¿Quién permanece cuando todo invita a huir?
Profecía y carne de la Vida Consagrada en Alcalá de Henares
Me corresponde ahora servir a la Vida Religiosa de la Diocesis de Alcalá de Henares. En los dos años que llevo, tras visitas varias, encuentros, entrevistas, comunicaciones, reunionesetc me sigo convenciendo de que la Iglesia no se explica con discursos, sino con presencias. No con estadísticas, sino con vidas entregadas.
También me sigo convenciendo de que la Jornada de la Vida Consagrada no es una efeméride piadosa: es una interpelación. Una pregunta directa al corazón del mundo herido:
¿quién permanece cuando todo invita a huir?
En la diócesis de Alcalá de Henares, esa permanencia tiene nombres, rostros y números concretos. No abstractos. No ideológicos. Encarnados.
En 2025, salvo error u omisión, la diócesis cuenta con 111 sacerdotes diocesanos, acompañados por 61 religiosos y 37 sacerdotes extradiocesanos. La edad media del presbiterio es de 46 años, la más baja de España. No es un dato menor
A ello se suman 9 conventos de vida contemplativa, 23 comunidades de vida activa y la presencia de otras siete formas de vida consagrada. No es abundancia triunfalista. Es siembra silenciosa.
Porque la vida consagrada no florece donde todo está resuelto, sino donde la dignidad está herida y la fe es puesta a prueba incluso por el paso de los años.
La profecía de permanecer
El mensaje del Dicasterio romano correspondiente lo dice con claridad evangélica: la vida consagrada es profecía del permanecer.
No del atrincherarse.
No del inmovilismo.
Sino de esa fidelidad obstinada que se queda cuando el sufrimiento incomoda, cuando la pobreza descoloca, cuando la guerra, la migración forzada y la fragilidad social parecen tener la última palabra. Permanecer orantes y en misión como signo.
Permanecer es un acto profundamente político y profundamente espiritual. Permanecer sin cámaras. Permanecer sin aplausos. Permanecer cuando la noche se alarga
Porque permanecer es un acto profundamente político y profundamente espiritual. Permanecer sin cámaras. Permanecer sin aplausos. Permanecer cuando la noche se alarga.
En este horizonte resuena el recordatorio del obispo D. Antonio Prieto, evocando la visita diocesana a Roma junto a los sacerdotes y fieles de Santo Tomás de Villanueva. Un santo agustino —como el Papa actual, quien ya estuvo presente en esta diócesis— llamado el limosnero de Dios, que murió sin nada propio, porque fue tan generoso y vivió tan pobremente que, al final de su vida, se había despojado de todo y tuvo que pedir prestada la cama a un criado para morir en ella. Allí el obispo complutense oyó y nos recordó con claridad que “la vocación no es autorrealización egoísta, sino respuesta obediente a la llamada de Dios”.
Y eso es lo que hacen, cada día, las comunidades contemplativas que sostienen el mundo desde el silencio; y las comunidades activas que gastan la vida en la educación, la acogida, la pastoral, la frontera social y la herida abierta de la exclusión.
“Somos enviados para los demás”
La vida consagrada no existe para sí misma. Nació para darse.
Somos consagrados y consagradas para Aquel que nos llamó, y precisamente por eso somos enviados para los demás.
Para los que caminan sin rumbo y para los que ya no esperan nada.
Para los cansados de vivir y los cansados de creer.
Para los que sostienen cargas que no eligieron.
Para los que cuidan sin ser cuidados.
Para los que rezan con miedo y dudan en silencio.
Para los que no han perdido a Dios, pero sí el camino hacia Él.
La vida consagrada es presencia paciente, lámpara encendida cuando la fe titubea, memoria viva de que Dios no se retira, aunque el corazón se muera de frío.
En Alcalá de Henares, esa presencia no es teórica: es cotidiana. Está en los barrios, en los claustros, en las parroquias, en las casas abiertas, en los espacios que no generan prestigio. Está donde la Iglesia elige ser pequeña para ser fiel.
Carismas: profecía vivida
Los carismas no son un lujo del pasado, sino una urgencia del presente. En una sociedad fragmentada, polarizada y autorreferencial, vivir juntos, en misión compartida, siendo profundamente distintos no es solo un estilo de vida: es un mensaje revolucionario.
La vida consagrada anuncia que es posible la fraternidad sin uniformidad, la comunión sin anular diferencias, la obediencia sin servilismo, la pobreza sin miseria, la castidad como amor ensanchado.
Por eso, la pregunta que atraviesa esta Jornada no es retórica ni cómoda:
“¿Para quién eres?”
Que resuene en la oración, en el discernimiento, en el gobierno y en la vida diaria.
Que nos desinstale.
Que nos devuelva a la raíz.
Que nos haga escuchar, sin anestesia, el clamor de los últimos.
¿Quién permanece cuando todo invita a huir?
Mientras haya quien permanezca se oirá que Dios sigue creyendo en la humanidad.
Como Simeón y Ana, la vida consagrada sigue reconociendo la salvación en lo pequeño, en lo frágil, en lo que el mundo descarta. Y se atreve a ofrecerla —sin reservarse nada— al corazón herido del mundo.