MISTICISMO y4

MISTICISMO y4
MISTICISMO y4

Es preciso aguardar la noche mística

 El poema inicial, “El páramo”, inaugura la aventura de hoy con la intensa compañía del zamorano Bartolomé Mostaza, que nos acerca inicialmente unos versos fechados en 1949 (a sólo cuatro años del fin de la Guerra Mundial), de verso triste, desolador, como si atravesase el poeta un campo de batalla. Situado firmemente “en el centro, mirando a la redonda”, se pregunta obsesivamente el porqué de tanta devastación (hasta se imagina una “inmensa lápida sin nombre” aplastando un Paraíso cadáver...). Reproducimos algunos versos de doloridas estrofas: “Se cansa la mirada de ver páramo, / sin tropezar en árbol, bestia u hombre. / Se cansa el pensamiento de cernerse / sobre la nada quieta. // Y en el centro, mirando a la redonda, / plantado, yo, como una esfinge seria, / preguntando al silencio.” Para conocer algo más de la poesía de Mostaza, pulsar aquí.

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Conocedor, por propia experiencia, de la inmensa meseta castellana y su singular, interminable llanura, expresa el zamorano Bartolomé Mostaza en varios poemas sus sentimientos ambivalentes de soledad y angustia, de plenitud y vuelo. Aunque se siente muy solo en un campo sin aves y sin flores (“Desalmado vacío sin un pájaro / que cante, sin un pétalo / que exhale su caricia, ni un madroño...  ”), le arde al tiempo por el pecho un anhelo irresistible de echarse a “¡Volar, volar a la aventura!  / Ardo en sed de horizontes lozanísimos / con cielos de azul bóveda...” Conmovedora cita con la noche, recordando a fray Luis: “Es preciso aguardar la noche mística / para escuchar la música / mental de las estrellas y apagarse / en el relente la congoja...”  Teresa de Ávila y Juan de la Cruz vivieron su misticismo por este ascético paisaje de silencio y soledad. Descubrieron aquí, por un cielo muy azul, soles de llama. Y, en la noche, encendidas estrellas anunciaban un mar de olas felices.

DESDE EL CENTRO DEL PÁRAMO

Encima de este páramo sin límites
me anhelo par del águila.
Han caído cadenas, nada apesga...
¡Volar, volar a la aventura! 

Ardo en sed de horizontes lozanísimos
con cielos de azul bóveda...
Este campo absoluto, sin paisaje,
no me embaraza los sentidos.

Resortes invisibles hacia cúspides
dispáranme. Del páramo
el corazón rebota a lejanías...
¡Yermo monótono, hosco, serio!
La vida se ha fugado de esta ascética
llanura de cal áspera
que en los ojos escuece tercamente...
¡Pesa el silencio como un monte!

 Desalmado vacío sin un pájaro
que cante, sin un pétalo
que exhale su caricia, ni un madroño
que brinde al peregrino bayas.
Es preciso aguardar la noche mística 
para escuchar la música
mental de las estrellas y apagarse
en el relente la congoja.
Sólo, supina, la mirada en vértigo
ve cielo azul como única
incitación al brinco. ¡Oh mar que bordas
de espumas el confín redondo!
¡Abismo fresco, cenital océano
do, a nado, la canícula
aplacar, y la sed: y, a somormujo,
al Paraíso zambullirme!                                    

   A LA LUZ DE TU MIRADA DE PADRE QUE SONRÍE

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 Compone Mostaza una oración al Padre que podría resumirse en la conocida síntesis que hace Jesús (Mt 22,34–40): Amarás al Señor tu Dios... (“Somos menesterosos, te hambreamos..., Danos, Señor, un corazón abierto a tu voz...”)  y amarás a tu prójimo... (“danos la caridad de amarte en todo / prójimo..., la alegría sencilla de la rosa / que se regala a todos...”), amarás a tu prójimo como a ti mismo (“Escribe tu música en la pauta / de los cinco sentidos.”). Corales versos de acción de gracias (“con un himno / a coro”).   Sugerencia. Podría leer el orante en voz alta el poema, pero en primera persona (“Dame fe, dame paz, dame paciencia...”). En segunda lectura, ¿por qué no rezar el texto del principio, comunitario y plural...?

