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El repliegue de las aulas: por qué el feminismo vuelve a suscitar miedo en la educación

Del concepto filosófico de la justicia a las lecturas teológicas más audaces: claves para superar la polarización en la educación y convertir el diálogo de género en una alianza sanadora

Desaprender el Anti-feminismo

Hubo un tiempo en que las aulas de colegios, institutos y universidades parecían haber alcanzado un consenso sobre la igualdad. Hoy, basta con pronunciar la palabra feminismo en una clase para que el aire se enrarezca. Respuestas defensivas, risas despectivas o un silencio prudente por parte del profesorado se han convertido en la tónica habitual. ¿Qué ha ocurrido para que una de las corrientes de pensamiento más emancipadoras de la historia sea percibida por tantos jóvenes como una amenaza?

Para responder, conviene superar la trinchera mediática y acudir a la filosofía, a la teología crítica —católica y protestante— y a la lectura atenta de nuestro clima socio-cultural.

La genealogía filosófica: de Simone de Beauvoir a la teoría de la justicia

Desde un punto de vista estrictamente filosófico, el feminismo no es una moda reciente ni un exabrupto ideológico. Es la profundización lógica del proyecto ilustrado de justicia y ciudadanía universal.

¿De qué hablamos cuando decimos "feminismo"? Una aclaración histórica

Para comprender este legado en el aula, conviene establecer una distinción importante sobre qué entendemos por «feminismo», ya que no es un término monolítico ni nació de un día para otro:

Como defensa de la dignidad de las mujeres: Tiene antecedentes muy antiguos. Un referente fundamental es Christine de Pizan (1364–1430), quien en La ciudad de las damas (1405) defendió la capacidad intelectual y moral de las mujeres frente a los prejuicios de su época.

Como pensamiento filosófico moderno sobre la igualdad: Destaca Mary Wollstonecraft (1759–1797), autora de Vindicación de los derechos de la mujer (1792). No conviene decir que Wollstonecraft o autoras posteriores "inventaron" el feminismo, sino que fue una de las grandes formuladoras del feminismo moderno. En España, más adelante, una figura pionera en esta línea fue Concepción Arenal (1820–1893), defendiendo la educación y emancipación femenina.

El término «feminismo» como palabra: Apareció mucho más tarde, en el siglo XIX. En Francia, féminisme comenzó a utilizarse en la década de 1830–1840 y posteriormente se difundió a otros países.

Simone de Beauvoir y la inauguración del pensamiento moderno:

La gran piedra angular del feminismo filosófico contemporáneo la colocó Simone de Beauvoir en 1949 con El segundo sexo. Su célebre afirmación —"No se nace mujer: se llega a serlo"— diferenció por primera vez la biología de la construcción cultural, demostrando que la subordinación femenina no es un destino natural, sino un producto histórico. Beauvoir analizó cómo el varón se ha erigido en el sujeto neutro y universal, relegando a la mujer a la condición de "lo Otro". Su análisis liberó al pensamiento occidental de un prejuicio ancestral y abrió el camino para las pensadoras posteriores.

La consolidación de una teoría de la justicia: Siguiendo esa estela, la filósofa Celia Amorós definió el feminismo como una "conceptualización crítica" imprescindible para destapar las trampas del patriarcado y restituir a las mujeres su condición de sujetos de pleno derecho. En la misma línea, Amelia Valcárcel ha recordado que el feminismo es el gran corrector de la democracia: una teoría de la justicia que interpela la ética pública y la organización de las instituciones. Cuestionar este legado en el ámbito educativo equivale a truncar el desarrollo del pensamiento crítico en las aulas.

La teología crítica: rescatar la dignidad ahogada por el patriarcado

Desde la reflexión teológica, tanto en la tradición católica como en la protestante, la resistencia al feminismo revela una paradoja aún más profunda. La igual dignidad de la mujer no es una concesión del mundo moderno, sino un imperativo evangélico radical.

