El Papa hace un llamamiento para que los menores migrantes "sean siempre tutelados y asistidos"
León XIV rechaza que los cristianos se opongan al progreso, pero remarca que "debe estar animado y orientado por la caridad", según señaló en la catequesis de la audiencia general de este miércoles, dedicada de nuevo a la 'Gaudium et Spes'
"¿Cuál es el valor de la actividad humana en el mundo, y, por lo tanto, del progreso técnico, social y científico?". Sobre esta pregunta articuló el Papa su nueva catequesis –la cuarta– sobre la constitución pastoral Gaudium et Spes, del Vaticano II, formulada, como recordó esta mañana en la audiencia general, menos de cuatro antes de que el hombre pisase la Luna por primera vez, en 1969.
"Creado a imagen y semejanza de Dios, el ser humano es agente del progreso", contextualizó León XIV, para recordar, que sin embargo, "algunos pensadores han presentado el progreso técnico-científico como algo que debilita la relación del hombre con Dios hasta el punto de hacerla parecer superflua o, incluso, como algo contrario a la fe cristiana. Y esta lectura ha provocado un cambio en la mirada del hombre contemporáneo sobre el mundo, respecto a las épocas precedentes. Un prejuicio de este tipo prevalece, sobre todo, en esa parte de la cultura occidental que ha perdido su vínculo con la Revelación cristiana".
En este punto, aseveró que "en los humanismos postcristianos, el ser humano y Dios son presentados erróneamente como rivales: para afirmar sus conocimientos, su libertad y su progreso, el hombre debería emanciparse de Dios. Sin embargo, al negar la relación con Dios, al final se pierde también la posibilidad de afirmar el valor trascendente de la persona humana. Es el 'drama del humanismo ateo', bien descrito por un importante teólogo del Concilio Vaticano II, Henri de Lubac".
Sin embargo, volviendo de nuevo a la Gaudium et Spes, el Papa señaló que "los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio".
"Finalmente –expresó el Papa–, recordemos que para constituir auténtico progreso humano -es decir, de todo el hombre y de todos los hombres- el progreso técnico y científico debe estar animado y orientado por la caridad. Solo así podrá utilizarse siempre para defender la dignidad del hombre y promover las condiciones de vida de todos, especialmente de los más desfavorecidos".
A la hora de los saludos, el Papa recordó que mañana, en Saint Louis (Missouri), será beatificado el venerable Fulton Sheen. "Que el ejemplo y la intercesión de este santo obispo, conocido por su labor evangelizadora a través de los medios de comunicación, inspiren a muchos otros a encontrar también nuevas formas de difundir el mensaje del Evangelio con alegre entusiasmo", señaló el papa Prevost sobre su compatriota.
Igualmente, recordó que el domingo próximo, 27 de septiembre, se celebra la Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado, a quienes dijo llevar en su pensamiento, "especialmente a los menores obligados a abandonar su propia tierra". "Los niños y los adolescentes son los más vulnerables –prosiguió León XIV–, a menudo sufren torturas, explotación y condiciones dramáticas, y en muchas ocasiones pierden la vida en esas rutas migratorias. Hago un llamamiento a la responsabilidad de todos, que cada uno se sienta involucrado en la vida de estos chicos, para que sean siempre tutelados y asistidos", quiso remarcar el Papa antes de finalizar la audiencia con la bendición apostólica.
Texto de la Audiencia General
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Continuando nuestro recorrido por la Constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Ecuménico Vaticano II, llegamos al tercer capítulo de la primera parte, que tiene un título atractivo: «La actividad humana en el mundo». La pregunta de fondo es esta: ¿cuál es el valor de la actividad humana en el mundo, y, por lo tanto, del progreso técnico, social y científico? Podemos recordar que, menos de cuatro años después de la clausura del Concilio, en la noche entre el 20 y el 21 de julio de 1969, el hombre pisó la Luna por primera vez.
