Hazte socio/a
Última hora:
Oficial: primera gira Latinoamericana de León XIV

Populorum con-versio. Comunión (con-versión) de amor entre los pueblos (1976-2026)

Populorum con-versio significa con-versación entre pueblos, diálogo de unos con otros, en libertad y ayuda mutua, en respeto, buscando cada uno el bien de los otros más que el suyo propio, como formula Pablo en la primera parte de su himno (Flp 2, 1-5), como habían buscado siempre las tribus antiguas, con matrimonios cruzados, con mercados de intercambio de bienes.

Para la Biblia los pueblos así entendidos como espacios y caminos abiertos de comunicación humana, social, comercial… son sagrados, un don de Dios. Por el contrario, los pueblos que se convierten en imperios que dominan sobre otros (desde Babel, hasta Roma son satánicos. En esa línea, los “estados modernos”, en principio, como estructuras de poder, son imperios satánicos no pueblos… Por eso, Jesús pide a sus discípulos que llevan su buena nueva a los pueblos… Los Estados como “imperios” (donde se impera y se dicta, no se ama) no se pueden convertir al evangelio

         Esta es la primera lección de teología y evangelio que me enseñaron mis amigos teólogos ortodoxos cuando estuve con ellos preparando mi libro sobre los Orígenes de Jesús.

Medio siglo de reflexión.

Muchas cosas han pasado en estos cincuenta años, desde la primera edición de Orígenes de Jesús (1976) a la nueva que estoy preparando con un nuevo títulos: Hijo de Dios, nacido de Mujer. Orígenes de Jesús. Entre las cosas que han pasado en la iglesia católica, tuvimos el papado de Francisco (2013-2025) que empezó pidiendo que la Iglesia fuera diálogo  todos (como  como había pedido el Vaticano II: 1962-1965): Que salga de sí misma, que se deje invadir y penetrar en amor, abriendo caminos de vida, es decir, que primeree, que abandone su lugar asegurado, que se involucre en la vida de los hombres, que les busque y acompañe, en un gesto de compromiso a favor de todos.   

         En este momento (2026) nos hallamos en una encrucijada de crisis, no sólo de la Iglesia (llamada a salir de sí misma, según el evangelio), sino de la humanidad, que empieza a correr el riesgo de destruirse a sí misma, no sólo por influjo de un capitalismo in-humano, que todo lo convierte en pura mercancía, sino también por la expansión y dominio de una IA (Inteligencia artificial de ley, no de corazón) que puede dominar sobre el mundo entero (Cf Papa León XVI, Magnifica Humanidad,  2026), por la opresión de muchos pobres-menores y por el cansancio de muchos ricos-mayores, que pueden negarse a transmitir la vida. En este contexto, la tarea de la Iglesia no consiste simplemente en ofrecer ayuda a los hombres y mujeres, sino en ser germen y levadura de humanidad gozosa, en comunión de amor.

1. Del éxtasis de Dios a la salida de la Iglesia

         Estos acontecimientos me invitan a reflexionar sobre el don y tarea del evangelio, y en especial de la Iglesia, en este tiempo de gracia y gran riesgo, en medio de una crisis global, que amenaza con destruirnos, no sólo en el nivel político-económico, sino también religioso, en un barco de vida humana que podemos hundir (hundirnos y morir todo), mientras seguimos luchando unos contra otros, borrachos de muerte, inconscientes del riesgo en que estamos

La situación de este comienzo alargado del Tercer Milenio resulta por un lado duramente tenebrosa, pues nos hallamos bajo la amenaza de una economía financiera que hace y deshace, destruyendo instituciones, pueblos y naciones, poniendo en riesgo la misma vida millones y millones de “transeúntes de la muerte”, de emigrantes del hambre que llaman a las puertas del pan y les responden (respondemos) diciendo que no hay pan para todos, ni lugar en la mesa para ellos.

1. Un éxtasis eclesial.

No podemos retroceder a los planteamientos anteriores al Vaticano II, con una Iglesia que se consideraba suficiente en sí misma (sociedad perfecta), con respuestas sabidas de antemano, y con una estructura que se suponía asegurada por derecho divino. Han cambiado los tiempos, y debe cambiar la Iglesia, desde la raíz del Evangelio, y tenemos que hacerlo nosotros, que hemos recibido la tarea de recrear la fe. Para ello debemos confiar básicamente en el poder de Dios, y en la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, retomando la misión de su Iglesia, que nació tras (con) la Pascua, para mantener su mensaje y promover el testimonio de su vida, en este duro mundo, sin buscar seguridades en un más allá, pero esperando con gran fuerza la plenitud del Reino.

En este momento, sólo podemos realizar nuestra “misión” cristiana y ser testigos del Dios de Jesús si salimos finalmente de la fortaleza sitiada de una Iglesia que se había mantenido a la defensiva, como entidad social y espiritual en la que todo estaba ya resuelto. Tenemos que salir, como Jesús, para dialogar y aprender, pero sobre todo ofrecer un testimonio y camino de evangelio fuera de los muros anteriores.  

Parece que habíamos sido educados (preparados) para realizar unas tareas, con respuestas ya sabidas… Pero a lo largo de la marcha hemos descubierto que Dios nos pide algo distinto, en un mundo diferente. Nuestro modelo en este momento de cambio vuelvea ser Jesús, que empezó a proclamar el juicio de Dios con Juan Bautista, desde las coordenadas de un judaísmo que tendía a cerrarse en sí mismo, pero que tuvo que salir fuera de los muros de seguridad de su pueblo, dejando el río Jordán y subiendo a Galilea y después a Jerusalén, en circunstancias peligrosas, precisamente por fidelidad a Dios y a su Reino.  

