Sendas perdidas de la proyección
Más y mejor - 3
Disparos fuera de la diana
En el programa de búsqueda de más y mejores valores, grabado en nuestros genes como impulso vital, pueden infiltrarse destellos engañosos de un futuro anhelado que nos desvían del camino a seguir para mejorar lentamente la forma de vida que llevamos. Si realmente hoy somos más que ayer, pero menos que mañana, buen rumbo llevamos; pero, si nos encaminamos por sendas perdidas de cualquier orden que sean, hoy seremos menos que ayer pero más que mañana, pues, en vez de avanzar, retrocederemos en el ser. La reflexión de hoy se fijará en las sendas perdidas que el maestro Chávarri llama de la proyección, sendas que nos conducen a un futuro ilusorio, a una ensoñación fantástica.
Somos ciertamente un producto del pasado -nos dice-. Somos, por otra parte, un movimiento hacia el futuro, otra articulación del tiempo. El Cosmos entero, la Naturaleza de nuestro planeta, las especies todas llevan en su propio seno el movimiento que corroe y renueva sin tregua su propio ser. El futuro, lo mismo que el pasado, es una articulación del ser. Lo es particularmente del ser humano, pues nadie es hombre sin anticipar continuamente su propia humanidad. Esta anticipación tampoco es un puro acontecimiento psíquico. Tanto a nivel individual como colectivo, entraña la humanidad ya alcanzada en el presente, la proyectada para el porvenir y la acción pertinente para pasar de la una a la otra. No se pueden configurar nuevas humanidades sin contar con el futuro. Y para ello, hemos de partir otra vez del HPC (hombre productor consumidor). También en este caso podemos extraviarnos por el camino. El pasado histórico alimentaba las sendas perdidas del regreso; el futuro inspira las numerosas sendas perdidas de la proyección. Si las primeras se nutren de la pereza vital, las segundas se ceban en la enjundia de las ilusiones vitales.
A pesar del lastre que arrastramos, con guerras que no encuentran salida para una paz que debería acompasar siempre el esfuerzo de vivir, con servidumbres que desnaturalizan lo humano, con fidelidades enquistadas en débiles valores circunstanciales (políticos y religiosos), hemos de reconocer que el hombre productor consumidor que hoy domina todo el espectro humano significa de por sí un desarrollo considerable de nuestras potencialidades como nunca antes se había visto. Somos el tipo de hombre más evolucionado de toda la historia, el de mayor envergadura, pero no el mejor ni el más deseado, pues vamos dejando tras nosotros un terrible rastro de crueldad, de seres humanos excluidos de la sociedad, deteriorados en su propio ser, exprimidos por la explotación y reventados por las armas. Salta a la vista que el hombre que somos, adorador del dinero y devoto de un tiempo escurridizo, es francamente mejorable. Para ello, debemos abrir el espectro de nuestras potencialidades a fin de dar cancha a la solidaridad consubstancial a nuestros genes.
En conformidad con la mentalidad del beneficio que hoy nos domina debemos convencernos de que la gratuidad, dando de sí sin pensar en sí, es mucho más productiva que el afán desmedido de dinero. Afortunadamente, muchos seres humanos lo saben y lo practican regalando no solo su tiempo, sino también sus haberes (habilidades y bienes). Pero, lamentablemente, su ejemplar comportamiento no cala en una sociedad en la que domina la impresión general de que “nadie da nada por nada”. De ahí que la gratuidad requiera un paciente esfuerzo de aprendizaje, sostenido en el tiempo, para no convertirse ella misma en una de las ilusiones vitales contra las que nos previene sabiamente el maestro Chávarri.
¿Cómo se produce la ilusión vital?, -se pregunta-. No cabe duda de que la peregrinación cultural, ese despliegue histórico de las formas de vida, es apasionante y duro. Hay ciertamente saltos cualitativos, aunque sean pequeños, donde brilla un poco más la sustancia humana, donde parece retroceder un tanto lo inhumano. Pero el dolor, el deterioro y la limitación renacen siempre, toman cuerpo en nuevas y sorprendentes dimensiones. Pocos estilos de ser hombre más fecundos al respecto que el del HPC. La ilusión vital sugiere modos de acabar con esta situación. Corta de un tajo la continuidad histórica. Olvidándose totalmente de la lenta, espinosa y entusiasta peregrinación cultural, imagina puertos seguros, oasis en medio del desierto de la vida, tierras que manan leche y miel. No se desea peregrinar; se quiere poseer la verdadera humanidad de un golpe. Sabemos, por el contrario, que no hay puertos en alta mar; después del golpe espectacular, nos quedamos suspendidos en el vacío, en la ilusión. El movimiento hacia el futuro, cualquiera que sea, no sufre tales discontinuidades con el presente. Ha de tener, por fuerza, conexión ontológica con el HPC.
Hay lo que hay y vivimos en el mundo en que vivimos, mundo que nos procura los materiales con los que debemos construir nuestro propio habitáculo o, en consonancia con la línea de nuestra reflexión, mejorar el que ya se nos ha dado para alojarnos convenientemente. Las ensoñaciones son buenas únicamente para contar historias y matar el tiempo contrarrestando sus zarpazos. Para caminar por la senda debida debemos no solo perseverar en el esfuerzo que nos impone la obligación de “ganar el pan de cada día con el sudor de la frente”, sino también alimentar la esperanza ilusionante de ir mejorando poquito a poco nuestra condición, con la ambición anhelada de que el día de hoy sea más que el de ayer, pero menos que el de mañana.
