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Irán (4). Americanos, judíos, iranios son humanidad por la Palabra; al matarse unos a otros destruyen su humanidad, se niegan y condenan, haciéndose “satanes”

Esto lo aprendí en mi tiempo de estudio de filosofía y teología en la Merced de Poio, Pontevedra (1956-1963), dedicado al pensamiento occidental (de Platón y Aristóteles a Hegel), con rudimentos de Biblia y teología cristiana. 4

Aprendí que el ser humano, varón o mujer, no se define por la dualidad biológica de sexos (por importante que sea), ni por el poder de matar a otros en guerra, o de dominarles en tiempo de “paz” aparente,  sino por palabra de comunicación en amor, como enseña la Biblia, en un camino que lleva del Génesis (AT) al Evangelio del NT (mensaje de Jesús, teología de Pablo y de Juan).

       Aprendí que los animales superiores nacen del vientre o huevo fecundado de la madre, pero que los seres humanos nacemos además (y sobre todo) en (de) un segundo vientre de acogida, cuidado, educación y afecto/palabra, transmitida a través  de unos generadores (familia, grupo social), durante largos años (seis o siete) de re-nacimiento. Sin ese “útero extra‒uterino” el ser humano es inviable, no se puede desarrollar como persona, aunque tenga “alma virtual” o jurídica.

                         Más que varón y mujer en sentido biológico, el hombre es comunión de palabra-amor (Gen 1‒2). Dios dice por eso “hagamos” y lo hace en plural, incluyendo a sus interlocutores: Hagamos (=suscitemos) varones y mujeres en amor, para que sean hermanos/amigos, no siervos, compartiendo la palabra, no sólo unos con otros, sino con Dios, que es Palabra. Dios no ha creado a los seres humanos como esclavos, para que se inclinen y trabajen a su servicio, sino como hermanos/amigos para caminar con ellos y con ellos caminen con él,   dándose vida y compartiéndola unos en otros y con otros:

Esta es la comunicación del Dios Palabra, dabar, Dios que no es substancia cerrada en sí, ni dualidad genital (macho‒hembra, proceso biológico), sino Verbo, esto es, Palabra compartida que dice (se dice), nombrando, suscitando,  separando y uniendo unas con otras las cosas, y finalmente “llamando” a los humanos (varones y mujeres) para que así puedan responderle, vinculándose entre sí en amor, es decir en Palabra.

Varones y mujeres “son”  seres humanos por la palabra (en la palabra), no por procreación sexual, como meros animales, sino por comunicación personal de vida en la Palabra (que es Cristo: Jn 1, 14-15). La creación humana no es un proceso de generación biológica, como suponían algunas religiones, donde Dios es padre‒madre, macho/hembra de ganado (Baal-Ashera), sino re-generación personal, palabra encarnada. Así dijo Dios: “Hagamos al Humano‒Adam a nuestra imagen y semejanza” (Gen 1, 17).

El ser humano es Adam (=tierra rojiza, arcillosa, adamah) y es también  Eva-Jahwa(principio de vida),  siendo persona dialogante por palabra de amor,   compartiendo así el “espíritu/aliento”, Ruah/Neshama (Gen 2, 7) de Dios que es comunicación.

En un plano biológico, los seres humanos provienen de un semen masculino‒femenino, como otros animales de parejas reproductoras (del sexto día de Gen 1),  y en esa línea biológica mueren, cumplido su ciclo de vida “carnal”, pero en un plano superior ellos son engendrados y nacen de la Palabra acogida y compartida el séptimo día del descanso de Dios (Gen 2,1-4), de manera que a través de ella viven en comunicación unos con otros, superando la muerte.  

Los humanos somos género/genos de Dios, no estamos sometidos bajo su poder como esclavos, sino que compartimos su vida y Palabra (Hech 17, 28). No estamos sometidos a Dios, no tenemos que servirle construyéndole templos para que viva en ellos, ni ofrecerle sacrificios, como esclavos, para que se alimente de ellos, sino que vivimos, nos movernos y somos en él, compartimos su aliento (ruah, vida,  Gen 1, 26-29: 2. 7),  como  palabra (dabar), que es suya, siendo nuestra, al mirarnos, hablarnos, gozarnos y ser unos en otros.