‒ Dios bíblico, un éxtasis social y eclesial. La experiencia del Jesús kenótico. El Dios de Jesús no es el ente supremo, una esfera, la realidad absolutamente perfecta que reposa en su conocimiento-amor, como ha pensado un tipo de ontología filosófica de tipo helenista, y una visión trinitaria también de tipo ontológico. Al contrario, el Dios bíblico-cristiano es el éxtasis  del himno de  Flp 2, 1-11, Dios que sale de sí, que se expresa, se despliega, se revela dándolo todo, es decir, dándose hasta la muerte por los hombres

 Vida Cristiana, amor extático. En esa línea habían explorado y desarrollado el evangelio los grandes  místicos ortodoxos del siglo IX-XI, los “espirituales” del siglo XII-XII (entre ellos Ricardo de S. Víctor y Francisco de Asís), diciendo que el evangelio no se funda en un tipo de “amor físico”, propio de la naturaleza que se busca a sí misma y se complace en su propia perfección, sino que se funda y despliega al salir sí mismo, en gesto de amor extático, el amor “loco” cuya grandeza consiste en darse y perderse en el amado. Pero la línea del amor “físico”, de la naturaleza que se busca a sí misma para reposar en lo que es y en lo que tiene, dominando a los demás y conquistando el mundo entero por la fuerza, triunfó y se impuso en las iglesias y naciones (imperios) de occidente que dominaron sobre el mundo entero desde el siglo XV-XVI hastala actualidad

‒ Un comunidad en Cruz (de brazos abiertos), no una “esfera” que se cierra en sí misma.  Los rasgos anteriores del amor extático han tenido cierto influjo en la teología trinitaria y cristología de multitud de cristianos, ortodoxos, católicos y evangélicos. Pero su experiencia y teología   no se han aplicado de un modo consecuente a la experiencia y tarea de las iglesias que, en vez de salir de sí en amor a los otros, han seguido centrándose en sí mismas, de un modo egoísta, para dominar a los demás con su técnica más  poderosa, con sus ejércitos conquistadores, con capital impositivo.

2. Para refundar la comunión cristiana

 Ésta es a mi juicio, la experiencia y tarea que está al fondo del Concilio Vaticano II, con muchos documentos posteriores de los Papas (de Pablo VI a León XIV), con documentos de otras iglesias y estudios de muchos teólogos y testigos cristianos de todas las confesiones, pero….  

‒ Ha llegado el momento del Cristo extático (kenótico),  no para que le veneremos simplemente como Señor, sino para reafirmar su impulso misionero desde “Galilea” (es decir, desde el margen del judaísmo establecido), como saben y proclaman los evangelios (cf. Mt 28, 16-20). Desde el mismo centro de la tradición judía (tema del Éxodo y de la profecía mesiánica), Jesús abandonó los caminos asegurados de la buena Ley que santificaba un tipo de vida bien asegurada, para situarse “fuera”, en los lugares donde padecían los cojos-mancos-ciegos, los expulsados e impuros, para iniciar para y con ellos un camino de evangelio. Como salió Jesús, así debemos salir nosotros, portadores de su mensaje, no para crear una nueva Iglesia cerrada en sí misma, sino para promover un movimiento de comunión (Pablo VI) y de transformación humana, con el gozo del evangelio (Papa Francisco).

‒ Retomamos de esa forma la misión de Pablo. En este tiempo de gran crisis, con una Iglesia llamada a refundarse desde su principio, debemos recuperar el motivo fundamental del mensaje de San Pablo, que ha ido comprendiendo, sorprendido, emocionado, la nueva y más honda “estrategia” creadora de Dios, que no se revela a través de un Hijo de David triunfante, según la carne, sino por medio del Señor Crucificado (Rom 1, 2-3). Por eso, Pablo sale de la Iglesia-Sinagoga de un tipo de judeo-cristianismo que quería seguir centrado en Jerusalén (¡con sus valores legales y sagrados!), para plantar su “tienda” en el espacio público de la cultura helenista, en los suburbios y villas miseria del imperio romano, para dialogar con un mundo que parecía condenado (pecador). Este Pablo pide a los cristianos que abandonen un tipo de “ley” que parecía absolutamente inmutable, para ponerse al servicio de la revelación del Dios que ama a los gentiles, que quiere ser de ellos, de todos los hombres, para que así vivan en plenitud.

De esta “salida” de Pablo, que anuncia y promueve el mensaje del Cristo Crucificado en un mundo radicalmente distinto, no para cerrarse en grupos de iniciados, sino para exponer y expandir el éxtasis de Dios en la plaza pública, sigue viviendo la Iglesia. Ciertamente, Pablo no fue el único misionero de la Iglesia antigua; estaban antes que él y con él las mujeres de la pascua, con Pedro y Santiago, con los zebedeos y con otros seguidores de Jesús que fueron capaces de recrear la fe de sus antepasados (cf. Heb 11), en medio de una situación adversa, haciendo que el judaísmo saliera de las instituciones y seguridades de la Ley, para abrirse al mundo entero. Pero su “salida” fue quizá la más significativa, y a ella tenemos que volver, para recrear el evangelio, pues solamente aquello que cambia permanece. En ese fondo se sitúan las reflexiones que siguen.

