la violencia[5].

 Ciertamente, Platón busca un tipo de paz en el mundo, pero es una paz elitista (de unos pocos sabios) e impositiva (esos sabios dirigen la lucha de los otros, organizando así la guerra). Este gobierno de sabios ha sido uno de los modelos sociales más influyentes de la historia de occidente. Parece luminoso, pero justifica filosóficamente la división jerárquica de la sociedad (con sacerdotes-sabios, con militares y con trabajadores) y fundamenta una violencia que se supone necesaria (buena), dirigida por sabios y ejercida por guardianes y trabajadores. Según eso, Platón, no ha trazado un programa de paz universal, sino de violencia sabia, organizada por aquellos que han contemplado la verdad (gobernantes) y ejercida por los soldados (el ejército del bien), al servicio de una sociedad estable, pero violenta.

            Platón no cree en el perdón y la paz en la historia, entre hombre iguales, pues hombres y mujeres no son iguales y así deben mantenerse, en un equilibrio inestable, que se funda en la contemplación de los sabios y se ratifica a través de la violencia de los “buenos” soldados (iluminados por los sabios)[6]. Desde ese fondo podemos volver a Buda y compararlo con el platonismo:

            a. Los iluminados del budismo daban testimonio de su libertad interior, abriendo un camino de superación de la violencia (un monacato sin clases ni castas sociales ni Estado). Ellos eran solitarios mendicantes, no estadistas ni jefes de gobierno. Por eso, porque renunciaban al gobierno de la sociedad y superaban el sistema de castas, fueron expulsados de la India, donde siguió imperando un orden social más cercano al de Platón (con sabios, guerreros, trabajadores y siervos).

           b. Los sabios de Platón quisieron alcanzar un tipo de contemplación más alta, pero no para extender sobre todos la paz, sino para dirigir y mantener un orden social, apelando a la violencia de los guardianes (soldados) y al esfuerzo productivo de los trabajadores. De esa forma se separaron para “introducirse con su sabiduría en el mundo inferior”, pero no con el fin de compartir con todos su paz contemplativa (del mundo superior), sino para imponer una paz violenta, expresada en la lucha sin fin de los soldados y en el trabajo infinito de los obreros.

           

           El budismo no ha triunfado plenamente en oriente, pero sigue manteniendo su propuesta de paz interior, que podría (debería) abrirse a todos los hombres y mujeres, ofreciendo así un camino de superación universal de la violencia, sin clases ni divisiones sociales. Por el contrario, el platonismo busca una paz ideal (elitista) y justifica en ese mundo una guerra dirigida por los sabios que contemplan la paz infinita. En esa línea me atrevo a decir que el platonismo ha sido una desgracia para el cristianismo, mientras que budismo y cristianismo pueden (deben) dialogar y fecundarse en el futuro[7].

2. Kant, una paz económica. Todo se arregla con más dinero

                       I. Kant (1724-1804) ha elaborado una propuesta de paz universal que constituye una de las aportaciones más significativas de la historia de occidente.           Ciertamente, en un sentido se ha separado del evangelio, pero, en otro sentido, al preocuparse por hallar y expandir la paz en este mundo, parece más cristiano que muchos los “cristianos” anteriores, que habían supuesto que la paz es imposible en este mundo. Así ha trazado un programa político-social de pacificación (Ewige Frieden, La paz perpetua 1795), que no es resultado de una teoría (Crítica de la razón pura), ni deriva de un fondo moral (Crítica de la razón práctica), sino que se sitúa en el nivel de los intereses y la lucha económica:

1. Una economía de la paz. Hombres y mujeres buscarán y harán la paz porque ello les “interesa”, pues responda a sus intereses. Buda afirmaba que la paz se consigue superando los deseos. Platón pensaba que ella se sitúa en el nivel de la contemplación. En contra de eso, Kant supone que ella deriva de la concordia económica. De la lucha económica nacen las guerras; del interés económico universal nacerá la paz.

2. Una escatología económica. En general, los cristianos han relacionado la escatología (paz final) con la vuelta o parusía de Cristo, como supone el Apocalipsis (Ap 20, 1.6). Pues bien, Kant ha supuesto que ella brotará cuando la mayoría de los hombres descubran que la paz universal es necesaria para la prosperidad económica de todos y de cada uno. Según eso, la paz es resultado del egoísmo de los hombres.