Creado a imagen y semejanza de Dios, el ser humano es agente del progreso. Mediante la libertad y la inteligencia aumenta sus propios conocimientos, haciendo así que toda la sociedad progrese. Esto se aprecia fácilmente al considerar la mejora en las condiciones de vida a lo largo de las sucesivas generaciones. En efecto, dice el Documento, un «gran número de bienes que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas superiores, hoy los obtiene por sí mismo» (n. 33).
Por este motivo, algunos pensadores han presentado el progreso técnico-científico como algo que debilita la relación del hombre con Dios hasta el punto de hacerla parecer superflua o, incluso, como algo contrario a la fe cristiana. Y esta lectura ha provocado un cambio en la mirada del hombre contemporáneo sobre el mundo, respecto a las épocas precedentes. Un prejuicio de este tipo prevalece, sobre todo, en esa parte de la cultura occidental que ha perdido su vínculo con la Revelación cristiana. En los humanismos postcristianos, el ser humano y Dios son presentados erróneamente como rivales: para afirmar sus conocimientos, su libertad y su progreso, el hombre debería emanciparse de Dios. Sin embargo, al negar la relación con Dios, al final se pierde también la posibilidad de afirmar el valor trascendente de la persona humana. Es el “drama del humanismo ateo”, bien descrito por un importante teólogo del Concilio Vaticano II, Henri de Lubac.1
El Concilio desea proporcionar una respuesta clara. Afirma la Gaudium et spes: «Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios» (n. 34). Es más, prosigue la Constitución, «los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio» (ibid.). En resumen, Dios ha puesto en las manos del hombre y de la mujer una creación todavía in statu viae -es decir, en camino, en crecimiento- para que ellos la conduzcan a buen término por medio de su sabia actividad2.
Hay aquí una importante referencia al misterio de la Encarnación. La humanidad -y, con ella, el trabajo, el progreso y la autonomía de las realidades creadas- no queda absorbida o anulada por el encuentro con Dios, sino más bien asumida en su totalidad; y sigue siendo, en Cristo, libre y operosa: efectivamente, en Él encuentra la verdad y la libertad plenas. Asimismo, en la celebración eucarística, el fruto del trabajo humano, representado por el pan y el vino, se coloca cada día sobre el altar para ser transformado en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Desde esta perspectiva surge una verdad importante: para encontrar a Dios, el ser humano no debe abandonar las ocupaciones terrenas, sino que puede vivir plenamente su propia vocación haciendo bien su trabajo cotidiano y santificándolo3. Los cristianos participan, como todos, en la edificación de la ciudad de los hombres, con la mirada puesta en el fin de todas las cosas y en el encuentro con Dios, y recordando este fin último a aquellos con quienes comparten la aventura del progreso, de la ciencia y de la vida.
Ciertamente, es preciso distinguir bien el progreso temporal del crecimiento del reino de Cristo; sin embargo, el Concilio afirma que tal progreso, «en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios. […] Todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y trasfigurados» (n. 39).
Finalmente, recordemos que para constituir auténtico progreso humano -es decir, de todo el hombre y de todos los hombres- el progreso técnico y científico debe estar animado y orientado por la caridad. Solo así podrá utilizarse siempre para defender la dignidad del hombre y promover las condiciones de vida de todos, especialmente de los más desfavorecidos.
Queridos hermanos y hermanas, el Concilio Vaticano II nos invita a compartir el pan del saber y del saber-hacer, para que todos los hombres y todos los pueblos puedan desarrollar sus potencialidades, de forma que podamos construir juntos, con la ayuda de Dios, un futuro mejor.
1 Cfr. H. DE LUBAC, Le drame de l’humanisme athée (1944), tr. it. Brescia 2013.
2 Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 302, 306, 307.
3 Cfr. S. JUAN PABLO II, Homilia para la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer (6 de octubre de 2002).
Traducción no oficial