 2. Entre los nuevos gentiles, una tarea de vida

Modernidad es el proceso de maduración cultural y social que ha definido al hombre de occidente en estos últimos siglos (XVIII-XX), capacitándole para salir de una naturaleza “sagrada” y crear un tipo de sociedad racionalizada, con grandes valores pero también con muchos riesgos (quizá más peligrosos que los mismos valores). Hasta ahora se podía pensar que la cultura formaba sólo una pequeña capa adicional y secundaria sobre un suelo firme de naturaleza, en la que estaban asentadas, por otra parte, las grandes religiones. Sólo la naturaleza ofrecía una seguridad permanente, mostraba una base de esencia duradera, conocida por la razón humana. Pero hoy no estamos tan seguros del sentido de la naturaleza (a pesar de la necesidad de un mayor compromiso ecológico), y parece que hemos caído en manos del potencial transformador (y amenazante) de un tipo de cultura que nosotros mismos construimos.

1. Mira. Hoy pongo ante ti la vida y la muerte (Dt 30). Desde fondo anterior cambia la experiencia de Dios, nuestra forma de asumir la vida personal y social, entendida de modo creciente como creación humana, algo que se encuentra en nuestras manos, de manera que nosotros mismos la vamos modelando, con el riesgo que ello implica. Así nos descubrimos responsables de aquello que somos y hacemos; podemos vivir o matarnos (morir), como sabe el Deuteronomio:

Mira, hoy pongo ante ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Si obedeces los mandatos del Señor… vivirás y crecerás. Pero si tu corazón se aparta y no obedeces, si dejas arrastrar y te prosternas dando culto a los dioses extranjeros, yo te anuncio hoy que morirás sin remedio… Hoy cito contra vosotros al cielo y a la tierra: Pongo ante ti bendición y maldición, elige la vida y vivirás… (cf. Dt 30, 15-20).

Ésta es quizá la palabra más significativa de la Biblia (Antiguo Testamento), el signo de una reflexión profunda de Israel sobre su historia. Dios aparece en ella como principio de la Vida, pero, al mismo tiempo, se revela como fuente de libertad para los hombres, a quienes abre un camino de autonomía personal y social, dejando que ellos mismos se definan, pudiendo así optar por la vida o por la muerte, en medio de un gran riesgo. Ésta es la tarea, ése el misterio: Los hombres y mujeres no estamos ya hechos (terminados) para reposar en lo que somos, pues sólo podemos “ser” (vivir) si es que optamos por la vida, que es el bien, en un gesto de fidelidad al Dios que nos impulsa y nos ofrece libertad. 

Éstas nos han parecido a veces palabras de exageración retórica. Hoy descubrimos su verdad más honda, pues ellas expresan la riqueza y el riesgo de nuestra libertad. Creer en Dios significa optar por la vida, superando así el riesgo mayor de nuestro tiempo, que sería un tipo de suicidio colectivo, que consistiría en negarse a vivir, destruyendo a los demás y destruyéndonos a nosotros mismo. En esa línea, lo contrario a Dios no es ya el puro ateísmo, sino la “adoración de los dioses extranjeros”, centrados básicamente en un tipo de “capital divinizado” (mamón: Mt 6, 24) que llevan a la muerte.

2. Se ha cumplido el tiempo. Convertíos (Mc 1, 14-15). Eso significa que no estamos ante una sencilla mutación de superficie, sino ante una revolución integral, definida por un tipo de cultura (de creatividad humana) que se vuelve dominante, imponiéndose sobre la naturaleza, pero no para abrirse al Dios de la Vida, sino para caer en manos de los dioses de la muerte (con su potencial destructor). En principio, el proceso de la historia ha sido positivo: El hombre ha conquistado el mundo, se ha multiplicado, ha pervivido… Pero ahora ese proceso puede invertirse y llevarnos a la muerte, pues corremos el riesgo no sólo de perder un tipo de fe religioso, sino de perder (es decir, de destruir) nuestra misma vida. Éste es un momento clave de la revolución de la modernidad. Este es el reto ante el que viene a situarse, quiera o no, la Iglesia. 

 En ese contexto de libertad y de riesgo anunció Jesús el evangelio, pidiendo a los hombres y mujeres que cambiaran, que se convirtieran, que optaran por la Vida de Dios, que es el reino, desde los pobres y expulsados del mundo. Así ha recogido Mc 1, 14-15 su primera palabra: Se ha cumplido el tiempo, llega el Reino, convertíos y creed en el Evangelio… Éste es un tiempo de cambio radical para la iglesia, es decir, para los que escuchan y siguen a Jesús. No se trata de un cambio superficial, pequeñas cosas, ni de una pura celebración litúrgica intimista de la Cuaresma o Semana Santa, sino de una transformación total del sentido de la vida, pues de lo contrario, corremos el riesgo matarnos todos.

En ese fondo propuso y desarrolló San Pablo su misión a los gentiles, en medio de un mundo que podía destruirse a sí mismo, cayendo enmanos de sus ídolos de muerte (cf. Rom 1, 18-32), no para quedar en lo que había, sino para salir y abrir un camino de vida que responde al dios de Jesucristo. En esa línea se sitúa actualmente la tarea de la Iglesia, llamada a dialogar con todos los hombres (Pablo VI), pero también a ofrecer un impulso de evangelio, una buena nueva del gozo de Dios fuera de los muros de la misma Iglesia (Papa Francisco).

En esa línea, debemos afirmar que una Iglesia que sólo es Iglesia (es decir, ella misma, cerrada en sus muros) no es Iglesia, no puede llamarse comunidad mesiánica del Dios de Jesús, que es “éxtasis”, salida de sí mismo. El centro de la Iglesia no está en su interior (dentro de su circunferencia), sino fuera, en los pobres, en los angustiados y perdidos, en aquellos que se encuentran aplastados por el poder de Mamón (Dios del mundo) y por su propia angustia ante la vida.

