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¿Qué queda de misterio cuando todo parece explicable?

Cuando confundimos el Mapa con el Paisaje y el Problema con el Misterio

Qué queda del misterio

Vivimos en la era del spoiler absoluto. Si nos duele la cabeza, Google nos da tres diagnósticos en tres segundos (y la IA en uno). Si queremos saber qué tiempo hará el próximo martes a las cuatro de la tarde, una aplicación nos lo dice con un porcentaje exacto de probabilidad. Si miramos al cielo, los telescopios espaciales ya no ven el hogar de los ángeles, sino la radiación de fondo de un universo en expansión. Todo está mapeado, pesado, medido y subido a la nube.

Parece que la ciencia, la tecnología y el algoritmo han acorralado al misterio en el rincón de las cosas que todavía no hemos tenido tiempo de explicar. En un mundo donde todo parece explicable, ¿nos estamos quedando sin capacidad de asombro? ¿Qué espacio le queda a lo sagrado cuando la magia se descompone en datos?

El error de nuestra época no es que busquemos respuestas —eso es profundamente humano y bendito—, sino creer que explicar el mecanismo de algo equivale a agotar su significado. Un neurólogo puede explicar con precisión milimétrica qué zonas del cerebro se iluminan y qué hormonas se segregan cuando abrazamos a alguien o cuando nos conmovemos ante un atardecer. Conoce el engranaje. Pero esa explicación científica, por perfecta que sea, no explica el hecho del amor, ni la belleza, ni el vuelco que nos da el corazón. Se explica el mapa, pero nos perdemos el paisaje.

Gabriel Marcel: Del problema al misterio

Para entender bien este desencuentro, nos viene providencial la intuición de un gran filósofo existencialista cristiano, Gabriel Marcel. Él explicaba que el drama del ser humano moderno es que tiende a confundir un problema con un misterio.

Un problema es algo que me encuentro de frente, bloqueándome el paso. Está ahí fuera, separado de mí, como una ecuación matemática o un motor averiado. Tiene una solución técnica; solo hace falta aplicar las herramientas correctas para resolverlo y, una vez solucionado, el problema deja de existir.

Un misterio, en cambio, es algo en lo que yo mismo estoy inmerso. No puedo ponerme frente a él para analizarlo desde la distancia de un laboratorio, porque yo formo parte de esa realidad. El amor, el sufrimiento, el sentido de mi propia vida o la presencia de Dios no son averías que reparar con un manual de instrucciones; son dimensiones del ser que me envuelven.

Nuestra sociedad padece una obsesión enfermiza por transformar todos los misterios de la existencia en simples problemas técnicos con esperanza de solución. Pero, por más que la psicología catalogue los comportamientos o la medicina alargue la vida, el ser humano sigue habitando un territorio que no se resuelve, sino que se vive y se contempla. El misterio no es la ausencia de luz; es un exceso de luz que desborda nuestras herramientas analíticas.

Los nuevos "santuarios" del misterio

¿Dónde se esconde entonces el misterio hoy? Paradójicamente, en los mismos lugares de siempre, esperando a que apaguemos un momento las pantallas para dejarse ver:

En la herida del otro: El sufrimiento humano y la capacidad de resiliencia siguen siendo un misterio insondable. ¿Por qué alguien que lo ha perdido todo es capaz de sonreír y dar gracias? Ahí hay una grieta por la que se cuela lo divino.

En el nacimiento y en la muerte: Las dos fronteras de la vida siguen siendo los grandes límites del laboratorio. Podemos programar un parto o monitorizar una agonía, pero el instante exacto en que la vida brota o se apaga nos sigue dejando mudos, sobrecogidos.

En la gratuidad: En un mundo mercantilizado donde todo se mide por su utilidad, que alguien decida regalar su tiempo, perdonar una traición o amar sin esperar nada a cambio es la mayor bofetada al utilitarismo. La gratuidad es el misterio en acción.

El-misterio-del-hombre

Una fe que no teme a las preguntas

Como creyentes, no necesitamos una fe que juegue al escondite con la ciencia, ni un Dios "tapa-agujeros" que solo aparezca donde la razón no llega. Al contrario. Cuanto más nos explica la ciencia cómo es el mundo, más nos empuja el misterio a preguntarnos por qué existe y para qué estamos aquí.

El peligro de nuestra cultura superconectada y sobreexplicada no es que nos volvamos ateos, sino que nos volvamos superficiales. Que nos conformemos con las respuestas automáticas de la pantalla y dejemos de hacernos las preguntas del alma.

Seguir buscando el misterio hoy no es un acto de nostalgia romántica; es un acto de resistencia humanizadora. Es rebelarse a vivir en un mundo plano y atreverse a mirar el reverso de las cosas, sabiendo que, detrás del último dato explicable, siempre nos estará esperando el Dios que se revela en el susurro de una suave brisa.

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