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A Martínez Camino le han hecho obispo ¡Felicidades Camino!

A Mons. J. A. Martínez Camino le han hecho obispo auxiliar de Madrid y, en un sentido, me alegro. Tuve algunas diferencias públicas con él, por cuestiones de método teológico, y quiero aprovechar la ocasión para tenderle la mano y felicitarle. Si un día se terciara, hablaría con él de buen grado, sobre temas de vida espiritual y teología. Para lo que le han nombrado, será un buen obispo, dentro de su estilo, en un tipo de Iglesia. Hará bien lo que le pidan, no tengo duda. Es trabajador, inteligente, sabe adaptarse, conoce (o conocía) al dedillo la mejor teología protestante, de Jüngel a Pannenberg, ha sido jesuita monje trapense, ha pasado por Alemania, conoce bien la Iglesia oficial de España. Por todo eso, cumplirá bien su función. Felicidades, Camino.

Pero mi tema es otro.

¿Es bueno para el conjunto de la Iglesia, según el evangelio, que se nombres obispos de esta forma, a escondidas y en celada (¡san Juan de la Cruz), en secreto y por influjos ante los poderes centrales del Vaticano? He escrito varias cosas sobre el tema, y de un modo especial con ocasión del nombramiento de Mons. Blázquez como obispo de Bilbao, el año 1995 (Las siete palabras de X. Pikaza, PPC, Madrid 1996). Las retomo aquí, con ligeras variantes. No hablo de personas (ni de Blázquez, ni de Camino), sino del método de nombramiento de obispos.

Nombramiento de obispos.

El tema de fondo no es aquí no era su bondad o no bondad, su pensamiento o su origen (se vasco, jesuita a panameño), sino la forma de organización dialogal de la iglesia. Unos amigos me pidieron un esquema escrito sobre lo que está implicado en el nombramiento de los obispos y se lo hice. Este es el resumen, esta es mi propuesta:

- Lo más importante es que haya iglesia, es decir, comunidad responsable y gozosa de personas que comparten la palabra, se ayudan mutuamente y celebran el misterio de la pascua de Jesús y la fraternidad universal en forma de eucaristía. Por eso es normal que ellos, los cristianos, aprendan a dialogar y escojan a sus propios pastores sin ingerencias de política exterior. Si no son capaces de hacerlo, no pueden llamarse en verdad iglesia de Jesús; serán una misión extranjera, organizada desde fuera por enviados de otras comunidades, pero no son iglesia; no podrían tener obispo propio. En el campo de disputas y partidos enfrentados de nuestros pueblos, la iglesia sólo será signo de reconciliación y utopía evangélica si ofrece ejemplo verdadero de diálogo interior. Si no lo pueden hacer, si sus fieles se encuentran de tal forma divididos que resultan incapaces de escoger, desde el mensaje y ejemplo de Jesús, unos pastores… esos “fieles” no son dignos de llamarse cristianos. Es evidente que, por ahora, los fieles cristianos no lo hacen (no son capaces de escoger a sus pastores), en parte porque no asumen su propia responsabilidad dialogal y el parte porque se lo impide en método actual (provisional, dictatorial) de nombramiento de pastores desde Roma, con consultas secretas que se prestan a sospechas y manipulaciones.

- Pero una iglesia no se encuentra nunca aislada; por eso, en el nombramiento de un obispo participan, como testigos de la transparencia del gesto y como garantes de continuidad apostólica y unidad eclesial, los obispos vecinos. Sin esta presencia y ratificación de los pastores del entorno (de eso que llamaríamos hoy archidiócesis o provincia eclesiástica) no habría verdadero nombramiento de pastores. Por otra parte, son ellos, los obispos vecinos los que imponen las manos o consagran al que ha sido nombrado, ofreciéndole así una tarea y una gracia que viene de Jesús, desde el principio de la iglesia. Es posible que surjan a veces tensiones entre grupos cristianos de una diócesis y entre una diócesis y los obispos vecinos; pero ellas tienen que arreglarse siempre hablando, en diálogo fundado en la verdad del evangelio que se expresa en el pan compartido, en la mesa común, como decía Pablo (cf Gal 2, 5.14).

- Es normal que se comunique el nombramiento al obispo de Roma, como primado de la iglesia, pero no en gesto de sometimiento sino de comunión. Es evidente que el ministerio episcopal está fundado en Dios, brota de Cristo. Pero esa fundamentación no significa que el Papa deba nombrar a todos los obispos y que lo haga a través de consultas secretas y de equilibrios de poder, por la mediación de nuncios y arzobispos de rango superior.. También los cristianos diocesanos, que deberían elegir al obispo de su diócesis, deberían actúan como portadores del Espíritu, no como simples ciudadanos de una democracia formal. Por otra parte, los obispos consagrantes actúan también en nombre del Espíritu Santo e introducen al nuevo pastor en la línea de la sucesión episcopal o apostólica y de la comunión universal o católica. Quizá pudiera decirse que la comunidad lo elige, los obispos vecinos lo consagran y el papa le ofrece el signo de la apertura universal.

