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«El mar no tiene dueño»: la ética de la paz frente a la pretensión imperial de Trump en Ormuz

Entre el cálculo electoral y la soberbia imperial: la respuesta de la fe ante el riesgo de una escalada en el Golfo

El estrecho de Trump

En el tablero geopolítico global, las palabras de los poderosos raras veces son inocuas. La reciente declaración del presidente estadounidense Donald Trump al proclamar el Estrecho de Ormuz como «nuevo territorio de Estados Unidos» a través de sus redes sociales parece responder, antes que a una posibilidad real, a la necesidad de ganar tiempo y remontar su popularidad interna. Prometer a su electorado un nuevo pedazo de imperio e influencia global es un viejo recurso efectista, pero esta estrategia no representa únicamente un cálculo político; constituye, fundamentalmente, una profunda crisis de sentido ético y espiritual sobre el modo en que la humanidad habita y comparte el planeta.

El Estrecho de Ormuz, una angosta franja de agua por la que circula una quinta parte del petróleo del mundo, no es una propiedad privada ni una extensión soberana de ninguna superpotencia lejana. Es una arteria vital del planeta, un espacio de encuentro entre pueblos y un bien común de la humanidad. Cuando el poder político y militar pretende adueñarse de los pasos navegables y utilizarlos como moneda de cambio o herramienta de sometimiento, nos enfrentamos a la vieja y dolorosa tentación del dominio absoluto sobre la creación y sobre los hermanos.

El peligro inminente: la chispa de un conflicto con Irán

Esta retórica de apropiación no ocurre en el vacío. Al situar este paso estratégico en el centro de un pulso con Irán, la proclama unilateral de control actúa como una mecha encendida en una región al límite. Pretender confiscar o declarar como propio un espacio marítimo bajo la amenaza de la fuerza acorrala a Teherán y alimenta una espiral de provocaciones recíprocas donde la diplomacia queda reducida a cenizas.

El riesgo real de este choque no se mide en términos de astucia geopolítica, sino en vidas humanas. Un desenlace bélico o un bloqueo prolongado en Ormuz desencadenaría una catástrofe global de desabastecimiento, crisis energéticas e inestabilidad económica cuyas consecuencias más devastadoras, como ocurre siempre en la historia de las guerras, recaerán sobre las familias más vulnerables y los pueblos más empobrecidos del planeta.

La vieja ilusión de los imperios

Desde la perspectiva del pensamiento social cristiano y la tradición profética, la pretensión de poseer las aguas evoca la soberbia de los grandes imperios de la historia. Las potencias que sucumben a la desmesura del poder terminan creyendo que la fuerza de sus ejércitos les otorga el derecho de rediseñar mapas, adueñarse de los bienes comunes y someter la soberanía de las demás naciones.

Sin embargo, el Evangelio y la ética universal nos recuerdan que la tierra y los mares no le pertenecen al imperio de turno. Fueron dados a la familia humana para su cuidado compartido. Convertir una ruta marítima en un trofeo geopolítico o en un rehén de la política interna es una violación directa de la lógica de la creación y del destino universal de los bienes.

La apuesta de la Iglesia: La paz como imperativo supremo, la diplomacia y el Derecho Internacional

Frente a discursos que exaltan la hegemonía y la ley del más fuerte, la voz de la Iglesia y de las comunidades de fe se levanta para señalar que la paz es el pilar central e irrenunciable sobre el cual debe edificarse toda convivencia humana:

La historia enseña que los imperios que intentaron adueñarse de los mares mediante la intimidación construyeron sus hegemonías sobre arena. En este momento crítico, la comunidad creyente renueva su vocación profética proclamando las Bienaventuranzas: «Dichosos los que trabajan por la paz» (Mt 5,9). Seamos constructores de puentes en lugar de apropiadores de océanos, recordando que solo la paz, la fraternidad y el respeto al derecho garantizarán un futuro seguro para todos los pueblos.

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