                 Dios creó al ser humano a su imagen,  a imagen de Elohim lo creó, varón y mujer los creó” (cf. Gen 1, 26‒28). Ésta palabra debe completarse y reinterpretarse en la Biblia cristiana desde Jn 1, 1.14 (en el principio era la Palabra…y la Palabra se hizo carne) y desde Gal 3,28, donde se añade que en Cristo (Dios encarnado) no hay varones y mujeres en oposición, siervos y libres, judíos y gentiles, sino que todos son/somos en comunión de Palabra-amor y así se vinculan (nos vinculamos) en Dios, resucitando en/como Cristo (Hch 17, 28-31), siendo así y viviendo unos en otros, no por engendramiento vital, sino por comunicación personal: 

Varones y mujeres son imagen y presencia creadora de Dios, no por generación biológica, sino por Palabra de amor, esto es, por comunicación e inhabitación personal. Por eso, la identidad del ser humano no es tema de biología (como en el resto de los animales), sino de comunión personal, una comunión que es teológica (a ejemplo de Dios que crea compartiendo su vida) y que es antropológica (pues varones y mujeres viven unos en otros), como expresión y presencia de un Dios que les dice “hagamos”, haciendo (=haciéndose) comunión en ellos, para que ellos sean (se hagan) al comunicarse unos a otros en amor, en cuidado y esperanza de resurrección.

Varones y mujeres son bio-logía de Dios Amor-Palabra, experiencia y esperanza de resurrección,  vida animada de espíritu, polvo enamorado, Palabra encarnada de Dios, conciencia y comunicación de su vida. Por su biología, ellos comparten con los animales la capacidad de crecer/multiplicarse, pero no existen y comunican su vida humana de amor-palabra de forma biológica, sino por intercomunicación verbal, como signo y presencia del Dios que existe (es) como palabra y comunión de amor

El principio del Génesis no es el signo (mito) de una madre divina superior, que aparecería en Ap 12, porque esa madre biológica superior queda transcendida al final (Ap 21-22) en forma de bodas de comunión personal. En el principio no hay tampoco un varón dominador que quiere poseerlo todo ni vive en lucha para sometimiento de unos sobre otros (como Prometeo), sino que el principio verdadero es Dios como Palabra/Amor de Padre-Madre, en comunicación personal de Vida humana, en camino de gozo, y esperanza de resurrección.  

 Contrapunto personal, Antonio, el niño-cabra.  

           Esto lo aprendí el año 1960, cuando estudiaba filosofía en Poio (Galicia) y un día lo trajeron. Así le vi, con sorpresa y reverencia, en la celda que le habían asignado. Pero no era fraile, ni podía estudiar. No hablaba, emitía balidos de cabra Le habían vestido, pero lo suyo no eran los pantalones. Le quisimos sentar en una silla y acostar en la cama, pero su espacio no eran sillas ni cama, sino la cuadra de una choza perdida de As Neves, Pontevedra.

      Algunos vecinos  habían denunciado el caso a la Guardia Civil que le encontró en la cuadra,  al lado de las cabras, compartiendo espacio y comida. Le desataron, le llevaron al Hospital Provincial y al convento donde vivía A. Vázquez (1926-2020), brillante académico, que había estudiado en La Sorbona (París), con Jean Piaget (1958/1959), máximo especialista en aprendizaje infantil, para que redactara un informe 

           Y así fue como el niño cabra Antonio, aunque no lo sabía, vivió por un tiempo como estudiante, en una habitación contigua a la mía. Supimos que sus padres eran los más pobres de la aldea y no lograron estabilizar una familia normal, por falta de dinero y de cultura. Trabajaban  en el monte y le dejaban en un pesebre caliente y seco de cabras, como niño Jesús de Belén. Tenían tiempo para las cabras, no para el niño, que  creció físicamente robusto, pero sin hablar ni razonar, pues no le dieron palabra de persona. El profesor A. Vázquez, Maestro de Estudiantes, luego Catedrático de Etología y teoría del lenguaje en la U. Pontificia de Salamanca,  nos dijo que, pasada la barrera de los siete/ocho años, los niños no aprenden lenguaje, ni responden con palabras ni afectos humanos.

           Antonio tenía unos 17 años y había sido troquelado como cabra, sin “alma”. Mitos de diversos  pueblos recuerdan niños-lobo,  niños “silvestres” de cine. Antonio fue solo  niño-cabra, a quien nadie acogió a su tiempo como a persona, sin re-generación extra-uterina para inculturarse como humano.   