Ésta es la misión, ésta la tarea de la Iglesia que parece haber vivido por siglos ocupada de sí misma, empeñada en una misión que no era AMDG (¡Ad Maiorem Dei Gloriam, a mayor gloria del Dios de Jesús!), sino AMEG (¡Ad Maiorem Ecclesiae  Gloriam!), a mayor gloria de la misma Iglesia, pero no como experiencia de comunidad universal, sino de institución clerical. Pues bien, ahora descubrimos que la gloria del Dios de Jesús, amigo de enfermos y excluidos, no es una iglesia cerrada en sí misma, sino la vida de los hombres, y en especial de los excluidos y pobres, como sabe San Ireneo, uno de los primeros Padres de la iglesia (cf.  Adv. Haer. IV, 20, 1-7).

Éste es el cambio ante el que debemos situarnos. No se trata de añadir un pequeño barniz sobre un mundo bien centrado en sí mismo, sino de mostrar el gran riesgo ante el que estamos todos (la humanidad en su conjunto), para oponernos a ese riesgo y proclamar un mensaje   de supervivencia, sino de trazar un camino real de superación de la muerte, en un mundo que “ha perdido al padre” y que tiene que empezar a ser adulto, responsable de sí misma. Hemos perdido a un “padre” que nos arregla las cosas desde fuer; tenemos que descubrir al Padre que nos capacita para ser nosotros mismos, para asumir así como Iglesia el camino de su vida.

2. En un mundo sin padre (reconocido). Negarse a ar vida

Un rasgo clave de esta cultura de los “gentiles” modernos es lo que algunos han llamado la muerte del padre, es decir, la caída o eclipse de una ley externa,de tipo personal, familiar, social, cultural y religioso, con un Dios que domina nuestra vida desde fuera. Antes éramos “hijos de”; así nos definíamos por nuestro mismo apellido, que aún se conserva en las lenguas semitas (ben, bar, ibn…). Eso significa que nacíamos de una “norma previa”, simbolizada en los padres conocidos, que se expresaba en las leyes de la sociedad, en la misma naturaleza, que dictaba y fijaba lo que somos. Ese Dios “padre/madre” que marcaba nuestra vida desde fuera ha muerto, le hemos matado, y así nos encontramos de pronto en manos de nuestra libertad.

1. Un Padre exterior ha muerto. Esa norma superior de Dios se expresaba no sólo en la familia y el orden social, sino en el ciclo de los astros, en la estabilidad cósmica y en el mismo proceso de la vida, que se entendía como palabra instituyente de lo divino. En esa línea, como representante del Padre-Dios, la misma jerarquía de la Iglesia marcaba y definía desde fuera lo que debíamos hacer. Por eso, el hombre era ante todo un ser que escucha y obedece (ob-audire) al “buen padre”, un ser a quien le trazan de antemano la estructura y dirección de su existencia. Lógicamente, los cristianos se hallaban ligados a la “tradición” de la iglesia, que definía ante (y por encima de) ellos lo que era bueno y malo, en una línea básica de fidelidad al orden dado. Dependíamos no sólo de un Dios, sino también de una Iglesia para ser lo que somos.

‒ En principio, esa obediencia al padre (y en representación del Padre a la Iglesia) es positiva, es necesaria, pues el hombre no nace de sí mismo, sino de otros que le “regalan” (le conceden), la existencia, situándole en el mundo, y enseñándole a vivir, porque piensan que eso es bueno, conforme a un orden que debe mantenerse según tradición asegurada de siglos. Así se decía (y se puede decir) que nacemos a la vida humana adulta en el seno de una Iglesia, con una ley que marcaba lo que somos. Pero corríamos el riesgo de vivir en manos de un “padre mítico” que nos resolvía las cosas desde fuera.

Peo hemos perdido (=hemos matado), se nos ha muerto “padre exterior”, que era la Ley, que era un tipo Estado, una Iglesia que marcaba desde fuera el ritmo de nuestra vida. Pero ahora, muchos hombres y mujeres nos hallamos solos y perdidos, en el “desierto” de nuestra libertad: Sin que los padres nos digan para qué (y por qué), sin un Dios ni una Iglesia que ratifique la razón de nuestra existencia, sin reglas a las que obedecer. Aquí surge el problema: Al perder un tipo de padre o madre, al carecer de raíz (¡no nos sentimos ya arraigados en el mundo de la vida!) podemos sentir que no merece la pena seguir existiendo, ni transmitir a otros la llama de nuestra realidad.

Éste es el momento de encontrar al Padre verdadero, de un modo distinto, de dejar que el Padre Dios de Cristo nos encuentes… Al Padre que nos hace libres, que vive y actúa en nosotros sus hijos, pues nos ha dado la responsabilidad de ser. Éste es un Padre que ya no está fuera, sino en nosotros, como el Padre de Jesús que le da su esencia (toda su ousia, dice la doctrina trinitaria), de manera que es él quien han de asumir su camino y actuar, como responsable del Reino.

2. Llevamos al Padre dentro, somos de su “esencia”. En esa línea, al menos en el mundo occidental, el mayor problema de los hombres y mujeres no es ya si existe Dios, sino si ellos aceptan y transmiten la vida, porque muchos se limitan a soportar su destino y renuncian a transmitir la vida (a ser padres), porque piensan que no merece la pena engendrar e introducir a otros en un “infierno” como éste, pues “el mayor delito del hombre es haber nacido” (Calderón de la Barca, Soliloquio de La vida es Sueño). Negarse a vivir y engendrar (negarse a ser padres) empieza a ser la cuestión radical de un tipo de hombres y mujeres que quieren aprovechar su libertad, para ganar y disfrutar de muchos bienes (de dinero), pues eso es lo único que a sus ojos tiene valor.