Una propuesta que viene de Comunión y Liberación

Este camino de elección por todos los cristianos y de comunión con las iglesias era el que se seguía hacía tradicionalmente en la iglesia, antes que triunfaran las imposiciones políticas y las luchas por el control de las diversas diócesis, cuando el ministerio episcopal se convirtió en centro de poder. Algunos me han llamado "hereje" o separado del conjunto de la iglesia por pensar de esta manera. Pero mi opinión es la opinión de la mayor parte de mis amigos teólogos, que pensaban de la misma manera, aunque a veces no lo decían. Es más, añadí, esta propuesta está en la línea de lo que piensa Comunión y liberación, un movimiento católico muy vinculado a la tradición, de fidelidad plena hacia el Papa. En uno de sus últimos números defiende, al menos implícitamente, que el obispo debe ser conocido y elegido por la grey. Durante muchos siglos los fieles de a pie fueron protagonistas de la elección de su obispo. Sólo en este siglo la elección de los obispos se ha convertido en derecho exclusivo del papa. Así reza el título del trabajo en cuyo interior puede leerse:

Desde el principio hay dos actos esenciales: la elección por parte del clero y del pueblo de la diócesis (electio) y la consagración por parte de otros obispos (ordinatio)... El principio electivo presente desde el principio diferencia a los obispos cristianos de las élites sacerdotales del mundo antiguo, impidiendo que el episcopado se transforme en una casta hereditaria... Pero en ninguna declaración reciente de la iglesia se ha tomado en consideración la oportunidad de hallar nuevas forms para superar la total exclusión de los fieles laicos en la elección de sus propios obispos, que ya Antonio Rosmini denunciaba como una de las cinco plagas del catolicismo moderno (G. Valente en Treinta Días, Año IX, núm 89, 1995, 55-58).

Diálogo entre amigos

Este trabajo de la revista de Comunión y Liberación hablaba de Rosmini y de las plagas de la iglesia (entre ellas la falta de transparencia en el nombramiento de obispos). Hablábamos del tema, el año 1995, cuatrro amigos.

1. Uno de ellos, que no era cristiano, opinó que mi propuesta era imposible, pues la iglesia de hoy es una mezcla de fósil y pirámide de poderes: «Por eso necesitáis que os mande un papa dictador de Roma . Os enfrentáis ante un reto mucho más serio: vuestra capacidad de diálogo como grupo humano. ( No sería malo que lograrais lo que dices, pero dudo de ello!».

2. Otro amigo añadió: Xabier, Si no entiendo mal, tu propuesta supondría que el papado pierde gran parte de sus funciones. Como historiador eso no me hace gracia alguna. Sabes que he estudiado la relación entre las ciudades ceremoniales de los mayas, dirigidas por sacerdotes, los grandes templos-estado de Egipto y del mundo helenista, los monasterios independientes del norte de la India y la Ciudad del Vaticano. Sólo queda el Vaticano y no me gustaría pensar que es una especie en extinción. Me interesa como fósil, me permite conocer mejor las leyes de la historia en el pasado.

3. Yo era el tercero. Mi segundo amigo acababa de plantear un tema nuevo que yo no había querido tocar. No tuve más remedio que asumirlo. Le dije que el Vaticano, en cuanto estado político y centro administrativo de la Iglesia Católica, había cumplido servicios en el pasado, pero que ahora podía y debía disolverse sin causar traumas a la iglesia. La nueva visión de las comunidades cristianas, el fortalecimiento del diálogo entre las diócesis e iglesias nacionales suponía el fin de una manera de entender el Vaticano.

Les dije que el Papa en cuanto signo y garantía de la unidad de la iglesia es muy importante. Pero añadí que podía abandonar (no delegar, pues no eran suyas) muchísimas funciones actuales, excepto la de ser buen obispo de Roma y signo de unidad del conjunto de las iglesias. La autodisolución del estado vaticano no causaría ningún trauma a la iglesia católica y sería muy bien recibida por los protestantes y ortodoxos. La mayor parte de sus funcionarios se jubilarían; no habría necesidad del sistema actual de nuncios con categoría diplomática de embajadores... La iglesia dejaría por fin de aparecer como un poder político, para presentarse mejor como aquello que era desde siempre: una comunidad de voluntarios, iluminados de Jesús, al servicio del amor mutuo y de la esperanza de transformación universal.

Les dije que eso no significaba una renuncia a la unidad sino todo lo contrario, el descubrimiento y despliegue de una forma de unidad más alta, recreada y actualizada en forma dialogal, en cada zona concreta (parroquia, diócesis), en cada región más amplia, en la unidad católica de la iglesia. Precisamente para expresar la autoridad del evangelio (del diálogo hecho encuentro entre personas) resultaba importante que el papa dejara diversos "poderes" que actualmente ejerce, para presentarse así como signo y garante de comunión universal.