           Como muestra sus últimas obras (Opus Postumum), Kant no creía en un Dios personal, que se revelara gratuitamente a los hombres, pero aceptaba la divinidad racional de la Historia o, mejor dicho, de la Naturaleza que se expresa de manera “astuta”, superando por su egoísmo profundo, los egoísmos superficiales de los hombres. No creía tampoco en la eficacia histórica del imperativo categórico (de su Crítica de la Razón Práctica) o del sentimiento estético de sublimidad (de su Crítica del Juicio), pues los hombres concretos se mueven por intereses, es decir, por el deseo del mayor número de bienes, y para conseguirlos necesitan que haya paz, una paz fundada en la astucia de la naturaleza[8].

Los metafísicos antiguos hablaban de una Sabiduría superior (=Dios), que inspira y unifica los movimientos de la Naturaleza cósmica, pero en un nivel más alto, por encima de la historia. Kant responde que el dios real (que es la naturaleza concreta) se revela en el mismo despliegue de la historia, concebida como teatro donde chocan y se ajustan los intereses, al parecer contradictorios, de los hombres. Por eso, su paz no se funda ni en la renuncia a los deseos (Buda), ni en el ascenso a las ideas (Platón), sino en las relaciones económicas. Los hombres se unirán y vivirán en paz porque eso conviene a sus negocios. La paz nacerá cuando los hombres descubran que ella conviene a sus intereses[9]:

La condición primera de la naturaleza (status naturalis) no es un estado de paz entre los hombres..., sino más bien un estado de guerra, es decir, un estado en el que, si bien las hostilidades no se han declarado, existe una constante amenaza. El estado de paz debe, por tanto, ser instaurado, pues la omisión de hostilidades no es todavía garantía de paz[10].

En esa línea, Kant añade que la naturaleza (el dios de la historia) ha confiado a los hombres la tarea de instaurar o construir la paz, que sólo puede lograrse a través del choque y ajuste de los intereses económicos, que están en la base de la vida (que es egoísta) y que no pueden suprimirse, pero pueden y deben ponerse al servicio de una paz que es conveniente para todos. De esa manera, Kant se presenta como promotor de una “paz civil”, abandonando el nivel de las religiones y filosofías para situarse en el escenario concreto de los conflictos de la historia, inspirándose en unos comerciantes a quienes la paz beneficia para su mercado[11].

 Esta paz mercantil que busca Kant será un producto de la sociedad civil, formada por hombres egoístas, que se reúnen y pactan, de un modo “civilizado”, para defender sus intereses particulares, descubriendo que ellos concuerdan con los intereses universales. Teólogos y metafísicos habían creído saber de antemano lo que era verdad y mentira (bien y mal), de forma que no necesitaban ceder y pactar, sino que luchaban hasta la muerte por defender sus principios y programas (como muestran las guerras religiosas de los siglos XVI y XVII, hasta la paz de Westfalia: 1648). Por el contrario, a su juicio, los nuevos mercaderes, que no creen ya en ningún Dios externo, pueden pactar y pactarán cuando descubran que eso va a favor de sus intereses, instaurando así la paz universal, al servicio de la riqueza de cada uno y de todos[12].

Políticamente, los hombres no tienen valores eternos (religiosos, metafísicos…), pues son animales de interés y cada uno desea satisfacer ante todo sus necesidades particulares. Pero los mismos intereses egoístas les llevan a la unión, pues sólo por así cada uno puede aprovechar la riqueza de los otros. «¡Demos, pues, gracias a la Naturaleza por la incompatibilidad, por la envidiosa vanidad que nos hace rivalizar, por el anhelo insaciable de acaparar o incluso de dominar¡»[13]. Hombres y pueblos descubrirán que lo más provechoso para ellos no es matar a los contrarios (sacrificio), ni tenerlos sometidos (esclavitud, cautiverio), sino permitir y procurar que todos vivan en libertad y que desplieguen sus valores, para enriquecerse mejor todos, creando para ello un Estado único, con una Constitución Civil Universal que, siendo obra humana, puede y debe aparecer, al mismo tiempo, como expresión de la Naturaleza racional, que simbólicamente llamamos Dios[14].

