¿La Iglesia debe adaptarse a la cultura u ofrecerle una alternativa?
La encarnación no es adaptación, es abrazo
Es una de las preguntas que flota, densa y constante, en el ambiente de nuestras comunidades, vicarías y aulas de teología. A primera vista, parecemos atrapados en una falsa encrucijada. Por un lado, el peligro de una adaptación claudicante, que por querer sintonizar tanto con los ritmos del mundo termine por disolver la fuerza contracultural del Evangelio en un mar de relativismo bienintencionado. Por otro, el riesgo de un atrincheramiento nostálgico, que confunda la fidelidad a la tradición con la rigidez, convirtiendo a la Iglesia en un museo de formas del pasado, estéril e inaccesible para el hombre y la mujer de hoy.
Sin embargo, cuando miramos a Jesús de Nazaret, descubrimos que la respuesta no es un término medio gris, sino una síntesis audaz: la Iglesia debe encarnarse en la cultura para, precisamente desde dentro, ofrecer una alternativa de vida.
El Dios que se hace carne, no estrategia
El Dios en el que creemos no salvó al mundo desde la distancia de un místico aislamiento. Se hizo carne. Asumió el lenguaje, las costumbres, la geografía y las categorías mentales de la Galilea del siglo I. Eso no fue un decorado ni una estrategia para llamar la atención; fue encarnarse por amor, abrazar la realidad humana sin condiciones.
La Iglesia no puede mirar la cultura contemporánea con ojos de sospecha permanente o con el ceño fruncido del juez. Esta cultura —con su sed de autenticidad, su sensibilidad ecológica, su búsqueda de derechos y su clamor por la salud mental— es el territorio donde el Espíritu sigue soplando. Si la Iglesia no habla el idioma de su tiempo, si no habita las plazas digitales y los nuevos lenguajes, su mensaje se vuelve irrelevante, no por falso, sino por incomprensible.
La alternativa evangélica: la contracorriente del amor
Pero encarnarse no significa mimetizarse. La cultura actual, junto a sus indudables luces, arrastra sombras profundas como el hiperindividualismo, la dictadura del descarte, la prisa ansiosa o un utilitarismo feroz que mide a las personas únicamente por su nivel de productividad, provocando una alarmante epidemia de soledad. Es ahí donde la Iglesia tiene el deber sagrado de ofrecer una alternativa que no es partidista ni ideológica, sino profundamente existencial.
Frente a esa tendencia de usar y tirar, la fe nos invita a sostener una cultura del cuidado mutuo; frente al individualismo que nos aísla, se alza la propuesta de una comunidad y una fraternidad sin fronteras. En un mundo saturado de ruido y adicto a la inmediatez, la Iglesia puede ser el espacio que devuelva el valor al silencio contemplativo y a la paciencia. Incluso frente al éxito material erigido como un dios, el Evangelio nos propone el valor de la vulnerabilidad abrazada y compartida. Al fin y a la postre, el mensaje de Jesús siempre resulta contracultural, no porque busque el conflicto de manera deliberada, sino porque su lógica interna sigue siendo la del grano de trigo que muere para dar vida, la de aquel último que termina haciéndose el primero.
Una Iglesia que dialoga y propone
El Papa Francisco nos trazó ya el camino a través de la sinodalidad y la teología de la ternura. No se trata de elegir entre ser modernos o ser antiguos, sino de elegir ser fieles.
La Iglesia del futuro —que ya es la del presente— no puede ser una aduana que exige un carné de pureza cultural para entrar, ni tampoco un club social que bendice cualquier moda pasajera. Está llamada a ser un hospital de campaña: un lugar que está en medio del barro del mundo, lo que implica cercanía y encarnación, pero que a la vez ofrece una medicina muy diferente a la que el mundo vende, sustentada en la gratuidad, el perdón y la esperanza, que es lo que verdaderamente marca la alternativa.
La eterna novedad del Evangelio
El Evangelio es acontecimiento e irrumpe siempre como una frescura inagotable, capaz de rejuvenecer cualquier época de la historia. No tiene sentido suspirar por tiempos pasados que tampoco fueron perfectos. La obligación de la Iglesia es saber leer los signos de los tiempos y, sin traicionar la esencia de Jesús, traducir su mensaje a los oídos y corazones de hoy. Es la misma intuición que planteo en las páginas de mi libro El último Vattimo: ¿es que acaso el mensaje de Dios ya hoy no tiene la misma validez?
Para hacer fecunda esta traducción en la postmodernidad, la aparente debilidad de la fe se vuelve nuestra mayor potencia. En un mundo fragmentado y receloso de las imposiciones, cuando con nuestras palabras y obras traducimos Dios por Amor, los universos de comprensión se conectan inmediatamente. Ya san Juan nos dejó escrito que Dios es amor, y san Pablo esclareció sus connotaciones. Este lenguaje primordial, despojado de ropajes autoritarios, sigue siendo universal y bien acogido.
Aceptar este marco no implica rebajar las exigencias de la Verdad, sino purificar nuestra teología en el encuentro con el otro porque si Dios es amor, la verdad es el amor, la caridad. Como nos recuerdaba el Papa Francisco, no debemos tener miedo al diálogo, pues enfrentar opiniones ayuda a preservar la teología de transformarse en ideología. Al fin y al cabo, el Evangelio no se impone como un veredicto externo, sino que se ofrece como una alternativa liberadora desde el corazón de la conversación humana, recordándonos que Dios sigue manifestándose de maneras insospechadas.
El pozo de la Samaritana
Recordemos la escena de Jesús con la samaritana. Jesús utiliza el pozo del pueblo, el cántaro, el agua física y el idioma de la mujer para entablar conversación. Conecta directamente con su realidad. Pero una vez que se ha ganado su confianza, le ofrece algo que ese pozo secular no puede darle: el agua que salta hasta la vida eterna. Le ofrece, en definitiva, una alternativa a su sed.
Ese es nuestro reto actual: ser lo suficientemente humanos y cercanos para que el mundo nos entienda, y lo suficientemente arraigados en Dios para tener algo verdaderamente transformador que ofrecerle. Ni asimilados, ni aislados, sino proféticamente presentes.