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La Iglesia corroída por los dogmas.

A la hora de estigmatizar a la Iglesia católica es fácil arremeter, por poner algún ejemplo, contra tal o cual rito porque puede resultar ridículo en nuestros días; es recurrente hablar de las riquezas de la Iglesia; es fácil también criticar la indumentaria de los oficiantes, sobrecargadas de lujo y ostentación; también es fácil embestir contra determinadas costumbres licenciosas de señalados miembros del credo… Y de hecho así suelen proceder determinados medios de comunicación, escandalizándose o usufructuando determinadas tachas para su noticiero diario.

Diremos más: tampoco la verdadera enfermedad de la Iglesia está en su pasado repleto de errores, injusticias, desatinos, guerras, lucro, amor al dinero, lujo, ostentación… Ni en su evidente alejamiento de la sociedad actual fruto del cual es la espantada de una significativa e importante masa de fieles que hace unos años poblaban sus iglesias.

Esos “aspectos” señalados son únicamente la manifestación de una enfermedad más profunda, como si de una afección intestinal surgieran granos en la piel.

La verdadera enfermedad que afecta a la Iglesia son sus dogmas. Dicho de otra manera, el mal que corroe a la Iglesia no está en lo que ordena cumplir sino en lo que manda creer.

Primero porque son un atentado a la inteligencia. Pero, además, porque han amontonado un cúmulo ingente de ellos, justificando los primeros con sinsentidos cada vez mayores.

La iglesia actual ha hecho acopio de tal cantidad de dogmas, credos, fundamentos doctrinales, principios, verdades, misterios y creencias que una mente instruida, una mente que sea capaz de someter a juicio propio tales “verdades”, una mente racional, se siente imposibilitada de asimilar y, sobre todo, creer.

Todo aquello que la Iglesia ordena creer respecto a los fundamentos de la existencia humana chirría, no lo puede asimilar una inteligencia medianamente formada y es, por lo tanto, inadmisible para cualquier persona con un mínimo sentido crítico.

Ese “corpus” doctrinal, esa interminable serie de dogmas que en otros tiempos derivaron en tantas discusiones, herejías, cismas y divisiones y que hoy parecen no generar duda alguna, han constituido una red que ahoga cualquier inteligencia medianamente instruida.

Tómese cualquier verdad dogmática, la transustanciación por ejemplo, o Cristo hijo de Dios, o la trinidad divina o la infalibilidad pontificia: en todos ha habido tal "huída hacia delante" que hoy son manifestación mayúscula de irracionalidad. Irracionalidad que se ha de creer porque sí, independientemente de lo que durante siglos se discutiera o incluso no se aceptara por una parte señalada de la sociedad creyente.

Cierto es que la Iglesia, a fuerza de luchar contra las desviaciones doctrinales, consiguió una unidad que se transmitió al tejido social. La unidad que dan el poder y la fuerza. Europa, a pesar de las divisiones territoriales nacionales, se sentía espiritualmente una por mor de “gozar” de la misma fe. Es algo de lo que se siente orgullosa la Iglesia y que pretende hacer valer, hoy, hablando del “espíritu” de Europa o “las raíces” de nuestro Occidente civilizado.

Es curioso ver cómo dentro del protestantismo europeo, seguidor del mismo fundador del cristianismo, las mismas creencias cristianas –pequeños detalles lo separan del catolicismo--, han propiciado la enorme división que en él se percibe, con multitud de iglesias que a duras penas se pueden ver como integradas en un tronco común. ¿Por qué? Precisamente por esa visión distinta de los credos originales. Señal de que algo en dichos credos cruje y de que no es tan unívoca la “verdad” cristiana.

Por muchas, variadas y distintas causas Europa es hoy algo muy distinto a su pasado. El cansancio histórico por una parte –guerras y más guerras, muchas de ellas de carácter religioso—y, sobre todo, la extensión universal de la educación por otra, han generado una sociedad más culta, más crítica y más racional que en siglos pasados. Los supuestos cimientos autoritarios de otros tiempos –Dios, patria, rey— han cedido su lugar al individuo, a la persona sujeto de derechos y a un entramado democrático de la sociedad.

A los dogmas cristianos, les ha sucedido como a los niños con los Reyes Magos. La fábula de los reyes magos tuvo su vigencia en la infancia por medio de cabalgatas, misterio de la noche previa, regalos que no sabe de dónde vienen… Hasta que un día, por algún comentario de compañeros de clase, por ver la etiqueta del Corte Inglés en los juguetes, por lo que sea… los niños comprendieron que no había tales “reyes” y que su “magia” quedaba circunscrita al buen hacer de los propios padres. La fábula sirvió durante el tiempo que el niño vivió su época “mágica”. Con el “uso de razón” todo eso se derrumbó como castillo de naipes… o como el Movimiento Nacional.

¿Trauma? Ninguno. ¿Responsable de tal iconoclastia? Nadie: el niño superó una etapa y accedió pletórico a la siguiente. "Cuando yo era niño..." que decía el pseudo apóstol.

Lo mismo está sucediendo con el tinglado de los dogmas cristianos: hoy son mayoría los que aplican su mente crítica a los mismos, habiendo superado la infancia de la historia. No es que “toda” la sociedad occidental se comporte así con los credos –hay otros elementos que juegan un papel fundamental en su mantenimiento--, pero la masa social más avanzada ha cambiado, ha progresado.

No podríamos decir que el “abandono de la fe” sea achacable a la falta de educación religiosa en la enseñanza pública, predominante en nuestra sociedad y por principio laica. En proporción, el porcentaje mayor de abandono de las creencias religiosas se ha dado en aquellos estudiantes provenientes de colegios religiosos –en teoría más y mejor formados en su fe— que, a poco de acceder a la universidad, abandonaban las prácticas religiosas y daban de lado los credos aprendidos. No es que los olvidaran, porque de hecho de vez en cuando afloraban en sus discusiones: sencillamente no suponían absolutamente nada en su vida ni influían en modo alguno en sus actos.

¿Por qué? ¿La Universidad les adoctrinaba en sentido contrario? Desde luego que no. Sencillamente esos jóvenes habían madurado y no sentían corsé alguno impositivo para seguir sustentando credos que nada les decían. Los credos, como los cuentos de la infancia, se habían evaporado. Habían cumplido su misión en un momento de su vida, generando muchas veces buenos sentimientos, ideas de renovación, de solidaridad, de sacrificio… Lo mismo que no les servían ya los pantalones del año anterior, así los credos. Con la mayor naturalidad, sin resentimiento, sin acritud alguna… pasaban “a otra cosa”.

Igual ha sucedido y está sucediendo con nuestro mundo globalizado: éste ha crecido mucho en poco tiempo, ha evolucionado; la técnica ha superado problemas en otro tiempo insolubles y ha cambiado hábitos y formas de vida; se han inventado instrumentos que han dado una visión nueva de la vida, del conocimiento de la naturaleza y sus fenómenos, han aportado solución de problemas hasta ahora impensables… El cuento de los Reyes Magos –o la Biblia, o el Corán, inventos para que los hombres-niños se portaran bien y fueran respetuosos--, ha quedado superado.

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