Ese Dios de la paz universal de comerciantes, que propuso el Kant anciano, no es el Amor creador de los cristianos, ni una idea platónico, sino un motor interno de la historia, una especie de razón (mano) oculta, que dirige la economía mundial hacia un final de concordia, en una línea que puede compararse con el Milenarismo o Quiliasmo de Ap 20, 1-6. Pues bien, conforme a la visión de Kant, ese Dios ha sido ineficaz, no ha logrado hacer la paz. Pues bien, superando ese tipo de religión metafísica (violenta), ahora ha triunfado el “dios comerciante” de la razón mercantil, que actúa por los intereses de la historia y que superará la oposición antigua entre asesinos y víctimas, pues los asesinos descubrirán que no merece la pena matar ni esclavizar (cautivar) a los otros, sino que es más rentable colaborar con ellos (pasando del sacrificio, esclavitud y cautiverio a una era de cooperación económica universal). Por su parte, los asesinados verán que les conviene olvidar las injurias de los asesinos y pactar con ellos, no por perdón, sino por interés.

Según eso, los grandes holocaustos de la historia acabarán cuando ello resulte conveniente para el interés del conjunto (de los asesinados y de los asesinos), por racionalidad social y no por gracia, por conveniencia universal y no por conversión de unos y/o bondad de otros. El milenarsmo o quiliasmo cristiano de la paz final (Ap 20) ha fracasado, pues la paz no puede triunfar por métodos “espirituales”. Pero ahora puede triunfar un nuevo milenarismo, expresado por el triunfo de unos mercaderes astutos, “buenos” egoístas que, después de haber luchado entre sí, descubrirán la conveniencia de compartir y sumar los egoísmos, para ganar así más, estando juntos, por conveniencia racional. En ese fondo, en realidad, dios es dinero (God is money; In God we trust) y su paz se identifica con los intereses comerciales de una era post-metafísica, dirigida por la “mano oculta” de una buena Naturaleza:

La historia de la especie humana en su conjunto (es) la ejecución de un plan oculto de la Naturaleza para llevar a cabo una Constitución interior- y – a tal fin – exteriormente perfecta, como el único Estado en el que la humanidad puede desarrollar todas sus disposiciones... La filosofía también puede tener un Quiliasmo... a cuyo advenimiento puede contribuir – si bien remotamente– la propia idea de ese Quiliasmo, un Quiliasmo que, por lo tanto, no es quimérico ni mucho menos...»[15].

           Pues bien, tras dos siglos de historia, hoy (año 209) esa utopía de paz de los astutos comerciantes no ha llegado, pues los comerciantes de la Europa antigua y del Capitalismo actual no han buscado el bien común, sino que han impuesto su mercado por guerra, instaurando la situación general de cautiverio en que nos hallamos. Kant quiso ofrecer una visión realista de la paz comercial, pero su propuesta ha terminado siendo ingenua, pues ha olvidado los abismos de contradicción y de lucha de los hombres concretos y, sobre todo, ha olvidado el riesgo del Dios/Dinero (Mamona) que Jesús había ya condenado como ídolo supremo de la historia y principio de guerra universal (cf. Mt 6, 24).

  3. ¿Una paz neo-ilustrada? Sistema y mundo de la vida

           Buda y Platón habían buscado la paz por negación del deseo o por trascendimiento contemplativo, abandonando así la historia real de los hombres y mujeres concretos en manos de una violencia imparable. En contra de eso, Kant había buscado la paz dentro de la misma historia, apelando al interés económico del conjunto de los ciudadanos, pues el avance científico (racional) y la extensión de los mercados traerían la paz. Pero la paz no ha llegado, tras dos siglos de ciencia y globalización, a pesar de las propuestas del Marxismo.

            No se ha producido la paz, sino al contrario: nuestro sistema se ha seguido manteniendo en guerra permanente, no sólo en el plano económico (con miles de muertos al día), sino en el militar, pues los ejércitos protegen los mercados y las viejas cañoneras o los nuevos barcos y aviones teledirigidos defienden fábricas y pozos de petróleo. El marxismo histórico parece haber pasado, pero el riesgo de guerra continúa.

