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La Iglesia no necesita ser grande: Necesita que vuelva a importar

Porque el Evangelio nunca fue una estadística. Fue una presencia

Cuando importa más estar que contar

Hay una pregunta incómoda que ronda nuestras comunidades desde hace décadas, de esas que suelen esquivarse en las reuniones pastorales para no enturbiar el ambiente: ¿para qué queremos seguir siendo muchos?

La pregunta puede sonar provocadora o parecer una maniobra elegante para justificar la pérdida constante de fieles, vocaciones y presencia pública. Y no se trata de eso. Una parroquia que se vacía tiene un problema real de transmisión y una comunidad no puede responder con autosuficiencia que «lo importante es la calidad y no la cantidad».

Sin embargo, el verdadero desvío comienza cuando los números dejan de ser un indicador y se convierten en la medida de todas las cosas.

Nos hemos acostumbrado a contarlo todo: bautizos, primeras comuniones, bodas, vocaciones, balances parroquiales y aforos dominicales. Y aunque los datos ayudan a diagnosticar una realidad, sufren de una ceguera estructural: ninguna estadística puede registrar la huella del Evangelio en la conciencia de una persona, la esperanza que activa una comunidad acogedora o el consuelo real de quien atraviesa una noche oscura.

Una Iglesia puede ser multitudinaria y resultar irrelevante para la vida concreta de la gente; del mismo modo que puede ser pequeña y poseer una densidad espiritual enorme. Quizá llevamos demasiado tiempo obsesionados con recuperar la institución que fuimos, en lugar de preguntarnos cómo ser una presencia significativa para el mundo de hoy.

La tentación de la nostalgia y el reto de la fragilidad

Existe una innegable nostalgia de aquellos tiempos en que la fe articulaba la vida social y las costumbres cristianas se transmitían casi por inercia. Pero conviene no idealizar el pasado. Ser mayoría no equivalía automáticamente a ser más evangélicos, ni ostentar relevancia institucional garantizaba estar más cerca de los desheredados. Convertir el ayer en el patrón obligatorio del mañana es una trampa paralizante.

El mundo contemporáneo ya no responde a los esquemas de hace medio siglo, pero sigue estando atravesado por una sed inconmensurable de sentido. Vivimos en la era de la hiperconexión, pero la soledad se ha transformado en una epidemia silenciosa. Disponemos de más información que ninguna otra generación y, paradójicamente, nunca fue tan difícil distinguir la verdad. Podemos comprar, viajar y entretenernos sin límites, pero seguimos sin saber qué hacer cuando irrumpen el dolor, el quebranto o la muerte.

La aceleración de la inteligencia artificial promete resolver infinitas cuestiones operativas. Podrá responder dudas, redactar textos, agilizar trabajos o diagnosticar problemas. Pero dejará intactas las preguntas existenciales más hondas: ¿para qué vivir?, ¿qué significa amar sin reservas?, ¿qué hacemos con la culpa?, ¿por qué merece la pena perdonar?, ¿cómo afrontar el final de la vida?

La tecnología no puede habitar esas preguntas por nosotros. En ese territorio de fragilidad es donde el mensaje cristiano recupera su verdadera razón de ser: no como una central de respuestas prefabricadas, sino como la certeza de alguien que permanece.

De la estrategia publicitaria a la presencia real

El centro del Evangelio jamás se articuló sobre estrategias de mercado para recuperar cuota de influencia. Jesús no organizó su misión en función de las estadísticas ni vivió obsesionado por el número de seguidores. Se detenía ante personas concretas: miraba a los ojos, tocaba al enfermo, comía con los marginados, escuchaba al sin voz y se acercaba a quienes la religiosidad oficial prefería mantener a distancia.

A veces hemos complicado lo que en el origen era de una claridad desconcertante: mirar al otro y no pasar de largo.

Ahí se traza la frontera entre una institución preocupada por conservarse a sí misma y una comunidad volcada en el servicio. La primera vive angustiada por sus estructuras; la segunda, por las vidas concretas.

No todo el distanciamiento actual se explica culpando al relativismo o a la secularización del entorno; resulta más honesto preguntarnos qué hemos dejado de ofrecer. Muchos jóvenes no se han alejado porque hayan dejado de buscar a Dios, sino porque no encuentran espacios donde formular sus dudas sin ser juzgados. Hay quienes no rechazan la buena noticia, sino la aduana dogmática o el tono adoctrinador con que a menudo se la presentamos.

El objetivo del cristianismo no es ganar una batalla cultural. Es lograr que el mensaje de Jesús siga siendo una buena noticia para alguien. Por eso resulta estéril la tentación de volvernos espectaculares o multiplicar eventos multitudinarios para llamar la atención. La fe nació en espacios modestos —alrededor de una mesa, en los caminos, en casas particulares— y su fuerza inicial no radicó en la envergadura de su organización, sino en la calidad transformadora de sus relaciones.

El valor de lo que no sale en las estadísticas

El futuro del cristianismo se juega en lo pequeño, en todo aquello que se le escapa a los recuentos oficiales:

Las estructuras y las instituciones importan, pero son medios, nunca fines. El problema surge cuando invertimos las prioridades y dedicamos enormes energías a mantener edificios e inercias, mientras descuidamos los vínculos reales. La pregunta decisiva no es cómo lograr que la gente vuelva a llenar las naves de los templos, sino qué estamos ofreciendo para que alguien desee acercarse.

La primera cuestión nace del miedo a la extinción; la segunda, de la pasión por el Evangelio.

¿Para quién estamos?

Aceptemos con madurez que la presencia cristiana no será necesariamente mayoritaria en muchas latitudes. Habrá menos recursos, menos clero y menos identificación cultural heredada. Sin embargo, eso no supone la muerte de la fe, sino una oportunidad histórica para purificar su propósito.

Una Iglesia relevante no será la que recupere privilegios o peso político, sino la que sepa estar al lado de quien ve desmoronarse sus certezas: cuando irrumpe la enfermedad, cuando se rompe una familia, cuando la soledad aprieta o cuando un migrante busca dignidad lejos de su hogar. En esos momentos no se necesitan inventarios ni discursos; hace falta alguien que no se marche.

Esto exige la humildad de salir de la propia fortaleza, aprender a dialogar con el mundo contemporáneo —con sus búsquedas, su ciencia y sus críticas— y asumir que evangelizar no consiste en moldear a los demás a nuestra imagen, sino en aprender a caminar juntos.

Desconocemos las formas externas que adoptará la comunidad creyente dentro de medio siglo, pero el ser humano seguirá necesitando ser amado, perdonado, escuchado y acompañado. Seguirá buscando una esperanza que no pueda comprarse con dinero. Y ahí seguirá habiendo un espacio para el Evangelio: no por ostentar poder ni por reunir muchedumbres, sino por su capacidad de habitar la fragilidad humana.

Tal vez la pregunta decisiva nunca fue cuántos somos. La cuestión verdaderamente evangélica es mucho más sencilla y exigente: ¿para quién estamos?

Porque el Evangelio nunca fue una estadística. Fue, y sigue siendo, una presencia.

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