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Creer es aprender a ver la misma realidad desde el otro lado de la luna

"Hay momentos en la historia en que la humanidad cambia de perspectiva simplemente porque alguien se ha atrevido a mirar desde otro lugar … Quizá algo parecido ocurre con la fe"

La cara oculta de la Luna

Hay momentos en la historia en que la humanidad cambia de perspectiva simplemente porque alguien se ha atrevido a mirar desde otro lugar.

Eso es lo que han vivido estos días los astronautas que viajan más lejos que ningún otro ser humano, atravesando el silencio del espacio hasta bordear la cara oculta de la Luna. Durante unas horas quedaron suspendidos en una región donde la Tierra desaparece del horizonte y el mundo que conocemos se vuelve invisible. Desde allí contemplaron algo que casi nadie ha visto con sus propios ojos: la otra cara de nuestro satélite, esa superficie silenciosa que durante siglos permaneció escondida a la mirada humana.

Desde el otro lado de la luna, la realidad cambia. No porque el universo sea distinto, sino porque la mirada se sitúa en otro lugar.

La Tierra, vista desde esa distancia, ya no aparece dividida por fronteras ni por disputas. No se distinguen los muros, ni las alambradas, ni las líneas que los mapas dibujan separando pueblos y países. Tampoco se ven las rutas dolorosas de tantos hombres y mujeres que atraviesan mares y desiertos buscando un lugar donde vivir con dignidad. Desde allí nuestro planeta se presenta como una esfera frágil, luminosa, suspendida en la oscuridad inmensa del cosmos. Una casa común.

Quizá algo parecido ocurre con la fe.

Perspectiva

Creer no consiste en apartarse del mundo para refugiarse en una esfera espiritual. Creer significa, más bien, aprender a mirar la misma realidad desde otra perspectiva, desde otra experiencia, como si nos desplazáramos —aunque solo sea interiormente— “al otro lado de la luna”.

Desde allí muchas cosas adquieren un significado nuevo. Las preocupaciones que nos parecen absolutas pierden parte de su peso. Las rivalidades que alimentamos durante años se vuelven extrañamente pequeñas. Y, en cambio, la fragilidad de la vida humana aparece con una claridad conmovedora.

La resurrección de Jesús opera precisamente ese desplazamiento de mirada.

No elimina las sombras de la historia ni suprime el dolor del mundo. Pero introduce una perspectiva nueva, inesperada, que permite contemplar la realidad desde el horizonte de la vida definitiva.

San Ignacio de Loyola lo expresó con una intuición tan sencilla como profunda: la resurrección se manifiesta por los efectos que produce.

No es necesario haber visto al Resucitado con los ojos del cuerpo para reconocer que su vida continúa actuando. Basta mirar lo que sucede cuando las personas comienzan a vivir desde esa esperanza.

Es algo parecido a lo que experimentan los astronautas cuando atraviesan la zona donde las comunicaciones con la Tierra se interrumpen. Durante unos minutos quedan completamente solos en el silencio del espacio. Sin embargo, cuando vuelven a emerger por el otro lado de la luna, la Tierra reaparece lentamente en el horizonte.

Entonces comprenden algo que antes sabían solo en teoría: todo lo que aman está allí.

Un pequeño planeta donde cabemos todos.

Quizá la fe nos invita a realizar un viaje semejante.

Durante mucho tiempo podemos mirar el mundo desde la superficie de nuestras costumbres, nuestras seguridades o nuestros miedos. Todo parece estable, familiar, previsible. Pero cuando el Evangelio nos introduce en la experiencia de la Pascua, algo se desplaza dentro de nosotros.

Tierra

Es como si cruzáramos la frontera invisible que conduce al otro lado de la luna.

Desde allí la vida se contempla de otro modo.

Las personas que sufren dejan de ser cifras o problemas sociales y se convierten en hermanos. Los migrantes que atraviesan mares y fronteras ya no aparecen como una amenaza o una estadística, sino como rostros concretos de una humanidad en camino, hijos e hijas de la misma Tierra.

Desde la perspectiva de la resurrección, el mundo revela su profundidad escondida.

Allí donde muchos solo ven fracaso, comienzan a percibirse semillas de vida. Son pequeños destellos de Pascua. Una comunidad que abre sus puertas para que nadie se sienta extranjero en la única casa común que es la Tierra.

Cuando el Evangelio nos introduce en la experiencia de la Pascua, algo se desplaza dentro de nosotros

Desde la mirada de la resurrección hay gestos adquieren una densidad inmensa. Señales de que la vida nueva ya está germinando.

Tal vez por eso los evangelios no describen con detalle el instante mismo en que Jesús sale del sepulcro. En lugar de ofrecer una escena espectacular, nos muestran algo más profundo: hombres y mujeres que, poco a poco, comienzan a vivir de otra manera.

Pierden el miedo que antes los paralizaba. Se atreven a compartir lo que poseen.

Se comprometen con quienes más lo necesitan. Esos son los verdaderos efectos de la resurrección.

Supongo que haber visto nuestro planeta suspendido en la oscuridad cósmica cambia la forma de comprender la humanidad. Pueden descubrir que la Tierra es demasiado hermosa y demasiado frágil para seguir viviendo como si estuviera dividida o corrompida La Pascua produce una transformación semejante.

Quien ha aprendido a mirar la realidad desde el horizonte de la resurrección ya no puede vivir únicamente para sí mismo. Comprende que cada vida humana es preciosa, que cada persona —nazca donde nazca— pertenece a la misma familia humana y que ninguna oscuridad es definitiva.

Porque desde el otro lado de la luna —desde la perspectiva de la vida que Dios regala— incluso las noches más profundas esconden una promesa de amanecer.

Creer es, en definitiva, aceptar esa invitación.

Atreverse a desplazarse interiormente hasta ese lugar donde la realidad se contempla con los ojos del amor del Padre. Un lugar desde el que el mundo aparece más vulnerable, más precioso y también más lleno de esperanza.

La incredulidad de Santo Tomás. Caravaggio (!600-1601)

Y entonces sucede algo inesperado.

La historia sigue teniendo conflictos, heridas y sombras. Las injusticias no desaparecen de un día para otro. Pero quien ha visto la Tierra desde esa distancia —quien ha aprendido a mirar desde la Pascua— descubre que nuestro planeta es una casa sin fronteras en el corazón de Dios.

Y cada vez que alguien decide acoger, cuidar o levantar a quien ha caído en el camino, la resurrección vuelve a asomarse en la historia, como la Tierra azul que reaparece lentamente en el horizonte después de cruzar el silencio del otro lado de la luna.

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