La ruptura de la continuidad -nos asegura Chávarri- se produce en las nuevas humanidades forjadas por la ilusión milenarista. La intención de los milenarismos no puede ser más noble. Se trata de salvar al hombre, de crear un hombre nuevo libre del dolor, del deterioro y de la limitación. ¿Cómo lograrlo? A algunos milenaristas les basta su imaginación. Se plantan frente al HPC como los ilusionistas ante el público. Las nuevas humanidades surgen de sus cabezas como las palomas de los sombreros. Se quiebra toda continuidad ontológica con el hombre de carne y hueso que habita en una forma de vida. El denominado pensamiento utópico tiene que ver bastante con todo esto. Tales ilusiones vitales se repiten de Platón a nuestros días.
El desvío tal vez se acentúa más cuando no es causado por la emoción ensoñadora, sino por ideas que pretenden encauzar nuestro rumbo. Otros milenaristas -continúa Chávarri- configuran la nueva humanidad basándose en ciertas ideas metafísicas, que transforman fácilmente en leyes históricas. Como toda la inmensa esfera del ser, también el ser humano está en camino hacia su plenitud, y la alcanzará un día necesariamente por el mismo despliegue dialéctico de la Historia. El HPC es un anillo más de esta gigantesca cadena. ¿Cómo sale la plenitud de un ente tan precario? Otra vez topamos con la brutal ruptura del ilusionismo vital. La Europa del siglo XIX es pródiga en milenarismos de este tipo. Tal vez sea el gran filósofo Hegel el principal inspirador de todos ellos. No hace falta subrayar a este respecto la desilusión abismal que causó en nuestro mundo occidental el descubrimiento del engaño de los prometidos “paraísos comunistas” y la decepción de tanta política corrompida en aras de una engañosa sociedad del bienestar.
Tampoco han acertado los liberalismos con la exaltación de una libertad sin compromisos ni obligaciones concretas en el ámbito sacrosanto del “libre mercado” y de su aberrante culto al beneficio ilimitado. Suya es, desde luego, la hechura del poderoso y rico HPC que domina la forma de vida de nuestro tiempo, tan lejos todavía de alcanzar el sosiego y la paz necesarios para un progreso benefactor.
El milenarismo -nos sigue advirtiendo Chávarri- recibe, asimismo, otro cariz: hace surgir a veces el hombre nuevo apoyándose en algunas potencialidades del HPC. En Europa, ha sido corriente confiar la nueva humanidad a la Ciencia y la Tecnología. ¿Cómo pueden desarrollar la Ciencia y la Tecnología todos los valores del hombre nuevo? ¿Acaso son aptas para fomentar el amor familiar entre esposos e hijos? ¿Aseguran tal vez el arte culinario, la justicia o la democracia? ¿Cómo han de desarrollar la dimensión estética? ¿Pueden convertir al HPC en un hombre solidario? De nuevo nos hallamos ante la discontinuidad cultural, el salto en el vacío. Uno de los más ambiciosos entusiastas de esta ilusión vital ha sido Augusto Comte. Todavía hay ingenuos que confían las nuevas humanidades a la reorganización del código genético.
Y si todas estas ilusiones “intrahistóricas” no nos conducen a ninguna parte, salvo a desinflarnos y despeñarnos, mucho menos lo hará la prolífica ilusión metahistórica. La ilusión milenarista -concluye Chávarri- alcanzaba un puerto de salvación en la misma Historia, quebrando la cadena de inhumanidades ligada a la peregrinación cultural. El camino se interrumpía de pronto; desembocaba en el fértil valle de la humanidad plena. El fracaso del hombre se reparaba en la misma Historia; había salvación intrahistórica. La ilusión metahistórica renuncia a todo puerto de salvación histórico. De un profundo tajo corta el continuo humano. Pone todo su acento en la existencia metahistórica. El HPC, como cualquier otro hombre producido en la Historia, no tiene conexión con la verdadera humanidad. Este desinterés ontológico por la peregrinación cultural ha irritado a muchos hombres. Nietzsche ‑el más sensible de todos ellos‑ lo resumía en el descafeinado otro mundo. Los otros mundos, sin conexión con el presente, creados por ciertos filósofos, moralistas y teólogos. ¿Qué tiene que ver el HPC con la idea platónica hombre? ¿Enlazará acaso con esos otros hombrecillos, cincelados inconscientemente por la Ética a expensas de una cultura anterior? ¿Tal vez con una visión beatífica altanera, depreciadora y cercenada de toda humanidad histórica? Jesús de Nazaret segó las ilusiones metahistóricas en sus discípulos con aquella sencilla invitación: "Venid benditos de mi Padre, tomad posesión del reino..., porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, peregrino me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, preso y vinisteis a verme" (Mt 25, 33‑37).
El pasado es para nosotros una formidable herramienta de trabajo como almacén de provisiones y como fuerza muscular. De él se nutre nuestro presente y se proyecta un futuro que tendremos que ir construyendo poco a poco, futuro que solo está en nuestras manos como pura esperanza y hechura de lo que todavía no existe. A nada conducen ni nuestras perezas para seguir caminando ni nuestras ilusiones para embebernos en ensoñaciones. Solo caminando despacio podremos ir acercándonos a nuestra plenitud a base de agregar a nuestro ser más y mejores valores, al tiempo que vamos vaciando lentamente el pesado fardo de contravalores que nos hemos echado a la espalda. El reto de lo humano es difícil, pues el camino para conseguirlo es escarpado al imponernos la obligación vital de ir consiguiendo cada día más y mejores valores, de ir creciendo lentamente hasta alcanzar la plenitud del ser que se nos ha regalado. Si realmente queremos mejorar el hombre que somos y la forma de vida que llevamos, el maestro Chávarri nos advierte que debemos ir poco a poco, con paciencia histórica, caminando por la estrecha senda de las huellas de Jesús de Nazaret, que todo lo hizo bien y que culminó su propio calvario.