Los mártires de la Creación: El nuevo rostro del compromiso cristiano frente al colapso planetario
El grito de la Tierra sacude a las parroquias: el giro radical de las comunidades locales que asumen la ecología integral como un mandato innegociable
Hubo un tiempo en que el martirio cristiano se asociaba casi exclusivamente a la defensa dogmática de la fe o a la persecución política bajo regímenes totalitarios. Hoy, el mapa de la santidad y del sacrificio evangélico se está dibujando en un escenario distinto: el de los territorios en disputa, los ríos contaminados, las selvas esquilmadas y las comunidades desplazadas por el extractivismo feroz. Los nuevos testigos de la fe no mueren por negarse a adorar a un emperador, sino por negarse a adorar al dios dinero que destruye la casa común.
Son los mártires de la Creación. Una realidad sangrante que ya no se limita a un único rincón del planeta, sino que se ha convertido en el examen de conciencia global para la Iglesia del siglo XXI.
De la Amazonía al sudeste asiático: Una red global de resistencia
Es innegable que la cuenca amazónica sigue siendo el epicentro mediático de esta cruzada. Allí, la herencia de figuras como Dorothy Stang (asesinada por un sicario en el 2005 en la selva Amazónica cuando leía la Biblia mientras caminaba a una reunión con sus feligreses) o el sufrimiento de los pueblos indígenas defendidos por la Iglesia continúan en el centro de la diana de las mafias madereras. Sin embargo, reducir este fenómeno a la Amazonía es invisibilizar una red global.
Para entender la magnitud actual de este conflicto hay que mirar, por ejemplo, a Filipinas. Allí, en comunidades rurales e islas gravemente amenazadas por el cambio climático, líderes laicos, catequistas y sacerdotes locales se han convertido en el último escudo humano frente a los gigantes de la minería a cielo abierto y la deforestación. En el archipiélago filipino, defender la tierra desde una opción de fe no es una declaración teórica; es un billete hacia la persecución, las amenazas de muerte y, con dolorosa frecuencia, el asesinato a manos de grupos paramilitares al servicio de intereses corporativos.
De América Latina a Asia, pasando por las órdenes religiosas que frenan el acaparamiento de tierras en África subsahariana, el compromiso con la ecología integral ya no es una opción pastoral periférica. Es el núcleo de la opción por los pobres.
Los movimientos Laudato si’ diocesanos: La resistencia desde la base
Frente a esta violencia estructural, la respuesta eclesial está dejando de ser una serie de protestas aisladas para convertirse en una red organizada. Aquí radica una de las mayores novedades de los últimos años: el auge de los movimientos y comisiones Laudato si’ dentro de las propias diócesis.
Ya no hablamos de colectivos ecologistas externos a la Iglesia, sino de delegaciones diocesanas, parroquias y comunidades de base que han asumido las encíclicas del Papa Francisco como un mandato institucional. Estos movimientos están velando, audazmente, por estas cuestiones a tres niveles:
- Vigilancia comunitaria: Actúan como radares locales frente a abusos ambientales en sus territorios, dando voz a los campesinos e indígenas que los gobiernos prefieren ignorar.
- Conversión de estructuras: Animan a sus propios obispados para auditar el consumo energético de los templos, eliminar plásticos y, de forma más crucial, exigir la desinversión de los fondos eclesiales en industrias contaminantes.
- Espiritualidad de la encarnación: Reeducan a los fieles para entender que el pecado litúrgico o moral no está separado del pecado ecológico contra la creación de Dios, que tanto nos hablaba Francisco, el de Asís, con sus obras y el “Papa verde” con sus Encíclicas Laudato si y Fratelli tutti.
Un altar en el corazón del mundo
Este escenario plantea interrogantes incómodos para nuestras comunidades de retaguardia. Mientras hombres y mujeres se juegan la vida en la primera línea ambiental en el Sur Global, o mientras los jóvenes (y no tan jóvenes) de los movimientos diocesanos intentan mover las estructuras, muchas de nuestras parroquias occidentales siguen instaladas en una fe de sacristía, ajenas a la crisis civilizatoria que nos rodea.
La Iglesia de los primeros siglos se edificó sobre las tumbas de los mártires en las catacumbas. La Iglesia del futuro, si quiere ser creíble, se sostendrá sobre el testimonio de quienes hoy defienden la vida en su sentido más amplio.
Los mártires de la Creación y los movimientos que los respaldan nos recuerdan que el altar no está encerrado entre cuatro paredes de piedra; el altar es el mundo herido. Celebrar la Eucaristía hoy nos obliga a partir el pan, pero también a defender la tierra que lo produce y a los seres humanos que la custodian.