En la tradición católica:

La teóloga Rosemary Radford Ruether demostró que cualquier teología que legitime la dominación de un sexo sobre otro traiciona el mensaje de la salvación. Desde América Latina, la teóloga e investigadora Ivone Gebara ha subrayado que el patriarcado ha configurado una forma de teología alejada de la vida concreta, la ecología y el sufrimiento de las periferias. Asimismo, Elisabeth Schüssler Fiorenza puso de manifiesto cómo el texto bíblico fue transmitido a través de un prisma androcentrista que invisibilizó el "discipulado de iguales" vivido en torno a Jesús.

En la tradición protestante y reformada:

La biblista protestante Phyllis Trible realizó una relectura pionera de los textos del Antiguo Testamento para rescatar la presencia de la sabiduría divina y desacralizar las lecturas machistas de la Creación. Más recientemente, la teóloga reformada Marcella Althaus-Reid desmontó las imágenes de un "Dios patriarcal" utilizado como herramienta de control social, recordando que la gracia de Dios irrumpe siempre desde la libertad y los márgenes.

Todas estas autoras coinciden en un diagnóstico: el patriarcado no solo ha sometido a las mujeres a lo largo de la historia; ha mutilado la propia comprensión de Dios, reduciendo el Misterio divino a una simple proyección del poder masculino.

Las causas del acorralamiento: redes, ultraderechas y torpezas propias

Si la base filosófica y teológica es tan sólida, ¿por qué el movimiento se encuentra hoy acorralado en los espacios educativos? El fenómeno responde a la convergencia de dos factores decisivos:

Por un lado, asistimos a una estrategia calculada por parte de sectores de la derecha y la ultraderecha política, que han colonizado las redes sociales y el debate público. Mediante el uso sistemático de caricaturas groseras —encarnadas en términos deshumanizadores como "feminazi"—, estos discursos han logrado inocular en muchos jóvenes la idea de que la lucha por la igualdad es, en realidad, un ataque revanchista contra los varones. El algoritmo, diseñado para premiar el conflicto, ha convertido el resentimiento en un caladero de reclutamiento juvenil.

Por otro lado, la honestidad intelectual exige reconocer el impacto de ciertos errores propios. En los últimos años, algunas expresiones y manifestaciones públicas, caracterizadas por una marcada agresividad verbal o por planteamientos maximalistas, han dificultado la empatía y el entendimiento. Al adoptar en ocasiones un tono más punitivo que pedagógico, estas dinámicas han ofrecido el pretexto perfecto a sus detractores para estigmatizar al conjunto del movimiento, proyectando la imagen distorsionada de un colectivo dogmático o extemporáneo y acelerando su veto informal en las aulas.

Sanar la pedagogía: de la trinchera a la alianza

Desarticular este bloqueo en colegios y universidades no consiste en imponer consignas, sino en devolver al feminismo su densidad filosófica y su calidez humana.

  1. Recuperar la pedagogía de la pregunta: Ante la reacción aversiva de un alumno, el papel de la educación no es el desprecio, sino la interpelación socrática: situar el debate en el terreno de los derechos humanos y la ética pública.
  2. Una propuesta de liberación compartida: El feminismo no solo emancipa a la mujer del sometimiento; libera también al varón de los mandatos de una masculinidad rígida, abriéndole a una vivencia de la afectividad y el cuidado más auténtica.
  3. Poner el cuidado en el centro: La filósofa Carol Gilligan, al formular la ética del cuidado, recordó que la madurez moral pasa por reconocer nuestra mutua vulnerabilidad e interdependencia. Esa es la lección que las aulas necesitan hoy.

Hablar de feminismo en los centros educativos es, en última instancia, educar en la certeza de que nadie es más que nadie a los ojos de la razón, de la justicia y de Dios. Devolver la serenidad a esta conversación es un deber ineludible con la verdad y con el futuro.

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