¿Qué está pasando en los alumnos y profesores con su salud mental?
Diagnóstico de una herida compartida: cuando la presión por el rendimiento sofoca el sentido de aprender y educar
En el calendario el mes de septiembre siempre huele un poco a mochila nueva, a lápices por estrenar y a una mezcla inevitable de nostalgia por el verano que se apaga y vértigo por lo que está por venir. El inicio de un nuevo curso escolar no es solo un trámite administrativo ni una fecha marcada en el almanaque; es una sacudida emocional que atraviesa hogares, aulas y calles.
Para los más pequeños, los primeros días son un territorio de sensaciones encontradas. Están los nervios del primer día, el reencuentro con los amigos tras semanas de distancia y esa intriga contenida por descubrir quién se sentará al lado o qué tal será el profesor de este año. Para otros, especialmente los que cambian de etapa o pisan el colegio por primera vez, el proceso es una adaptación gradual donde caben algunas lágrimas al despedirse en la puerta, pero también la chispa de curiosidad que se enciende en cuanto descubren los primeros juegos.
Sin embargo, para los padres y madres, este arranque viene marcado por una angustia mucho más prosaica pero asfixiante: la cuesta de septiembre. Libros de texto a precios desorbitados, listas infinitas de material, uniformes, ropa, comedores, transporte y actividades extraescolares convierten el inicio del curso en un auténtico laberinto financiero. La acumulación de facturas y la dificultad real de muchas familias para hacer frente a los gastos escolares añaden desde el primer día una dosis de estrés, incertidumbre y culpa que se instala en el corazón del hogar antes incluso de que suene el primer timbre.
Tras esta fachada de rutina, folios en blanco y facturas por pagar, la realidad que se respira hoy en los centros educativos es sensiblemente más compleja y dolorosa. Las aulas de hoy acogen una crisis silenciosa y profunda de salud mental que afecta por igual a quienes aprenden y a quienes enseñan.
Ansiedad generalizada, síntomas depresivos, conductas autolesivas, trastornos de la conducta alimentaria, hiperactivación o apatía profunda son solo la punta del iceberg de un malestar extendido. Las razones de esta quiebra no son fortuitas ni responden a casos aislados. En el alumnado convergen el miedo constante a un futuro incierto, la hipervigilancia social, la soledad y el aislamiento afectivo tras los dispositivos, una bajísima tolerancia a la frustración fruto del ritmo de inmediatez actual y una presión académica que los fiscaliza desde edades cada vez más tempranas. En el profesorado, el desgaste surge de un cóctel tóxico: la sobrecarga burocrática ahogante, la pérdida de autoridad y respaldo social, la precariedad de recursos, el agotamiento ante ratios elevadas y la exigencia implícita de asumir roles de contención emocional y social para los que rara vez han sido formados. ¿Qué le está sucediendo a la escuela contemporánea para haberse convertido en un espacio de tanto sufrimiento compartido?
La lectura sociológica: La "sociedad del cansancio" y el ecosistema hiperconectado
Para comprender esta quiebra no basta con mirar al individuo o patologizar las conductas singulares; es necesario analizar la estructura social en la que se encuadra. Vivimos sumergidos en lo que el pensador Byung-Chul Han denominó “la sociedad del rendimiento”, un modelo hiperproductivo donde el individuo se explota a sí mismo bajo la ilusión de la libertad, el éxito personal y la autoexigencia constante.
- En el alumnado, la aceleración del tiempo social y el ecosistema digital han transformado de raíz la subjetividad infantil y juvenil. La exposición constante a estándares irrealizables a través de las redes sociales genera una comparación continua, hiperconectividad y un grave déficit de presencia. Se exige a los jóvenes una flexibilidad emocional y una productividad para las que no están maduros, al tiempo que se debilitan los vínculos comunitarios tradicionales en un entorno que premia el consumo inmediato y el estímulo rápido.
- En el profesorado, la sociología del trabajo evidencia un fenómeno de desgaste estructural (burnout). Los docentes se encuentran atrapados entre una burocracia desmedida que ahoga la labor pedagógica, la exigencia de responder a carencias sociales complejas que superan con creces lo educativo y la desatención institucional. El profesor ya no solo imparte una materia; sobre sus hombros recae la contención de crisis familiares, afectivas y de conducta, sintiéndose con frecuencia desarmado, cuestionado y sin herramientas suficientes.
El prisma psicológico y existencial: El vacío de sentido y la fragilidad del vínculo
Desde un enfoque psicológico, la salud mental no es una tara individual ni un mero desajuste químico, sino el síntoma de una desconexión relacional. Autores referentes de la psicología humanista y del desarrollo, como Erich Fromm, recordaban la necesidad de un entorno seguro de "sostén" y amparo para que una persona pueda desarrollarse con confianza. La escuela, que tradicionalmente operaba como una institución de contención, pertenencia y marco estructurador, ha ido perdiendo esa capacidad organizadora ante la rapidez de las transformaciones sociales.
