Menos “Lobos de Wall Street” y Más Ética Profesional
Un buen profesional no solo hace bien su trabajo, sino el bien a través de su trabajo
«¡Qué buen profesional es! Mira dónde ha llegado, la fama que tiene o el dinero que gana». O de tal o cual negocio: «Es una magnífica empresa, factura millones». Es una letanía que escuchamos constantemente a nuestro alrededor, en las conversaciones de café, en los informativos o en las redes sociales. Llevamos tanto tiempo expuestos a esta narrativa que apenas nos damos cuenta de que seguimos atrapados en el orden capitalista de las razones de mercado, delegando la dignidad humana a fríos indicadores económicos y mercantiles.
Por supuesto que un buen profesional tiene que ganar dinero para vivir con dignidad, y es obvio que una buena empresa no puede ser gravosa para la sociedad; al contrario, debe cumplir con eficacia lo que se espera de ella en el tejido productivo. Pero el concepto de "buen profesional" y de "buena empresa" encierra un significado que va mucho más allá de la mera producción, la facturación o la remuneración. Implica un compromiso ético profundo hacia la sociedad, hacia el propio barrio y hacia las personas de carne y hueso que reciben ese servicio; un compromiso que abraza las obligaciones jurídicas evidentes, pero que también atiende a los detalles discrecionales, esos que no exige ninguna ley escrita pero que dicta la decencia y la justicia social.
Quienes pasamos la vida a pie de aula conocemos bien esta realidad. Tras aproximadamente quince años como profesor de ética profesional en ciclos formativos, uno aprende que en la educación no hacemos churros: tratamos con personas. Por eso, en el Colegio San José, a pesar de nuestras lógicas limitaciones —esas que todos compartimos, tanto en lo personal como por las complejidades del sistema en que vivimos—, siempre tuvimos clara una premisa fundamental: no es lo mismo hacer una acción social aislada y puntual, que ser un profesional íntegro a tiempo completo.
Y es que la verdadera ética no se reduce a la casuística de un acto bondadoso del momento. Cometer un error o tener un descuido un día no te define como un mal profesional, de la misma manera que hacer un favor de forma aislada no te transforma en una persona virtuosa. La ética profesional se la juega en el terreno de las actitudes arraigadas, en esos hábitos permanentes que configuran el carácter y dan sentido al día a día del oficio. Es un asunto de hondura y consistencia, no de apariencia ni de marketing social.
A menudo se reduce la excelencia a lo puramente técnico, olvidando la calidad humana. Todos conocemos ejemplos en nuestro entorno: puede haber un mecánico o un electricista que domine su oficio al milímetro, un auténtico "máquina" con las herramientas en la mano, pero que actúe como un "trápala" aprovechándose de la buena fe y del desconocimiento de sus clientes. O podemos encontrar a un trabajador técnicamente brillante que va siempre por libre en la empresa, ignorando a sus compañeros y destruyendo los puentes de la convivencia laboral. A ninguno de ellos se le puede considerar, en la extensión noble de la palabra, un buen profesional. En sus vidas laborales falla por completo la dimensión horizontal —la de la empatía, el compañerismo y el respeto mutuo—, una dimensión que urge alumbrar en el mercado actual.
Frente al automatismo ciego de los beneficios económicos, la ética nos recuerda que los seres humanos no somos meros objetos ni marionetas movidas por los hilos del interés inmediato o de la instintividad productiva. Estamos dotados de una doble capacidad que nos dignifica: la capacidad de reflexionar sobre el sentido de lo que nos rodea y la capacidad de elegir libremente nuestro comportamiento. La ética es, por tanto, la brújula indispensable para no perder el norte en el complejo viaje de la vida y de la profesión.
A lo largo de los años, el verdadero reto educativo ha sido acompañar a los alumnos en el paso de una ética heterónoma a una ética autónoma. Vivir en la heteronomía es lo cómodo; implica aceptar ciegamente las normas que nos imponen desde fuera por pura seguridad u obediencia, dejándonos arrastrar por las leyes del mercado para no complicarnos la vida. En cambio, la autonomía nace de la propia razón reflexiva y crítica. Es asumir el riesgo y la libertad de trazar un proyecto de vida honesto, asumiendo incluso la soledad o el conflicto que a veces conlleva defender la justicia frente a quienes la consideran una pérdida de tiempo.
La idea matriz es inamovible: un buen profesional no es solo aquel que hace bien su trabajo técnico, sino aquel que decide, conscientemente, hacer el bien a través de su trabajo. Este es el verdadero "club" exclusivo que diferencia a la persona que simplemente logra tener éxito material —incluso siendo agresiva, egoísta y mala persona— del auténtico buen profesional.
Vaya desde aquí mi más firme respaldo y admiración hacia esos buenos profesores que, en la trinchera diaria de la FP y de las aulas, no se limitan a transmitir un temario para cubrir el expediente. Aquellos que se desgastan para inculcar en los jóvenes, además de unas destrezas técnicas, un saber estar. Porque los conocimientos técnicos se adquieren y las herramientas se dominan, pero el saber estar, la honestidad, la responsabilidad y la empatía son las únicas virtudes capaces de dignificar un oficio y transformar el corazón de un barrio. Al final del día, cuando las luces del taller, de la oficina o del aula se apagan, el éxito real no se mide por lo que hemos acumulado en la cuenta corriente, sino por el bien que hemos dejado a nuestro paso. Lo demás es solo ruido de mercado.