           Eso nos obliga a separar mejor los planos, distinguiendo sistema y mundo de la vida como ha puesto de relieve J. Habermas (*1929)[16]. (a) El sistema se sitúa en el campo de la economía y la administración política y puede (debe) objetivarse de manera universal, aplicándose de un modo técnico e igualitario a todos los hombres y pueblos, por imposición sistémica objetiva (no militar). (b) El mundo de la vida se extiende y aplica a los valores propios del hombre y mujer como persona, empezando por su nacimiento y sus vinculaciones afectivas. Pues bien, sin trasformar ese mundo de la vida y sin crear condiciones universales de respeto humano y de diálogo, no podrá superarse el estado de guerra en que vivimos, ni el sistema podrá hacerse igualitario.

           Reducido a sistema, el hombre podría ser manipulado desde fuera, como un robot, un homínido, una pieza de aparato, sin entidad personal, ni humanidad. Pero reducido al mundo de la vida (sin expresar y desplegar sus posibilidades en forma de sistema estructurado), el hombre sería también inviable; carecería de un cuerpo social, se mantendría como lucha de todos contra todos. Por eso ha de haber un cambio en ambos planos, que son inseparables como cuerpo (sistema) y alma (mundo de la vida).

           Ciertamente, el mundo de la vida es lo primero, pero, de hecho, las instituciones del sistema han tendido a independizarse, “pensando” y decidiendo por sí mismas, poniéndolo todo a su servicio (y haciendo del hombre un esclavo del mismo sistema). De esa forma, el hombre contemporáneo (de la era del cautiverio) está viniendo a convertirse en siervo del sistema, y de sus privilegiados, es decir, de aquellos que lo manejan (como he puesto de relieve al hablar de la era del cautiverio). Éste es el riesgo mayor de nuestro mundo: el abandono o sometimiento del mundo de la vida, que tiende a quedar reducido al ámbito privado, mientras triunfa y se impone el sistema, de una manera hipertrófica (como fin en sí mismo, sobre los hombres y mujeres concretos). Si seguimos en la línea actual, crecerá el sistema (y gozarán sus privilegiados), pero terminará destruyéndose o estropeando gravemente el ser humano.

El avance del sistema ha permitido que muchos habitantes de las sociedades modernas (racionalizadas y ricas) puedan tener más autonomía en el mundo de la vida. Pero esa mayor autonomía y riqueza de algunos se ha vuelto principio de opresión para gran parte de la humanidad, que sigue viviendo sometida. Tenemos a nuestra disposición una máquina potentísima, un sistema económico-administrativo que podría ponerse al servicio de la humanidad, pero de hecho, por ahora, ese sistema está bajo el control de una minoría capitalista y de unos estados que explotan a la mayoría de la humanidad.

 La paz del sistema podría alcanzarse de una forma técnica, a través de mecanismos sociales (económicos, administrativos) extendidos sobre el mundo; pero esa paz es fuente de opresión para la mayoría de la humanidad. La ley del sistema es importante (y podría imponerse pronto), pero, por sí misma, resultaría ineficaz e insuficiente, si no existe y se extiende un gran cambio en el mundo de la vida, es decir, si la economía y la política no se pone de verdad al servicio de todos los hombres, superando privilegios y opresiones actuales.

           Ese cambio exige para algunos una renuncia muy intensa en el campo de sus posesiones económicas. Los más ricos deberían abandonar su situación de privilegio. Todos deberán renacer, poniéndose al servicio de una humanidad fraterna, donde el bien de cada uno se identifique con el bien de los demás, sin que existan privilegiados ni excluidos.

           Ésta es la revolución pendiente y sólo puede culminar en forma de mutación antropológica, por consenso mundial, a través de un diálogo de culturas o, mejor, de humanidad, pero de tal forma que el consenso no sea un puro medio, sino el fin, porque el fin de la vida es la comunicación (desde el sexo hasta la economía) y todas las restantes cosas valen sólo por añadidura. Sólo si va unido a un intenso diálogo en el mundo de la vida (en alianza personal) podrá darse “el pacto del sistema”, es decir, la creación de una red universal de intercambios económico/sociales (cf. Is 2, 2-4)[17].

           Desde aquí surge la propuesta: crear una alianza personal en el mundo de la vida, para que el sistema pueda estar al servicio de todos. No habrá unos “sabios superiores”, como un consejo de contemplativos de Platón, ni unos burócratas de partido, como en los estados comunistas, sino que todos podrán comunicarse con todos, en igualdad (en el plano del punto de la vida), mientras el sistema se extiende también por igual para todos (en el plano económico/administrativo). Nacerá así una paz donde se vincula la mayor libertad (en el plano personal del mundo de la vida) con la imposición más grande (en el sistema)[18].

