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¿Quién gana y quién pierde en el rearme global? El silencio de la ética

Del imperio del miedo a la memoria del Galileo: la urgencia profética de desarmar el corazón de la geopolítica

La balanza de un mundo fracturado

El mundo asiste a una silenciosa metamorfosis moral. Los presupuestos militares globales superan ya la histórica cifra de 2,8 billones de dólares anuales, mientras la narrativa del «rearme disuasorio» se asume como una fatalidad inevitable. Nos acostumbramos a que la violencia política y las fricciones fronterizas no sean ya excepciones traumáticas, sino la «nueva normalidad» geopolítica.

Ante este panorama, el seguidor de Jesús de Nazaret no puede refugiarse en la neutralidad piadosa ni en la tibieza teológica.

1. El balance de la barbarie: ¿quiénes ganan y quiénes pierden?

Para entender la lógica del rearme, es imprescindible ponerle rostro, corporaciones y nombres propios a la contabilidad de la guerra:

Los que ganan con la maquinaria de muerte:

Los perdedores de siempre:

2. La anestesia moral y la «nueva normalidad»

El mayor peligro del escenario actual no es solo la proliferación de ojivas o satélites espía; es la anestesia del pensamiento crítico. Se ha impuesto una pedagogía de la resignación que presenta la paz como un ideal trasnochado y el rearme masivo como el único pragmatismo posible.

En este consenso belicista, la ética parece haber guardado un cobarde silencio. La diplomacia se ha vuelto subsidiaria del cálculo de fuerzas y la violencia estructural se ha normalizado de tal forma que ya ni siquiera indigna. Nos acostumbramos a convivir con el conflicto permanente como quien convive con el mal tiempo.

Corremos el riesgo inminente de acabar normalizando las cosas malas que ocurren, integrándolas como algo ordinario que simplemente «pasa» y que permitimos pacíficamente con nuestra indolencia. Cuando la atrocidad se “cotidianiza” y la injusticia se vuelve rutina, la conciencia moral se atrofia. Permitimos que el horror pierda su capacidad de escandalizarnos, consintiendo tácitamente que el gasto en armas sustituya al pan de los vulnerables y que la fuerza bruta ocupe el lugar de la justicia social.

3. La memoria de Jesús: un desarme radical

Frente a la sacralización de la fuerza y la ley del más fuerte, la memoria del Galileo resulta profundamente incómoda. Jesús no fue un pacificador abstracto ni un teólogo distante; vivió bajo el yugo de un Imperio Romano fuertemente militarizado y resistió la tentación del mesianismo armado que promovían los sectores zelotas de su tiempo.

La urgencia de una voz profética

Una fe adulta no puede ser cómplice, ni por acción ni por omisión, del ídolo del militarismo. Dios no habita en los arsenales, ni bendice los presupuestos de muerte, ni se alía con los dividendos de las corporaciones armamentísticas.

Es hora de romper el silencio ético. La comunidad cristiana está llamada a ejercer una desobediencia moral frente a la fascinación por la fuerza militar: exigiendo que el gasto público priorice la vida vulnerable, defendiendo el derecho internacional y reclamando una diplomacia profética y audaz. Si quienes decimos seguir a Jesús no alzamos la voz contra los mercaderes de la guerra, habremos perdido el sabor del Evangelio en la historia.

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