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Viaje en busca del sentido

La salud como camino

La salud no es solo ausencia de enfermedad: es un camino de búsqueda de sentido, cuidado y crecimiento personal incluso en medio del sufrimiento.

Ilustración Teófilo en el Centro San Camilo 01 | 5

Si es posible ser libre en la esclavitud, como me decía un preso el otro día, si es posible aprender de la desgracia —incluso aprender a aprender de los demás—, es posible también alcanzar cotas de salud en medio de la enfermedad y de la discapacidad. Hay un viaje libre en medio del sufrimiento, un viaje hacia el sentido que no siempre es realizado en paz. A veces es angustioso, a veces, humanizador. Nunca es un viaje a ninguna parte.

Sí, el mundo de la salud y de la enfermedad no solo nos sitúa ante personas que necesitan ayuda física, social o psicológica para “arreglar la máquina estropeada por la enfermedad” en la “fábrica de la salud”, como diría Achille Ardigò. Hay un camino hacia la salud sembrado de preguntas, sembrado de sentido o de búsqueda de sentido.

Un viaje cargado de preguntas

La salud es una conquista, un camino, un viaje, más que un punto de llegada o un lugar que ya se posee. El camino hacia la salud es una tarea que nos compromete a nivel físico, mental, emocional, relacional y espiritual. Esta salud la deseamos todos; es compatible, como experiencia biográfica, también con discapacidades y enfermedades.

En efecto, los seres humanos, con ocasión del enfermar y el sufrir, hacemos un camino regado de preguntas. No solo buscamos la eliminación de la enfermedad, sino que buscamos también sentido. Lo buscamos, a veces secretamente; otras, formulando preguntas existenciales que no encuentran nunca respuesta suficiente a nivel racional.

Quizás en los tiempos que corren la pregunta por el sentido se formula menos como apertura al misterio y más como expresión de la rabia que experimentamos al no poder controlarlo todo ni eliminar las causas del sufrimiento.

Sea como fuere, sufrir y contemplar el sufrimiento provoca un cuestionamiento profundo: ¿por qué?, ¿por qué a mí?, ¿hasta cuándo? Son preguntas que brotan desde lo más hondo de la condición humana.

Compañera de camino

Desde hace años, me ha parecido emblemática la experiencia descrita por la madre de una niña con discapacidad psíquica. En ella encuentro una fiel compañera de camino: la pregunta persistente, la que no encuentra respuesta.

La búsqueda de explicaciones puede convertirse en una experiencia desgastante, marcada por la culpa, la duda y la necesidad de comprender lo incomprensible.

En efecto, a veces la pregunta por el sentido se vive como el mito de Sísifo, obligado a subir una y otra vez la piedra hasta la cima para verla caer nuevamente. La pregunta permanece, reaparece y vuelve a exigir una respuesta que nunca termina de llegar.

Y en este escenario, la búsqueda del sentido puede convertirse en fuente de sufrimiento y angustia.

A la búsqueda del sentido

Nos hacemos preguntas por el sentido, sí, pero ¿qué es realmente el sentido?

Tiene sentido tomar un avión que nos lleva al destino deseado. Carece de sentido subir a otro que va en dirección contraria simplemente porque nos guste más. Por eso, la cuestión del sentido está íntimamente ligada a la búsqueda del verdadero ideal que orienta nuestra vida.

Sin embargo, todo se vuelve más complejo cuando el avión en el que debemos embarcar sin elección es el avión del sufrimiento, cuyo recorrido desconocemos y cuyo destino último también.

Por eso quizás tenga razón Albert Schweitzer cuando afirma que un buen profesional de la salud debe escuchar como un sacerdote, razonar como un científico, actuar como un héroe y hablar como una persona normal.

La mejor respuesta a muchas preguntas sobre el sentido no suele encontrarse en las explicaciones racionales, sino en las respuestas de cuidado: la asistencia, el alivio, la cura, la paliación de síntomas y el acompañamiento.

Quizás tenga razón Viktor Frankl cuando afirma que “quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Y quizá también podríamos añadir que quien encuentra un buen cómo puede convivir con cualquier porqué.

Por eso creo firmemente que la pasión por el cuidado puede devolver esperanza a quien no encuentra luz ni sentido. El camino compartido cobra entonces color y significado.

Pero la pregunta permanece. Sigue resonando en la historia humana y en la conciencia de quienes sufren. Sigue interrogando también nuestra responsabilidad colectiva:

¿Por qué gran parte del mundo continúa viviendo y muriendo con dolor físico?

El sentido se construye en el camino

En ningún viaje está enlatado el sentido en el lugar de llegada. El gusto está en el propio camino. El significado se va construyendo mientras avanzamos.

Así también ocurre en el viaje a la salud. El sentido último no consiste únicamente en restaurar funciones u órganos. Está también en el significado que otorgamos al camino recorrido, al cuidar, al dejarnos cuidar, al aprender de la vulnerabilidad y al conquistar espacios de libertad en medio de las limitaciones.

Porque la verdadera salud no es solo una meta alcanzada. Es, sobre todo, un proceso de crecimiento humano, una experiencia de búsqueda y una permanente construcción de sentido.

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