           Estamos al comienzo de un cambio que puede prologarse por siglos, vinculando ambos niveles. El cambio del sistema resulta mucho más fácil, de forma que técnicamente podría ya realizarse. Más difícil es la mutación del mundo de la vida, que quizá puede nacer y nacerá en contextos de opresión, desde los más pobres, como profecía de paz, tal como indicaré al hablar de Jesucristo[19].

El sistema ha creado muchos bienes de consumo (no de vida), de manera que el mercado ofrece todo o casi todo lo que un hombre puede desear en ese plano. Pero será necesario cambiar el tipo de producción, para ponerlo al servicio de la vida. Y, sobre todo, será necesario cambiar el tipo de comunicación, de manera que todos los hombres y mujeres de la tierra y relacionarse en libertad, sin imposición de unos otros[20]. De ello tratará mañana.

[1] Cf. Sobre el pacifismo de Buda, cf. A. Schweitzer, El pensamiento de la India, FCE, México 1952. Cf. también H. Bechert y H. Küng, Budismo, en H. Küng (ed.), El cristianismo y las grandes religiones, Cristiandad, Madrid 1987, 359-520; D. Dragonetti, Unada. La palabra de Buda, Barral, Buenos Aires 1971; J. López Gay, La mística del budismo, BAC, Madrid 1974.

[2] En un sentido, los dos caminos se distinguen (uno es más interno, otro más interno; uno es más místico, otro es más social), pero no son contradictorios, sino que el budismo puede y debe conectarse con el cristianismo. Las dos propuestas (de Buda y Jesús) se completan y fecundan, aunque desde el cristianismo parece que el camino de Buda acaba siendo menos activo.

[3] Buda ha señalado el problema, pero no ha querido (o no ha podido) ofrecer una propuesta, abriendo la vida a la esperanza de resurrección. Por eso no buscó directamente la paz externa y la comunión de amor entre los hombres; no creyó en el “perdón de los pecados” ni en el don amoroso de la vida a favor de los demás, pues nadie puede morir por otros (no hay un Cristo redentor). No puso de relieve la transformación amorosa de los deseos, ni el valor de la vida que los hombres se comunican entre sí al amarse, ni el valor positivo del amor de Dios. Su propuesta fue admirable, pero en ella destaca la renuncia y no el amor activo, que recrea la vida.

[4] Sobre la política de Platón, cf. C. Baracchi,Of Myth, Life, and War in Plato's Republic, Indiana University Press, 2001; F. Chatelet (ed.), El pensamiento de Platón, Labor, Barcelona 1995; D. Grene, Greek Political Theory. The Image of Man in Thucydides and Plato, University of Chicago Press 1950; J. E. Míguenz, Política sin pueblo. Platón y la conspiración antidemocrática, Emecé, Buenos Aires. 1994.

[5] Lógicamente, Platón no ha podido trazar un proyecto de pacificación social, pues cree que los grupos sociales pueden ni deben reconciliarse y por eso su paz es “elitista”, propia de sabios o contemplativos, que dominan, desde su espacio superior, sobre los otros grupos de la sociedad (soldados, trabajadores, esclavos), siempre en guerra. La paz de los sabios de Platón consiste en “superar el mundo” (en la línea de Buda), pero no para vivir de una manera pacificada y pacificadora (como en el budismo), en gesto abierto a todos, sino para dominar de una manera “elitista” sobre un mundo en violencia. Cf. K. Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, Paidós, Barcelona 1982

[6] Se ha dicho que el platonismo ha sido la primera y mayor perversión del cristianismo, al que ha privado de su mesianismo de pacificación por el amor, para convertirlo en una especie de ideología sagrada del orden establecido o, mejor dicho, de la violencia establecida. Esa acusación es generalizante pero tiene una parte de verdad, al menos en un plano social, como veremos en la segunda parte de este libro. La renovación del cristianismo sólo será posible allí donde se supere el platonismo, para volver a un modelo mesiánico de pacificación. Evidentemente, Platón está muy lejos de Jesús, pero su ideal de contemplación y su práctica de “imposición” violenta de los militares, dirigidos por los sabios, ha influido de manera poderosa en un tipo de ideología política “cristiana”, por lo menos a partir de la Edad Media, tal como se expresa en la doctrina de las “dos espadas” (Unam Sanctam, 1302,en Denz-H. 872), donde se dice que los buenos gobernantes (que en el fondo son el Papa y los obispos) dirigen la espada de los militares para imponer su paz sobre el mundo.

