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¿Predicar en el algoritmo o vender el Evangelio? El dilema de los "misioner@s digitales"

Entre el deseo de llegar a los jóvenes y el riesgo de convertir la fe en un producto de consumo más

espectacularización o propagación de la fe

Un sacerdote se suma a un trend (tendencia viral) de TikTok para hablar de la confesión. Un consagrado responde preguntas sobre moral sexual mientras juega a un videojuego en Twitch (plataforma de emisión en directo). Una joven laica comparte su ratito de oración matutina en Instagram como si fuera un vídeo blog de estilo de vida.

En los últimos años, la plaza pública ha cambiado de coordenadas: ya no está frente al atrio de la parroquia, sino en el muro infinito de nuestros teléfonos. Ante el vaciamiento de los templos entre las generaciones más jóvenes, ha irrumpido una nueva figura: los bautizados que evangelizan tras la pantalla. A menudo la prensa los etiqueta como los "curas e influencers de Dios", aunque dentro de las redes muchos prefieren definirse como "misioner@s digitales".

La pregunta resulta inevitable: ¿estamos ante una auténtica primavera pastoral en el continente digital o ante un ejercicio de marketing confesional abocado a la espectacularización de la fe?

Del "hacer ruido" a la búsqueda de sentido

Reducir este fenómeno a un capricho juvenil o a una moda pasajera sería un error de lectura. Los entornos digitales no son simples "herramientas" para enviar mensajes; son un ecosistema con sus propios lenguajes, códigos y dolores.

Para entender su mecánica hay que fijarse en cómo operan estas plataformas. En redes como TikTok o Instagram predomina el uso de los trends (formatos de vídeo, audios, retos o bailes que se ponen de moda de golpe y que miles de usuarios replican). Cuando un evangelizador se suma a uno de estos contenidos virales, lo hace para "hackear" el algoritmo. Al usar la música o la estructura más popular del momento, la red social muestra su vídeo a audiencias masivas que jamás buscarían contenido religioso. Cambian la letra, pero mantienen la música: usan un baile o un audio de humor para superponer textos sobre el perdón, la vocación o la oración.

Cuando un sacerdote o una laica deciden abrir un canal en una plataforma de emisión en directo para charlar de teología sin dogmatismos o aprovechan estas dinámicas de masas, están habitando la periferia existencial de quienes jamás cruzarían la puerta de un templo. Hay un deseo genuino de encuentro, de acompañamiento y de responder al mandato de ir por todo el mundo... adaptando el barco a las mareas de la red.

Luces y sombras: entre la frescura pastoral y los peajes del algoritmo

Analizar este movimiento exige observar cómo sus mayores virtudes conviven mano a mano con sus peligros más sutiles.

Por un lado, la gran virtud de esta presencia en redes es la cercanía y democratización del mensaje. Estos creadores logran desmontar el lenguaje eclesial a menudo engolado o lejano, hablando de Dios en el idioma de la calle y llegando a personas aisladas que buscan respuestas sin sentirse juzgadas. Sin embargo, en el reverso de esta moneda aparece el riesgo de una traducción reduccionista: al intentar encajar el misterio del Evangelio en un trend de 15 segundos, se corre el peligro de infantilizar la fe o banalizar cuestiones complejas para adaptarlas al ritmo frenético del consumo rápido.

Además, en este terreno ocurre con frecuencia lo mismo que padece el periodismo actual: se acaba publicando lo que de antemano se sabe que va a tener más seguimiento y no tanto aquello que resulta pastoralmente necesario o que nos cuestiona personalmente. La tiranía de las métricas hace que, casi sin darse cuenta, se vayan desplazando tanto las temáticas como las formas según el éxito obtenido. El medidor pasa a ser exclusivamente el número de visitas, los likes o la cantidad de comentarios —incluyendo la polémica o el odio si "dan juego"—, provocando que los contenidos más profundos o incómodos vayan perdiendo presencia en la red por falta de alcance.

En paralelo, aunque las redes permiten crear espacios de diálogo directo, la propia dinámica de las plataformas empuja hacia el culto a la personalidad. Resulta tentadoramente fácil que la línea entre anunciar a Jesucristo y promocionar la propia marca personal se vuelva borrosa cuando la fecundidad del ministerio se confunde con el grado de implicación o la interacción cuantitativa de las métricas.

El peligro real: La "espectacularización" de la fe

El mayor desafío no es tecnológico, sino teológico. El motor de plataformas como TikTok o Instagram es el entretenimiento, el impacto visual y la inmediatez. Sin embargo, la fe profunda suele requerir todo lo contrario: silencio, lentitud, contemplación y sentido de comunidad presencial.

¿Qué ocurre cuando el Evangelio se adapta tanto a las reglas del algoritmo que pierde su capacidad de incomodar?

Si para ganar visualizaciones hay que recurrir al sensacionalismo, a la polémica doctrinaria fácil para polarizar o a una estética impecable pero vacía de contenido, la fe corre el riesgo de convertirse en un producto de consumo más. Un contenido que se consume con el pulgar y se olvida al pasar a la siguiente pantalla.

Además, la labor misionera en redes no puede convertirse en un fin en sí misma. La pantalla puede ser el anzuelo o la puerta de entrada, pero el encuentro auténtico con la fe cristiana siempre acaba exigiendo cuerpo, altar, abrazo y comunidad física. Un sacramento no se puede descargar por Wi-Fi.

¿Hacia dónde vamos?

Ni tecnofobia paralizante ni entusiasmo ingenuo. La Iglesia necesita misioner@s digitales, sí, pero maduros, formados y con los pies bien asentados en la tierra.

Las redes sociales no son un sustituto del templo, sino la calle ruidosa por la que pasar a buscar a quien se siente perdido. El reto de los evangelizadores del siglo XXI no es acumular seguidores para su cuenta, sino ser puentes para que esos seguidores encuentren un camino real, de carne y hueso, hacia la comunidad y la trascendencia.

Por fortuna, frente al ruido y la fragmentación de las redes, siempre nos quedará el refugio de espacios como Religión Digital o Fe Adulta —esta última ofrece hoy sus artículos en un excelente formato de audio—, junto a otros portales de referencia que nos invitan a detenernos a leer con pausa y alimentar el pensamiento crítico. Los artículos y ensayos de reflexión teológica, espiritual, religiosa y sociopolítica jamás podrán ser sustituidos por el consumo rápido de la pantalla: prescindir de ellos significaría resignarnos a quedarnos tan solo con una mínima parte de un todo infinitamente mayor.

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