 PLEGARIA

Danos fe, danos paz, danos paciencia;
danos la caridad de amarte en todo
prójimo amigo o enemigo, danos
la pureza del fuego.

Y la palabra verdadera, el obrar justo,
la diligente prontitud del gallo
–heraldo de tu albor en la tiniebla­–
la lealtad sin noche.

Danos, Señor, un corazón abierto
a tu voz, una mente desvelada,
la alegría sencilla de la rosa
que se regala a todos.

 Somos menesterosos, te hambreamos,
nos rechinan los huesos de tristeza...
Escríbenos tu música en la pauta
de los cinco sentidos.

Y llenaremos con un himno a coro
la vastedad callada, y surgiremos
de la noche a la luz de tu mirada
de Padre que sonríe. 

VEN A NOSOTROS Y LLÉNANOS DE LUZ

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De los 53 versos de “Salmo de llamada” hemos seleccionado las primeras y últimas estrofas, donde formula el poeta su profesión de fe en la silenciosa Presencia de Dios en el mundo: "Nutriendo estás de ti, de tu potencia / las cosas una a una..." Y, en clave theillardiana, divide la historia en dos partes: antes y después de Cristo, sugiriendo un final que dé sentido último a la evolución de la materia, de la vida, del pensamiento...

SALMO DE LLAMADA

 Nutriendo estás de ti, de tu potencia
las cosas, una a una. Las traspasas
de tu querer profético y las llevas
a su consumación. En ti alentamos
los hombres y crecemos, hora a hora,
anhelando, temiendo y olvidando
para después volver a repetirnos
en un intento de elevarnos sobre
nuestra naturaleza caediza
hasta saltar a ti desde nosotros.

Desde la ameba a Cristo, ¿cuántas muertes?
¿Cuántos saltos fallidos? ¿Cuánta pena
acumulada de sentirse rotos
y desjarciados en total naufragio?
Y desde Cristo a ti, ¿cuántos ascensos
por la escala escondida? ¿Cuántos crímenes
y cuántos, cuántos Crucifijos? Todo
lo tienes reunido en tu mirada,
Señor y Luz de Luz, Dios infinito...

Ven a nosotros desde tu misterio
y llénanos de luz. Danos la mano
de Padre, guiadora; danos la alondra
que amanece y alegra; y cantará
a coro tu grandeza para siempre
esta sufrida humanidad errante.

ME SUMERJO EN TU MAR Y ENTRO EN LA VIDA

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 El poema “Nada de turbe” se atribuye con toda probabilidad a la santa de Ávila. La estrofa central está compuesta de nueve versos que se escriben así: “Nada te turbe, / Nada te espante, / Todo se pasa, / Dios no se muda, / La paciencia / Todo lo alcanza; / Quien a Dios tiene / Nada le falta: / Sólo Dios basta.” Posteriormente glosará Teresa cada uno de los nueve versos, componiendo nueve místicas estrofas. ¿Para quién escribió Teresa estos versos? Parece que para sí misma. Necesitaba darse ánimos, confiar más y más en el Señor. En medio de incomprensiones y críticas, le dice la Voz: “Nada te turbe... Sólo Dios basta.” Cada uno de estos versos está fundamentado con fidelidad en la Biblia.  Sugerencia:   En su sencillo poema, sustituye  Jesús Mauleón el “tú” de los versos de Teresa por el “yo” de la poesía lírica y devocional: “Nada me turbe...” Y propone nueva entradilla a cada verso: “Dame, Señor, tu paz: nada me turbe...” Ya podemos rezar en primera persona la intensa oración de la santa de Las Moradas:

NADA TE TURBE          

 Dame, Señor, tu paz: nada me turbe.
Tu brazo dame, oh Dios: nada me espante.
Siempre me quedas tú: todo se pasa.
Corre el río y se va: tú no te mudas.
El que sigue su cauce de paciencia
llega y te tiene a ti: todo lo alcanza.
Me sumerjo en tu mar y entro en la vida,
y, aunque sin nada esté, nada me falta.
Quiero anegarme en ti: solo tú bastas.




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