Antes había problemas graves, pero en una sociedad tradicional se pensaba casi instintivamente queera bueno transmitir la vida, porque se creía que en el fondo de ella (de la vida que somos y de lo que damos a los hijos) había un impulso divino. Hoy es distinto, muchos han perdido la fe en la vida, y el deseo de transmitirla, y existen medios para cultivar el sexo evitando la procreación, de manera que podemos negarnos a seguir viviendo como especia humana, a no ser que queramos, que lo queramos, haciendo positivamente que otros vivan, porque es hermoso transmitir y compartir la vida.

En un sentido es bueno que exista esa libertad, que no estemos obligados a transmitir la vida por ley o destino, porque un “padre exterior” nos ha impuesto su tarea desde arriba. En ese contexto, un tipo de revolución cultural de la modernidad nos ha permitido re-descubrir algo que hasta entonces se encontraba marginado en el trasfondo de la revelación cristiana: Cristo nos ha liberado de la ley, no estamos sometidos al destino impositivo de este cosmos, ni a vivir sin más. No estamos obligados a vivir y a procrear, sino que podemos negarnos a ellos, y si lo hacemos es porque queremos, es decir, por gracia y libertad.

El Padre nos ha dado la vida para que nosotros mismos seamos, es decir, para que asumamos nuestra responsabilidad, si queremos vivir. En ese contexto surge el mayor riesgo (la posibilidad de dejarnos morir); pero puede darse y se da también la mayor bendición, allí donde los hombres y mujeres quieren vivir y transmitir la vida, porque se quieren, y porque desean expandir su amor, a fin de que otros nazcan y vivan en responsabilidad y gozo, como signo de Dios, que así aparece como principio libre de la Vida.

Pero eso requiere una nueva conciencia, una recuperación distinta del Padre/Madre, es decir, de Dios. Como he señalado ya, partiendo de la encarnación y de experiencia del evangelio, llevamos al Padre dentro (somos de la ousía de Dios, en y con Jesús), en estos “vasos de barro” (cf. 2 Cor 4, 7). De esa manera, a través de la iglesia, debemos recuperar nuestra conciencia de unión radical con Dios. Somos representantes suyos, creados a su imagen y semejanza (cf. Gen 1, 27). Él nos ha confiado su tarea, en manos suyas vivimos y somos (Hch 17, 28). No podemos pedirle que nos ayude desde fuera, le llevamos por dentro, de tal forma que él vive en nuestra vida, se encarna y actúa en nuestra carne.

3. Dios Padre, frente al padre opresor (Mamón)

         Ésta es la primera tarea de la Iglesia: Salir de sí, para que los hombres descubran a Dios como Padre generoso que engendra la vida y la mantiene porque quiere, es decir, porque nos quiere, sin obligarnos a ello. Éste es el mensaje central de Jesús, el descubrimiento del Dios-Padre verdadero (amor que cura, principio de esperanza) frente a un tipo de ley que actúa como padre falso, y que destruye y esclaviza a los hombres.

Éste es el punto de partida de la experiencia radical de Pablo, tal como la expone en sus dos cartas “doctrinales” (Gálatas y Romanos), en las que nos dice que allí donde se supera un tipo de ley se encuentra y se revela el Padre. Pues bien, de manera sorprendente, la nueva cultura nos puede ayudar a redescubrir esta experiencia (somos libres para vivir o negarnos a la vida), reconociendo, al mismo tiempo, que eso que hemos llamado llamada “muerte del padre”, no era muerte de Dios, sino de un ídolo:

Parece que vivimos en un mundo sin padre (reconocido), bajo Mamón el padrastro. Se dice que la crisis de nuestro tiempo proviene de nuestra carencia de “padre”: Hemos perdido la ley, vivimos perdidos, sin “norte”. Pues bien, como sabía la gnosis antigua (siglo II-III d.C.), interpretando el evangelio de san Juan, no hemos quedado simplemente sin padre, sino que estamos bajo un padrastro destructor, que nos esclaviza (cf. Jn 8, 44: Sois hijos del Diablo). Ese padrastro-diablo, bajo el que queda la humanidad sin Dios es actualmente Mamón, un tipo de capital absolutizado, como proclamó Jesús (Mt 6, 24 par); eso significa que no estamos en un mundo “ateo”, sino en un mundo que ha idolatrado al dinero, quedando bajo su dominio.

Desde ese fondo ha de entender la tarea de la iglesia, que ha de salir de sí, para impulsar la vida, no por obligación, sino por amor al Dios de la vida, que es Padre, en contra del Diablo que es Mamón. Lógicamente, para cumplir esa tarea, la Iglesia tiene que “salir” de su recinto asegurado, romper todo pacto con Satán-Mamón, para ponerse y poner a los creyentes al servicio del regalo originario de la vida. En esa línea, la Iglesia tiene que poner a los hombres y mujeres ante el comienzo de la creación, en el lugar en el que Dios vence a la tiniebla y el engaño (centrado actualmente en Mamón) para encender así el deseo y gozo de vida, no por obligación o pura ley, sino por gracia.

         Ésta es la tarea clave de la Iglesia, que se pone (=nos pone)  al servicio de la creación de Dios, no de sí misma, sino de la humanidad que es presencia,hijo de Dios con Cristo. El fin y meta de la iglesia no es ella sí misma, sino en que los hombres y mujeres vivan, y puedan transmitir la vida, en libertad, porque se quieren y lo quieren. Esta finalidad de la iglesia no consiste en convencer a los hombres y mujeres a que tengan muchos hijos (¡todos los que Dios les conceda, como antes se decía!), sino los que ellos mismos quieran, de un modo responsable, libremente. El problema no es la superpoblación del mundo, de la que se habla en algunos contextos, ni es tampoco la falta de niños, de la que se habla en otros. El problema está vinculado a la libertad de los hombres y mujeres, que se descubren así portadores de la vida de Dios en el mundo, creadores de vida universal en comunión de amor.

