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En la muerte de Habermas

Cristo y la Biblia

 Verbum Dei, Verbo de Dios. Así se titulaba la primera “constitución” del Vaticano II, imitando al evangelio de Juan: “Al principio era el Verbo y el Verbo era Dios” (Jn 1, 1). Siguiendo en esa línea, expongo en este libro la identidad de Dios como verbo, palabra y comunión de todo lo que existe. En hebreo es dabar,  acción creadora; en griego es logos, esencia de las cosas; en latín se dice, verbo, comunicación entre personas.

         Insisto en el término verbum, verbo, de la misma raíz que word o Wort (en vasco berba), comunicación, refiriéndome por un lado a la Biblia (libro de relación de unos  hombres  con otros y con Dios) y por otro a Cristo (hombre en quien, según los cristianos, se ha encarnado la palabra de Dios y de los hombres).   

-Comienzo este trabajo presentando a Dios como dabar, palabra creadora que al decir lo que lleva dentro suscita todo lo que existe, de forma que la creación se entiende como verbo de Dios en la vida de los hombres, tal como la expone de forma inicial Gen, a lo largo de seis días, con las diez palabras (y dijo Dios cf. Gen, 1.6.9.11.14.20.24.26.28.29).

-En un segundo momento, conforme al texto griego del Antiguo (LXX) y del NT, insisto en el sentido de logos como esencia y realidad de todas las cosas, de la naturaleza del mundo y de la vida de los hombres, tal como se expresa en Jesús, mensajero del Reino de Dios, crucificado por los poderes del mundo.

-En un tercer momento, según la traducción latina de Jn 1, 14, insisto en Dios como verbo comunicación de palabra y vida entre personas, en una línea, que tiende a identificarse con el Espíritu Santo (Paráclito), tal como ha destacado la tradición posterior de la iglesia, iniciada por el Evangelio de Juan.

          Este es el punto de partida de mi estudio. No he querido escribir un tratado teológico estricto, ni una discusión filológica sobre esas tres palabras (dabar, logos, verbo), sino un ensayo personal sobre el sentido y actualidad de Cristo y de la Biblia, según la tradición de las iglesias, confesando no sólo que el Verbo de Dios se hizo carne (Jn 1, 14), sino que nació, vivió, fue crucificado y bajó a los “infiernos”, como dice la Biblia y confiesa el símbolo de fe los apóstoles, añadiendo “creo en la resurrección de la carne”, es decir, en la transformación de la vida humana  

         En esa línea, he querido escribir una visión de conjunto de Cristo y la Biblia como Verbo de Dios a los sesenta años de la primera Constitución del Vaticano II, Dei Verbum (Verbo de Dios, 18.11.1965), un texto fundaamental que ha sido re-elaborado por trabajos importantes del magisterio católico:

-Benedicto XVI publicó la exhortación apostólica Verbum Domini, palabra de Dios en la vida y misión de la iglesia (30.9.2010), analizada e interpretada por la Comisión Bíblica, en La inspiración y la verdad de la Sagrada Escritura (22.2.2014), con categorías de neo-escolástica latina (y en parte patrística), avalando el recorrido de una tradición en parte distinta a la del Vaticano II.

- El Papa Francisco impulsó la publicación de otro documento de la Comisión Bíblica, ¿Qué es el hombre? (Sal 8,5) Itinerario de antropología bíblica (30.9.2019), de gran valor, aunque ha influido quizá menos en algunos círculos de iglesia por cambios que hubo en la Congregación de la Doctrina de la Fe (2023). Este documento ha quedado sin completar y no se está tomando como texto de magisterio, sino como material de estudio bíblico a partir de los primeros capítulos del Génesis.

         Sin discutir la dinámica interna y las posibles diferencias entre esos documentos, me limito a ofrecer en este libro una introducción de tipo bíblico sobre los temas que siguen estando en el fondo de ellos.

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Quiero saber si el cristianismo es una religión de libro (como dicen el judaísmo y el islam) o si es más bien una religión de encarnación (es decir, de humanidad, de ser humano), de forma que el verdadero libro no es la Biblia, sino Cristo o si, en el fondo, Biblia y Cristo son el realidad lo mismo.

Éste es, a mi juicio, un tema fascinante que fue muy bien planteado (aunque no resuelto del todo) por el papa León I (440-461) en el Concilio de Calcedonia (451),  pues las dos iglesias más importantes de la antigüedad (de Alejandría/Egipto y la Antioquía/Siria) no aceptaron por diversas causas su formulación central (Cristo tiene dos naturalezas y una persona).   

