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¿Y si no somos los únicos? Desaprender nuestra estrechez ante un Dios infinito

Por un cristianismo capaz de mirar a las estrellas sin miedo a perder sus certezas

El hombre y el Universo

Ayer vi El día de la revelación, la última película de Steven Spielberg. Para ser sincero, esperaba muchísimo más, tanto en profundidad de contenido como en factura cinematográfica. Sin embargo, la historia logró algo valioso, ya que despertó en mí algo que andaba latente: esa vieja pregunta que muchos nos hacemos hoy y que, desde hace siglos, no deja de inquietar a la humanidad cuando mira la noche estrellada: ¿De verdad estamos solos en la inmensidad del universo?

Esa misma duda, que hoy la ciencia aborda analizando atmósferas de exoplanetas lejanos o especulando sobre el multiverso, no es nueva. Ha sido el desvelo de místicas, teólogos y pensadores a lo largo de la historia. Pero cuando nos hacemos estas preguntas en el ámbito de la fe, pronto surgen las reservas. ¿Se derrumbaría el cristianismo si confirmáramos vida inteligente allá afuera? Y no lo digo porque a veces carecemos de vida inteligente acá dentro. Más bien me pregunto: ¿No será, quizá, que padecemos de una mirada arrugada, escuchumizada, etnocéntrica y provinciana sobre Dios?

La lección de Giordano Bruno: Más allá del panteísmo y la estrechez

Miramos el cosmos desde el diminuto filtro de nuestras limitadas capacidades biológicas y culturales. Nos cuesta horrores salir de nuestro rinconcito. Creemos en un Dios que trasciende la materia, el espacio y el tiempo, pero con frecuencia no nos permitimos ni siquiera preguntar si este planeta es la única cuna habitable o si somos los únicos seres del Creador. ¿Por qué le exigimos a la infinita libertad divina la misma estrechez de miras con la que gobernamos nuestra vida cotidiana?

A finales del siglo XVI, el fraile dominico y filósofo Giordano Bruno proclamó que el universo era infinito y que albergaba innumerables mundos habitados. Rompiendo con la idea de un mundo cerrado, Bruno intuyó que en la infinitud no existe un centro único ni un borde definitivo: desde cualquier rincón del cosmos, cada criatura se encuentra en el centro de la creación divina.

Es verdad que a Bruno se le achacó una deriva panteísta (identificar a Dios directamente con la materia del cosmos). Pero no hace falta abrazar su filosofía al pie de la letra para rescatar su profética intuición: Dios no es la naturaleza, pero la Creación entera sí está impregnada de su presencia. La Inquisición de 1600 quemó al hombre en Campo de' Fiori porque no supo gestionar la inmensidad de su planteamiento. Hoy no se trata de canonizar a Bruno, sino de no repetir el error de empequeñecer a Dios recortándolo a la medida de nuestros dogmas locales.

Si el universo es infinito —o si la ciencia atina al sospechar la existencia de un multiverso—, la grandeza divina no se fragmenta; se despliega. Como bien apuntaba el astrónomo jesuita Guy Consolmagno, director del Observatorio Vaticano: «Si existen seres extraterrestres, también son criaturas de Dios. ¿Quiénes somos nosotros para poner límites a la creatividad divina?».

Teilhard de Chardin y las Escrituras a escala cósmica

Mucho después de Bruno, otro jesuita, el paleontólogo y teólogo Pierre Teilhard de Chardin, nos regaló una mirada audaz sobre la Cristología Cósmica. Para Teilhard, la evolución de la materia no es un proceso ciego ni geocéntrico, sino un despliegue vivo hacia la conciencia que converge en lo que él llamó el Punto Omega. La Creación no está terminada; la gran obra de Dios sigue latiendo y madurando en cada átomo del tejido sideral.

Cuando nos asomamos a las Escrituras desde esta amplitud, viejas palabras adquieren un brillo deslumbrante:

«Mi reino no es de este mundo» (Juan 18, 36): Resuena no solo como distancia del poder terrenal, sino como un recordatorio de que lo divino desborda nuestros confines etnocéntricos, geográficos y planetarios, siempre regidos por nuestros parciales conocimientos científicos y culturales.

«Tengo otras ovejas que no son de este redil» (Juan 10, 16) y «En la casa de mi Padre hay muchas moradas» (Juan 14, 2): Bellas metáforas que nos abren a la intuición de que el amor del Padre no tiene una sola ventanilla ni un solo domicilio.

«Conviene que yo me vaya» (Juan 16, 7): Al desprenderse de su presencia física y local en Galilea, Cristo deja paso a un Espíritu sin fronteras, un soplo cósmico que alienta en todo lo creado.

La Resurrección deja así de ser un asunto puramente privado de nuestra especie para revelarse como una Redención Cósmica: la promesa de que toda la materia, cada criatura y cada forma de vida en cualquier rincón del universo está llamada a ser acogida y transfigurada.

El verdadero «Día de la Revelación»

Al final, la gran pregunta no nos amenaza; nos sitúa en la verdadera postura del creyente: la humildad. Sentirnos pequeños ante el cosmos no nos vacía, nos llena de asombro, como al salmista que cantaba: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» (Sal 8, 5).

No tenemos todas las respuestas ni debemos pretender imponerlas. La fe no consiste en poseer la verdad como quien guarda una moneda en el bolsillo, sino en dejarse abrazar por el Misterio. Si la mirada cinematográfica de Spielberg nos invita a la fascinación ante lo desconocido, la fe nos llama a algo todavía más radical: ensanchar el corazón para no dejar a nadie fuera de la mirada divina.

Volvamos a la pregunta del principio: ¿Y si no somos los únicos? No sé si hay vida allá afuera; ni lo afirmo ni lo niego. Pero mirando a la libertad infinita de nuestro Dios, ¿por qué no iba a poder ser? Ya está bien de creernos el ombligo del universo y de esa soberbia de pensar que siempre tenemos la razón. No sé qué habrá en las galaxias lejanas, pero en este mundo conocido sé con certeza que no somos los únicos. Y, precisamente, por eso es urgente aprender a comprendernos, cultivar el diálogo y dejar de imponer un único criterio.

Quizá el auténtico «día de la revelación» no sea aquel en el que un telescopio capte una señal lejana o una nave aterrice en la Tierra. El verdadero día de la revelación será el momento en que se descorra el velo de nuestra ignorancia y, como escribió San Pablo, pasemos de ver de manera confusa, como en un espejo borroso, a contemplar la realidad cara a cara. Ese día, al fin, conoceremos plenamente, tal como somos conocidos (1 Cor 13, 12).

Mientras tanto, en este rinconcito del espacio que se nos ha regalado para habitar, el cometido sigue siendo abrazar nuestra maravillosa pequeñez: tomar conciencia de lo diminutos que somos en la infinitud del cosmos para descubrir la inmensa grandeza de cada ser humano y el respeto sagrado que merece. Cuidar esta frágil casa común, superar nuestros etnocentrismos y no olvidar jamás que cada criatura y cada vecino es la pupila a través de la cual Dios nos mira.

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