El Domingo de Resurrección se volvió fiesta urbana: no con desfiles ni fuegos artificiales, sino con la certeza de que la luz ha vencido a la oscuridad. Y en cada esquina, en cada gesto, se anunciaba lo mismo: la vida ha despertado, y la ciudad también.
Alguien pensó en el cuerpo de Jesús reposando en la tumba, en el silencio de los discípulos, en la incertidumbre de quienes lo habían seguido. Y comprendió que ese mismo misterio se repetía en la ciudad: la espera, el vacío, la esperanza que aún no se ve pero que late en lo profundo.
El grupo comprendió que allí, en la ciudad, se estaba levantando una cruz invisible. No hecha de madera, sino de dolores acumulados: la pobreza, la enfermedad, la indiferencia. Y entendieron que ser creyentes significaba cargar esa cruz, no con doctrinas, sino con presencia y compasión.
La mesa improvisada se convirtió en altar urbano. El pan y la fruta fueron sacramento de amistad y de cuidado del cuerpo. El gesto de servicio fue sacerdocio cotidiano. Y el grupo comprendió que el amor se hace presente en lo sencillo, en lo que parece insignificante, en lo que se ofrece sin esperar nada a cambio. Se ama cuando se presta atención, cuando se cuida.
Los monjes urbanos sabían que su devoción no estaba en adornos, sino en el cuidado de la ciudad. Su contemplación era mirar con amor, su oración era palabra de esperanza, su decoración era limpiar, sembrar, cuidar.
La Ermita se convirtió en Betania: un lugar donde el servicio, la contemplación y la vida nueva se entrelazaban. Allí, entre amigos, Jesús descubrió que su nombre lo había marcado desde siempre: ser “salvador” no era cargar con todo, sino ayudar a que otros descubrieran la libertad de vivir acompañados.
Estas meditaciones no pretenden sustituir la liturgia, sino prolongarla en clave urbana. Son invitaciones a reconocer que la Pascua se celebra también en las calles, en los parques, en los encuentros sencillos, en los gestos mínimos que anuncian la presencia divina.
Desde Bogotá y Colombia, se presenta una propuesta concreta llamada Monjes Urbanos, una escuela de espiritualidad integral que se atreve a encarnar este sueño en medio de la ciudad y la montaña, en la vida cotidiana y en la historia concreta de nuestro país. Es aquí donde la renovación espiritual se hace carne y comunidad.
Solo quien ha visto la unidad puede perfectamente sostener esa práctica. Y eso es lo que hacemos en nuestra práctica contemplativa, buscar descubrir como Dios-Hombre-Cosmos están siempre unidos.
Ser sal de la tierra, ser luz del mundo es una práctica. No nos quedamos solos con lo que recibimos allí. Salimos y estamos en la urbe para compartir esto que las bienaventuranzas tejen en nosotros, hacen crecer en nosotros. Un verdadero itinerante sabe de su práctica y sabe de su presencia en la urbe.
En la fiesta de la Presentación del Señor, el acto inaugural será en el Colegio Nuestra Señora de la Sabiduría, en Bogotá, durante la Eucaristía, con la participación de más de 400 niños, adolescentes y sus padres de familia, profesores y demás adultos, Monjas Urbanas y consagradas Hijas de la Sabiduría
Una propuesta contemplativa sólida de novedad y tradición en la ciudad y una comunidad abierta, donde hombres y mujeres, jóvenes y adultos, pueden encontrar un lugar para crecer en la fe
El arte de la contemplación nos despierta para que, sin salir de en medio de esas realidades, encontremos en ellas la presencia sagrada, la presencia divina
"Hace exactamente un año, en una Eucaristía marcada por la ternura, la solemnidad y la esperanza, el cardenal Luis José Rueda Aparicio presidió las exequias del padre Gabriel Malagón Suárez, sacerdote que, tras recibir dispensa, formó una familia profundamente cristiana junto a su esposa Clarita y sus tres hijos"
"Aquella celebración fue mucho más que un rito fúnebre: fue un gesto profético. El cardenal, hombre de mirada profunda y corazón sencillo, cercano al estilo pastoral del papa Francisco y la serenidad de León XIV, celebró aquella liturgia con la dignidad reservada a un monseñor. Así lo llamó: arcipreste Gabriel"
"Reconociendo no solo su ministerio sacerdotal, sino su liderazgo espiritual entre los llamados 'sacerdotes con familia', sin dudas, el cardenal Rueda ha comenzado a construir una tienda de campaña donde caben todos, todos, todos: los sacerdotes con familia, sus esposas, sus hijos, sus nietos, sus sueños"
"La homilía del cardenal, que hoy rescatamos como documento eclesial de alto valor, fue un canto a lo provisional, a lo compartido, a lo peregrino"