El sistema de comunión católica, el diálogo de las diócesis entre sí y la unidad del conjunto de las iglesias debería fortalecerse, de tal forma que el mismo ejercicio concreto de ese diálogo de amor y palabra entre cristianos y comunidades pudiera presentarse como signo del Espíritu de Dios sobre la tierra. Actualmente, en lugar de ese diálogo concreto de amor y palabra compartida entre todos los cristianos e iglesias, parecía imperar el poder superior de un Papa concreto, concebido a veces como alguien que se encuentra separado (casi por encima) del conjunto de la iglesia. Terminé diciendo que el diálogo mismo podía convertirse en principio de convivencia cristiana y humana.

¿Es infalible la iglesia en el nombramiento de obispos?

El cuarto amigo me dijo que la Iglesia es infalible… y que la infalibilidad se aplica no sólo a temas de “fe y costumbres”, sino a la misma organización de la Iglesia, con el nombramiento de obispos. Yo le contesté que la infalibilidad pertenece al conjunto de la iglesia y solo como representante y portavoz de ese conjunto la puede ejercer el Papa. Dije que se trata de una infalibilidad dialogal: La iglesia es infalible sólo en la medida en que acoge la Palabra de Jesús y la actualiza sin cesar como principio de comunicación y amor entre los hombres. (Lo hará siempre, creo en ello, es decir, creo que el Espíritu Santo guiará este diálogo eclesial!

Evidentemente, no nos pusimos de acuerdo, pero seguimos hablando sobre las formas y estilos en el nombramiento de los obispos o de otros poderes en la iglesia y en la sociedad. Les dije que era bueno que hiciéramos un esquema, distinguiendo diversos modelos de nombramiento para obispos y otros tipos de jerarcas sociales y eclesiales. Sin esforzarnos muchos hicimos presentamos pronto los siguientes cuatro estilos:

- Hay un estilo científico para alcanzar la verdad. Sabéis bien en qué consiste: proyectas o formulas una hipótesis, pruebas y observas el resultado; si tienes éxito lo aplicas. La verdad está en el resultado que consigas. No supimos ver del todo cómo se podía aplicar este estilo de “trial and error”, de hipótesis y verificación…, aunque es evidente que debería influir (más en el plano de la falsación, que en el de la verificación, como dicen los expertos)… Esta va en la línea de la falsación: Cuando se ve que un obispo “no funciona”, la comunidad cristiana debería tener métodos para hacerle dimitir, sin que pase nada. Todos pensamos que un obispo para siempre, inamovible, iba en contra de la razón (y si va en contra de la razón va en contra de la revelación).

- Hay un estilo mágico-religioso de autoridad que se apoya en el influjo de poderes exteriores. Unos han echado a suertes para ver a quien le toca mandar o morir; otros han consultado a los augures, han observado la sangre o el hígado de los sacrificios; otros han confiado en los sueños o las revelaciones de tipo "sobrenatural". El mundo sigue aún lleno de apariciones de este tipo. Abundan incluso en nuestra iglesia, pero en sí no son cristianas.

- Hay un estilo dictatorial cercano también a la magia. Lo utilizan gentes que se creen dotadas de poderes para organizar la vida de los otros; son como oráculos que oyen la voz de la nación o de los astros, de un pretendido Dios o de una ley más alta... Ordinariamente desembocan en la imposición del poder militar o moral. En sí mismo, este estilo no es cristiano… aunque parece ser el que se aplica desde el Vaticano. Ciertamente, se puede tratar de una “dicta-blanda”, o de una “dictadura ilustrada y paternal” (sagrada), pero parece dictadura. Así opinaron mis tres a amigos.

- Hay, en fin, un estilo personal y dialogal de autoridad, propio de la iglesia de Jesús. Ha sido formulado en el primer Concilio de Jerusalén: Se reunió la comunidad, discutieron, se escucharon, se ayudaron y llegaron a un acuerdo: (Nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros! (Hechos 15, 28). El Espíritu Santo habla precisamente allí donde los hermanos se reúnen, razonan, se aman y llegan a un acuerdo. Este es un estilo racional, propio de eso que llamaríamos entendimiento dialogal; pero es, al mismo tiempo, un estilo espiritual, pues sólo puede utilizarse allí donde se cree en el Diálogo con mayúscula ((Dios es diálogo) y allí donde cada uno está dispuesto a ceder ante los otros para bien de todos (¡Según el evangelio!).

Nota final

Escribí estas reflexiones hace 12 años, con ocasión del nombramiento de Blázquez como obispo de Bilbao. Han pasado desde entonces muchas cosas… Pero creo que ellas pueden ayudarnos a situar el nombramiento de Mons. Camino como obispo auxiliar del Cardenal Rouco, en la diócesis de Madrid. Es evidente que en su nombramiento ha intervenido Rouco y el Nuncio, con las instituciones de poder del Vaticano. Parece que el buen pueblo cristiano de Madrid ha intervenido menos.

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