[7] Es más fácil ser budista y cristiano que platónico y cristiano. El cristianismo no va en contra del budismo, sino “más allá”, en línea de pacificación activa; por eso ha de impulsarse el diálogo entre budismo y cristianismo. Pero el cristianismo histórico debe abandonar su fondo platónico, pues la paz del evangelio no va en la línea de una contemplación de sabios (identificados después con la jerarquía: Dionisio Areopagita), que dirigen a los guardianes/soldados, encargados de mantener la paz por la guerra. De diversas maneras, a partir del siglo IV d. C., las iglesias han justificado la espada para defender y mantener la paz, tanto al exterior como al interior de los estados, apelando a Mc 12, 17 (las cosas del César y cosas de Dios) y a Rom 13, 6 (la espada de los gobernantes), pero cambiando su sentido. Ni el Jesús de los evangelios ni el Pablo de Romanos hablaron de un “dinero de Dios” o de una “espada de la Iglesia”, sino en contra de lo que eso implica, como he destacado en La violencia religiosa en la historia de occidente, Tirant lo Blanch, Valencia 2005; Historia y futuro de los Papas, Trotta, Madrid 2006.

[8]La paz perpetua, principios 2 y 3.

[9] Esa Naturaleza se parece a la de Espinosa (Deus, sive natura), pero ha perdido su carácter cósmico y se identifica con la Racionalidad humana, movida por intereses que cumplen de algún modo la función que en Espinosa tenía el conatus, el gran deseo “divino” de ser, de vivir y expandirse..

[10] Edición castellana de La paz perpetua, Tecnos, Madrid 1985, 14.

[11] Cf. M. Howard, La invención de la paz. Reflexiones sobre la guerra y el orden internacional, Salvat, Barcelona 2001.

[12] La historia es el despliegue de la insociable sociabilidad de los hombres, pues “su inclinación a vivir en sociedad es inseparable de una hostilidad que amenaza constantemente con disolverla”. Lógicamente, la paz ha de lograrse aprovechando (no negando ni ignorando) el egoísmo y los impulsos antisociales de los grupos. Cf. Ideas para una historia universal 8-9.

[13] Principio 4º, en Ideas, 10.

[14] Principios 5, 6 y 7, en Ideas, 10-14. Esta exigencia de unidad política mundial parecía situarse en tiempos de Kant en una perspectiva lejana, pues no había aún medios culturales ni sociales (políticos, económicos) para trazar una Constitución y crear un Estado universal. Pero, en nuestro tiempo (año 2009), al menos en un plano institucional, esa exigencia parece factible, pues existen ya organismos que han nacido para ello (ONU), aunque las dificultades y problemas de la violencia y guerra no se han resuelto. Pienso que la utopía de Kant resulta insuficiente y no es capaz de cambiar la historia, a partir de los puros intereses comerciales. Pero el hecho de que haya sido planteada significa un paso importante en la historia de la humanidad.

(a) Kant hablaba de una Constitución Civil, es decir, racional, que prescindiera de las tradiciones religiosas de los diversos pueblos. Pasados más de doscientos años, sabemos que las tradiciones y religiones antiguas siguen siendo muy importantes, porque sin ellas podría secarse la historia y la vida de la humanidad y porque la Razón universal sólo adquiere sentido y consistencia a través de las razones particulares.

(b) Kant suponía que la Constitución universal se impondría por sí misma (por el peso de su razón, sin necesidad de armas), pues iba en la línea de los intereses de todos. Tras dos siglos de vinculación económica cada vez más estrecha entre grupos y corporaciones, pueblos y estados, sabemos que esos intereses no han desembocado en la unidad pacífica de todos los pueblos, sino en una imposición económica y militar, que se expresa en la unión del sistema neo-liberal (las corporaciones multinacionales) y el imperio (USA). Ni las religiones antiguas han sido pura imposición, ni los intereses del nuevo mercado mundial han creado la paz.

[15] Principio 8º, Ideas, 17-18. Cf. Principio 9º, Ideas, 20.