Le recuerdo como fugitivo perdurable, huyendo de sí (un sí-mismo frustrado), queriendo volver a las cabras del monte, inclinado o saltando en el suelo, con miedo pre-racional en los ojos y amargura lejana en el alma, como la más triste expresión de la tristeza. Estuvo un par de semanas con nosotros. Al final nos daba lástima ir a verle, pues no lográbamos comunicarle nada y se ponía nervioso, como si le robáramos su intimidadde hombre-animal, sin darle compañía animal ni humana… 

        Un ser humano, niño o niña (aunque sea Jesús de Nazaret, Hijo de Dios) necesita genitores que le re-engendren en palabra, amor y lenguaje. Aquel niño das Neves no fue re-engendrado, sino que quedó “troquelado”, como persona sin despertar a la vida, como cabra,humano frustrado. Supimos que la Iglesia le había acogido, pues le había bautizado, inscribiéndole en el libro, pero no se ocuparon muchos de él, ni la comunidadcristiana. En los días de frío me viene a la mente aquel muchacho das Neves, víctima de pobreza suma, económica, social y humana.    En el caso de Antonio su humanidad en la tierra quedó truncada, creció sin saberlo, sin saberse, sin ser amado ni amar en sentido verbal, hasta la muerte. Hacerse persona implica educación y comunicación de amor y palabra,  y este niño no la recibió, pues no había siso pro-creado en un vientre social de acogida, cuidado amor y palabra[1].

                                               Antonio, un problema universal. El Cardenal Víctor Fernández (1961-), Prefecto de la Congregación de la fe, publicó hace unos años un libro titulado Pasión mística (Dabar, México DF 1998), que, pasado un tiempo (2023/2024), siendo Cardenal discutido de una iglesia de discusiones suscitó un fuerte debate  sobre erotismo/amor, mística y religión. Mons V. Fernández ponía de relieve la prioridad cristiana de la educación en amor, sobre la biología del sexo, insistiendo en la palabra como esencia radical (alma) de las personas.

                 Varones y mujeres nacemos en (de) la palabra y amor de otras personas, de escuchar y responder a otros humanos, viviendo así en ellos y con ellos Unos dicen que somos máquinas pensantes, otros que animales de dinero, que para trabajar, producir y consumir. Pero a lo largo de este libro iré mostrando que el ser humano es “viviente de palabra en amor”, animal que puede querer en el doble sentido de la palabra: Querer-de-amor (compartir la vida) y querer-de-voluntad (comprometerse a cumplir su proyecto de amor).

               El siglo pasado, Otto Rank, colega y colaborador de Sigmund Freud, escribió Trauma de Nacimiento (1924) poniendo de relieve el principio y camino de la vida humana. Antes de nacer (de salir a la luz). el no-nato vive inconsciente en el seno materno, que los hebreos antiguos comparaban con Dios, como he destacado en Lectura Cristiana de los salmos (VD, Estella 2023). Pero en un momento dado, ese viviente  biológico, debe renacer en un útero social de amor-palabra, en comunión vital con otras personas (con Dios). pues de lo contrario es inviable.,

           En sentido humano, la persona nace cuando es acogido en “bautismo” social, en un espacio (ruah-pneuma) de cuidado, palabra y amor, despertando a la vida personal a través del cuidado, amor y palabra de otras personas. En ese amor/cuidado extrauterino nacen y crecen como persona varones y mujeres, “capaces de ser amados/amadasa”, de escuchar y responder a la palabra, de ser cuidado y cuidar a otros. Encerrado en sí, sin que le acojan, enseñen e impulsen, el neo-nato muere,  como Antonio das Neves, que falleció poco después en un manicomio de otros.

                El amor  de comunicación verbal y afectiva forma parte del surgimiento, identidad, y despliegue de cada ser humano. En esa línea, más que la dualidad biológica (sexo físico) importa la comunión de unas personas con otras, pues las identidades personales no están cerradas en un tipo de substancia individual distinta de varones y mujeres, sino que varían, reflejando la complejidad de la generación humana, en relación de unos con otros, y especialmente con Cristo, en quien todos los creyentes vivimos, nos movemos somos (Hcch 17, 28). 

          Así nos enseñaba por entonces, hacia el año 1958/1960,  el profesor J. M. Delgado[2], teólogo de la co-relación, afirmando que cada uno nos salvamos y llegamos a la plenitud de nuestro ser en relación de vida/amor con otros seres humanos, en contra de una escolástica   barroca, en la que cada uno era al fin una sustancia solitaria ante Dios y para Dios). El hombre no es substancia, sino relación inter-personal, interioridad compartida, en y con aquellos que forman parte de su  despliegue humano como seres de Palabra, existiendo en amor, unos en otros, como sabe Jn 1, 12-14.

