La belleza, fuente de vida
Más y mejor - 13
Luz y color para nuestros ojos
En la reflexión de hoy, referida a la cuarta dimensión valorativa de las ocho de que habla el maestro Chávarri, la estética, nos adentraremos en el inmenso mundo de lo bello y de lo feo. Se trata de un tema de especial interés para los creyentes cristianos, ya que la Iglesia ha hecho un recorrido histórico con la pretensión de empaparse de belleza. Me refiero no solo a la belleza arquitectónica de sus lugares de culto y a la instrumental de vestimentas, ornamentos y demás utensilios litúrgicos, sino también a la literaria de sus oraciones y a la musical de sus cantos. Hasta se complace en predicar a bombo y platillo que el Dios en quien creemos los cristianos es pura belleza. En este ámbito, seguro que Chávarri nos sorprenderá gratamente con su agudeza y finura analítica.
1. La vertiente comprehensiva de la experiencia estética
Al analizar la perspectiva comprehensiva de la dimensión estética, Chávarri nos ubica de lleno ante la inmensidad de seres que forman nuestro entorno y nuestro mundo interior. Nos encontramos, en primer lugar, con manifestaciones de los seres no hechos, hechos y transformados por nosotros que se nos revelan bajo los parámetros de lo bello y lo feo. De este modo, hablamos cotidianamente del guiño de las estrellas, del fragor de la tormenta, de la sonrisa de una niña o de la elegancia de un vestido, de la finura de un jarrón o de las líneas vulgares de un coche.
Para Chávarri, la belleza y la fealdad no son añadidos ornamentales que flotan en el aire o que llegan a la vida desde una exterioridad ajena, sino que se constituyen y desarrollan en el seno de la propia relación valorativa. Como señala luminosamente el maestro:
«La belleza y la fealdad, por tanto, no llegan a la vida desde fuera, sino que se constituyen y se desarrollan o disminuyen como tales en la propia relación valorativa: entre la vertiente vital estética y los seres apropiados. Comparando esta dimensión con la cognitiva, da la impresión de que de una vida inefable y sutil hemos ascendido a otra todavía más sublime. Pero no es así, ambas conllevan estrechamente mezclados fatigas y descansos peculiares y específicos. Contémplese a un Miguel Ángel extrayendo sudorosamente mármol de las canteras de Carrara, o al novelista estrujando su inteligente fantasía para tejer las complejas tramas de sus obras.»
Lo bello y lo feo aparecen en una multitud ingente de relaciones estéticas que contienen una inmensa diversidad y afinidad de formas. Resulta imposible intentar expresar en el lenguaje las innumerables bases que nos ofrecen los seres con sus estados entitativos para descubrir en ellos los caracteres estéticos que nos alimentan. Tampoco el lenguaje puede abarcar la legión de aspectos y tonalidades vitales que se despiertan en el ser humano al entablar dicha relación. Esta exuberancia de bases explica bien el fracaso constante del atrevido intento de definir con precisión lo bello o ponerle límites tajantes.
2. Cuatro variaciones de la presencia de lo valioso y disvalioso estético
Para comprender mejor cómo opera esta dimensión en nuestra vida, Chávarri selecciona una muestra de presencias de lo valioso y disvalioso estético a través de cuatro variaciones fundamentales: la natural, la social, la artística y la técnica.
A) La variación valorativa estética natural
En esta primera variación nos referimos a los entes naturales no hechos por nosotros —los cielos, las noches, los paisajes, los animales, las plantas— en cuanto que están implicados realmente en la vida estética del hombre. En ella destaca una ingente riqueza de variedades: extensivas, intensivas (matices de color), estructurales (luces y sombras), numerales (el vuelo de las aves), posicionales, fluidas o temporales (una puesta de sol).
Frente a la concepción clásica que reducía la estética a la mera sensación receptiva, el análisis de Chávarri amplía de forma notable el horizonte del acto contemplativo:
«Los propios clásicos calificaron la vitalidad estética desplegada por la vista y por el oído solo como vitalidades sensitivas. Recuérdese que el vocablo "estético" proviene del griego aiszetikós, de aíszesis = sensación. Pero hay que objetar que el mirar y el oír estéticos no son puros procesos sensitivos; en ellos también intervienen otras vitalidades cognitivas estéticas del hombre. Además, ese mirar u oír tienen mucho de contemplación, la cual contiene numerosas vitalidades estéticas afectivas. Añadamos que la experiencia estética de la naturaleza se enriquece todavía mucho más cuando el mirar y el oír estéticos hacia los entes naturales está acompañado de conocimientos ordinarios de distintas culturas, de tradiciones, de saberes científicos, filosóficos o teológicos.»