[16] Entre sus obras Teoría de la acción comunicativa, Taurus, Madrid 1981; Escritos sobre moralidad y eticidad, Paidós, Barcelona 1991; Facticidad y validez. Sobre el derecho y el Estado democrático de derecho en términos de teoría del discurso, Trotta, Madrid 1998; Debate sobre el liberalismo político (en diálogo con J. Rawls), Paidós, Barcelona 1998; La inclusión del otro. Estudios de teoría política, Paidós, Barcelona 1999; El futuro de la naturaleza humana. ¿Hacia una eugenesia liberal?, Paidós, Barcelona 2001;Entre naturalismo y religión, Paidós, Madrid 2006.

[17] Para precisar los matices técnicos de ese diálogo, se podrá acudir a las directrices de un organismo económico-administrativo mundial, guiado por la ciencia (¡por una ciencia neutral!), que trace de un modo argumentativo las mejores formas de relación social, en el plano técnico (económico, administrativo). Pero más allá de ese consenso técnico debe darse una alianza de voluntades y afectos, en la línea del mundo de la vida, es decir, la comunicación real de las personas.

[18] En un nivel, todos los hombres y pueblos deberían someterse “libremente” al orden de esa Constitución, que aplicará de un modo operativo, en los planos de la economía, planificación social y política. Ello sólo es posible con fuerte cambio en el “mundo de la vida”, de manera que hombres y mujeres puedan entregarse libremente, unos a otros, en libertad de amor, para compartir la vida. Lógicamente, los problemas que se plantearán serán muy grandes y no podemos dictar unas respuestas de antemano, pero sabemos que merece la pena recorrer ese camino de paz.

[19] La verdadera paz sólo se alcanza desde abajo, como mutación en el mundo de la vida: no será impuesta por las armas de los vencedores, ni comprada con el dinero del capital, sino que brotará del despliegue de la vida, a través de una comunicación más alta que deberá iniciarse, normalmente, desde los excluidos y amenazados de la tierra, siempre que ellos quieran vivir y transmitir vida humana. Sólo partiendo de ese despliegue de vida será posible un buen funcionamiento del sistema. Sin hombres y mujeres que sean hacedores de paz (amantes de la vida), el sistema se convierte en dictadura. J. Habermas y otros pensadores de su línea aceptan, en este campo, la aportación de las religiones, especialmente del judaísmo y cristianismo, con sus descubrimientos esenciales para el despliegue de la paz mundial (valor de la persona, importancia de la palabra, sentido de la alianza, testimonio del martirio…). Pero después tienden a decir que ellas han ya cumplido su función y que ahora son innecesarias, pues basta ya la ética civil (que ha heredado lo mejor de las religiones). No he querido discutir ese tema de un modo teórico, pero ofrezco mi visión en el capítulo siguiente (y en la parte tercera de este libro), donde muestro que sólo una profunda renovación en el mundo de la vida (de la comunicación personal) puede trasformar el sistema, convirtiéndolo en aquello que debe ser: un lenguaje o medio de comunicación para el despliegue del mundo de la vida, es decir, de las relaciones personales.

[20] Estamos hablando de una profunda inversión del sistema, que debe perder su situación actual de privilegio, dejando de ser ídolo (¡falso dios!), para convertirse en una especie de “red” económico-administrativa al servicio de la comunicación real, en libertad, de todos los hombres No queremos crear otro sistema para luchar en contra del actual y seguir en el fondo como antes, sino transformarlo y “someterlo”, de tal forma que se venga a convertir en un medio al servicio de la humanidad: en un espacio de libertad y comunicación personal donde hombres y mujeres puedan comunicar y compartir su vida en gesto de gozo intenso Hasta ahora los hombres han corrido el riesgo de estar sometidos al sistema. En contra de eso, es el sistema el que debe “someterse” a los hombres. Eso significa que debemos asumir los medios del sistema, pero con el fin de cambiarlo por dentro, al servicio de los hombres, desde los más pobres, según el testimonio de Jesús. Esa ha de ser la mayor de las revoluciones, la “inversión” del sistema, que era una maquinaria de producción y mercado al servicio del capital, para convertirse en utensilio al servicio del hombre (del despliegue y comunicación entre los hombres)..

Netanyahu y Trump | Efe

También te puede interesar

Lo último