         Sólo las dos iglesias “imperiales” (de Constantinopla y Roma) aceptaron el dogma de Calcedonia, con sus valores (y limitaciones), las iglesias de Egipto y Siria lo siguen rechazando. Sobre ese tema discutido sigo aquí tratando, pero no en forma de teología “dogmática”, sino de lectura personal de la Biblia y de comunicación también personal con Cristo.

         Ciertamente, quiero mostrar que el Verbo de Dios es, de un modo especial Cristo hombre. Pero, al mismo tiempo, ese Verbo/Palabra en comunión, se identifica de algún modo con la Biblia como han puesto de relieve las iglesias calcedonenses (Roma y Constantinopla), pero sin haber convencido a los cristianos no calcedonenses de Asía y de África, y menos aún a los judíos y musulmanes de la actualidad, que siguen rechazando el doma “parcialmente” cristiano de Calcedonis.

         Éste es el tema de fondo: la revelación de Dios en Cristo (encarnación) no puede separarse de manifestación por la Biblia, de tal forma que el cristianismo no es sólo religión de encarnación, sino también de Libro (=Biblia), pero no de un libro/biblia cualquiera, sino de la Biblia concreta de Israel, en diálogo con las diversas religiones, tal como ha culminado en el Cristianismo (no para negar el judaísmo, sino para afirmarlo de un modo universal.

           Este es el argumento central de este libro, un libro totalmente nuevo, centrado en la vida, muerte y resurrección de Cristo como Verbo de Dios, conforme al testimonio de la Biblia, pero lo he redactado retomando algunas intuiciones de un libro antiguo, titulado Cristo y la Biblia (Madrid 1971), donde exponía los cuatro sentidos clásicos de la Biblia (histórico, alegórico/teológico, moral/espiritual y escatológico), todos ellos centrados en Cristo, como Dios encarnado, con su historia, sentido teológico, implicación moral y apertura escatológica.

Este libro es una continuación de Ciudad Biblia donde he presentado el sentido de la Biblia, desde una perspectiva histórica, literaria y bibliográfica, como expresión (revelación) del Dios que ha compartido en Cristo su vida e historia con los hombres. Eso supone que aquí puedo dar muchas cosas por supuestos, centrándome en la relación entre Cristo y la Biblia..

-Por eso, aquí no me ocupo de Cristo “verbo de Dios” en sentido dogmático”, en la línea de los concilios de Nicea y Calcedonia (siglos IV-V), que tomaron a Dios como Logos  sustantivo, afirmando que Cristo es de la misma substancia/ousía o naturaleza del Padre (una naturaleza, dos personas) pues ese lenguaje, siendo verdadero y necesario en un sentido, es poco bíblico.

- Cristo y la Biblia forman parte de Dios comoDabar, principio creador divino y comunicación de amor entre los hombres, no sólo en los libros del Antiguo Testamento, sino en los del Nuevo. En esa línea, la Biblia de Cristo no es una “verdad cerrada, sino camino de comunicación (comunión) entre Dios y los hombres. No es el hombre el que crea la “palabra”, sino que es la Palabra, encarnada en Jesús y expresada por la Biblia la que crea al hombre (Jn 1, 1-18)

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El tema básico de este libro aparece ya planteado en el “corpus” de Ignacio de Antioquía, siglo II d.C. En su nombre se escribieron y transmitieron un grupo de cartas que han sido fundamentales para entender y organizar la vida de una iglesia que se hallaba polarizada entre judaizantes y gnósticos. No todos los investigadores aceptan la autenticidad de cada una de las cartas publicadas en nombre de Ignacio de Antioquía. Pero es claro que en conjunto ellas provienen del II-III d. C. y que plantean ya el tema que voy a estudiar en este libro:

He oído a algunos que decían:

Si no lo encuentro  en los “archivos” no creo en el evangelio.

Les dije “está escrito”. Me respondieron “muéstralo”. (Yo es respondí):

Para mi los archivos son Jesucristo,

los archivos sagrados son su cruz, su muerte, su resurrección

y la fe que viene de él, en los cuales quiero ser justificado por vuestra oración”[1]

             Esta discusión nos sitúa en un contexto muy parecido de las antítesis de Mt 5 (que estudio en la tercera parte de este libro y que vuelvo a recordar en el capítulo final sobre el Apocalipsis): Hbía y hay ay cristianos o semi-cristianos del entorno gnóstico y judaizante de la iglesia de Ignacio de Antioquía o de sus sucesores que tienen “archivos” y/o documentos (libros judíos de AT o textos gnósticos) que van en contra de lo que dice y propaga Ignacio, y que por eso le acusan

