Hazte socio/a
Última hora:
El primer debate sobre Magnifica Humanitas, #primeroRD

Santos de carne y hueso: Por qué la santidad no es una neurosis de perfección

Frente a los falsos iluminados y la obsesión de la perfección, la maravillosa libertad de sabernos imperfectos pero amados

La santidad huele a calle

Nos hemos acostumbrado a una santidad de escaparate. Durante mucho tiempo, hemos puesto a los santos en altares de plata, los hemos hecho de mármol limpio y les hemos pintado unas aureolas tan brillantes que, al final, nos han deslumbrado. Miramos sus imágenes en las iglesias con una mezcla de admiración y alivio: «Ellos son perfectos y juegan en otra liga; lo mío es, simplemente, llegar a fin de mes». Y así, casi sin darnos cuenta, convertimos el camino de Jesús en una pieza de museo, en algo sagrado pero lejano, incapaz de mancharse las manos con el barro de nuestro día a día.

Pero la santidad, si es fiel a Galilea, no puede oler a cerrado. Tiene que oler a calle, a pan tierno, a hospital de campaña y a ropa tendida. En este siglo XXI de pantallas encendidas y corazones apagados, de prisas y de dificultades compartidas, urge rescatar la santidad de la obsesión por la perfección. Jesús de Nazaret no fue un burócrata de la virtud ni un teórico del aislamiento; fue un hombre entrañablemente humano que gastó sus sandalias curando vidas rotas, saltándose las aduanas de la religión oficial y complicándose la existencia con aquellos que la sociedad ya había dado por perdidos. Ahí, en el reverso de la historia, es donde sigue latiendo la santidad hoy.

El laberinto de la perfección: ¿Un mandato o una neurosis?

Para dar este vuelco humano a la santidad, el primer muro que debemos derribar es el de la mala comprensión de las Escrituras. Durante generaciones, esa frase de Jesús en el Evangelio de Mateo nos ha perseguido como una carga pesada: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mateo 5, 48). Leída desde nuestra mentalidad actual, obsesionada con el rendimiento, el control absoluto y el éxito, la palabra "perfección" se ha convertido en una fuente inagotable de ansiedad y culpabilidad espiritual.

Pero Jesús no era un auditor de calidad ni un profesor de autoayuda. Dicen los entendidos que la palabra utilizada en el texto original griego es teleios. Y en el mundo de entonces, teleios no significa "ausencia de defectos" —eso es un concepto de fábrica o de estética—, sino "llegar a la meta", "estar acabado", "ser pleno". La perfección de Dios no es que no cometa errores, sino entender que su amor no está fragmentado; Él (y no tanto yo) ama hasta el fondo, sin condiciones, bajo el sol y bajo la lluvia. De hecho, el pasaje paralelo en el Evangelio de Lucas desvela el verdadero rostro de este mandato: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36). Para Jesús, por tanto, la perfección que nos pide no es un ejercicio de limpieza moral individual, sino una invitación a hacer grande el corazón para que quepan todos.

El valor de la utopía y la mística de las manos manchadas

Somos seres intrínsecamente imperfectos, limitados, vulnerables y siempre inacabados. Pretender una perfección psicológica o moral es una ilusión que solo conduce a la frustración o a la hipocresía de las apariencias. ¿Para qué nos pone Jesús, entonces, un horizonte tan alto? Aquí es donde brilla el valor de la utopía, entendida no como un sueño imposible que nos paraliza, sino como el arte de HACER REALIDAD LO POSIBLE mientras caminamos hacia lo imposible.

La fe se mueve en esa tensión. Sabemos que no podemos borrar todo el egoísmo ni todos los problemas del planeta (lo imposible), pero sabemos que hoy podemos aliviar la soledad o el hambre del que camina a nuestro lado (lo posible).

El Papa Francisco nos regaló una idea preciosa al hablar de los «santos de la puerta de al lado». Son esos hombres y mujeres que jamás saldrán en los periódicos ni en los libros de historia de la Iglesia, pero que sostienen el mundo con una ternura discreta y constante, con los ojos abiertos y las manos manchadas:

Es santo ese padre de familia que regresa con el cuerpo roto tras una jornada de trabajo precaria y, en lugar de encerrarse en su cansancio, saca fuerzas para escuchar el silencio complicado de su hijo adolescente.