B) La variación valorativa estética social
Entre los seres no hechos y los hechos por nosotros se sitúan los entes naturales transformados por el ser humano. Toda la superficie del planeta —la antroposfera— se halla profundamente marcada por nuestra intervención, y en este tejido social propagamos tanto la belleza como la fealdad.
Existe una belleza innegable en los bosques y ríos cuando reinan en ellos relaciones armónicas, del mismo modo que la tala indiscriminada, la contaminación de las aguas o la lluvia ácida son claros contravalores estéticos. La alternancia de campos arados, la diversidad de los cultivos o la hermosura de las razas de animales revelan esta interacción. E incluso, si nos elevamos al plano humano, la experiencia estética de los cuerpos se entrelaza aquí con las dinámicas de la afectividad y el sexo.
Asimismo, esta variación abarca el vasto campo de lo construido para la convivencia cívica: plazas, calles, monumentos, parques, edificaciones, vestidos, fiestas, liturgias y artesanías tradicionalmente cultivadas en todas las culturas.
C) La variación valorativa estética artística
A diferencia de las variaciones anteriores, donde la dimensión estética surge como un aspecto colateral o derivado, en el arte la intención primera y directa es precisamente suscitar la experiencia estética. Aunque obras como los templos, las pirámides o las grandes novelas contengan profundos significados sobre la vida y la fe de culturas enteras, la dimensión estética se impone como modalizadora de las demás manifestaciones de valor.
Chávarri nos regala un inspirado tributo a los "elementos primordiales" que vertebran las distintas expresiones del arte:
«La literatura, por ejemplo, fundamenta todas sus obras en la palabra... en la poesía, en la novela, en los relatos, en los dramas y en las comedias, desde las más sencillas construcciones hasta las más complicadas, la palabra es todopoderosa. Otro tanto sucede en la música con el sonido, que es la sustancia misma de tonos y timbres, de armonías, melodías y ritmos y de la inmensa variedad de instrumentos creados para interpretar composiciones. En torno al color y la figura, asimismo, gira la inagotable inspiración que se muestra en la pintura, mientras que, con materiales informes como la madera, la piedra, el mármol y algunos metales, los escultores han llenado el mundo de las más diversas obras bellas y feas. Con montones gigantescos de materiales o con simples montones de cosas reunidas, la arquitectura ha derrochado un sorprendente ingenio artístico, técnico y ornamental, para dar lugar a monumentos que han desafiado al tiempo, a los agentes humanos y a los atmosféricos. El cine, por otro lado, ha generado manifestaciones peculiares de lo valioso y disvalioso estético a partir de conjuntos de imágenes, movimientos, palabras, músicas y cintas gráficas.»
D) La variación valorativa estética técnica
Por último, encontramos el ámbito de la técnica y la ingeniería. Aunque el fin primario de una obra técnica no sea la creación artística, las demandas de la sociedad y del mercado exigen que los aviones, los automóviles, las herramientas, el mobiliario e incluso los utensilios más cotidianos posean un diseño estéticamente agradable. Cuando estos objetos adoptan la condición de mercancía, se convierten en potentes agentes de difusión de lo bello —y con frecuencia también de lo feo— a lo largo y ancho del mundo contemporáneo.
Reflexión final: Belleza, fe y vida
El agudo recorrido del maestro Chávarri nos ayuda a comprender que la belleza no es una mera envoltura cosmética, sino una dimensión constitutiva de nuestra relación con el mundo, con los demás y con lo trascendente. Para la experiencia creyente, redescubrir la dimensión estética implica abrir los ojos a la contemplación profunda: educar la mirada y el oído para no pasar de largo ante el esplendor del ser en la naturaleza, denunciar la fealdad de las agresiones ecológicas y sociales, y cultivar un arte y una liturgia que transparenten la belleza verdadera.
Dios nos sale al encuentro no solo en la verdad de los conceptos o en el bien de los actos morales, sino también en el misterio de lo bello que recrea nuestra esperanza y sana el alma cansada.