3. El hombre es lo que importa, retomar la creación

1. Tarea de Dios, la vida humana

En la línea anterior se sitúa, por tanto, la tarea de la Iglesia, que consiste en reconocer el sentido positivo de la vida, entendida como gracia de Dios y amor mutuo; asumir y valorar la libertad, dialogando con todos (Pablo VI), para ofrecerles gratuitamente (sin imposición, sin intereses egoístas) un testimonio de gozo ante la vida (Francisco: Evangelii Gaudium, el gozo del evangelio, es decir, de la vida humana). Aquí reside el problema, aquí viene a expresarse la mayor tarea de la Iglesia, que consiste en ayudar a los hombres a descubrir, valorar y potenciar el tesoro de su propia vida, como hijos de Dios, es decir, como “capital divino”, en contra de Mamón, que es el “capital diabólico”.

La primera misión de la Iglesia consiste en valorar la creación, el ser humano. ¿Para qué? Para que los hombres y mujeres sean lo que son, es decir, personas, con valor infinito, como rostro y presencia activa de Dios Padre. en comunión de amor que supera la muerte, que es por sí misma resurrección. Se trata pues de “crecer, multiplicarnos y dominar la tierra" (Gen 1, 22), pero no de cualquier forma, sino como mediadores (califas), representantes de Dios en la creación, en la línea de Jesús, abriendo un camino que lleva a la Nueva Jerusalén. Ésta no es una tarea de humanismo puramente horizontal, racionalista, sino el descubrimiento y despliegue del “humanismo de Dios”, que ha salido de sí, que se ha encarnado, para que la vida de los hombres sea su Reino, es decir, el lugar de su presencia.

Conversión. Este cambio constituye el centro la Palabra de Jesús, al comienzo de su mensaje, cuando dice a los hombre y mujeres “convertíos porque llega el Reino de Dios” (Mc 1, 14-15). Al decir esa palabra, Jesús nos sitúa sobre el suelo firme de la creación, ante un camino de gracia y de vida, una tarea que es un don de Dios siendo al mismo tiempo (¡y por lo tanto!) una exigencia humana: La tarea de transformarnos, de ser nosotros mismos, de vivir en autonomía y madurez. Dios nos convierte, pues “llega su Reino” y con su ayuda, a partir de su presencia en nosotros podemos convertirnos. Pues bien, esas palabras del comienzo del evangelio (¡convertíos…!) apenas han sido escuchadas con atención por los cristianos, a no ser en sentido moralista: Se trataba de convertirse para ser buenas personas, conforme a la ley.

Alianza. Pues bien, el sentido más profundo de esa palabra no es convertirse para ser “buenas”, sino para algo anterior: Para vivir en alianza de amor. Sin conversión radical, hombres y mujeres podemos matarnos, como sabía y decía el texto básico de Dt 30, 15-20 con el que he comenzado este trabajo. La Iglesia ha recibido la revelación de Dios para ponerse al servicio de la vida, para ser ella misma levadura de vida sobre el mundo, en unos tiempos como éstos, en los que está en juego la misma vida humana sobre el mundo. La Iglesia ha recibido la revelación para ser “vida de Dios”, en alianza radical con él. Ser vida de Dios significa expresar su presencia, en forma de libertad (ser lo que somos) y de palabra abierta en comunicación de amor unos con otros, en resurrección, que es vida compartida.

Creación. Los hombres se encontraban antes dominados bajo el peso de una naturaleza  eterna que parecía superior, con sus normas, su equilibrio ya fijado, sus caminos siempre repetidos. Por eso se decía que la grandeza o plenitud del hombre consistía en mantenerse en armonía con un cosmos, como sociedad sagrada, dirigida en nuestro contexto por la Iglesia. Pero la explosión cultural de estos tres últimos siglos nos ha permitido comprender, por fin, lo que supone la libertad como plenitud de la creación de Dios, pero también como riesgo de matarnos. Así podemos saber, no sólo en sentido intimista (como los grandes místicos, de Gregorio de Nisa y el Maestro Eckhart a Juan de la Cruz), sino en sentido social y eclesial que somos “imagen de Dios”, es decir, Dios mismo hecho vida en la vida de los hombres, Dios hecho por Cristo comunión de amor interhumano.

En este nuevo contexto, las palabras de “convertíos y creed” significan “transformaos y vivid en comunión de gratuidad”, superando el riesgo de la muerte. Estas palabras no implican sólo una liberación interior, sino que son también portadoras y principio de una conversión más alta, como revelación de una autoridad paterna que no esa impositiva, sino liberadora, pues nos capacita para colaborar así con la creación de Dios, liberados por Cristo de una ley externa, siendo nosotros mismos ley de comuión en amora través del surgimiento unas formas de vida social y personal más elevada, superando el riesgo de muerte en que nos sitúa la cultura actual.

Ya lo había prometido la profecía del Antiguo Testamento, situándonos ante un futuro mesiánico de libertad y de concordia, es decir de paz (shalom), de manera que cada uno, hombre o mujer, estaba llamado a mantener su identidad, aceptando la creación de Dios, no como un orden ya dado, sino como un camino que se debe recorrer y recrear de una forma personal. Ésta era su experiencia más profunda: El descubrimiento de la libertad creadora del hombre, no por pura ascesis, ni a través de un intimismo espiritualista, sino por medio de una gran transformación humana.