En el plano del pensamiento y la existencia humana, asistimos a una evidente quiebra del sentido. Cuando el horizonte vital se reduce a la eficiencia, al rendimiento mercantilizable o al cumplimiento de métricas, la existencia queda desprovista de propósito trascendente. La ansiedad que se respira en las aulas es, en el fondo, una respuesta al vacío: los estudiantes se preguntan para qué aprender en un mundo incierto y hostil, mientras los profesores se cuestionan para qué educar en un sistema que prioriza el trámite administrativo y los resultados evaluables sobre el encuentro humano verdadero.
Hacia una dimensión espiritual amplia: De la aceleración a la cultura del cuidado
Si abrimos la mirada hacia una espiritualidad holística y profunda (aquella que atañe al alma de la persona, a la capacidad de asombro, de silencio, de sentido y de fraternidad), la crisis actual revela una sed urgente de inneridad (de cultivo de la vida interior y la autoconciencia profunda) y de trascendencia.
Una espiritualidad encarnada en el ámbito educativo exige cuestionar el ritmo deshumanizador actual y promover alternativas concretas:
- Recuperar la sacralidad del encuentro: Educar es, ante todo, un acto de presencia. Frente a la mirada fragmentada por las pantallas y la prisa, hace falta volver a la pedagogía de la mirada plena: ver al alumno en su singularidad, con sus heridas y sus potencias, y reconocer al maestro no como un mero ejecutor de contenidos o gestor burocrático, sino como un acompañante de vida.
- Cultivar la vida interior: El silencio, la contemplación, la reflexión y la escucha de las propias emociones no son lujos ni herramientas para mejorar la productividad, sino necesidades vitales primordiales. La escuela necesita espacios serenos donde el ser esté por encima del hacer.
- Restablecer la comunidad: Nadie se salva ni se cura en la soledad. La sanación del clima escolar pasa por tejer redes reales de cuidado entre familias, docentes y alumnado. Educar requiere volver a la noción de la "tribu", a la certeza de que el sufrimiento del otro me concierne, me afecta y me compromete.
Una llamada a la transformación
La alerta sobre la salud mental en la educación no puede zanjarse con meros parches protocolarios, charlas aisladas o paracetamoles emocionales. Es un grito colectivo que nos interpela sobre qué tipo de sociedad estamos construyendo y qué futuro deseamos ofrecer a las próximas generaciones.
Restaurar la salud mental en los centros educativos implica devolver a la escuela su vocación original: ser un espacio de vida, de descubrimiento, de cobijo y de esperanza, donde aprender a ser plenamente humanos siga siendo la lección más importante.
Decía Maya Angelou (escritora, activista por los derechos civiles y referente del pensamiento humanista) que la gente olvidará lo que dijiste y lo que hiciste, pero nunca olvidará cómo la hiciste sentir. En la escuela ocurre exactamente lo mismo: los estudiantes olvidarán con los años los algoritmos, las fechas históricas o las definiciones teóricas, pero guardarán para siempre el recuerdo de aquel profesor que los miró a los ojos con verdadero respeto, que creyó en ellos cuando nadie lo hacía y que convirtió el aula en un refugio de paz. Sanar la salud mental en la educación pasa, en última instancia, por recordar que la mayor enseñanza es la calidez de la presencia humana.
Sin embargo, asistimos hoy al repliegue de una promesa fallida: tras años imponiendo la digitalización como panacea, cada vez más escuelas y administraciones dan marcha atrás, retirando o limitando seriamente unos dispositivos que no solo no han aportado la mejora prometida, sino que han socavado la atención, la lectura pausada y el equilibrio emocional de los jóvenes.
Tampoco ayuda la tiranía de los rankings económicos. Como bien cuestiona el referente de la banca ética Joan Antoni Melé, cabe preguntarse qué tiene que decirnos una organización eminentemente empresarial como la OCDE —a través de sus informes PISA— sobre la verdadera naturaleza de la educación. El mundo actual no se desmorona por un déficit de competencias en matemáticas o lengua (materias esenciales, por supuesto), sino por una dolorosa y patente quiebra de la ética, del sentido del bien común y de la compasión. ¿Lograremos librar a la educación de la lógica del mercado para devolverle su alma? El reto urgente ya no es competir para producir, sino educar para cuidar, recordar que la técnica debe subordinarse a la conciencia y volver a poner en el centro aquello que ningún algoritmo podrá sustituir jamás: la luz de una mirada capaz de comprender, acoger y amar.