           Desde ese contrapunto de Antonio, niño-cabra, sin desarrollo humano, de un pueblo llamado As Neves (=Las Nieves), sobre el río Miño, frente a Portugal, quiero poner de relieve el despliegue del ser humano como amor/pañabra de Dios, conforme a la experiencia originaria de la Biblia. Conforme a esa visión, el hombre (varón y mujer) nace, madura y culmina como Hijo de Dios por la palabra. Nace en sentí biológico del “deseo” de la carne y del poder de la sangre, de lafecundación de genes masculino y femenino (espermatozoo/ovulo), pero en sentido estricto, más “alto” nace de la Palabra/amor de Dios. que le llama y alienta, introduciéndole así en el despliegue de su vida divina, como he puesto de relieve en Dios es Palabra (Sal-Terrae, Santander 2003), como ratifica el evangelio de Juan:

En un plano vital nacemos de un “vientre fecundado” de mujer. Pero, en un plano más hondo nacemos del amor de aquellos que nos acogen, nos hablan, educan y acompañan, viviendo, moviéndonos y existiendo de esa forma unos en otros (en la Palabra/Amor) del mismo Dios que se revela en forma de amor humano. Esta ha sido una visión tradicional en la Iglesia como nos decía Delgado Varela: No somos personas  por generación biológica, sino por comunicación de espíritu y palabra, es decir, por recreación social divina:  

                 Yahvé es Dios/palabra, comunión afectiva, Dios que no puede cerrarse en ninguna realidad del mundo físico (cielo, tierra, infierno), siendo fuente de amor,  pues habla en el corazón a los hombres, a quienes concede autoridad (su autoridad de palabra-amor) sobre los restantes seres que no hablan ni aman en sentido personal. La presencia de Dios en los seres humanos es Palabra, que él transmite y concede a todos los pueblos (no sólo a ellos, los israelitas)  como sabe y proclama la Biblia. Otros pueblos pueden sentirse vinculados vincularse con águilas y toros, animales y poderes imperiales. Pero los israelitas han recibido y conservan la herencia más grande de Dios, que es la Palabra. 

‒ Yahvé es amor y palabra personal (como los seres humanos). De esa forma todos los límites cósmicos, todo poder impositivo, representado por el Faraón y el sistema de Egipto (¡horno de hierro!). No se impone con poder, sobre los seres humanos, sino  abre en ellos y con ellos, en amor un camino de libertad dialogada, pactada, amorosa

‒ Yahvé es intimidad dialogal, el más cercano, el más íntimo, el que ofrece a los hombres su “palabra” (mandamientos), de forma que ellos puedan vivir en libertad y justicia sobre el mundo, organizando y dirigiendo así todo lo que existe. Él se revela por encima de los poderes del cosmos (nube, oscuridad y fuego; cf. Ex 19),   pero estando  totalmente cerca  (dentro) de nosotros, como palabra  de amor-vida.

       El amor fundamental de la teología de Israel se expresa, a mi juicio, en tres pasajes fundamentales de la historia y teología del Antiguo Testamento. (a) En Éx 3, 14 con la revelación del nombre/Yahvé, el Monte Sinaí. (b) En la proclamación del shema (Dt 6, 5-7), como signo de identidad de Israel que se centra en el amor a Dios. (c) En el mandamiento del amor al prójimo como a uno mismo de Lev 19, 18, como norma final de leyes del Levítico (seguirá)


[1] El tema es complejo, es arriesgado disociar naturaleza biológica y cultura, pues el ser humano se ha venido a conformar en un proceso histórico, de forma que la misma distinción de varón y mujer (como género) depende no sólo de la biología, sino de la cultura social, de tal forma que muchos afirman que varones y mujeres del futuro serán lo que quieran, lo que ellos y decidan a través de una educación diferenciada en cada caso.

[2] J. M. Delgado Varela (1917-2016). Entre el 1950 y 1965, realizó una inmensa labor teológica, reelaborando el método y principios filosóficos de A. Amor Ruibal (1869-1930), pero después abandonó la teología académica y se trasladó a Guatemala, donde ha sido animador de movimientos de tipo pentecostal e inserción social. Entre sus trabajos académicos: La doctrina trinitaria en Amor Ruibal, Rev. Española de Teología 16 (1956) 437-474;  Evolución Dogmática I-III: Estudios 13 (1957) 505-571; 14 (1958). 103-161; 16 (1960) 253-289; La eucaristía, misterio de vida (Madrid 1955); La gracia divina en el correlativismo (Madrid 1961).

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