Así se manifiesta la gloria del Dios de Jesús, que es Padre verdadero, que quiere que seamos, que vivamos en libertad y gozo, en comunión de hermanos. Ésta será la tarea de la iglesia de Jesús, entendida como escuela de humanización y de paz, en la línea del gran mensaje de Is 2, 2-4.

2. Cuerpo del Cristo, maduración humana

He dicho ya que lo contrario al Dios de Jesús es Mamón, un tipo de Capital financiero que se absolutiza de un modo idolátrico, convirtiendo el mundo en un mercado al servicio de su propia gloria, como padrastro que se aprovecha de los hombres, de quienes vive (a quienes chupa su sangre), como parásito monstruoso y destructor. Pues bien, en contra de ese mercado de Mamón, la Iglesia quiere (debe) ser una experiencia de comunión mesiánica, el Cuerpo del Cristo de Dios, que se abre ofreciendo su vida por todos, muriendo por ello en la Cruz.

1. Unos servicios concretos, como “gurús mesiánicos”. Ciertamente, como sabe San Pablo, la Iglesia es un organismo muy especial, el mismo Cristo hecho Cuerpo, comunión de hombres y mujeres donde los más importantes son los más necesitados (cf. 1 Cor 7). No es un “capital” por encima de las personas, ni un “mercado” donde todo se vende al servicio del Capital, sino una Comunión de creyentes, al servicio de la Comunión Universal de los Hijos de Dios, es decir, de toda la humanidad. En esa línea la Iglesia está al servicio de la maduración de sus miembros, pero con un fondo de misión universal: Ella debe salir y sale de sí misma, para ofrecer su palabra y testimonio a todos los pueblos, como Jesús ha supuesto al comenzar por los enfermos y los pobres, como Pablo ha puesto de relieve al iniciar la misión a los gentiles/pecadores, es decir, a los antes expulsados del orden de este mundo. En ese sentido podríamos decir que los cristianos han de ser una especie de “gurús” mesiánicos, capaces de ofrecer un camino de maduración a los hombres y mujeres de su entorno.

Que los hombres descubran al Padre creador que llevan dentro, por encima del Capital destructor. Ésta es la primera tarea de la Iglesia: Ser expresión y testimonio visible de que sólo hay un Dios verdadero, que es el Padre, no el Capital; y que los hombres y mujeres pueden vivir a la luz de ese Dios, independizarse del afán absolutizado por el tener y el dominar. En ese sentido, la “muerte del padre” ha de entenderse y expresarse como “muerte del capital” o, mejor dicho, como “muerte al capital”; dejarlo fuera saber que tenemos otro tesoro superior..

Cada creyente debe liberarse del “padre/padrastro”, representado por el capital que le domina, para descubrirse responsable de sí mismo, capaz de dialogar personalmente con Dios y de madurar como persona, en comunión de vida con otros. La Iglesia ha de entenderse y expresarse así, ofreciendo el testimonio de Dios Padre, vinculado al camino de la verdadera libertad. Así lo ha de poner de relieve cada uno de los creyentes, como portadores de una identidad propia (divina), no al servicio de sí mismos (ni del capital), sino de la “creación” del Padre, como Jesús se puso al servicio de los expulsados y oprimidos de Israel.

‒ Formadores de libertad. ¿Gurús mesiánicos, pero de vida compartida? En ese sentido, la Iglesia quiere “formar” a los hombres (les educa, en el sentido radical de la palabra), pero no para “quedarse” en sí mismos, ni para hacerse servidores de la Institución, como perpetuos menores de edad, sino para que sean ellos mismas, de manera que no les destruya el Demonio-Capital. Éste es el sentido y tarea de la iglesia, que sale de su círculo sacral, para promover la libertad y maduración de los hombres como tales, presentándose así como institución al servicio de algo que le transciende, que es la vida de cada uno de sus “fieles” y, en sentido más extenso, de todos los hombres y mujeres de la tierra.

         2. Hay otra libertad, una tierra nueva, más allá de la carne. Desde ese fondo, la Iglesia puede entenderse como una sociedad de “gurús/meditantes” asociados, pero en un sentido social, para que los hombres y mujeres puedan vivir en comunión, como cuerpo mesiánico del Cristo, en contra del dominio de la “carne”, que domina y se impone en este mundo viejo, como sabía san Pablo (cf. Gal 5, 19-21). Durante mucho tiempo, muchos cristianos han vivido obsesionados por un tipo de carne interpretada como puro “sexo”. Pero ni Jesús ni Pablo interpretan la carne de esa forma.

En sentido bíblico, “carne” es el deseo de asegurar la vida en aquello que uno tiene, en su ley, en sus bienes materiales. En esa línea, carne es aquello que te esclaviza, que no deja ser tú mismo, que te impide vivir en libertad. En ese sentido, los cristianos han de ser hombres y mujeres de libertad, transmisores de madurez humana, pero no como simples agentes de un “coaching del sistema”, psicólogos espiritualistas en el sentido limitado del término (que en el fondo ayudan a las personas para que se integren mejor en el mundo de Capital y del Mercado. Los cristianos han de ser, con su propia vida, educadores mesiánicos, hombres y mujeres acompañan a los demás en su proceso de maduración, para hacerse miembros del “cuerpo mesiánico”.

Ésta es la tarea clave de la Iglesia, como educadora mesiánica, como fermento o levadura de resurrección, es decir, de una vida liberada del miedo a la muerte. Ciertamente, la iglesia puede y debe tener buenos “gurús” en un sentido extenso, maestros espirituales que guían a otros en la vía del desarrollo humano, de la sanación interior, de la transformación personal. Pero ellos han de actuar siempre al servicio de la libertad personal y de la comunión concreta entre los hombres, empezando por los excluidos del sistema (no para el triunfo o desarrollo individual de algunos privilegiados).