           Ignacio les responde ¡está escrito! (gegraptai), pero no apela a ninguna Escritura en concreto, ni judía ni gnóstica, ni cristiana. Desde la perspectiva que veremos en Mt 5, este “gegraptai” puede entenderse en la línea de la respuesta de Jesús: “pero yo os digo” (habéis oído que se he dicho, pero yo os digo, Mt 5. Es como si Ignacio dijera: “Esto que aquí digo no está en vuestros archivos, pero yo lo escribo y es así…”. Ignacio apela a Cristo, no a los “archivos librescos” de sus adversarios. Ellos tienen libros. Ignacio “tiene” Cristo.

           Por eso, cuando parece que sus opositores quieren argumentar con libros y textos de tradición judía o gnóstica, Ignacio apela al conocimiento directo de Jesús, diciendo: Mis archivos (arceia) son Jesucristo: su venida, pasión y resurrección (cf. Filadelfios 8, 2; cf. 6, 1; 7; 8, 2). El archivo, es decir, la Biblia de Ignacio es el mismo Jesucristo, con quien él se identifica por experiencia personal.

           A Ignacio le interesa Jesús en concreto, toda su vida centrada en su nacimiento, muerte y resurrección  Así lo supone, así lo confiesa, pero no lo fundamenta, acudiendo a la Biblia, como yo quiero hacerlo en este libro, desde el Génesis al Apocalipsis, para decir al final (como quiso decir Ignacio, pero no lo dijo expresamente): ¡Esta es mi Biblia, éste es mi Cristo! En un sentido son dos realidades, pero en otro sentido más profundo son la misma realidad, el mismo Verbo de Dios,

           Las cartas de Ignacio, primero de los Padres de la Iglesia, las auténticas y las escritas en su nombre para fundar el cristianismo, desarrollan otros temas (más o menos importantes), pero éste ha sido y sigue siendo el más significativo. Más que unos textos literarios (unos textos de archivo), a Ignacio le interesa la vida concreta de Cristo, tal como ha sido recogida y confesada por la Biblia. Así dice: ¡Mis archivos, mis libros, son Cristo! Pero él no puedo decir diciendo: Tengo ya a Cristo y esto me basta, no necesito Biblia ninguna. Al contrario, Ignacio tiene a Cristo, y Cristo es lo más importante en su vida; pero él conoce a ese Cristo por la Biblia, su libro verdadero, no cerrado en sí, sino abierto a todos los hombres, como testimonio de Cristo.

           Conforme a esa experiencia de Ignacio, Biblia y Cristo forman los dos rasgos o momentos del Verbo de Dios, que es la unidad profunda de la Biblia que me lleva a Cristo y de Cristo que me vuelve a llevar a la Biblia, una Biblia para aprender, entender y compartir, viviendo en solidaridad con los hermanos, como seguiré diciendo en este libro, algunos de cuyos pasajes de este libro vienen de antiguo (como he precisado en las notas pertinentes) pero el libro en su conjunto ha tomado su forma actual en estos años finales de pausa, tras el brote de pandemia (2022-1024 d.C.).

           Éste no es un libro de escuela por eso he reducido al máximo las notas a pie de página, las discusiones escolares y las referencias bibliográficas, aunque he citado al final una bibliografía básica. He introducido a veces una palabra en griego (e incluso en hebreo), pero no es necesario saber traducirla, pues está claro su sentido en el contexto. No es la palabra hebrea o griega lo que importa, sino la relación entre Cristo y la Biblia como Verbo de Dios y orientación “divina” de la vida humana..

         Y con esto puede terminar ya el prólogo. Sólo me queda decir que dedico especial en especial esta libro a dos hermanos de familia, que han fallecido   cuando yo andaba escribiendo este libro, Mikel y Peru (14.12.2021 y 17.9.2024). Saben ellos lo muchos que les he querido y quiero Con ellos sigue dedicado en memoria a mis aitás, Francisco y Carmen, con Mabel, mi mujer.         

[1] Filadelfios 8. Traducción de J.J. Ayán, Ignacio de Antioquía. Cartas (Ciudad Nueva Madrid 1991). Cf. D. Ruiz Bueno, Padres Apostólicos (Madrid 1950); J. Rius-Camps, The Four Authentic Letters of Ignatius, the Martyr (Roma 1979); W. R. Schoedel, Ignatius of Antioch, Fortress, Philadelphia 1985 .Para una vision general de Ignacio, cf. Pikaza, Patrística, Clie, Viladecavalls 2022

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