Ceuta, ¿la prueba del algodón del Evangelio?
Estamos ante el tablero de o con los ceutíes o con los inmigrantes, invasores… ¿De verdad somos tan infantiles e irresponsables? ¿Nos hemos tragado tanta inquina y tanta disyuntiva que no existe en la realidad porque ésta es mucho más compleja de lo que nos venden los grandes poderes fácticos?
Lo reconozco desde la primera línea. El mes de agosto, tiempo, para aquellos que tenemos un trabajo digno y remunerado, de descanso, y de recargar pilas, ha sido, en cambio, un tiempo de carga de conciencia desde los hechos acaecidos en Ceuta. Sin ánimo de ofender a aquellos que no creen, los cristianos, digámoslo de alguna forma, tenemos una obligación, un Pepito Grillo muy especial llamado Jesús de Nazareth, que es muy claro en ciertos temas, no sólo con la inmigración, la pobreza, la guerra o el hambre, sino también con el aborto, la sexualidad, la muerte o las relaciones humanas. Nunca deja indiferente.
Ahora bien, los acontecimientos que estamos viviendo han supuesto una reconsideración de muchas posiciones personales, políticas y de fe. Estas semanas he podido hablar con muchas personas que pertenecen a movimientos cercanos a Cáritas y asociaciones y fundaciones eclesiales que trabajan con personas en riesgo de exclusión, especialmente con inmigrantes y me planteaban, con pesar, que se sentían en un callejón sin salida. Uno de los problemas más acuciantes en España, también en Europa, es la polarización que estamos viviendo a unos niveles que comienza a ser irrespirable. En este mismo portal, el obispo de Málaga José Antonio Satué, en su cuenta en X, decía: “Dios mío, ¡cuándo vamos a superar esta pandemia de la polarización!”.
Hoy ante cualquier cuestión sólo importan, sólo son válidos los marcos interpretativos que definen y se perfilan desde las terminales mediáticas y políticas de los partidos; sus esbirros calientan los micrófonos desde la mañana a la noche sin descanso alguno. Hemos llegado a escuchar que acudir a las concentraciones en apoyo de Ceuta implicaba, de facto, una violación del evangelio -que conste, que quien aquí escribe fue y volvería a ir las veces que sean necesarias. Estamos ante el tablero de o con los ceutíes o con los inmigrantes, invasores… ¿De verdad somos tan infantiles e irresponsables? ¿Nos hemos tragado tanta inquina y tanta disyuntiva que no existe en la realidad porque ésta es mucho más compleja de lo que nos venden los grandes poderes fácticos? En palabras de Diego Garrocho en El País, “una de las consecuencias de la polarización es que los debates complejos acaban reducidos a una lógica binaria”.
Parece que hay que posicionarse de un lado o de otro. Sin embargo, deberíamos caer en la cuenta que se puede estar cerca de las personas que están deambulando sin un horizonte por Ceuta a causa de un Estado, el marroquí, que los ha llevado a la hoguera con premeditación y alevosía, respetando, sin ambages, sus derechos, y la afirmación de que estamos, como dijera horas después del asalto el presidente del Gobierno, ante una violación flagrante de la soberanía territorial de la nación, sin olvidar y recordar a las decenas de personas muertas, casi doscientas, que se han dejado la vida en el mar por un Estado mafioso y suicida.
Hoy sólo caben dos marcos, dos relatos en torno a la inmigración. El primero, el buenista, se identifica con una parte de la izquierda, en el que se afirma de forma errónea que los flujos migratorios son ilimitados, donde se alimentan las entradas masivas perdiendo de vista que después hay que gestionar recursos con las consecuencias que experimenta la población autóctona en persona. El segundo, el criminalista, el discurso del miedo, en el que se identifica inmigración, violencia e inseguridad. Son los discursos ultras de los muros, de las invasiones musulmanas sobre la cultura blanca, cristiana y occidental.
¿Son suficientes? ¿Son reales? Seamos claros. La inmigración es un fenómeno humano universal. Sus flujos son constantes. En España necesitamos a las personas inmigrantes sí o sí porque hay muchos españoles de a pie que no quieren hacer ciertos trabajos. Ahí no nos quejamos; no señalamos porque obtenemos lo que nos interesa y nos beneficiamos, por ende, en términos económicos. Estaría bien que nos preguntásemos en qué condiciones económicas, laborales y sociales viven los temporeros o todas las personas que trabajan en la hostelería que te sirven mientras tú y yo disfrutamos de las vacaciones. Cuando escucho a algunos grupos y partidos hablar de las personas inmigrantes me cuestiono si viven en la realidad, si chafan las calles y los barrios. Cojan el metro y observen. Aceptemos de una vez que el hambre y la sed de una vida mejor puede con todos los muros posibles; no hay muro infranqueable cuando la miseria y la pobreza se convierten en los únicos horizontes posibles.