Es santa la mujer que cuida diariamente a su esposo devorado por el Alzheimer; una mujer que ve cómo se borran los recuerdos de su vida en común, pero que sigue rescatándolo cada mañana con el mimo de sus manos y la dignidad de su amor.

Es santo el joven que decide rebelarse contra la pantalla, apaga el móvil unas horas a la semana y se va a la periferia de su barrio a acompañar a un anciano solo.

Estos son los espejos donde necesitamos mirarnos. No nos deslumbran con milagros espectaculares, sino con el milagro diario de la bondad en un mundo herido por la indiferencia.

Salud mental: Santos de carne y hueso frente a "iluminados"

Cuando el ideal de la santidad se digiere mal, se transforma en un veneno para la salud mental. La Iglesia ha sido a veces caldo de cultivo para el perfeccionismo escrupuloso, una obsesión por la norma y el castigo que se parece más a un trastorno obsesivo que a la experiencia del Dios de la Gracia. El obsesivo vive bajo la tiranía del "debería", con un miedo paralizante a equivocarse, transformando la fe en una jaula.

En el extremo opuesto nos encontramos hoy con otra quiebra psicológica: la patología del "iluminado". Personas que, olvidando los límites de su propia humanidad, se creen canales directos de Dios, poseedores de una verdad absoluta, inmunes al error y con misiones mesiánicas. Eso no es santidad; a menudo es un ego inflado o una inestabilidad emocional.

Los santos del siglo XXI no son superhéroes; son personas profundamente conscientes de sus grietas. Un ejemplo muy claro es el del joven Carlo Acutis. Su beatificación rompió moldes porque no necesitó un convento para tocar el cielo: le bastaron sus zapatillas de deporte, su sudadera, su ordenador y un amor desbordante por la Eucaristía y los descartados de su ciudad. Nos demostró que se puede usar internet sin perder el alma en la red. Carlo fue un eco de lo que Jesús nos pedía: ser sal. Y la sal no está para mirarse a sí misma en un frasco, sino para disolverse y dar sabor a la comida de los demás. La verdadera santidad no produce rigidez, sino libertad, ligereza y buen humor.

La "prueba del algodón": ¿De quién es esta guerra?

¿Cómo saber, entonces, si nuestra búsqueda de la santidad es sana o es solo una proyección de nuestras carencias y batallas personales? ¿Cómo distinguir entre el ego disfrazado de religión y la acción del Espíritu? La gran "prueba del algodón" consiste en hacernos una pregunta honesta: ¿Esta guerra que estoy librando es la mía o es la de Dios?

Cuando convertimos la fe en nuestra propia guerra, nos obsesiona el resultado, el éxito de nuestros proyectos, el "qué dirán" y la necesidad de tener razón. Esto nos genera ansiedad, juicio severo hacia los que no piensan como nosotros y, finalmente, un amargo cansancio espiritual. Sintiéndonos los salvadores del mundo, nos cargamos una mochila que no nos corresponde.

Cuando entendemos que la historia es “la guerra de Dios” (tomando la expresión en su sentido más tierno y liberador), nos entregamos al día a día y dejamos los frutos en Sus manos. Esta certeza genera una paz profunda, capacidad para descansar sin culpa, paciencia con los ritmos de los demás y una alegría real. Descubrimos que somos solo herramientas imperfectas, siervos inútiles, pero felices, lápices en las manos del único Artista.

No busquemos, por tanto, la santidad en fórmulas espirituales complicadas ni en catedrales lejanas. Dios sigue pasando hoy por nuestras vidas vestido de paisano, cruzándose con nosotros en el metro, en la oficina o en el dolor del vecino de enfrente. Nos está invitando a vivir con el corazón encendido y los pies en la tierra. Descalcémonos, porque la santidad del siglo XXI consiste en la maravillosa libertad de sabernos profundamente imperfectos, pero infinitamente amados en el suelo sencillo de lo cotidiano.

También te puede interesar

Lo último

Humanizar la salud desde la palabra

Soledad, salud y mayores