Ésta es la tarea clave de la Iglesia, pero no en la línea de enseñar a otros, sino en la línea de ser, pues sólo el “ser” enseña, transmite, madura… como el fermento dentro de la masa. En esa línea, la Iglesia no se ocupa (no puede ocuparse) de sostener “espiritualmente” al sistema actual (en la línea de la adoración de Mamón), sino que quiere “volarlo” por dentro, no por violencia militar, sino por transformación humana, para que este mundo viejo acabe y para que pueda surgir así el hombre como humano en plenitud, en la línea del Cuerpo de Cristo.

         Como se podrá ver, no se trata de nada exclusivamente nuevo, sino de volver a la raíz del evangelio, tal como lo impulsó Jesús, tal como lo interpretó san Pablo. Se trata de crear comunidades “mesiánicas” de contraste, es decir, de choque creador, para que los hombres y mujeres de nuestro entorno descubran que otra vida es posible, una vida que se funda y expresa en otros parámetros de gratuidad y de comunión, en línea mesiánica, como representantes de Dios.

 3. Iglesia, más allá de la iglesia. Populorum con-versio progreso

Conversión al amor entre los pueblos, todos hermanos, sin imperios superiores, que se imponen desde arriba y se vuelven dictadores (dictan lo que para ellos es bueno o malo, no en amor entre todos. La iglesia no es imperio, no es estado que cierra fronteras y dicta lo que es bueno para uno en contra de otros. La Iglesia no es una sociedad que se centra en sí mismo, sino que es portadora visible de la misión de Dios, al servicio de la  humanidad, rompiendo las barreras de lo diabólico, que se expresa en forma de Mamón que domina y esclaviza en concreto a los hombres sobre otros (como sabe Mt 6, 24). De un modo consecuente, se puede y debe hablar de una Iglesia fuera de la Iglesia, porque ella no acoge y no educa a los hombres y mujeres para que formen parte de su institución y se sometan a sus normas), sino para que maduren como hombres y mujeres, en libertad.

 Sólo desde este fondo puede entenderse la generosidad de la iglesia, pues ella no ha de entenderse como fin en sí, sino como medio al servicio de cada uno de los seres humanos. Ella no educa para que los fieles se le sometan, no promueve una experiencia para que los hombres la acepten y sean servidores suyos, sino todo lo contrario, para que puedan vivir en libertad, para que descubran y promuevan la riqueza de lo humano (es decir, de la presencia de Dios).

En esa línea se sitúa la promesa y esperanza bíblica del Antiguo Testamento, con sus promesas mesiánicas, que hablan de una vida en abundancia, en medio de una humanidad y de una tierra reconciliada. Nadie había trazado mejor ese camino de autonomía y plenitud (de reconciliación cósmica) que el autor del “libro de Emmanuel” (Is 7-12), mostrando que la salvación no consiste en el rechazo de los bienes del mundo como malos, ni en la negación de la materia, ni en la represión de los deseos de la carne, sino en la transformación de nuestra forma de vida sobre el mundo, es decir, en la maduración personal, en equilibrio con la naturaleza, en paz fraterna entre los hombres y animales. Ese ideal de maduración integral perdura en el cristianismo, de manera que no es mejor “miembro” de la Iglesia aquel que más se le somete, sino aquel que mejor cultivay vive su experiencia de maduración humana, al servicio de la comunión universal.

En este momento, a partir de esta nueva autonomía antropológica, podemos promover los valores cristianos de la creación, sabiendo que la Iglesia ha de ponerse al servicio de la madurez de unos hombres y mujeres que quieren producir para gozar y transformar el mundo, pero, sobre todo, quieren desarrollarse como personas, en gratuidad y comunión fraterna. En este contexto se situaba la poderosa palabra de Pablo VI, en su encíclica Populorum Progressio (1967), que interpreta el progreso humano como expresión de una potencia creadora y salvadora de Dios, que se pone al servicio de la madurez a independencia de los hombres.

 Bueno fue el intento de Pablo VI, que quiso reconciliar a la Iglesia con un tipo de “avance” humano, que en su mismo fondo es positivo, pues se apoya en el hecho de que el hombre, siendo imagen de Dios, participa de su potencial creador. De esa manera quiso superar casi dos siglos de un “oscurantismo católico”, propio de muchos papas y obispos que parecían oponerse por principio a los “avances” de la técnica, la ciencia y la democracia. En ese sentido debemos destacar su aportación. Pero, al mismo tiempo, desde otra perspectiva, debemos recordar quizá no tuvo plenamente en cuenta el riesgo de un progreso que puede convertirse en destructor, si es que no va a la raíz de las personas, como ha puesto de relieve el Papa Francisco (Evangelii Gaudium).

No se trata volver a un espiritualismo individualista, separado de los dones del mundo, del progreso humano y de la comunidad, sino todo lo contrario, de sembrar humanidad, a mayor gloria de Dios (no de la iglesia como institución), es decir, a mayor gloria de las personas. Ésta es la primera tarea, el primer servicio de la Iglesia: Salir de sí misma, buscando el bien de los seres humanos, empezando por los pobres, es decir, por los menos valorados, promoviendo un progreso de humanidad (es decir, de experiencia fraterna). Entendida así, la Iglesia es una comunidad excéntrica: Tiene su centro fuera de sí misma. Sólo en la medida en que sale de sí y busca el bien del ser humano es portadora de la salvación de Dios.

Amarás a tu prójimo, judío o palestino

También te puede interesar

Lo último