Sin embargo, a esa ultraderecha cainita y provinciana, se le suma, y se dice y denuncia muy poco, el analfabetismo y el odio ideológico del populismo de izquierdas que hace igual de daño. Se ha llegado a afirmar la teoría del reemplazo de personas inmigrantes por racistas y fachas. Este es el nivel, la irresponsabilidad supina ante cuestiones que pueden estallar en cualquier momento. Estamos ante populismos de un signo y de otro que llevan a cabo una utilización espuria y torticera de la inmigración con fines electoralistas. Cuando escucho la palabra trato humanitario hacia los inmigrantes me viene a la cabeza la expresión de sepulcros blanqueados de Jesús a los escribas y fariseos. Unos y otros utilizan, pues, la inmigración como arma arrojadiza.
¿Como es posible no decir ni una palabra más alta que la otra sobre Marruecos cuando ha llevado a su propia gente a una muerte segura? ¿Qué respeto queda a las personas inmigrantes cuando se es condescendiente con un país que los utiliza para presionar a un país vecino desarrollando una geopolítica suicida? ¿Por qué?
Que se me critique, que se me crucifique, porque los cristianos tenemos la obligación de señalar a esos cínicos e hipócritas en cualquier tema, sea cual sea la sigla. Claro que pongo el grito en el cielo cuando se ha impedido que Cruz Roja reparta alimentos, faltaría más, hay que dar de comer al desvalido. Y de todo habrá, como siempre, sin olvidar a las mujeres y menores violadas que tienen que ser acogidas y protegidas; no hay debate posible. Al mismo tiempo, me acuerdo de las niñas, de los menores ceutíes que no pueden acudir a su escuela por miedo y temor. Que me llamen equidistante, pero Jesús de Nazareth estaba con todos, en la calle, y en las calles están quienes están, inmigrantes y ceutís, y no podemos hacer distinciones. ¿Es esta posición una cuestión personal? Todo lo contrario. ¿Qué dice, pues, la doctrina social de la Iglesia respecto a la inmigración y los países de acogida? Es muy clara.
La Doctrina Social de la Iglesia reconoce explícitamente el derecho de las naciones a regular los flujos migratorios. En otras palabras, la Iglesia trabaja en el único escenario posible porque quiere que se encuentren el derecho fundamental de toda persona a emigrar junto con la autoridad de los estados para gestionar sus fronteras. Todo ello, siempre, bajo el paraguas y la inspiración del criterio máximo de preservar el bien. En el número 2241 del Catecismo de la Iglesia Católica se establecen los principios de toda política inmigratoria posible, sin la cual estaremos en manos de los vaivenes de los populismos y ultras de siempre. Dicho articulado habla del deber moral de acogida de las naciones prósperas cuando se huye de la pobreza, de la guerra o de la inseguridad. Al mismo tiempo, la Iglesia defiende el derecho a regular la inmigración por el bien común.
Las autoridades civiles pueden subordinar el ejercicio del derecho de inmigración a diversas condiciones jurídicas. Es muy explícita, además, cuando reconoce que una entrada migratoria descontrolada puede desestabilizar la cohesión social y la economía receptora. Los Estados tienen el derecho de regular el bien común de la sociedad nativa, la seguridad nacional y el orden público con todo el patrimonio del país que acoge. La Iglesia también establece deberes a los inmigrantes para con la sociedad que los acoge, desde el acatamiento de las leyes, colaborando con sus cargas públicas y asumiendo su cultura desde el aprendizaje paulatino y el respeto. En definitiva, la Iglesia no aboga por una política de fronteras abiertas y absolutas, ni por su cierre arbitrario e inhumano. Su finalidad es una regulación justa, humana y ordenada, salvaguardando la dignidad humana y la crítica directa a las mafias por la utilización de las personas como mercancía humana.
Recomiendo vivamente las declaraciones de León XIV en la rueda de prensa en el viaje de vuelta de África. Resumió estos puntos de forma extraordinaria, recordando el derecho a no inmigrar, a esa obligación de los países ricos de invertir, en colaboración internacional, en los países de origen, aquellos que hemos explotado y que ahora cínicamente señalamos y nos quejamos de sus gentes. Esto nunca ha trascendido. Se obvia cuando se habla del papa y de la inmigración. Pero tiene razón, es la única salida. Si Europa y Occidente no quieren verlo, que no lo vean, después no nos quejemos. La inmigración va a seguir, y va a aumentar, corregida y aumentada, puesto que no vamos al origen del mal y del problema. Aceptamos regímenes dictatoriales y comerciamos con ellos asumiendo su explotación a los suyos. Hemos participado a lo largo de la historia en este negocio, llamémosle colonialismo o el nombre que se quiera. La inmigración nos sitúa ante el espejo. Estamos en una encrucijada donde la ignorancia y el odio han tomado la batuta. La Iglesia, inspirada en el evangelio, puede convertirse en uno de los últimos resortes del respeto humano y el cuidado de la dignidad, en esa trinchera, en ese dique de contención ante lo que estamos viviendo. No es fácil. Destruir es lo apetecible, lo inmediato, lo cómodo, construir, por el contrario, es el camino del evangelio, de la dignidad de todas las personas, de los que llegan, se quedan y se van. Jesús construyó lo que estaba destruido y en ruinas. Ahora falta saber dónde queremos situarnos nosotros, sabiendo y siendo conscientes de lo que hay. El evangelio es la única guía a seguir.