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Que acabe ya la guerra

Susana March 3. ¡QUÉ DESPACIO ME MUERO!

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Volvamos a los versos de "La tristeza". Descubriremos hoy, con temblores de barroco, dos poemas sobre el paso del tiempo y la espada segura de Damocles que amenaza nuestro corazón, nuestra vida.

Evoca Susana March, en "Aniversario", el día de su nacimiento. Aquel 28 de enero "había nieve", le había explicado su madre. Pero ahora el frío del tiempo la hace retemblar por dentro... "¡Ah, qué lenta la vida! / ¡Qué despacio me muero! / Treinta y tantos... ¿Seré vieja algún día? / ¿Vieja para quedarme al sol / sin lágrimas, sin recuerdos? / ¡Caiga sobre mí esta paz!"

Siente la poeta triste, en "Hace mucho tiempo", nostalgia de un pasado feliz: "era primavera en las calles / y también era primavera aquí en mi piel, / debajo del vestido, / debajo de los encajes / de mi enagua..." Eso era ayer. Pero hoy digo "buenos días" y sonrío al vecino, "tengo amigos plácidos que no me comprenden / y envejezco un poco / todas las mañanas..."

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YO SIENTO MIS CANAS CEÑIRME

LAS SIENES COMO UNA CORONA

Leemos por cuatro veces "Aquí estoy", el "adsum" latino de quien reclama "presencia" y visibilidad. Aquí estoy, algo envejecida quizás, con mis primeras canas y mi renovada ilusión de caminar hacia lo bello, lo justo, lo grande, lo verdadero... Reconoced y recordad mi voz y mi nombre: Susana March, desmesurada en todo. Y no me olvidéis, mujeres y hombres del siglo XXI. Ojalá me hagáis el honor de cederme atril y silencio en un rinconcito de vuestra biblioteca.

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PRESENCIA

Aquí estoy.

Todavía existo. Todavía

me llora la sangre y me ríe.

Mis lágrimas me saben dulces,

la risa me hace daño.

Aquí estoy.

Tal vez envejecida. Yo siento mis canas,

mis primeras canas,

ceñirme las sienes como una corona.

El noble trance de dejar de ser joven

me apremia.

Pero aquí estoy.

El Tiempo me lame como un perro triste,

fatigado de aullar a las estrellas,

a los claros caminos que conducen,

¡quién lo sabe!,

a lo hermoso, a lo bueno, a lo grande.

Solitaria y transida,

desmesurada en todo,

aquí estoy.

Reconoced mi voz, ¡no he cambiado!,

¡no quiero cambiar!

Como un tatuaje en la sangre,

como una herida,

mi nombre: Susana March,

hinca los diez cuchillos de sus letras

en el oscuro tedio de las cosas.

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LOS DOS CIÑEN UNA CORONA DE ORO. ¡SON SANTOS!

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En la exótica y bellísima Plaza Real barcelonesa vivió Susana March su infancia, adolescencia y primeros años de matrimonio. En este domicilio le acontecieron significativos sucesos como la muerte de su hermano Alfredo y el envejecimiento de los padres. Del poema "Filial" podría escribirse tanto... Valorar, por ejemplo, la viva descripción de un hogar cristiano como iglesia doméstica, como templo de fe. Y allí se ama, se recuerda, se reza... La vivencia espiritual de los ancianos ha podido transmitirse, con fervor y autenticidad, a la siguiente generación: por tres veces confirma la poeta su participación en la salmodia comunitaria: "Y yo rezo..." Nos encontramos, no me cabe duda, frente a uno de los más emocionantes poemas religiosos de la literatura hispánica.

FILIAL

Mi padre está al lado de mi madre.

¡Los dos son ya viejos!

El tiene la mirada verde y el ceño fruncido;

ella conserva todavía

una cálida luz adolescente.

Los dos ciñen una corona de oro.

¡Son santos!

Dios los ha hecho santos.

Los pone en un altar y me dice:

-“Empieza a rezar ahora.”

Y yo rezo.

No es una gran basílica, ni siquiera una iglesia pequeñita.

Es un antiguo y amplio piso barcelonés,

con balcones abiertos a una plaza con palmeras,

con viejas fotografías de niños en las paredes,

de niños que ya no existen,

que se llevó la vida, o la muerte, adelante.

Buscando en los armarios

se encuentran apolillados zapatitos de lana,

antiguas carteras de colegial,

mapas amarillentos,

muñecas sin brazos y sin ojos,

un diploma de honor

de mil novecientos veinticuatro,

un verso de niña

de nueve años.

Yo rezo.

De esta casa al cielo hay un palmo de azul.

Mi madre sale a veces a dar un paseo

y mi padre la sigue.

Ella charla con Dios, con la Virgen María,

con Santa Genoveva, que es su patrona.

Y mi padre conversa con San Pedro

y le habla de tú.

Luego regresan. Regresan un poco fatigados

y más viejos tal vez. Y ocupan sus altares.

Llevan prendidos en los dedos

jirones de telarañas,

de tanto hurgar en los armarios de los viejos recuerdos,

de las viejas ternuras...

¡Yo rezo!

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SUSANA MARCH

Premio Angaro de Poesía en 1986

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1.El hijo

EL HIJO

VERTE JUGAR

MÍO

2.El adolescente

EL ADOLESCENTE

UN DÍA...

LA MADRE

3.¡Qué despacio me muero!

PRESENCIA

FILIAL

4.Hundiría mis brazos en ese cielo azul

HECHIZO

ME DA PENA...

SÚPLICA

5.Abandona a tus claros serafines

OH, TÚ, SEÑOR...

DIOS ES MI AMIGO

SAN JUAN DE LA CRUZ

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