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Cristianos sin fronteras: el Evangelio no lleva bandera

Conciliar la misión universal de la fe con el amor a la propia tierra y el realismo de las fronteras

Fe, fronteras y dignidad humana

Jesús nunca llevó una bandera en la mano ni pidió un pasaporte para amar a alguien. Sin embargo, en un panorama sociopolítico cada vez más polarizado, es fácil caer en la trampa de confundir el Evangelio con una ideología patriótica. Se nos incita a priorizar "lo nuestro", a atrincherarnos en fronteras culturales y a mirar con recelo al diferente. Pero si leemos el mensaje de Jesús desde una fe adulta y desencantada de los mitos del poder, la conclusión es clara: el cristianismo y el nacionalismo son esencialmente incompatibles.

Aclarémoslo desde el principio para evitar malos entendidos: esto no significa que tengamos que ser personas descastadas, ni que debamos renunciar a sentirnos españoles, andaluces, asturianos o de cualquier otro rincón de la tierra. Amar a nuestra región, valorar nuestra historia, disfrutar de nuestras tradiciones y sentir un profundo arraigo por el suelo que nos vio nacer es algo profundamente humano y plenamente legítimo. El problema no es el afecto sano a la propia tierra, sino el absolutismo patriótico que pretende levantar muros ideológicos.

Esta tensión no es nueva; de hecho, la identidad de la Iglesia se dirimió en su primer gran debate histórico: el Concilio de Jerusalén (Hch 15). Allí, los primeros discípulos tuvieron que decidir si el seguimiento de Jesús era un proyecto sectario, identitario y ligado a una ley cultural concreta, o si se trataba de una propuesta verdaderamente universal. La decisión apostólica fue histórica y tajante: el Evangelio no pertenece a ningún pueblo en exclusiva ni exige asimilarse a una cultura particular para abrazar la fe.

En Jerusalén se confirmó que los cristianos somos esencialmente misioneros, y la misión es siempre universal, jamás particular. El mandato evangélico rompe cualquier intento de repliegue etnocéntrico. La misión no consiste en exportar un modelo cultural ni en defender los intereses geopolíticos de una nación; consiste en salir al encuentro de la humanidad entera. Una fe encauzada hacia dentro, obsesionada con proteger privilegios locales o esencias nacionales, traiciona el espíritu de Jerusalén y mutila la vocación católica —palabra que significa, precisamente, universal.

El amor a la propia tierra suma y valora nuestras raíces, pero cae en el nacionalismo mal entendido cuando esa identidad se construye descartando o menospreciando al de fuera. Se nutre de trazar una línea entre "nosotros" y "ellos", estableciendo que ciertas vidas valen más o merecen más protección simplemente por el azar de un lugar de nacimiento. San Pablo, uno de los grandes protagonistas de aquel Concilio, lo expresó con rotundidad a los Filipenses: "Nuestra ciudadanía está en el cielo". No era una evasión mística ni un desprecio hacia sus raíces, sino una escala clara de lealtades. Para un cristiano de fe adulta, la lealtad última nunca puede pertenecer a un Estado o a una frontera, porque cualquier intento de sacralizar la patria es, en términos teológicos, una forma sutil de idolatría.

La parábola del buen samaritano sigue siendo la enmienda definitiva a toda frontera mental. Jesús no pregunta por la nacionalidad del herido en el camino; de hecho, elige como héroe de la historia a un samaritano, el "extranjero" aborrecido por el relato oficial de la época. Con ese gesto, destruye la categoría de "los nuestros" para sustituirla por la categoría evangélica del prójimo: cualquiera que necesite misericordia, independientemente de su pasaporte.

Encarnar la fe en la frontera real: La prueba de Ceuta

Ahora bien, hablar de una "ciudadanía universal" cuando se vive la tensión cotidiana en lugares de frontera como Ceuta puede parecer, a simple vista, una abstracción lejana o desconectada de la realidad. Es plenamente comprensible la indignación, el cansancio y el temor de quienes ven sus ciudades al límite de su capacidad, afrontando situaciones complejas de saturación que superan a las instituciones locales y que a menudo se sufren con impotencia en el día a día. Una fe adulta no puede mirar hacia otro lado ni juzgar con ligereza el dolor o la preocupación de quienes habitan esas realidades golpeadas.

Conciliar la vocación universal de la fe con el realismo del terreno exige superar dos trampas opuestas: el buenismo ingenuo que ignora la gestión de los recursos y la seguridad, y el nacionalismo reactivo que convierte la frustración social en odio hacia el migrante.

Ser ciudadanos del mundo y misioneros universales no es ser apátridas ni indiferentes a lo local; es entender que nuestras raíces son el punto de partida para acoger, no una muralla para levantar defensas. Amar a nuestra tierra no exige mirar por encima del hombro a quien viene de fuera. Nuestra patria última no se dibuja en los mapas del poder, sino en la misión compartida que se inauguró en Jerusalén y donde caben todos los pueblos.

No pretendo con estas líneas relativizar la enorme gravedad de lo que allí se está viviendo. Resulta muy fácil pronunciarse y pontificar desde la distancia, juzgando lo que simplemente se ve en las noticias de la televisión o se lee en internet sin pisar el barro de la frontera ni sufrir el colapso diario. Sirva este artículo simplemente para recordar que ser cristianos implica, precisamente, una constante renovación de la mente: el compromiso de mirar la realidad con esos ojos evangélicos en todo momento y en cada circunstancia, especialmente en las más complejas, oscuras y duras de nuestro mundo.

Porque al final del camino, no se nos preguntará qué bandera defendimos ni qué fronteras blindamos, sino si fuimos capaces de exigir soluciones políticas justas sin dejar de reconocer a un hermano en cada ser humano.

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